11/17/2016

“Menos es suficiente”, Pier Vittorio Aureli (Gustavo Gili, Barcelona, 2016)



Este breve ensayo de crítico italiano Pier Vittorio Aureli (Roma, 1973) tiene el don de percutir entre las ideologías de la austeridad que actualmente, y sobre todo a partir de la crisis de 2008, se han visto implementadas en todas las esferas económicas de la vida. El famoso lema de Mies Van der Rohe, “menos es más”,  convertido en todo un credo del diseño minimalista, es aquí cuestionado bajo la lente de un análisis de formas históricas que han hecho de la necesidad virtud. Partiendo de un análisis del ascetismo y el monacato en diversas órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos), Aureli se adentra en el interior del propio espíritu del capitalismo. Conseguir más con menos es, como sabemos, uno de los principios de la producción capitalista. El modo de racionalización del tiempo y el espacio puesto al día por el ascetismo desde la Edad Media sirve para una actualización de sus formas arquitectónicas: monasterio, claustro, prisión, cárcel, fábrica. El autor no opta sin embargo, por filiar todas estas formas a los ya conocidos “encierros” foucaultianos. Más bien, Aureli se adentra en el interior de una ética del ascetismo y en sus distintas corrientes represivas, de racionalización ética y estricta disciplina.

El ascetismo es un ars vivendi cuyo objeto y finalidad coincide, y éste no es otro que el estudio del yo: conocerse a uno mismo, cuidarse a uno mismo… para así poder dominar a los demás. Escribe: “El ascetismo es, pues, no solo un estado contemplativo o, como habitualmente se entiende, un retiro del mundo, sino, sobre todo, una forma de cuestionar radicalmente las condiciones sociales y políticas dadas en una búsqueda de una manera diferente de vivir la propia existencia de cada uno”. (p.19) Nietzsche señaló en La genealogía de la moral que si bien en sus orígenes el ascetismo se erigía en una crítica al poder en su rechazo al mundo, la retirada de él, como sostenían los eremitas y los primeros monjes, pronto devino en una manifestación sutil de la voluntad de poder del ser humano.

El hacerse uno en el tiempo y en el espacio, el monacato inventó la celda individual como representación por excelencia de la interioridad, dando así a una nueva relación entre la vida individual y la vida monástica. Una forma-de-vida (por utilizar aquí la expresión de Giorgio Agamben), en la que el ascetismo, y con ello el propio cuerpo del monje, deviene en un arte que no da un producto, sino que coincide con la propia representación. La lógica del espacio se pliega a este arte: “En el monasterio, la forma sigue a la función del modo más estricto posible. Como en un edificio funcionalista, la forma típica del monasterio medieval es simplemente una extrusión de las actividades rituales que tienen lugar en su interior. Si observamos la planta del monasterio, comprobaremos una perfecta coincidencia de tiempo y espacio”. (p. 30)

Aureli contrapone el modelo de los monasterios benedictinos, que devinieron en grandes centros de producción y poder, hasta el punto de que el monasterio más famoso de la orden, Cluny se expandió hasta convertirse en una ciudad por derecho propio, a la posterior austeridad franciscana. La retirada del mundo y la dedicación al trabajo fue la opción de un primer ascetismo. Más tarde, y como reacción, el radical rechazo de la propiedad privada de los franciscanos fomento la doctrina estricta del uso; el fraile usa un hábito, no lo posee. El voto de máxima pobreza de la orden franciscana se inspiraba en la vida de los animales, donde no existe la propiedad privada.

Pero la evolución de la ciudad moderna es impensable sin el concepto de propiedad privada. Le Corbusier fue el primero en concebir una mínima propiedad para las clases obreras que les permitiera convertirse en empresarios de su propia condición doméstica. Esta paradójica relación entre ascetismo y propiedad ilustrará la brutalidad de la vida industrializada en las grandes metrópolis. Walter Benjamin estudió los interiores burgueses, cuyos objetos estaban allí para garantizar la ideología de la casa privada, el afán de sus habitantes por dejar huellas. Pero, como explica Aureli, “resulta irónico que Benjamin asociara el minimalismo de Le Corbusier como una forma radical de vida cuando, como hemos visto, estaba destinado a imponer el mecanismo de la propiedad privada a una escala aún mayor que el interior burgués decimonónico”. (p. 50)

Aureli contrapone al modelo lecorbuseriano el modo de vida del propio Benjamin, quien en la década de 1930 se mudó 19 veces, y también su amado héroe, Baudelaire, quien hizo de la ciudad su morada, con las figuras el flâneur y el dandi como manifestaciones estéticas donde la propia vida se construye como una obra de arte, en una de las representaciones de la identidad moderna más ubicua y cosmopolita.

La última parte del libro nos religa con el presente, a partir de una crítica de la estética minimalista salida de un capitalismo que hace de la austeridad una estética seductora, y que tiene en Apple su ejemplo más manifiesto. A partir de una fotografía de Steve Jobs en 1984, donde éste sale como un monje, sentado en el suelo con una taza de té en la mano y sin más objetos a su alrededor que una lámpara y un tocadiscos, Aureli traza una genealogía de la habitación mínima a partir del modelo co-op zimmer de Hannes Meyer concebido en 1924 , no como una vivienda autosuficiente, sino como una habitación destinada a cubrir las necesidades de la clase obrera en una época de grandes migraciones. Evidentemente las diferencias son enormes, como es el cambio del tiempo histórico, y la crítica de Aureli a la ideología del “menos es más” del diseño minimalista tiene en la actual precariedad de los trabajadores creativos su diana más política. Menos es menos siempre, nos dice. Lo que hemos de abandonar es la promesa de un falso crecimiento soportado en la deuda, y retornar a un modo de vida donde menos es suficiente. El ejemplo de Meyer sobresale entonces notoriamente.


-->
Concluye que, “solo si somos capaces de ir más allá de su aura ideológica, menos puede ser el punto de partida de una forma alternativa de vida independiente tanto de las falsas necesidades que impone el mercado como de las políticas de austeridad impuestas por la deuda”. (p. 79) A la luz de este magnífico ensayo, la redefinición de lo privado, lo común y lo colectivo impregna el debate actual sobre el problema de la vivienda y el co-housing, por no hablar de la necesidad imperiosa de tener que volver a definir los parámetros de nuestra vida diaria y cotidiana a partir del más nimio detalle y elección.


11/15/2016

Una modernidad singular, diseño gráfico y grafismo





Folleto, invitación, catálogo por Gorka Eizagirre


11/08/2016

POP POLÍTICO: Orbital, In Sides (1996)


Dice el refrán que veinte años no son nada. Pero veinte años pueden servir para evidenciar cambios sistémicos profundos en las esferas de lo económico y lo cultural. Hace ahora dos décadas que se publicó el álbum In Sides (1996) de los hermanos Phil y Paul Hartnoll, más conocidos como Orbital. Considerada una de las cimas de la música electrónica del periodo, su evaluación en el tiempo presente presenta algunas dificultades. Una primera escucha revela la distancia con la que este sonido se presenta en nuestro presente. ¿Era esto lo que nos emocionaba tanto? Lo sigue haciendo. La secuencia orquestada de beats y melodías encadenadas in crescendo, los cambios bruscos, los cortes afilados, etc. In Sides puede considerarse como la banda sonora para una generación de artistas, al menos en mi entorno más cercano. (Recuerdo la instalación que el artista Jon Mikel Euba realizó en la solicitada casa de Asier Pérez González en Bilbao, circa 1996-1997, con PETROL como obra destacada, título sacado del track # 2 de In Sides).

El comienzo de The Girl with the Sun in the Head, grabado en un estudio de energía solar, nos introduce en lo que será un viaje atmosférico e introspectivo, oscuro por momentos y donde el escuchador podrá ahondar en su estado de consciencia. Es la capacidad de esta música: reforzar la subjetividad a la vez que proyecta sueños diurnos y deseos libidinales inconscientes. Una música para ser escuchada con cascos o auriculares (en los CD Player de la época o en los actuales Ipods), capturando cada matiz, o en el ambiente orgiástico de sus conciertos o cualquier rave o sesión DJ. Después de Petrol, el doble tema The Box (parte 1 y 2) propone casi quince minutos de maniobra conceptual, secuencias ralentizadas, atonalidades varias y retornos aéreos. Una música donde la sorpresa se aloja a la vuelta de la esquina. Los siguientes temas nos guían hacia toda una declaración de principios, en armonía o comunión con el llamado Zeitgeist. Es lo que hace a Orbital y al resto de bandas electrónicas del periodo, únicos: estandartes de un tiempo ahora extinto. La actual ansiedad en el escuchador de música contrasta con la repetición y modulación progresiva de diez, quince, minutos de electrónica.

El agotamiento de los hermanos Hartnoll según pasaban los años y los discos, hasta el cierre definitivo hace ahora un par de años, puede ser visto como síntoma de un cambio sistémico completo en la música. Un agotamiento que va a la par con el adelgazamiento de la sección “disco” o “electrónica” en las áreas musicales de las grandes cadenas tipo Fnac. No deja de ser irónico que sean los pioneros de la digitalización de la música popular de masas los primeros damnificados por la digitalización y distribución online de la música. Uno de los motivos de este “pinzamiento” está en la imposibilidad de sonar retro. Paradójicamente, la originalidad de la electrónica basada en el sampler, es decir, en la repetición de una secuencia, propia o ajena, escapa a la lógica de la retromanía, mientras que el rock o el pop de guitarra se basta para encaramarse a la actualidad sonando ochentas o noventas. Hay algo en los grandes grupos electrónicos o solistas de los noventa en la música electrónica, el Trip-hop y el Jungle,  Orbital, Underworld, The Orb, Autechre, The Chemical Brothers, Massive Attack, Tricky, Goldie que es modernista en el sentido de su completa originalidad inventiva. Mientras que el modernismo estético de la New Wave se presta, está sobradamente demostrado, al reciclaje posmoderno y al eterno retorno, la radicalidad en la propuesta musical de la música electrónica puede ser vista en perspectiva como la irrupción de lo nuevo en el sentido moderno del término y no meramente en una cuestión estética (como lo era la anterior New Wave).

Si Orbital suena out of sync hoy en día quizás lo sea porque ya no es cool o hipster. Sin embargo, poca música popular actual rivaliza con su sonido a nivel de composición, melodía y ritmo. Por no hablar de la configuración de un álbum como una totalidad, más allá de la suma de una serie de canciones o temas. Snivilisation (1994) y The Middle of Nowhere (1999) son ejemplos de esta concepción del álbum como unidad. La música electrónica de los noventa, como consecuencia directa del modo de producción capitalista del periodo, y no olvidemos que esa fue la década de la excitación por la “nueva economía”, el asentamiento de eso que ahora todos llamamos neoliberalismo, consecuencia digo de la obsolescencia analógica y su suplantación digital, nos informa ahora de la retirada y el ocaso de la creatividad y el riesgo en la aventura. Ah, también existía el baile y el ritual de los cuerpos más allá de bailar canciones…


11/03/2016

Una modernidad singular. "arte nuevo" en San Sebastián 1925-1936

 



Esta exposición es un caso de estudio dentro de la actual vorágine revisionista de la modernidad y sus narrativas. Su eje pivota sobre una década decisiva del pasado siglo XX, los años 30, y un contexto geográfico “alrededor” de la ciudad de San Sebastián. Aquí confluyó un periodo alto para el arte y la cultura que ocupa un momento fundacional para el arte vasco y también un lugar destacado dentro de la vanguardia histórica española. Puede discernirse aquí una situación emblemática de la modernidad caracterizada por el fenómeno urbano y la congregación de una serie de artistas abanderados de “lo nuevo”. A ello contribuyó la consolidación de San Sebastián como un lugar para el turismo monárquico y una burguesía ociosa en ascenso dando lugar a una compleja e interconectada esfera pública europea. Este esplendor desde mediados de los años 20 alcanza su momento más alto en la Segunda República Española viéndose truncado con la Guerra Civil en 1936.

En esta exposición el hilo conductor es menos la cronología de unos hechos y la biografía de unos artistas que el rastreo periodizador de la estética, las ideas y el espíritu que permitió la emergencia de “lo nuevo” (el shock moderno) para sorpresa, provocación y también regocijo de un público principalmente burgués. La exposición se asienta en las premisas de las manifestaciones estéticas que pueden inscribirse en los movimientos artísticos de las vanguardias históricas, enfatizando un punto de vista multidisciplinar y que tiene en el entrelazado de las artes su principal razón: pintura, collage y fotomontaje, fotografía, arquitectura, escultura, caricatura y cartel. El Studio de arquitectura Labayen-Aizpurua, la fotografía del propio Aizpurúa, la esfera pública de Eduardo Lagarde; los pintores Jesús Olasagasti, Carlos Ribera, Cabanas Erauskin, María Vallejo; Nicolás de Lekuona y Jorge Oteiza; cartelistas como Elías Elósegui y “Txiki” Zabalo; el poeta Gabriel Celaya; Ernesto Giménez Caballero…

El interés de la irrupción del llamado “arte nuevo” en los años 20 y 30 del pasado siglo supone un precedente de vanguardia en sincronía con su equivalente europeo abanderado del capitalismo moderno y la nueva cultura de masas. La exposición sugiere la trayectoria vital de un tiempo convulso y en continuo cambio bajo la perspectiva que de la modernidad se ha realizado desde el arte contemporáneo y la teoría crítica.


Peio Aguirre
Comisario de la exposición

10/21/2016

RESEÑA: Mon cher… Urs Fischer en la Fondation Vincent Van Gogh, Arlés



En la entrada, una enorme escultura modelada en barro pero fundida en bronce da la bienvenida al público: una especie de Última Cena iconoclasta, infantilizada, surreal y por momentos irrisoria. El modelado es completamente amateur o parece salido de un taller de terapia colectiva. Pero no, viene del estudio que el artista posee en Nueva York. La cantidad de arcilla utilizada llama poderosamente la atención, pero más todavía descubrir que la vieja técnica de fundido en bronce ha alcanzado una maestría inédita con el arte contemporáneo. No hay nada que ahora se le resista a la fundición o vaciado a la cera perdida, una técnica que goza de muy buena salud gracias a las nuevas generaciones de artistas. Ya en el interior, esculturas de distinta temática y tamaño enseñan un universo de humor caustico y una creatividad ilimitada. Ratones persiguiendo quesos, caballos y calaveras aparecen aquí. Estamos en la exposición titulada Mon cher… de Urs Fischer en la fundación Vincent Van Gogh de Arlés.

Representado por importantes galerías internacionales (Sadie Coles HQ, Gavin Brown Enterprise, The Modern Institute, Gagosian y otras), Fischer mantiene una frenética actividad con exposiciones individuales simultáneas en varias instituciones y galerías. En la sala principal, una “lluvia” colorista de gotas de agua hechas de plastilina y suspendidas del techo inundan al espectador en un paisaje pictórico que trata de adaptarse al contexto y a la obra del genial pintor holandés. Cada gota de agua policromada genera el efecto de una paleta de color cambiante, del verde al morado. Junto a esta lluvia de gotas, hay más obras modeladas en arcilla diseminadas por la sala: canapés con efigies femeninas a medio acabar o directamente saboteadas con un martillo. Fundición en bronce. Sobre la superficie de estas piezas, manchas y empastes de óleo directamente salidos del tubo. Hay aquí una decadencia sabrosa para un gusto eminentemente cultivado. Una psicologización del rol social del artista y la exploración de sus ansiedades para el deleite y la contemplación en donde el concepto mismo de fantasía se reifica a las primeras de cambio. Fischer es un artista hábil, desprejuiciado, que combina el kitsch, el pop y el expresionismo, el exhibicionismo con lo reprimido, la transgresión –aquello tan antiguo de epatar la burguesía– con el populismo y otras muchas cosas. El artista como aquel que nunca ha de pedir disculpas o, el artista como receptáculo de la ansiedad de distintas capas de la sociedad.


Aunque el suizo es principalmente un escultor que recurre a técnicas artesanales de todo tipo, también es un profuso productor de imágenes. Distribuidas a lo largo de varias salas se encuentran distintas impresiones digitales de gran formato. Fischer, fotógrafo de formación, recombina la pintura y la fotografía a través de técnicas digitales de collage. Una fotografía de un ojo humano puede estar rodeada de una gruesa capa de pintura sin abandonar su superficie completamente plana: una imagen salida directamente de una impresora en la factoría del artista. Es algo propio del arte contemporáneo mostrar los resultados a la vez que se esconde el modo de producción mismo. En este caso, las preguntas giran más alrededor de las consecuencias salientes cuando se poseen íntegramente los medios de producción y ya no existe dependencia alguna con industrias ni empresas intermediarias. El artista es su propio jefe y produce industrialmente: directamente del estudio o taller a la galería. La industrialización del arte contemporáneo tuvo en Warhol y su The Factory uno de sus momentos pioneros. The Factory funcionaba como una gran empresa capitalista a la vez que era un escenario para la creatividad y la bohemia experimentales. Otros artistas más recientes, Jeff Koons o Anish Kapoor, han naturalizado esta idea de taller o estudio como una empresa de trabajadores al servicio del producto-artista. Fischer continúa esta estirpe en la que la dimensión de su universo imaginario coincide con el volumen de la producción, en donde cierto sentido de autonomía e independencia son aquí importantes.

A diferencia de un artista como Koons, cuyo populismo y estrellato hiperbolizan su obra y su figura, Fischer cuenta con el reconocimiento del establishment curatorial del arte. Quizás esto se deba en parte por ser un representante de la cultura europea en Nueva York (donde reside desde hace dieciocho años), contra la siempre más fácilmente denunciable cultura norteamericana. Es una constante que desde el comisariado se le endose a Fischer el mérito de re-trabajar las temáticas de otros artistas suizos quienes en otro momento pudieron ser considerados marginales o que partían de una subjetividad propia, particular y psicologizada. Obviamente Fischli & Weiss resultan aquí ineludibles, aunque también Dieter Roth y otros representantes de una cultura centroeuropea interesada por probar toda clase de materiales, con un especial interés por los orgánicos y su degeneración. Fischer recupera en parte este legado de la ruina y la descomposición, dándole un acabado pulido y técnicamente bien acabado.

El artista, por su parte, establece una prudente distancia con cualquier asignación encorsetada con respecto a sus posibles influencias. De un modo irónico, su posición pasa ahora por interpretar a los artistas que no le gustan, como Chagall y Kandinsky. Fijarse en ellos significa comprender los motivos de su poca afección. Una cualidad de la figura del artista genio, de la cual Picasso es el máximo exponente, consiste en hacer de su libertad creadora un territorio de autonomía y fascinación. En tiempos actuales en los que rastros del punk se encuentran casi en exclusiva en la rodilla rota de un pantalón de bajo coste, el arte de Urs Fischer ejemplifica la ensoñación que la gratuidad de la imaginación y la ansiedad recóndita del artista todavía ejerce en la sociedad. Mientras las clases altas o pudientes saborean el kitsch en el rechazo a la alta cultura y el clasicismo, las masas se contentan al ver la estetización espectacular de lo banal y lo mundano. Todo ello también determina, sin el menor rubor, eso que hoy en día y de un modo aceptado por todos, llamamos arte contemporáneo.





10/17/2016

Identidad, Estudios Culturales y multiculturalismo en la era del odio

Barbara Kruger, portada de Artforum, 2016


Un debate reciente en el número de verano de la revista Artforum ha girado alrededor del “retorno” de la identidad como un “tema” en el arte. El número monográfico se inscribía en una suerte de revisionismo de los ochenta y las luchas por las políticas de la identidad que en entonces se libraron en el terreno cultural y que tenían en las diversas minorías –raciales o étnicas, de género, de orientación sexual– su principal destinatario. Una de las personas preguntadas fue la artista Barbara Kruger, quien en lugar de responder textualmente decidió enviar una deconstrucción semántica y conceptual de la jerga crítico-curatorial con la que la identidad regresa. ¿Cuándo dejó de ser la identidad un asunto principal? ¿En qué lugares, eventos y discursos ha estado la identidad desaparecida o simplemente equivocada?, se interrogaba Kruger, crítica con una encuesta cuyo borrador deconstruido –gráfico y textual– ha servido como portada para este número de Artforum. Merece la pena reproducir aquí las premisas de una encuesta para la cual en un mundo post- (identidad, raza, género y hasta post-humano) la identidad vuelve a ser motivo de conflicto y batalla. Un mundo el actual donde el fundamentalismo, el racismo, la discriminación y la violencia son alimentadas por las ideologías extremas. Solo le falta al briefing de Artforum la categoría de post-ideología, un olvido nada casual si se tiene en cuenta que es precisamente la noción de ideología la que hasta hace poco ha permanecido enterrada en el espesor de las distintas retóricas sobre la identidad. También podría añadirse la post-política, o el debilitamiento del antagonismo en la arena política como un simulacro del consenso que certifica el fin de toda ideología y la aceptación del sistema económico neoliberal como única alternativa.

Cualquier definición de lo post- principalmente manifiesta la acuciante urgencia de aquello que se pretende superado. Como dice Kruger, las categorías son herramientas útiles que de un modo forénsico pueden ayudarnos a (mal)percibir la totalidad. El lenguaje es la dificultad de nombrar y acotar. En una sociedad cada vez más fragmentada y tensionada, la recuperación del discurso de la identidad también está en la agenda política de los neoconservadores y defensores del “espíritu nacional”. Parece difícil vislumbrar un futuro sin que la identidad se convierta en el asunto central de un conflicto (que se remonta al periodo de la posmodernidad) que parecía superado.

Seguir leyendo en Campo de Relámpagos