Este breve ensayo de crítico italiano
Pier Vittorio Aureli (Roma, 1973) tiene el don de percutir entre las ideologías
de la austeridad que actualmente, y sobre todo a partir de la crisis de 2008,
se han visto implementadas en todas las esferas económicas de la vida. El
famoso lema de Mies Van der Rohe, “menos es más”, convertido en todo un credo del diseño
minimalista, es aquí cuestionado bajo la lente de un análisis de formas históricas
que han hecho de la necesidad virtud. Partiendo de un análisis del ascetismo y
el monacato en diversas órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos), Aureli
se adentra en el interior del propio espíritu del capitalismo. Conseguir más
con menos es, como sabemos, uno de los principios de la producción capitalista.
El modo de racionalización del tiempo y el espacio puesto al día por el
ascetismo desde la Edad Media sirve para una actualización de sus formas
arquitectónicas: monasterio, claustro, prisión, cárcel, fábrica. El autor no
opta sin embargo, por filiar todas estas formas a los ya conocidos “encierros”
foucaultianos. Más bien, Aureli se adentra en el interior de una ética del
ascetismo y en sus distintas corrientes represivas, de racionalización ética y
estricta disciplina.
El ascetismo es un ars vivendi cuyo objeto y finalidad coincide, y éste no es otro que
el estudio del yo: conocerse a uno mismo, cuidarse a uno mismo… para así poder
dominar a los demás. Escribe: “El ascetismo es, pues, no solo un estado
contemplativo o, como habitualmente se entiende, un retiro del mundo, sino,
sobre todo, una forma de cuestionar radicalmente las condiciones sociales y
políticas dadas en una búsqueda de una manera diferente de vivir la propia existencia
de cada uno”. (p.19) Nietzsche señaló en La
genealogía de la moral que si bien en sus orígenes el ascetismo se erigía
en una crítica al poder en su rechazo al mundo, la retirada de él, como
sostenían los eremitas y los primeros monjes, pronto devino en una
manifestación sutil de la voluntad de poder del ser humano.
El hacerse uno en el tiempo y en el
espacio, el monacato inventó la celda individual como representación por
excelencia de la interioridad, dando así a una nueva relación entre la vida individual
y la vida monástica. Una forma-de-vida (por utilizar aquí la expresión de
Giorgio Agamben), en la que el ascetismo, y con ello el propio cuerpo del
monje, deviene en un arte que no da un producto, sino que coincide con la
propia representación. La lógica del espacio se pliega a este arte: “En el
monasterio, la forma sigue a la función del modo más estricto posible. Como en
un edificio funcionalista, la forma típica del monasterio medieval es
simplemente una extrusión de las actividades rituales que tienen lugar en su
interior. Si observamos la planta del monasterio, comprobaremos una perfecta
coincidencia de tiempo y espacio”. (p. 30)
Aureli contrapone el modelo de los
monasterios benedictinos, que devinieron en grandes centros de producción y
poder, hasta el punto de que el monasterio más famoso de la orden, Cluny se
expandió hasta convertirse en una ciudad por derecho propio, a la posterior
austeridad franciscana. La retirada del mundo y la dedicación al trabajo fue la
opción de un primer ascetismo. Más tarde, y como reacción, el radical rechazo
de la propiedad privada de los franciscanos fomento la doctrina estricta del
uso; el fraile usa un hábito, no lo
posee. El voto de máxima pobreza de la orden franciscana se inspiraba en la
vida de los animales, donde no existe la propiedad privada.
Pero la evolución de la ciudad moderna es
impensable sin el concepto de propiedad privada. Le Corbusier fue el primero en
concebir una mínima propiedad para las clases obreras que les permitiera
convertirse en empresarios de su propia condición doméstica. Esta paradójica
relación entre ascetismo y propiedad ilustrará la brutalidad de la vida
industrializada en las grandes metrópolis. Walter Benjamin estudió los
interiores burgueses, cuyos objetos estaban allí para garantizar la ideología
de la casa privada, el afán de sus habitantes por dejar huellas. Pero, como
explica Aureli, “resulta irónico que Benjamin asociara el minimalismo de Le
Corbusier como una forma radical de vida cuando, como hemos visto, estaba
destinado a imponer el mecanismo de la propiedad privada a una escala aún mayor
que el interior burgués decimonónico”. (p. 50)
Aureli contrapone al modelo lecorbuseriano
el modo de vida del propio Benjamin, quien en la década de 1930 se mudó 19
veces, y también su amado héroe, Baudelaire, quien hizo de la ciudad su morada,
con las figuras el flâneur y el dandi
como manifestaciones estéticas donde la propia vida se construye como una obra
de arte, en una de las representaciones de la identidad moderna más ubicua y
cosmopolita.
La última parte del libro nos religa con
el presente, a partir de una crítica de la estética minimalista salida de un
capitalismo que hace de la austeridad una estética seductora, y que tiene en
Apple su ejemplo más manifiesto. A partir de una fotografía de Steve Jobs en
1984, donde éste sale como un monje, sentado en el suelo con una taza de té en
la mano y sin más objetos a su alrededor que una lámpara y un tocadiscos,
Aureli traza una genealogía de la habitación mínima a partir del modelo co-op zimmer de Hannes Meyer concebido
en 1924 , no como una vivienda autosuficiente, sino como una habitación
destinada a cubrir las necesidades de la clase obrera en una época de grandes
migraciones. Evidentemente las diferencias son enormes, como es el cambio del
tiempo histórico, y la crítica de Aureli a la ideología del “menos es más” del
diseño minimalista tiene en la actual precariedad de los trabajadores creativos
su diana más política. Menos es menos siempre, nos dice. Lo que hemos de
abandonar es la promesa de un falso crecimiento soportado en la deuda, y
retornar a un modo de vida donde menos es suficiente. El ejemplo de Meyer
sobresale entonces notoriamente.
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Concluye que, “solo si somos capaces de
ir más allá de su aura ideológica, menos puede ser el punto de partida de una
forma alternativa de vida independiente tanto de las falsas necesidades que impone
el mercado como de las políticas de austeridad impuestas por la deuda”. (p. 79)
A la luz de este magnífico ensayo, la redefinición de lo privado, lo común y lo
colectivo impregna el debate actual sobre el problema de la vivienda y el co-housing, por no hablar de la
necesidad imperiosa de tener que volver a definir los parámetros de nuestra
vida diaria y cotidiana a partir del más nimio detalle y elección.






