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8/12/2016

Insomnia. Capitalismo de ansiedad



Imágenes: The Maquinist (2004) Bren Anderson / Música: Burial, "Fostercare"


1/04/2016

Capitalismo de ansiedad: "Locke" (2014)

Ivan Locke. Cada vez que suena el teléfono de manos libres en su coche, su conductor contesta dando su nombre completo. Ivan Locke; un operario o ingeniero altamente cualificado en el asentamiento de edificios construidos con cemento y un tipo al que se le reconoce su honestidad y sentido común. Locke (2014) es una película dirigida por Steven Knight e interpretada exclusivamente por Tom Hardy. Aunque la película ha sido apreciada por su riesgo formal y el tour de force actoral de Hardy (todo el filme transcurre alrededor del trayecto en coche de su protagonista desde Birmingham a Londres, son las conversaciones por teléfono las que traman el argumento) el planteamiento es revelador de la esquicia contemporánea de la identidad masculina. En ese trayecto de hora y media desde su lugar de trabajo al hospital donde nacerá un hijo fruto de una infidelidad ocasional, Locke experimentará la peor noche de su vida, una hora y media de estrés extremo. La película es sintomática de la actual dificultad para separar las esferas de la familia y del trabajo, y la alternancia de llamadas telefónicas de un ámbito y otro así lo explicita.


Que Locke se dedique al cemento encofrado, no como un trabajador más sino como un reconocido especialista, puede verse como una metáfora de la dificultad para asentar una base y al mismo tiempo la importancia de esa misma base. Un vertido de cemento a gran escala es una operación delicada donde el menor error conlleva pérdidas millonarias y un error urbanístico difícil de subsanar. Los cimientos son la clave de cualquier rascacielos. Un mínimo error en la composición del cemento puede hacer que en el futuro el edificio se agriete. Así también un error puntual puede acabar con una familia. Locke ha decidido girar a la izquierda y no a la derecha, acudir a un hospital y no a su hogar, ausentándose con ese viaje de una delicada operación cementil que tendrá lugar temprano por la mañana. La identidad de Locke está construida por el respeto tanto dentro de la empresa como en su imagen como fundador de una familia nuclear. Locke representa un tipo, un arquetipo. Pero su origen bastardo y la conciencia de tener que hacer lo correcto en ese momento le colocan en una encrucijada de decisiones rápidas que tendrá efectos en su trabajo y su familia. Locke busca redimirse de su pasado, y esta redención tiene un precio que hace bascular su estabilidad.

La contaminación de las esferas del trabajo y la intimidad es algo que prácticamente damos por hecho. La tecnología ha vinculado ambas de manera que la desconexión es un pequeño p gran esfuerzo a realizar. La idea del trabajo que se transmite en Locke no es la del trabajador post-fordista o cognitivo, tampoco la del artesano manufacturero, sino más bien la del especialista dependiente de la logística, las infraestructuras y la propia corrupción del capital y sus holdings multinacionales. Un trabajo en el que una ausencia por motivos personales, vinculados a la esfera privada, puede dar al traste una totalidad (inversión de infraestructura o inversión financiera con consecuencias en varios puntos de la geografía, Londres, Chicago, etc.) Locke es en este sentido alegórica de la configuración global del capital como una totalidad. En un capitalismo tardío donde la identidad se forja a través de la imagen del trabajo, Locke es un héroe dispuesto a resolver eficazmente y por teléfono su complicada agenda. La moral prevalece, aunque para ello se deba pagar con el estrés, el síndrome contemporáneo más agudo de un capitalismo de ansiedad que hace tiempo entremezcló las esferas de lo personal (lo íntimo) y el trabajo (lo público). 


9/11/2015

Encontrar libros



La ansiedad de no encontrar un libro en el caos, no porque te urja, sino porque no puedes encontrarlo. El libro en cuestión no es el objeto de la ansiedad sino su MacGuffin. Cuando una biblioteca ya no es manejable. Al principio uno no tiene una biblioteca y, sinceramente no piensa en tenerla. Pasan los años y la idea de una biblioteca se asienta, pero no es una realidad. Pasan más años y de golpe uno presiente que tiene una, pero inmanejable, debido a los límites del espacio. El problema es entonces pensar en su futuro. La ansiedad por no poder encontrar un libro es un arrebato: el libro contiene material para un posible artículo que de cuenta de la actualidad; el libro tiene dentro un recorte que es ahora, y solo ahora, imprescindible. La ansiedad por el libro, a su pérdida, no es justificable. El libro ha de estar ahí. El libro-MacGuffin ha tenido en otros momentos otras configuraciones: llaves, calcetines especiales en un cajón. Cosas que no son importantes. Los escritores que se han visto expuestos al exilio dejaron atrás muebles y bibliotecas y establecieron nuevos géneros literarios ligeros, poemas, crónicas, diarios, baladas… (pienso en Brecht). No hacer nada que aumente el peso o inmovilice demasiado. La necesidad de un libro en un momento exacto es en nuestros tiempos académicos un requerimiento autoimpuesto. Un libro desaparecido sin causa o motivo aparente sobrepasa en categoría a los libros prestados y nunca devueltos. Estos al menos tienen custodio. La solución a la desaparición misteriosa de un libro suele ser, casi siempre, la de volver a comprarlo. El libro regresa entonces como un hijo pródigo ante el temor de que el original reaparezca de milagro. Esta es una manera, entre otras muchas, de que surjan los libros dobles o gemelos. La ansiedad también muta en otros objetos, lejos de desaparecer.



7/13/2015

¿Ciudad-cultura, o producción-consumo?


Podría pensarse que es más en la relación cultura-política que en la cultura-economía desde donde podemos situar la ciudad contemporánea neoliberal. Sin embargo, acontecimientos recientes en nuestro país nos demuestra la correlación cada vez más indistinguible entre cultura, política y economía. La ciudad posmoderna es aquel lugar donde TODO está conectado a TODO. La ciudad de Baltimore, en la serie The Wire, es un ejemplo de este tipo de ciudad.

¿Qué significado tiene el término de “trama urbana”? Conviene recordar una definición de lo “urbano” como un conjunto de prácticas y modos de hacer. ¿Cómo nos movemos en el mapa de la ciudad? ¿Cómo circulamos? ¿Cómo nos dirigimos? Resulta interesante analizar el par producción/consumo en este hacer urbano. Ambos conceptos se oponen y a la vez están relacionados. Toda sociedad moderna capitalista gira alrededor de estos dos conceptos. Se dice que vivimos en una “sociedad de consumo”, “sociedad consumista”. ¿Cómo trasladar esto a la nueva ciudad contemporánea neoliberal? ¿Y cómo relacionarlo con los modos de producción del trabajador cultural, trabajador cognitivo e inmaterial?

Las ciudades se están adaptando lentamente a los modos de consumo: desde el consumo de masas, al target, la hipsterización, procesos de gentrificación, individualización, subjetivación, etc. De un modo icónico, asociamos la producción al icono o diagrama de la fábrica, y el consumo queda representado por el icono del supermercado. Pero, como bien sabemos, ni la fábrica ni el supermercado son definitorios de estas ciudades posmodernas. En la teoría económica “clásica” ocurre lo siguiente: a) al aumentar el consumo aumenta la producción (vasos comunicantes), b)  al disminuir el consumo disminuye la producción.

Se habla entonces del carácter cíclico o circular de la producción. (O esto es lo que se nos cuenta como salida a la crisis). Las ciudades actuales están orientadas al consumo (y los supermercados se llevan a las periferias). El consumo en la ciudad comienza por el consumo-ciudad. El consumo es el principio de esta ciudad capitalista neoliberal actual.
Pero ¿cómo es el consumo en general? Diversos teóricos y psicoanalistas han indagado en esto. Se dice: “No hay placer en el consumo porque el consumo se fundamenta en su compulsión. En la insatisfacción permanente de esta compulsión. De manera que el consumo actual se fundamenta en el principio de que corta con todo placer, deviene neurótico, fomenta la ansiedad, etc.” William Gibson, comentó en uno de sus libros, History zero, acerca de la actual “industrialización de la novedad”, en la que los “los consumidores no compran tanto objetos como narraciones”. ¿El énfasis en el “relato” tiene que ver con esto? Vender relato. Relatar.

Entonces, ¿cómo es la producción? ¿Cómo es la producción dentro de la cultura o dentro del productor cultural y cognitivo? Podría repetirse lo mismo que con el consumo: “No hay placer en la producción, porque ésta se da de manera entrecortada, fragmentada y también neurótica. Trabajamos cortando infinitas veces el ritmo, pasamos de una cosa a otra infinitas veces, procrastinamos, aplazamos y también buscamos la gratificación inmediata…” Resultado: ansiedad.

El carácter cíclico y circular de la producción y el consumo nos conduce al mismo atolladero: la ansiedad.
Se ha insistido en que la precarización es hoy del orden de lo biopolítico. La precarización del modo de vivir en la ciudad es una precarización de la experiencia, una precarización en la producción y también en el consumo.



Nota a partir de una intervención en Santander, 25 de abril, 2015.  En el marco de semana cultural Santander-Bilbao "Tan cerca".


2/03/2015

EDITORIAL: Sobrecualificación


En El hombre sin atributos (1930-1943), Robert Musil vislumbró el advenimiento de un mundo lleno de cualidades sin personas que le saquen jugo; experiencias sin personas que las experiencien, etc. Un siglo más tarde esta condición parece revertirse: la sobrecualificación laboral conduce directamente al precariado. La sobrecualificación cultural del do it yourself es tanto una liberación como un yugo. ¿Cómo describir la situación dentro de la cultura cuando una misma persona puede ser al mismo tiempo escritor, editor, emisor, el propio canal que emite y en no pocas ocasiones su única audiencia? Circuito cerrado. El productivismo no se ha basado nunca en este circuito cerrado narcisista, sino en la apertura a una condición de la producción que contemple siempre a otro receptor.


Es una condición: mucha gente está hoy en día sobrecualificada y no encuentra trabajo. Un licenciado universitario pregunta por una trabajo humilde y no halla respuesta. La universidad prolonga su sombra en masters, grados que no parecen acabar nunca; la llamada educación no reglada resulta interminable. Los tiempos se retrasan, la ansiedad se acrecienta. La sobrecualificación no está reñida con la especialización. De hecho ambas se retroalimentan, más si cabe a partir de una precarización que es a la vez causa y consecuencia. Vivimos en tiempos de especialistas. Frente a la especialización, la vindicación de la curiosidad y el librepensamiento.


9/06/2014

EDITORIAL: Atención


La atención es uno de los modos perceptivos actuales mayormente sometidos a la deriva de la nueva subjetividad. La dificultad para prestar atención es un síntoma de la conquista en algún otro lugar, imperceptible. Ya sea en el aula de la clase o en situaciones que requieren concentración, la atención no es sustituida por la distracción sino por la falta de atención, que es distinto. La distracción, por su parte, ya fue glosado por los modernos incluyendo a Walter Benjamin. Pero el problema de la atención es ahora otro; el de la mirada perdida sin focalización y el oído absorto en un murmullo interior sordo. La concentración ha sido atacada por todos sus flancos y hace tiempo que ha hecho aguas. No es que Internet nos distraiga, que también, sino que cada vez más nos incapacita para la atención. Ernst Bloch, muchísimo antes de la existencia de las redes sociales, ya advertía de este gusto por la interrupción: “Es desagradable verse interrumpido. Y, sin embargo, de modo extrañamente fácil nos dejamos interrumpir por lo inesperado”. (…)

Y a continuación detallaba la necesidad de sentir la irrupción de algo nuevo, siquiera un rumor, en el ritmo cíclico del consumo diario. Hablando del periódico escribió: “En el nivel más ínfimo seduce ya la murmuración, las noticias de una disputa ajena. Pero también el periódico vive, en gran parte, de la necesidad de algo desacostumbrado, y la última novedad constituye su aliciente. Nada es, por eso, más indiferente, más inmerecidamente indiferente, que un periódico de uno o varios días atrás. El periódico del día es sobrevalorado; el atrasado, infravalorado, porque carece ya del aguijón de la sorpresa”.[1]
Con el declive del periódico y su sustitución por el constante flujo de rumores y inputs de las redes sociales, ya no tenemos necesidad de esperar al periódico del día siguiente. Todo se deglute y se abandona a la mayor inmediatez. La atención flotante es ahora nebulosa y sin proyección.


[1] Ernst Bloch, El principio esperanza, Editorial Trotta, Madrid, 2007, p. 68.


5/08/2014

El problema de la multitarea (1)




“Do one thing at the time” era la primera regla de la lista de Fischli/Weiss para trabajar mejor.
Pero que cada vez más esto no resulta fácil de hacer. La dificultad para experimentar el tiempo en bloques homogéneos es uno de los problemas del trabajo actual. Jonathan Crary ha señalado lúcidamente que con la progresiva indistinción entre los tiempos de trabajo y de ocio, el trabajador contemporáneo permanece alerta en una franja de tiempo que se expande 24/7.[1] Ese es también, por otra parte, el tiempo para el consumo sin descanso. Sin duda es la tecnología y la creciente computerización de todos los estratos de la vida privada y pública los que modifican nuestros hábitos. El capitalismo de ansiedad se extiende cómodamente a esa una franja que abarca la totalidad de la vida. Fue Marx el primero en definir el concepto de plusvalía. Lo que es de resaltar aquí es que ese mismo concepto vale tanto para definir la fuerza de trabajo que el capitalista hurta al trabajador, sometiéndolo a un régimen preestablecido pero impuesto de 8 horas de trabajo/8 de sueño/y 8 de ocio, como para explicar el auto-sometimiento al sistema del que voluntariamente participamos en nuestras sociedades cognitivas y del trabajo inmaterial.

En la plusvalía (digamos tradicional) es el excedente del trabajador, es decir, el trabajo sobrante en tiempo cuantificable que se emplea en la fabricación de un objeto material (pongamos una mesa) de lo que el empleador se beneficia. Poco a poco ese tiempo se extiende fuera del horario de trabajo, donde el ocio permanece predeterminado y el sueño (o el inconsciente) queda como único refugio para la fantasía del individuo aunque, como bien aclara Crary, las horas de sueño son el último espacio colonizado por el capital. De esta manera el capitalismo se apropia de la vida entera. Pero en el capitalismo inmaterial y desrregulado actual, en donde cada uno es su propio “jefe” o “empresa” (o eso se nos dice), la plusvalía es el horizonte final de un trabajo donde nunca nada es suficiente.

Como cualquier producto bien diseñado del capitalismo tardío, los ordenadores personales son auténticas herramientas ambivalentes, capaces de proporcionar la mayor de las libertades creativas y de empoderamiento a sus usuarios como también de someterlos a la autovigilancia, el control y la escucha infinita. Un artículo el año pasado en The New Yorker ponía el énfasis en el modo en que los ordenadores debilitan nuestro cerebro hoy en día. (Leer aquí). En ese artículo se describían hallazgos u obras geniales realizados para la literatura y la ciencia (por Franz Kafka, Jack Keruac y los inventores de Apple, Steve Jobs y  Steve Wozniak), esto es, gente que tuvo que concentrarse en una actividad en un bloque de tiempo muy concentrado y con herramientas (una simple máquina de escribir en los escritores) las cuales únicamente podían realizar una única actividad. Cito aquí sin necesidad de traducción:

“On the one hand, today’s computers feature programming and writing tools more powerful than anything available in the twentieth century. But, in a different way, each of these tasks would be much harder: on a modern machine, each man would face a more challenging battle with distraction. Kafka might start writing his book and then, like most lawyers, realize he’d better check e-mail; so much for “Das Urteil.” Kerouac might get caught in his Twitter feed, or start blogging about his road trip. Wozniak might have corrected an erroneous Wikipedia entry in the midst of working on Breakout, and wrecked the collaboration that later became Apple”.


Más allá de lo pertinente de estas especulaciones transhistóricas, lo que el artículo plantea es que la multitarea ha devenido en un problema más que una solución y que entre ser herramientas de concentración y eficacia, la tecnología actual funciona como instrumento de distracción y dispersión. Esto está relacionado con el esfuerzo realizado por la propia evolución del ordenador personal (donde Apple juega un rol esencial) donde la democratización de su uso desde al menos los ochenta pasa por implementar la multifuncionalidad y simultaneidad de tareas e interfaces. Pero, ¿alguna vez hemos pensado cuantas veces cambiamos de ventana o interfaz al día? En el espacio confinado de una oficina (pongamos que en una franja de ocho horas), la frecuencia para saltar entre ventanas en la pantalla puede ser exponencialmente sorprendente. Calculable, pero sorprendente. Dos minutos de atención en algo… y a otra cosa.
En este sentido, los ordenadores son auténticas “armas de distracción masivas”. Mientras prestamos atención a varias cosas a la vez tenemos la  sensación de que estamos aprovechando mejor el tiempo, pero diversos estudios nos dicen que se trata de una percepción equivocada, pues la multitarea confirma que en realidad se tiene menor capacidad para concentrarnos y filtrar la información relevante.

Una de las consecuencias de la multitarea está en el estrés que genera, con las consecuentes problemas para gestionar el descanso y sobre todo el sueño. La multitarea no solo conlleva la combinación de múltiples actividades sino más bien la ampliación de la percepción 24/7, lo que a la larga genera una precarización en el criterio a la hora de valorar lo que importa y lo que no, la información relevante de la irrelevante. Evidentemente las redes sociales encabezan la lista de estas “armas de distracción masivas”.  La adicción a la información es el reverso del aburrimiento, pero entre éste y la adicción ya no hay distancia. La excitación de esta avalancha de información genera ríos de dopamina en el cerebro y como en toda adicción, al igual que en la plusvalía, nada es suficiente. 24 horas 7 días a la semana.


[1] Jonathan Crary: 24/7 Late Capitalism and The Ends of Sleep, Verso, Londres, 2013.