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7/11/2017

Plano-secuencia en Theo Angelopoulos

Rodaje de El viaje de los comediantes (1975)

Hace tiempo que deseo decir algo sobre Theo Angelopoulos y no encuentro el momento. O cada vez lo pospongo para otra ocasión. He visto cinco películas de este director griego, que por orden de visionado son: La mirada de Ulises, El viaje de los comediantes, Viaje a Citera, Reconstrucción y Paisaje en la niebla. Aunque haya pasado tiempo de estos visionados, el impacto en mi conciencia ha sido considerable. Puedo imaginarme el shock que supuso el estreno de El viaje de los comediantes en cualquier cine del país. Recuerdo vagamente el estreno de La mirada de Ulises con las heridas de la guerra de los Balcanes todavía abierta.

Angelopoulos era un idealista, un cineasta para quien el compromiso artístico y el político estaban entrelazados en la idea misma del alma. Nadie como él para trasladar el sentido del tiempo y el peso de la Historia. Sin ambages puede decirse que El viaje de los comediantes es una de las más grandes películas sobre la Historia jamás rodadas. Este énfasis en la conciencia histórica y el devenir del tiempo no podría serlo sin la invención de una forma fílmica que en el director griego alcanza su máxima expresión: el plano-secuencia.


El plano-secuencia significa continuidad, duración, recorrido, movimiento. En sus manos es una forma dialéctica reconciliadora en la mejor tradición de Lukács. Esto parece ser así para Angelopoulos, para quien la técnica, por simple y sostenida basada en movimientos de cámara lentos y generalmente en horizontal, puede mostrar la reconciliación y compromiso político con el pasado así como el devenir histórico colectivo. ¿Y qué decir de la propia historia de Grecia? Learning from Athens ha sido el lema (curatorial) de la actual documenta 14 de Kassel y que ha tenido en la capital helena una de sus sedes. Más les hubiera valido ponerse todas las películas de Theo Angelopoulos, todas juntas, una detrás de otra, para aprender de la compleja historia social, cultural y política de este país.


8/08/2016

Entrevista con Mark Fisher





La reciente publicación del libro de Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (Caja Negra Editora, 2016), supone una sacudida teórica que nos informa de algunos de los males agudizados a partir de la crisis bancaria de 2008 y la reorganización de los poderes neoliberales para entrar en una fase de capitalismo más agresiva si cabe. Fisher, crítico musical y escritor británico, recurre a un conjunto de ejemplos culturales salidos de la televisión, el cine, la literatura y la política para trazar los principales rasgos y mecanismos del realismo capitalista; el desmantelamiento de los servicios públicos, la cultura del consumo, la expansión de la burocracia al sistema educativo, y los desordenes de atención, el estrés y la depresión que incapacitan al sujeto individual para cualquier capacidad de agencia colectiva. El famoso eslogan de Margaret Thatcher, “No hay alternativa”, al neoliberalismo económico y el libre mercado, sirve a Mark Fisher para trazar el recorrido del realismo capitalista. En esta entrevista le hemos preguntado por su libro de amplio recorrido que ahora se presenta en una cuidada edición.  

Peio Aguirre: Esta traducción de Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (libro publicado originalmente en 2009) se produce en un clima político global de extrema confusión. ¿Cómo ha cambiado el mundo en este lapso de tiempo? O mejor todavía, ¿cómo definir sintéticamente al lector en lengua española que es el realismo capitalista?


Mark Fisher: Siempre digo que el realismo capitalista es más fácil de identificar que de definir. La manera más sencilla de definirlo es la creencia de que no hay alternativa al capitalismo. Seguir leyendo Aquí: 

Publicado en El Estado Mental, 7-08-2016


6/10/2016

Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Mark Fisher (Caja Negra, Buenos Aires, 2016)


Tengo el gusto de haber prologado el libro de Mark Fisher Realismocapitalista. ¿No hay alternativa (La Caja Negra, 2016). Este primer libro publicado por el autor en 2009 le colocó en una posición crítica seminal en el contexto británico, al mismo tiempo que lanzaba a su editorial Zero Books, que desde entonces no ha hecho más que crecer convirtiéndose en un sello imprescindible para aquellos que desean sumergirse en una teoría crítica no académica que todavía ausculta el pulso a la producción cultural. En este blog también hice una reseña en su día del segundo libro de Fisher, Ghosts of my Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures (también con Zero Books, 2014). Un libro éste mucho más centrado en contenido cultural, pues no en vano, Fisher se forjó blogueando con el alias de k-punk en la pasada década. Fisher es, por encima de todo, un crítico musical que ha mutado en crítico cultural y cuyo ojo crítico le ha permitido hacer diagnóstico totalizador del sistema económico en el que estamos inmersos, a.k.a. capitalismo tardío.
Se dice que todo primer libro esconde el estilo de la escritura que todo autor anhela cultivar. Podría decirse que Realismo capitalista es un libro iniciático para el autor, toda una descarga de energía. Ghosts of my Life, si bien tiene el mismo nervio escritural, es un trabajo más sofisticado, pues la subjetivación de las referencias (música, televisión, películas) es más grande y detallada.


He visto en alguna librería especializada que etiquetan Realismo capitalista dentro de la sección de economía. Esto es, desde mi punto de vista, incorrecto. Que algunos libros de teoría crítica, pensamiento o ensayo sean etiquetados como “economía” dice mucho del mercado del libro y la dependencia de la actualidad. Desde luego, el libro de Fisher puede compartir estante con lo último de Varoufakis, pero estaría mejor situado al lado de una edición menos cool de cualquier libro de Adorno. Repitamos, la teoría crítica no ha de ser aburrida sino todo lo contrario, llena de ejemplos actuales y lenguaje vibrante como este trabajo de Fisher que es, no lo olvidemos, una de las figuras principales del movimiento hauntologico (Burial, Ariel Pink, etc.) Una tarea histórica de la teoría crítica es la comprensión de eso que llamamos capitalismo. No es este blog el lugar para reproducir lo que escribo en el libro (corran a comprarlo, no se arrepentirán), pero sí recordar a dos personas que me introdujeron a Fisher. A Asier Mendizabal, posiblemente la primera persona que mencionó públicamente por estos lares a Fisher en una columna del Mugalari y a comienzos de esta década. Y a mi colega en Burdeos Jean-Philippe Halgand, siempre muy bien informado de lo que se cuece por ahí afuera, quien me pasó la copia de este libro que leí en su día. Ah, y a la Caja Negra Editora por poder escribirlo y publicarlo. 


3/05/2015

EDITORIAL: Inmediatez y mediación

Algunas personas ven en la inmediata o directa correlación entre algunas obras de arte con la sociedad/realidad la prueba irrefutable de la “veracidad” y autenticidad de esas mismas obras de arte. El tipo de realismo que se deriva del mimetismo con lo social y lo político es visto entonces como demostración para la obra de arte engagé. La oposición que esto genera con todo el resto del arte que opta por la opacidad en lugar de la transparencia ha de ser desmontada. Por ejemplo, las excelentes exposiciones de Mathias Goeritz y la muestra sobre fotografía obrera  Aún no. Sobre la invención del documental y la crítica de la modernidad en el Museo Reina Sofía (conviviendo ambas bajo un mismo techo), confirman que las posibilidades para el arte de incidir en la realidad se halla en ocasiones en posiciones antitéticas. Afortunadamente. 

Cuando Alexander Kluge en Reformzirkus. Un debate en televisión (1970) se esforzaba en hablar de su trabajo y de la complejidad de las relaciones entre cine y sociedad era consciente que esa misma complejidad no podía llegar llana y directamente a la clase obrera a la que se dirigía, sino a través de la implementación y mediación que las formas artísticas conllevan consigo en su dimensión educacional y cultural. Como alguien vinculado a Adorno desde muy joven, era también consciente de que la palabra “compromiso” para el arte se encuentra en la responsabilidad primera del artista para con su quehacer, cine, obra de arte, literatura, etc. Inmediatez y mediación comparten la misma etimología aunque ese in- suponga la negación de aquello que no es mediado. Lo inmediato como lo no mediado. Quizás lo inmediato, por espontáneo, rápido y casi bruto, no ha de ser tampoco necesariamente irreflexivo o burdo.


Pienso que la frase de Gillick del post anterior adquiere sentido a la luz de todo esto: “La significancia de esta estructura es todavía dependiente sobre estructuras de fuera del arte, las cuales soy demasiado perezoso para desafiarlas”.


8/02/2014

Formas de afecto o, acerca de la afectividad de las formas*


In form there is no more longing and no more loneliness
Georg Lukács


La discusión sobre el arte como una forma de afecto atraviesa la historia de la filosofía al menos desde los griegos. Algunos términos como “sensibilidad”, “emoción”, “afectuosidad”, “conmoción”, “añoranza” y “anhelo” describen sentimientos positivos que la disciplina de la estética ha cultivado durante siglos, a pesar de haber acuñado también expresiones peyorativas como “sensiblero”, “afectado”, “ñoño”, “compasivo” y “cursi”. ¿Acaso estas acepciones fueron creadas desde algún afuera académico, oficial e institucional? No es desde ninguna posición filosófica ni disciplinar desde donde deseo hablar de los afectos, el arte y la cultura.

De entrada, ¡qué pereza! Camino de París, sentado en un TGV, medito a partir de abstracciones de ideas. Una línea reflexiva puede trazarse entre la historia del pensamiento y el actual estado neoliberal donde las tecnologías emocionales conquistan de manera imperceptible pero sin descanso cada resquicio de nuestra mente. Mientras la mirada se pierde en el horizonte, nos adentramos en el interior de las formas y los afectos.
Un paso decisivo en este debate lo dio el filósofo y crítico literario Georg Lukács cuando en 191o publicó una selección de textos de juventud con el título El alma y las formas. Se trata de una compilación de ensayos de marcado tono idealista previos a su entrada en el marxismo, y que expresan el existencialismo burgués y los problemas de la soledad, la alienación y las cualidades curativas de la forma estética. No se sabe el porqué de este orden en lugar de su contrario, las formas y el alma. El peso del significado varía sensiblemente dependiendo de si leemos “forma” o “alma” en primer lugar. En ambos casos hay un matiz diferente, y algo similar sucede cuando nos referimos a las formas de afecto o al afecto de las formas. ¿Cómo distinguirlas? ¿De qué modo desgajar su insondable diferencia?


El alma y las forma, diseño apropiado para Lukács


El propio Lukács no se complicó demasiado, y tituló su libro El alma y las formas, regalando al lector toda una guía reflexiva y sensorial con la que pensar el afecto como inseparable de la forma. Pensemos en esto mediante un ejemplo sacado del propio autor. El primer ensayo del libro lleva por título “Sobre la esencia y forma del ensayo”. Se trata de un texto sobre la naturaleza híbrida del género ensayístico o, más bien, sobre si Lukács puede llegar a escribir un ensayo, o si tiene alguna contribución que hacer a esta forma. El texto en cuestión es además una carta, como indica su subtítulo “Carta a Leo Popper”. Pero entonces, ¿qué clase de escritura es, ensayo o carta? Esta ansiedad interpela al lector, quien encuentra la calma en la certeza de que la forma no es únicamente el tema del libro sino también la forma misma de la investigación en sí.

Judith Butler, en la introducción a una nueva edición en inglés de Soul & Form, nos recuerda que las formas se dan cuando un cierto requerimiento para expresar la realidad de alguna manera ejerce una demanda, y las formas quedan obsoletas cuando esta exigencia pierde su razón de ser o su componente de necesidad. Para que una expresión sea comunicada, y por lo tanto para mediar entre el auténtico impulso de un creador y las condiciones sociales dentro de las cuales el creador trabaja, una forma tiene que ser encontrada o creada. La forma no se añade sobre la expresión sino que deviene su condición, el signo y la posibilidad de su verdad subjetiva. Por ello para Lukács, si vamos a escribir sobre un tema, debemos no sólo hallar una forma para ese escrito sino también determinar qué clase de forma permite la articulación del tema y qué tipo de forma ese tema exigirá. Su creencia en la forma como destino último en el que se resuelven las aporías internas del sujeto (autor) llevan a Lukács a escribir apasionadas líneas no exentas de idealismo: “La nostalgia es siempre sentimental, pero ¿hay formas sentimentales? La forma es una superación del sentimentalismo; en ella deja de haber nostalgia y soledad: devenir forma es la gran consumación de todo”.




Mientras estas palabras resuenan, pienso en la forma del ensayo y en la posibilidad de una escritura ensayística que sea por propio derecho una declaración de amor. Tengo en mente la forma de la carta, la carta de amor. La lengua francesa, que según dicen es el idioma del amor, parece incapacitada para pensar algunas de estas sutilezas lukácsianas. “Longing and Form” es otro de los ensayos pero, para mi sorpresa, en la versión castellana (antigua y encontrada en la usura de Internet) longing se traduce como nostalgia. Durante años había traducido en mi cabeza longing como anhelo. ¿Acaso el anhelo describiría una nostalgia por un futuro que todavía no ha sido mientras que ese otro longing define una nostalgia por lo ya pasado? A pesar de que el autor escribiera en húngaro y también en alemán, los matices entre idiomas no dejan de proporcionarnos diferencias infinitesimales. Los franceses no tienen una palabra para longing que no sea nostalgie, y para anhelo tienen désir y envie. Pero no es lo mismo. Los ingleses, que al parecer son menos sensuales que los franceses, tienen también yearning. En cualquier caso, todas estas palabras definen estados emocionales. ¿Afectos y emociones significan acaso lo mismo?

Afecto y emoción (en el realismo literario)

Si la historia del arte puede leerse como activación de esta dialéctica entre forma y afecto, ¿qué decir de la literatura? En su reciente The Antinomies of Realism, Fredric Jameson elabora toda un teoría del afecto como uno de los rasgos de la novela realista que nace en el siglo XIX con Zola, Tolstoi y Pérez Galdós entre otros. La percepción de los afectos burgueses a mitad del XIX y su consiguiente registro literario es precisamente una de las novedades formales del realismo moderno (Flaubert) frente a la anterior generación (Balzac). No es que los afectos no existieran antes, sino que éstos encontraron un registro lingüístico/formal propio y de este modo pudieron cobrar existencia literaria a través de la nueva novela realista. Una vez más, las formas (y también la técnica). Jameson pone como ejemplo extractos de la novela de Zola El vientre de París donde se describen minuciosamente los mercados parisinos, sus productos y olores (pescados, quesos y demás). Las percepciones se convierten en sensaciones, y las palabras capturan una experiencia indecible de un modo corpóreo, de manera que “el reino de lo visual comienza a separarse de lo verbal y conceptual para flotar en una nueva clase de autonomía. Precisamente esta autonomía creará el espacio para el afecto: justo porque el gradual debilitamiento de las llamadas emociones y de las palabras abiertas para ellas abren un nuevo espacio en el que lo irrepresentable y los innombrables afectos pueden colonizar y hacer suyos”.


The Antinonies of Realism, Fredric Jameson, Verso, 2013


Jameson establece entonces una peculiar (y discutible) diferenciación entre afecto y emoción. Básicamente, el afecto o estado afectivo sería una sensación predominantemente corporal mientras que las emociones, las pasiones, son más estados de conciencia. “Cualquier proposición sobre el afecto lo es también sobre el cuerpo” escribe. De este modo, el enamoramiento sería una emoción mientras que la depresión es un estado afectivo con obvias consecuencias físicas. Pienso aquí en el personaje de Justine (Kirsten Dunst) en Melancolía (2012) de Lars von Trier, para quien la entrada del planeta en la órbita de la vida acaba reduciendo el cuerpo a un estado inerte, apagado, incapaz de responder a los estímulos exteriores, como si toda la energía vital del sujeto estuviera siendo absorbida por ese objeto y acontecimiento exterior.

Otra diferencia fundamental entre afecto y emoción se daría en el orden lingüístico, pues mientras el primero elude el lenguaje y la nominación de los estados, la emoción es algo que tiene nombre: amor, odio, rabia, miedo, disgusto, placer, etc. Estos sentimientos se cosifican en virtud de su nombre. El afecto, por su parte, deviene como una paleta cromática que calibra la escala corporal arriba y abajo desde la melancolía a la euforia. Al margen de una discusión teórica acerca de lo que separa los afectos y las emociones, ambas están en la agenda de la actual cibernalización del alma y la subjetividad.




Tecnologías y relatos de la emoción

Esta diferencia entre el afecto y la emoción no es únicamente el trasunto de un debate ontológico en el arte y la literatura a través de la siempre sugerente óptica de la teoría crítica. La gestión y optimización de los afectos (aún como innombrables o irrepresentables efectos), y la propagación y distribución de las emociones corresponde ahora al mercado y la publicidad en la sociedad de consumo. Pensemos en Guy Debord, quien en sus derivas situacionistas concibió la ciudad como una guía psico-geográfica que actuaba sobre el comportamiento de los individuos. El sistema posmoderno, en nuestro tiempo, hace tiempo que se apropió de la abstracción del afecto en el espacio urbano a través de la nueva ciudad urbana gentrificada que es ahora experienciable para las multitudes en tanto individuación del comportamiento y modo de sentir. Por ejemplo, en la espacialización de la música a través de iPods y el modo en que el aislamiento del sonido absorbe el entorno en una nueva realidad conectada al órgano del oído. El viejo “hombre andante” o Walkman, es ahora el hilo sonoro que nos aísla y conecta simultáneamente con el entorno urbano y el interior del yo y la conciencia.

El cine ha captado recientemente algo de este mundo sensorial conectado al oído de manera inquietante en Her, de Spike Jonze, que en ningún caso es una película sobre el amor ni tampoco gira sobre la relación entre un humano (un usuario) y su sistema operativo. Más bien, trata del final de la lectura y la escritura y con ellas la consiguiente pérdida de la capacidad para imaginar y desear. Esto es, los afectos. Su protagonista Theodore (Joaquin Phoenix) trabaja para una empresa llamada Beautiful Handwritten Letters desde donde escribe cartas de amor para clientes que hace tiempo dejaron de usar la escritura como vehículo para comunicar afecto. La sombra del joven e idealista Lukács se cierne sobre este pasaje argumental. Theodore dicta el texto con su voz y el ordenador ejecuta la escritura en diferentes y significativas caligrafías.


El oído como canal sensorial. Sentimiento en Her, de Spike Jonze

Pero quizás es mejor destripar Her a partir de algunos rasgos de lo posmoderno tal y como fueran definidos hace unas cuantas décadas por el propio Jameson, pues uno de las características del posmodernismo estaría en la disminución del afecto (waning of affect). Esto es, afecto en el sentido coloquial de la palabra, como empatía o como sensibilidad hacia algo. El posmodernismo describiría este ocaso del afecto a través del proceso en el que el sujeto ha perdido su capacidad activa para crear un sentido de continuidad entre pasado y futuro, a la vez que tiene dificultades para organizar su existencia temporal en una experiencia coherente. Esto reduce su capacidad para la producción cultural a “montones de fragmentos”, azarosos y eclécticos. La siguiente definición en Posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío puede ahora leerse en paralelo a este filme: “El propio concepto de expresión presupone una escisión en el sujeto, y junto a ella toda una metafísica de interior y exterior, del dolor sin palabras que encierra la mónada y del momento en que, a menudo de modo catártico, esa ‘emoción’ se proyecta fuera y se exterioriza como gesto o como grito, como comunicación desesperada y dramatización externa del sentimiento interno”. Lo que Theodore necesita es este grito, esta explosión corporal que permanece secuestrada por reblandecidas capas de estética colorista y tecnología amiga.

Hay otra película reciente que me hace pensar en esta relación entre el afecto y las emociones: Drive (2011) de Nicolas Winding Refn. En mi opinión su culto se debe a que apunta directamente a una esfera senso-emocional con la que el espectador llega a identificarse. Esta identificación tiene mucho de adolescente. Drive es cine adolescente para adultos, un producto que combina acertadamente dosis de estética sublime con momentos de brutalidad. Por brutalidad no me refiero sólo a la ultraviolencia perfectamente colocada como contrapunto al ritmo pausado del filme, sino a la mezcla de estilismo y ritmo combinados en diferentes niveles narrativos en los que la banda sonora juega un papel primordial. La escena del paseo en coche entre Ryan Gosling, Carey Mulligan y su hijo reproduce esta brutalidad; una forma de poesía manierista y sensiblera dirigida directamente al aparato senso-emocional. Las imágenes ralentizadas o slow motion con música tecno-pop retro de fondo describen toda esta emoción, así como la escena del ascensor que superpone este contraste entre romanticismo y descarga de virulencia. Brutalidad y emoción. Esta e-moción no responde exactamente al mismo principio que lo sentimental. El consumidor adolescente necesita emoción, no sentimentalidad. El adolescente es una estructura abierta, un sujeto de deseo constante, y la forma del pop es la que mejor satisface esta demanda. El alma (el afecto) y la forma (del pop).




Un caso reciente de una estética de la emoción en la cultura popular tiene de nuevo a Spike Jonze y a la banda indie-mainstream Arcade Fire sus protagonistas. Spike Jonze grabó un videoclip para la canción “Afterlife” de la banda canadiense en los premios MTV con la actriz Greta Gerwig (actual musa indie desde esa otra película que es Frances Ha). Lo que comienza como un videoclip melodramático da paso a una coreografía mientras el espectador descubre que la performance se realiza “en riguroso directo” mientras Arcade Fire ejecuta la canción. El artificio melodrámatico y la coreografía de Greta es todo un compendió de retórica y gestualidad pop. Gestos y movimientos hipercodificados que en sí mismos comunican como formas pop. La performance contemporánea no puede dejar de lado ejemplos como éste donde la emoción invade cada poro. La cultura comercial ha canalizado la emoción y sofisticado sus formas regalándonos de paso placeres culturales contingentes que no están destinados a perdurar en el tiempo. Disfrutémoslos en su brevedad antes de que pasen a ingresar en el basto archivo olvidado de la cultura visual.





* Las ideas de este breve ensayo fueron preparadas con motivo de mi participación en la conferencia inaugural de la exposición Disparité et Demande, comisariada por Pedro de Llano en La Galerie, Noisy-Le-Sec, París, mayo 2014. La exposición se enmarcaba en un ciclo bianual con el título de Les Formes des affects / Forms of Affects.
** Publicado en input magazine, nº 2, Madrid, septiembre 2014