Hace algunos años, leyendo por Internet, anoté
una frase sacada de un blog de cine que decía así: “Me gustaría que se siguiera
ejerciendo una crítica cinematográfica pero no ideológica…”
Al releer esta frase pienso sobre el modo
de ejercer una crítica no-ideológica. Me parece imposible. Ésta es la norma y
éste es el modo en el que hoy en día se practica la crítica de cine. En mi
opinión, sin embargo, toda forma de crítica debe ser en última instancia una
crítica de la sociedad.
Es precisamente esto lo que Kracauer exigía a la crítica cinematográfica cuando afirmaba que “en breve, un crítico de cine al nivel de su
tarea no es concebible sino como un crítico de la sociedad. Su misión: desvelar
las representaciones e ideologías sociales escondidas en las películas de tipo
medio, y a través de este desarrollo, quebrar la influencia de las películas
allí donde sea necesario”.[1]
Tampoco estoy seguro que ser ambicioso en las formas y humilde en las
intenciones (o lo contrario) sea garante de éxito. La ambición debería situarse
como premisa tanto en la forma y el contenido desde el comienzo. Una crítica
que no se pretenda ideológica es cómplice de un aparato cinematográfico que considera al
espectador como mero perrito faldero que recoge el palo que le lanza su amo. Cualquier
crítica debe abrir una brecha en la mente del lector/espectador, y conectar la
pantalla con la realidad exterior a través de una renovada articulación.
[1] Siegfried Kracauer, “La tarea del crítico cinematográfico”,
en Estética sin territorio. Colección
de arquitectura, Murcia, 2006, p. 349.
