Mostrando entradas con la etiqueta sci-fi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sci-fi. Mostrar todas las entradas
4/11/2020
Chris Marker, "Junkopia" (1981)
En este cortometraje bastante inédito de Marker aparecen algunos de sus rasgos como el extrañamiento y la contracultura. Filmado en San Francisco en el tiempo que rodó en los lugares de Vertigo de Hitchcock para Sans Soleil, este breve film se detiene en formas de creatividad a partir de desechos, troncos de árbol y otros detritus arrastrados por el mar, en composiciones de civilización contracultural y hippie que recuerda a algún intento fallido de sociedad salido de una novela de J.G. Ballard. Especial atención a la banda sonora.
Etiquetas:
Chris Marker,
marxism and science fiction,
sci-fi,
Utopia,
Utopia y ciencia ficción
9/06/2019
Sobre "High-Life" (2018), de Claire Denis
Que todavía hoy los festivales de cine
sigan pensando en cuestiones de género cinematográfico es significativo de la
propia función (histórica y social) del genre. El debate sobre si High-Life de Claire Denis encajaba compitiendo en la sección
oficial del pasado Festival de San Sebastián o, tal vez, le iba mejor un
festival de ciencia-ficción o fantasía, sitúa el estado de esta cuestión. Aparentemente,
High-Life frustra a partes iguales a
los fans de la sci-fi como a quienes
no la ven digna de competir en un Festival de ese estilo. Ahí reside
precisamente su fuerza. La guetización de la ciencia ficción como un género
menor es su mejor salvaguarda. La relación entre todo género y sus variantes,
distorsiones y reinterpretaciones, esto es, los subgéneros, es una cuestión de
orden ideológico y hasta político.
En otro lugar escribí que:
La cuestión del género (genre) es
importante, ya que a partir de la formación histórica de la categoría misma de
género (literario) la función ideológica de los textos ha logrado
reproducirse y expandirse socialmente. A lo largo de la historia, los géneros
han contribuido a erigir cánones artísticos, divisiones y jerarquías en la
esfera de la cultura. Ahora se acepta la teoría de que la CF ha sido un género
en los márgenes del canon, a pesar de contar con grandes nombres literarios
entre sus filas; por esta misma razón, esta distancia de los poderes que
formatean el canon —siempre de manera ideológica e interesada—, la CF ha sido
uno de los géneros preferidos por las conceptualmente más avanzadas formas de
crítica literaria y, sobre todo por el marxismo. Esta consideración puede
extrapolarse a otras áreas discursivas críticas, como el feminismo, donde el
concepto de género (genre) instaurado a partir del canon ha
conllevado discriminaciones de género (gender).
Este anhelo de emancipación en la CF es la que
ha migrado o está migrando hacia un contexto artístico ávido por integrar y
canibalizar discursos teóricos y culturales a priori al margen. Ese
mismo desplazamiento discursivo es una muestra de que actualmente, y a
diferencia de otros géneros literarios como el realismo, la novela negra, el
romance o la fantasía, la CF tiene un encanto adicional para el arte cuya mera
alusión parece garantizar una respetabilidad o barniz conceptual. Conviene
prestar atención a ello no sin antes cerciorarnos de que la CF también consiste
en un metagénero autoconsciente y que gracias a su propia excentricidad y
capacidad de absorción contribuye a reelaborar la misma cuestión del género, de
ahí también la invención de los subgéneros. (Peio Aguirre, "Ciencia ficción y arte contemporáneo, una relación". Campo de relámpagos)
High-Life encaja en esta descripción funcional de la ciencia ficción hoy en
día. El aspecto low-tech, sin alardes
y prescindiendo de efectos especiales, también corrobora las posibilidades
críticas del género. Su directora, Claire Denis, presenta una película con no
pocas alusiones alegóricas con respecto al mundo presente y su devenir. La
reproducción, la biología y el deseo sexual están aquí planteados desde la
mirada de un feminismo para el que el género de la sci-fi es casi el único a partir del cual tratar el tabú sexual.
Como le dice Monte (Robert Pattinson) a su hija-bebé Willow: “beber tu propio
pis o comer tu propia caca es Tabú, Ta-bú”.
Un grupo de delincuentes y condenados a muerte en la tierra son
enviados al espacio exterior para conmutar sus penas en busca de un agujero
negro donde introducirse. En el espacio, la condena de tiempo en la tierra se
acelera por X, debido a las condiciones de la gravedad. La nave es una celda
rectangular, un módulo que aparenta un container
gigante, una prisión lanzada al vacío (y al futuro). El grupo de
condenados, hombre y mujeres de distintos rasgos étnicos, están monitorizados
por una manipuladora doctora, Dibs (Juliette Binoche), quien recoge el esperma
de los varones con la intención de inseminar a las mujeres. Pero por una razón
o por otra, la cosa no funciona y los fetos mueren.
Binoche representa la figura de la “bruja” o “hechicera”, no solo
por sus poderes sino por que desata la libido más reprimida del deseo
masculino. (Dibs, al igual que el resto de condenados, también está en la nave
por un motivo: asesinó a sus hijos con una almohada y también mató a su
marido). A partir de esta premisa argumental, High-Life es una compleja y no siempre clara meditación sobre el
devenir de la especie humana y lo vital de la reproducción y el impulso sexual.
La masturbación como goce y satisfacción del deseo que prescinde del contacto
con el otro sexo tiene en esa cabina llamada el “Folladero” un espacio para un
placer extremo, sin límites. Dibs y el resto hacen uso de la cabina, excepto
Monte, quien opta por la castidad para no verse arrastrado por los instintos y
las emociones. Dibs desea a Monte por eso mismo, su sentido de la autocontención.
Todas estas relaciones del deseo, complejas de por sí, encuentran su
contrapunto en el descubrimiento de Monte y su hija Willow, ahora adolescente,
de un módulo carcelario idéntico a su nave, pero con perros dentro en lugar de
tripulantes.
La película de Denis encaja mejor en
aquello que podemos denominar ciencia ficción feminista, ¿un género por derecho
propio o un subgénero dentro de la sci-fi?
Es ahí donde el tema de la sexualidad y la reproducción, como en La mano izquierda de la oscuridad de Ursula
K. LeGuin, se convierte en un asunto político. Pero además, que la cita
introduzca dos personajes de raza negra ha de interpretarse, en mi opinión, no
tanto como un gesto de corrección política sino como un guiño autoconsciente.
En el fondo, Denis no tiene que rendir cuentas a nadie. Ella es francesa y hace
un cine de autora que aquí, una cinta de corte internacional con un actor tan
marcado como Pattinson, cae en una afortunada tierra de nadie. Y este es su
potencial y también su valor.
Etiquetas:
claire denis,
feminismo,
sci-fi
3/09/2019
1/08/2019
Ciencia ficción y arte contemporáneo: una relación
1.
Citar la ciencia ficción literaria y
cinematográfica en el arte contemporáneo en la última década ha sido un recurso
que han utilizado artistas y curadores. Esta tendencia no tiene tanto que ver
con leer a, por ejemplo, Ursula K. Le Guin, Philip K. Dick o J. G. Ballard,
sino con la consideración del arte como una actividad especulativa en la que la
ciencia ficción (en adelante CF) puede servir como un modelo en donde
mirar(se). La cuestión del género (genre) es importante, ya que a partir
de la formación histórica de la categoría misma de género (literario) la función
ideológica de los textos ha logrado reproducirse y expandirse
socialmente.
A lo largo de la historia, los géneros han
contribuido a erigir cánones artísticos, divisiones y jerarquías en la esfera
de la cultura. Ahora se acepta la teoría de que la CF ha sido un género en los
márgenes del canon, a pesar de contar con grandes nombres literarios entre sus
filas; por esta misma razón, esta distancia de los poderes que formatean el
canon —siempre de manera ideológica e interesada—, la CF ha sido uno de los
géneros preferidos por las conceptualmente más avanzadas formas de crítica
literaria y, sobre todo por el marxismo. Esta consideración puede
extrapolarse a otras áreas discursivas críticas, como el feminismo, donde el
concepto de género (genre) instaurado a partir del canon ha
conllevado discriminaciones de género (gender). Este anhelo de
emancipación en la CF es la que ha migrado o está migrando hacia un contexto
artístico ávido por integrar y canibalizar discursos teóricos y culturales a
priori al margen. Ese mismo desplazamiento discursivo es una muestra de que
actualmente, y a diferencia de otros géneros literarios como el realismo, la
novela negra, el romance o la fantasía, la CF tiene un encanto adicional para
el arte cuya mera alusión parece garantizar una respetabilidad o barniz
conceptual. Conviene prestar atención a ello no sin antes cerciorarnos de que
la CF también consiste en un metagénero autoconsciente y que gracias a su
propia excentricidad y capacidad de absorción contribuye a reelaborar la misma
cuestión del género, de ahí también la invención de los subgéneros. Así, por
ejemplo, el ciberpunk puede leerse como una reformulación histórica del
realismo sucio y el romance (William Gibson, Bruce Sterling); o casi todas
las novelas del ahora aclamado China Miéville son híbridas y multigénero —La
ciudad y la ciudad como novela negra, teoría urbana y arquitectónica a la
vez—, etc.
Los usos de la CF en el arte difieren
completamente de la experiencia de los lectores y espectadores en la literatura
y el cine. En éstas últimas, la separación entre “ciencia” y “ficción” es en
muchos casos una cuestión epistémica. Los seguidores de las variantes hard
y soft de la CF son exigentes. Mientras que en el arte la simple
referencialidad o una estereotipada estética sci-fi a menudo resulta
suficiente; la especulación, la no linealidad entre causas y efectos, la
pseudocientificidad y el futurismo son algunos de los elementos en el arte.
Podríamos arrojar un poco de luz a este punto si se analiza la CF desde dos
categorías, no excluyentes entre sí: a) sci-fi como forma, y b) sci-fi
como contenido.
Seguir leyendo en Campo de relámpagos
10/25/2017
RESEÑA: "Blade Runner 2049" (2017), Dennis Villeneuve
Procesando
Blade Runner 2049. Lo que tiene cualquier
expectativa desmedida es que casi siempre acaba cumpliendo con aquello que le es
inherente: su propio fracaso. Blade
Runner 2049 ha sido saludada con tanto entusiasmo como desagrado. Blade Runner (1982) de Ridley Scott era
una película biográfica para toda una generación, y es lícito para las nuevas
generaciones sentirse libres del aura de su mitología. ¿Qué hacer con Blade Runner 2049? No puede negarse que estamos
ante una producción de estética poderosa y ambición desbordantes. La amplitud de
la promesa predispone al cuerpo y a la mente para sus 160 minutos de duración. Los
primeros 30 tienen el aire mágico y una tensión que augura adrenalina y emoción.
A la primera hora se le concede el beneficio de la duda. Cuando llevas dos
horas aparece Deckard (Harrison Ford), y desde ahí hasta el final es el delirio
(entre el sopor y el ridículo). Cualquier película de ciencia-ficción ha de
contener un principio, que evidentemente no es representar la realidad, y éste
es el de hacer verosímil lo inverosímil. Cualquier efecto de credibilidad cinematográfica
depende de un ejercicio de escritura. Es decir, consiste en cogerle el pulso a
la trama, hilar un relato, en el arte de narrar. Cuando esto no se logra, la
tarea del director de cine fracasa.
Regresemos
a la estética, la cual resulta aplastante. Es sin embargo este aplastamiento lo
que cancela la posibilidad de disfrute de los numerosos detalles desplegados,
por hipersaturación. La acumulación sin descanso de imágenes y escenarios se subsume
a una totalidad que no refleja el universo artístico de nadie en particular, ni
el del director de fotografía ni tampoco Villeneuve. Lo que domina es una
producción mainstream cuyo gigantismo
anula cualquier posibilidad de alma (y convendremos que es esto, sobre todo
esto, lo que hacía del precedente algo tan especial). Allí, por unas razones
que pueden ser epocales (o puro zeitgeist)
había magia.
Resultan
sin embargo interesantes bastantes detalles camuflados: la gabardina desgastada,
imitación piel, estilo aviador más que detective, de K (Ryan Gosling), como un
icono e indicador cultural del pasado convertido en un seño de identidad. La
cazadora reactiva en el imaginario del espectador todo un submundo
pormenorizado de referencias y metarreferencias. Una sucesión calculada de
“instantes”, ambientes y objetos bien explorados hubiera bastado para hacer de Blade Runner 2049 un jubiloso enjambre
semiótico a desentrañar. Un mayor extrañamiento cognitivo. Pero había que
contrarrestar esas briznas decodificadoras con concesiones al espectáculo
grandioso. Otro acierto es el personaje de Joi y la consola, una idea que
recuerda a Her de Spike Jonze (uno de
los filmes de ciencia-ficción más sutiles e interesantes de los últimos tiempos).
(Tampoco faltan ecos de A.I. y Minority Report de Spielberg, entre
otras muchos referentes contemporáneos). Cabe ahora preguntarse qué hubiera
dado de sí la producción si el foco se redirigiera hacia una recontextualización
y codificación del ciberpunk semiótico virtuoso, y que tiene en el Downtown lluvioso asiatizado y hologramatizado
su mejor y más característica representación.
El
ciberpunk era una respuesta estética a la crisis de la metrópoli urbana
descompuesta, guettizada, y a la
superpoblación de manera que, en el fondo, Blade
Runner era la versión posmoderna de Metropolis
(1927) de Fritz Lang, o cada una de ellas una meditación de su tiempo acerca
de los problemas de la vida moderna. Muy poco de esto aparece en Blade Runner 2049, irrelevante y
políticamente estéril desde el punto de vista sociológico y urbano. (La
recreación del hotel abandonado estilo Art
Deco 30’s donde K y Deckard se encuentran resulta magistral, pero todo eso
no supone ninguna novedad con respecto a la cinta de 1982, la cual toma el Art Deco Downtown de Los Ángeles como escenario y motivo principal). En
lugar de coger la ciudad como tema, y con ello enfatizar el tema de los bajos
fondos y los modos de vida futuros ahí, Blade
Runner 2049 prefiere mostrar un porvenir ruinoso, post-apocalíptico,
post-nuclear, que nos es familiar a través de decenas de películas
post-apocalípticas que el cine de acción ha fagocitado en las últimas dos
décadas. Junto a la inexistencia de una crítica urbana, la secuela ha erradico también
el peso del cine negro “clásico” o neo-noir
(neón-noir), y que era uno de los
cordones umbilicales del historicismo de la primera. Todo el peso argumental
recae ahora en los replicantes y su lado má-humano-que-lo-humano.
A
colación de esto, es preciso una valoración desde el punto del posmodernismo (y
la categoría de “cine posmoderno” es fundamental en este blog). Si Blade Runner es, como sabemos, una de
las producciones estrella de aquello que se denominó como estilo posmoderno o
posmodernismo, ¿qué estatus dar entonces a este Blade Runner 2049? Mi opinión es que el resultado de la secuela
moderniza el original. La secuela es, literalmente, un pastiche sacado de la
primera y no puede despegarse en ningún momento de su fuente canónica ni tampoco
cobrar vida propia y deshacer la autoridad (moderna) del referente. Me ahorraré
comentar el más-que-guiño a la muerte del replicante Roy Batty. Es más
provechoso fijarse en la banda sonora del dúo Wallfisch y Zimmer, geniales en
el diseño sonoro y los ruidos, pero blandos e incapaces de distanciarse
mínimamente de los acordes de Vangelis. Aunque no fuera ésta la intención, el
concepto de pastiche se inventó precisamente para definir lo que hacen aquí. Dennis
Villeneuve pretende rendir homenaje, carga la película de citaciones, pero el
resultado es el de una falsa continuidad. El mayor bochorno del pastiche es la
secuencia post-nostalgia e hiper-retórica del holograma analógico emitiendo
fragmentos culturales norteamericanos del siglo xx:
Marilyn, Elvis y Frank Sinatra.
Para finalizar,
las lecturas críticas (o políticas) de Blade
Runner 2049 se diluyen en ese humanismo más-humano-que-lo-humano de los
replicantes de nueva fabricación. Es éste, desde mi punto de vista, el poso más
reaccionario, pues sucede en el tiempo a una realización que era una plasmación
anti-humanista de la filosofía de los 60 y 70 y que, entre otras cosas, desemboca
en la teoría del cíborg de Donna Haraway en su “Manifiesto Cyborg” (1984). En
la película que nos ocupa, sin embargo, se introducen categoría morales: el
bien y mal (y para ello se inventa un super-maligno (Wallace) más perverso y
estereotipado que el fundador de la Tyrell Corp.); replicantes buenos y malos, y
a la vez se rechaza adentrarse en la exploración de algunos de los aspectos
biopolíticos más estimulantes del sci-fi
como son la hibridación del género y la sexualidad. ¿Y qué cabe decir de todo
ese discurso sobre la procreación? Blade Runner 2049 bien
merece el espectáculo, pero la expectativa cumple con su propio significado.
7/28/2015
5/28/2015
Empresas del contenido: "The Man Who Fell to Earth" (1976) Nicolas Roeg
En The
Man Who Fell to Earth (1976) de Nicolas Roeg, David Bowie interpreta a
Thomas Jerome Newton, un “ser” venido de otro planeta cuyo misterioso físico y
objetivos a cumplir en la tierra provocan no poca atracción y misterio. Es una
adaptación de la novela de Walter Tevis y, como en todo film de Roeg, la trama
se sucede de manera entrecortada y fragmentada con espacios en blanco a rellenar
por el espectador. Hay una narrativa, pero ésta es sólo el esqueleto de lo
demás. Hay múltiples películas dentro de la película, múltiples temáticas y
también géneros. Considerado como un film de culto dentro de la
ciencia-ficción, The Man Who Fell to
Earth es también un melodrama, una película de conspiración satírica y
hasta tiene toques de comedia. Es imposible sin embargo contemplar cada uno de
estos géneros (y sus contenidos agregados) como independientes unos de otros.
Su gran valor reside en esa cualidad típica del posmodernismo que Jameson
definía al señalar que “los más interesantes cineastas actuales –Robert Altman,
Roman Polanski, Nicolas Roeg, Stanley Kubrick- son todos, en sus diferentes
modalidades, practicantes del genre,
pero en un cierto sentido históricamente nuevo. Cambian de género como los
modernistas clásicos cambiaban de estilo”.[1]
Habría que añadir (pensando en Roeg) que no sólo cambian y juegan con el género cinematográfico, sino que lo combinan y
superponen en el interior de una misma película.
El plan de Newton consiste en hacer el
suficiente dinero revolucionando la industria y la tecnología terráquea con el
que poder financiar un viaje espacial de regreso a su planeta con la fórmula
para solucionar una terrible sequía que está acabando con los suyos. Pero una
vez en el planeta tierra las cosas son distintas, impredecibles incluso para
una mente superior. Merece la pena observar este film desde un punto de vista
socio-político como un claro ejemplo de un posmodernismo cultural con un claro
equivalente en la globalización económica. Newton trae desde su planeta una
serie de patentes que revolucionan la tecnología. Un alienígena a lo Howard
Hughes. Ésta es la primera analogía de una globalización que irónicamente ya no
se limita al globo terráqueo. Este avance tecnológico contrasta con el modo
artesanal y semiarcaico con el que se describe el planeta de origen, muy
interesante desde la arquitectura y el paisaje.
En la tierra Newton tiene un aire de
ejecutivo extravagante y el centro de su imperio se llama World Enterprises Corporation
un emporio de la comunicación. Las transformaciones de estas innovaciones
causan furor y revolucionan el consumo. World Enterprises domina el mercado de
la producción de la imagen, cámaras de fotografía, libros de arte, la industria
discográfica y también se extienden hacia otros aspectos tecnológicos,
energéticos y medioambientales. Una escena en una gasolinera es explícita al
respecto. Las grandes marcas de la imagen como Eastman-Kodak y DuPont quedan a
merced de un corporativismo multinacional a medio camino entre una organización
mafiosa y el Estado. En este sentido, la ambigüedad entre los poderes de la
corporación y del Gobierno es total. Roeg se las arregla para orquestar varias
situaciones de fusión (merging), algo
muy típico de él desde Performance (1970).
Fusión de capital, fusión de identidad, fusión de sexualidades, fusión de
género (genre y gender). Una escena vital es la que muestra a un hombre vestido
como de la CIA en lo alto de la colina siendo testigo de los primeros pasos de
Newton en la tierra. Una escena que Roeg repite en otro momento del film. Esta
figura representa al “Watchmen”, al ojo invisible dentro del capitalismo que
todo lo controla y que en su ambigüedad tipológica (un hombre de traje con cara
de espía) unifica los intereses del capitalismo multinacional y del Gobierno.
World
Enterprises es en cierto modo una sátira de Eastman-Kodak o DuPont,
corporaciones de una larguísima historia cuyo foco de atención se ha ido
diversificando. En los 70 estás corporaciones todavía controlaban el mercado de
la producción de la imagen pero ya estaban inmersas en procesos de
“colonización” de recursos naturales. La necesidad de reinvención de estas
compañías desde entonces contrasta con la emergencia de nuevos emporios de la
comunicación amparadas en la digitalización del mundo: Apple, Sony, Nokia,
Google, Facebook y demás. Kodak o DuPont son en este sentido herederos de un
mundo analógico en vías de extinción (como en extinción está la especie a la
que Newton da vida). Un vistazo a las webs de Kodak y DuPont actualmente da
cuenta de que la producción de imagen es casi a lo último a lo que se dedican.
Los cultivos, las energías sostenibles y una serie de discursos semi-mesiánicos
parecen más acordes a una realidad multinacional que parece escapar a cualquier
entendimiento. La película es en este sentido completamente presciente (uno de los rasgos de la
buena ciencia-ficción) y World Enterprises podría hoy en día ejemplificar más
que Kodak o DuPont a algo del estilo de Amazon, Apple y Google juntos. De nuevo
la fusión (de capital, de empresas, de tecnologías) es clave, y en la película
la trama corporativa alcanza un estatus alegórico
del mejor cine de conspiración y paranoia.[2]
Es terrible comprobar que el mundo que
Newton ayuda a crear con sus inventos revolucionarios se parece de manera casi
mimética al que vivimos hoy. Una de las mejores escenas es en la que Newton y
Mary Lou (Candy Clark) ponen música usando una bola de plasma o cristal en el
interior de un extraño tocadiscos piramidal (en lo que podría representar el
mundo digital todavía subdesarrollado). Irónicamente la escena final tiene como
lugar la sección de discos de unos grandes almacenes, donde se puede comprar el
disco (analógico) que Newton ha publicado con el nombre artístico de The
Visitor y con el que espera algún día llegar a sus seres queridos en el otro
planeta. Newton revoluciona el mundo, pero al final el mundo se olvida de él y
sus inventos. Todo sigue igual. Lo mismo pasa con la temporalidad del filme:
pasan décadas y Newton no cambia un ápice mientras que Mary Lou y el profesor
Nathan Ryce (Rip Thorn) envejecen. Sin embargo, el mundo que les rodea es el
mismo, no cambia, como se puede comprobar en la escena final de la terraza.
Este juego con las temporalidades y el estilo en la moda y en el ambiente
muestra una determinación y una autoconsciencia de Roeg supremas.
Lo que nos importa, y lo que le importa
al artista de hoy en día, es saber quién controla los medios de producción y en
manos de quién están. World Enterprises Corporation controla la producción de
contenido (impagable la escena, completamente metafórica, con el libro de obras
maestras del arte y el cuadro de Bruegel sobre la caída del Ícaro) y como tal controla la producción en su sentido
más amplio. World Enterprises produce contenido y lo que nos importa es
determinar si actualmente Google no sólo es la fuente de contenido para el
artista sino el principal motor para la producción. Éste es, entre otras
consideraciones sobre la identidad, la sexualidad, el tiempo, la percepción y
la pérdida, el principal mensaje a descifrar en The Man Who Fell To Earth, cuya ambivalencia ya está desde el mismo
título: fell literalmente “caer” pero
también “sentir”, sentimentalmente fell
in love, etc.
Este film, profundamente melancólico y
trágico, posee el encanto de algunas pequeñas joyas secretas y bien guardadas.
La complejidad de sentimientos crece a cada visionado. Todavía es posible
sentir el atrevimiento de Roeg y todo su equipo, algo que le costó 20 minutos
de metraje. Se comprende por qué Bowie declaró una vez que la experiencia fue
tan mágica que no quería que el rodaje acabase nunca. “Tras cuatro meses de
interpretar el papel fui Newton durante seis meses” declaró. (Marzo de 1976).
Etiquetas:
capital financiero,
conspiración,
David Bowie,
genero,
Nicolas Roeg,
queer,
sci-fi,
totalidad
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












