Mostrando entradas con la etiqueta capitalismo tardío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capitalismo tardío. Mostrar todas las entradas

1/11/2022

"Succession" y el ascenso de la clase vectorialista

 



Con el final de la tercera temporada de la serie de HBO se cierne sobre el espectador la impresión de un espectáculo cuya magnitud crece a poco que revisemos todo lo visto y escuchado. Como ya se ha dicho, Succession es al mismo tiempo una tragicomedia griega (o tal vez romana) y una sátira del poder económico (especialmente en los Estados Unidos). Un drama financiero donde el humor es el vehículo de distanciamiento necesario. Las sátiras al capitalismo están de moda y no resulta sorprendente que se den dentro de un capitalismo de plataforma hegemónico en el consumo. Pienso no solo en Succession, obra de Jesse Armstrong, sino también en otra miniserie de HBO como es The White Lotus donde se mezcla clase, raza con corrección política. Cualquier espectador podrá señalar aquí su serie preferida “crítica” con el capitalismo dentro del catálogo de su suscripción mensual. Forma parte del capitalismo que todos los que lo fomentan al mismo tiempo lo critiquen. Asimismo es parte consustancial que esas críticas se desactiven por el propio canal, sea HBO o Netflix, en tanto aparatos de homogeneización del consumo. No hay duda que las series han hecho obsoleta la vieja televisión absorbiendo al mismo tiempo las formas cinematográficas más avanzadas. Antes del advenimiento de las series, Fredric Jameson nos recordaba que “el ‘público’ atomizado y serial de la cultura de masas desea ver lo mismo una y otra vez, de ahí la urgencia de la estructura genérica y la señal genérica”. El teórico se quedaba corto, pues no solo habría que sustituir “público” por “consumidor”, sino que además nunca ha habido tanta concentración en la cultura de masas; nunca tanta gente ha estado consumiendo lo mismo al mismo tiempo y, para más inri, comentándolo en tiempo real. ¿Ventajas e inconvenientes de la conversación pública de masas? 


Hay en la actual cultura de masas una tendencia a la complejidad que eleva los productos a un estatus de calidad más allá del mero entretenimiento. Esta complejidad adopta las estrategias del metacomentario, la autoconsciencia y la distancia irónica para fidelizar a un público que ha de superar algunas resistencias iniciales para “engancharse” a la trama, generando así una comunidad de afinidad con el producto y con otros consumidores/espectadores. Series como Succession sirven para detectar la corrosión del poder, la política y el dinero mientras nos deleitamos con las disfunciones psicológicas de sus protagonistas. Una cosa que realiza es equiparar la corrupción de las grandes corporaciones y multinacionales a la miseria moral de quienes llevan las riendas. Si le serie sirve para cartografiar el capitalismo multinacional es gracias a su efecto de “totalidad”. El propio Jameson ha señalado en repetidas ocasiones la dificultad para representar el capital o, más bien, su más absoluta irrepresentabilidad a través de los cauces representacionales convencionales, clásicos o simplemente realistas. (Su insistencia en la alegoría vendría aquí a paliar esta dificultad). Es por esta misma resistencia que la totalización deviene imprescindible. Mientras que otra serie de HBO, The Wire, suponía un ejercicio de totalidad a través de un producto (la droga) y una ciudad mediana (Baltimore), en tanto un mapa en miniatura del capitalismo global, Succession supone a su manera un retrato mucho más fidedigno del estadio o fase actual del capital. Ya no es el mercado global de la droga, pero tampoco ninguna trama de ejecutivos de Wall Street a la manera de El lobo de Wall Street de Scorsese. Asistimos subrepticiamente a una retirada del lenguaje teórico del término “capital financiero” y, con ello, de la iconografía de la bolsa, el stock market, los futuros, las capitalizaciones bursátiles y de riesgo, las curvas diagramáticas… las cuales son sustituidas por abstracciones todavía mucho más irrepresentables como “el big data”, los algoritmos y los vectores. Sin ir más lejos, el capital financiero era el objeto de otras sátiras, como por ejemplo El Capital (2012) de Costa-Gavras, quien entendía que el anterior cine político o engagé de los setenta en los dosmiles solo podía inaugurar un nuevo género, el financiero.  


Pero ¿qué espectáculo nos ofrece Succession? La familia del patriarca Logan Roy es una de las más poderosas y ricas del mundo gracias a su conglomerado mediático, Waystar Royco. Literalmente, se bañan en lujo. La sucesión de este imperio a manos de alguno sus cuatro hijos, Connor, Kendall, Siobhan y Roman, es el asunto central de un drama familiar de altos vuelos. Logan Roy es un dinosaurio, alguien hecho a sí mismo quien, desde su Dundee natal, ha conquistado el centro social y económico de los Estados Unidos. Waystar Royco posee periódicos, canales de televisión, radios, casas de apuestas, cruceros… Los paralelismos con Rupert Murdoch y Fox News así como con otros magnates de los medios de comunicación son recurrentes. La serie nos muestra cómo las grandes corporaciones que generan miles de millones generan una élite hereditaria similar a la de las antiguas monarquías europeas y familias reales. La sucesión al trono de los Roy no es por la herencia económica per se, sino por el significado simbólico de la ascensión de una clase CEO a lo más alto de la pirámide. Por momentos, la banda sonora es majestuosa, rozando incluso lo barroco, lo que añade un plus de solemnidad y dramatismo. Succession es asimismo una alegoría sobre la política (principalmente estadounidense), esto es, sobre la influencia de los medios y el capital privado en el gobierno y el Estado. Certifica al cien por cien el diagnóstico de Thomas Piketty, quien hace un lustro vaticinara que dentro de 50 años toda la riqueza del mundo pertenecerá a las grandes fortunas (o familias). La firma se desangra debido a la senectud del patriarca y la indecidibilidad de quien de los hijos está capacitado para tomar el poder. Pero la crisis de Waystar Royco no viene derivada únicamente de un problema de sucesión o de herencia, sino también de la naturaleza depredadora, salvaje, del propio negocio. 


Logan Roy ejemplifica un modelo de empresario old school cuyas reglas del juego pasan por comprar y vender. Absorber significa hacerte más fuerte. Las fusiones tampoco han de descartarse si no queda más remedio. Se trata de un modelo capitalista de concentración y acumulación, de OPAs amigables y, sobre todo, hostiles. La trama de las dos primeras temporadas alrededor de las negociaciones de Waystar Royco con los personajes de Stewy y Laurence Yee (de la startup Vaulter) ejemplifican los vínculos con el capital financiero y el accionariado pero son meros pretextos argumentales para el desarrollo de los personajes y sus psicopatologías. El hermano mayor, Connor, no cuenta en las quinielas porque no ha dado nunca un palo al agua y vive de las rentas, como un aristócrata, aunque su aspiración consiste en convertirse en Presidente de los Estados Unidos. El hermano a priori más elegible, Kendall, está obsesionado con matar “simbólicamente” al padre. A diferencia de Roman, Ken no puede ser cínico sencillamente porque no es lo suficientemente “canalla” o malvado. Su moralidad es la de un aspirante sin las agallas ni las tragaderas que requiere la posición. Su personalidad bipolar y falta de autoestima describe la esquizofrenia de la economía de la atención. Todo lo contrario es el hermano pequeño, Roman (Romulus), cuyo trauma no resuelto con la figura materna se refleja en una sexualidad perversa que, sumada a una personalidad cínica, le descarta como aspirante. Visto el percal, todo apuntaría a Shiv, la más inteligente y equilibrada, pero también maquinadora y manipuladora, cuyo matrimonio con el extravagante Tom se mueve entre el interés y el cálculo. Su condición de mujer juega en su contra, aunque hay un momento en el que la firma ve en ello una oportunidad de lavar su imagen. Por su parte, el primo oportunista de los Roy, Greg, no alcanza ni siquiera a la mediocracia. Simplemente es un arribista demasiado ingenuo, un parásito con suerte. Esta fauna expresa las patologías del capital sobre el cuerpo y la mente. Lo que aquí nos interesa es Succession como ejercicio de representación de las grandes fortunas y la herencia como instrumento de perpetuación. El conflicto en el seno de la empresa capitalista se da entonces entre la sangre y la filiación por una parte, y el accionariado y los intereses estrictamente numéricos del negocio por otra. 


Comprar. Vender. Fusionar. Estas tres parecen ser las acciones de la gran corporación capitalista. La tercera temporada resulta novedosa a partir de la adición de dos nuevos personajes a partir de los cuales Waystar Royco trata de buscar soluciones a su crisis interna. 

Primero con Josh Aaronson [Adrien Brody] quien representa a un inversor, accionista o especulador… el típico agente financiero que vive de las oscilaciones y la abstracción de “los mercados”. Más interesante aún es el personaje de Lukas Matsson [Alexander Skarsgard], “el Odín de la programación”. Se trata de un tecnófilo, autoconsciente, irónico, asocial y desapasionado. Ejemplifica de una manera un tanto caricaturesca lo que en la cultura de la creatividad se denomina como un “emprendedor”. Un excéntrico visionario que hace subir el valor de su negocio por medio de tuits estúpidos (el paralelismo con Elon Musk es aquí obvio). Matsson puede ser un aliado o un rival. Mientras que Logan representa al viejo empresario orgulloso de sus raíces escocesas, henchido de la posición labrada, Matsson es más bien el Big Tech, deslocalizado, para quien triunfar es algo fácil, sin emoción. Como reconoce en el capítulo ocho de la tercera temporada, Logan es un boxeador quien no dudaría en hacer trizas a Matsson (según la vieja ley de los negocios), aunque no tiene ni la menor idea de cómo enfrentarse a un “payaso” (de Twitter). 


En su libro El capitalismo ha muerto, la teórica Mckenzie Wark señala que algo mucho peor que el capitalismo está entre nosotros. A las relaciones de explotación históricas entre los terratenientes [landlord] y el campesinado primero, y el obrero y el capitalista industrial después, opone una nueva relación: el “hacker” y el vectorialista. Con ello se refiere a la nueva clase dirigente que se beneficia mientras dormimos, mientras descargamos una aplicación o chateamos en la redes sociales… El vectorialista posee el vector, no la fuerza de trabajo, que en lugar de ser comprada por el salario se usufructúa sin descanso. “[La información] es para el capitalismo lo que la máquina de vapor fue para el feudalismo: un toque de muerte...”, escribe Wark. Lo que Wark sugiere es la entrada en una nueva etapa del capitalismo que denomina como “vectorialista”, basada en la plusvalía de la información y el extractivismo inmaterial. Más que empresarios, los vectorialistas participarían de la “emprendeduría”. Si bien el análisis de Wark es pertinente y sirve para actualizar la teoría del “hacker” en tanto agente forzado constantemente a producir diferencia, a producir contenido para terceros, lo cierto es que entre la relación obrero y patrón industrial y la fase actual hay un buen trecho. Sin ir más lejos, varias décadas de capitalismo tardío o financiero. Con todo, Wark reactualiza la figura del “hacker” dentro de la clase creativa, el trabajo inmaterial y posfordista y el llamado “cognitariado”. Ello no le impide afirmar que del mismo modo que existía un conflicto entre capitalista y terrateniente, ahora hay un conflicto entre el capitalista y el vectorialista. “El capital está muerto. Larga vida a la clase vectorialista”. Aunque esta tesis pueda cuestionarse, sin duda halla un paralelismo más que acertado en el conflicto entre Logan y Matsson.


El producto de Matsson es GoJo, una aplicación tecnológica de streaming, deportes, apuestas, entretenimiento de plataforma, esto es, un oligopolio sustentado en suscriptores que amenaza con dejar obsoleto un cluster tradicional como Waystar Royco. Las dos empresas representan la disyuntiva actual entre la producción y la distribución, entre el “contenido” y el canal de transmisión. Waystar Royco posee su propia aplicación de streaming (StarGo) que está claramente retrasada respecto a GoJo. Ello provoca una de las escenas más hilarantes de toda la temporada, a saber, cuando Roman propone a Matsson, en el clásico ritual de confraternización masculina imprescindible para el negocio, mearse encima de la app mientras ésta no acaba de cargarse. Aquí el argumento es un tanto meta pues recuerda la competencia entre las aplicaciones por el software más eficaz, incluyendo a la propia HBO Max, la cual, todo hay que decirlo, es más lenta que la de Netflix. A lo largo del final de la temporada se reproduce esta disyuntiva: nosotros tenemos el contenido, tú tienes la tecnología, ergo fusionémonos. La fortuna del término “contenido” en el capitalismo digital actual resulta de lo más sorprendente, pues casi nunca importa cual sea ese “contenido” con tal de que lo sea. Es lo que realizan los autodenominados “creadores de contenido” en redes como Instagram. Lo importante es que la maquinaria siga produciendo y que ejércitos enteros, avalanchas de nuevos trabajadores inmateriales, se pongan a trabajar creyendo en el fondo que están autorrealizándose. Interrogar el origen y el destino de este contenido, es decir, de esa información, es hoy en día una tarea urgente. Hoy, más que nunca, la producción cultural se enfrenta a la cuestión de la elección. ¿Qué ver? ¿Escuchar? ¿Leer? Todo contenido que no participe del canal de transmisión hegemónico corre el riesgo perderse para siempre. 


Pero, ¿donde quedan los hijos de Logan Roy en este conflicto entre el capitalista y el vectorialista? Podría decirse que en tierra de nadie, pues mientras que generacionalmente se sienten inclinados hacia Matsson (sobre todo Kendall y Roman), a la vez se sienten atrapados por el modelo capitalista acumulativo del padre. Un detalle que describe la brecha entre el padre y los hijos se da en la escena final, cuando Kendall le pregunta Logan, en relación a los 5000 millones de dólares de la operación: “¿qué vas a hacer con todo ese montón?”, a lo que el padre, con su genio habitual, responde: Make your own fucking pile! [¡haced vosotros vuestro propio jodido montón!] El drama, lejos de apagarse, promete emociones fuertes en una cuarta entrega que servirá para calibrar la pujanza de la clase vectorialista en nuestro presente. 




* Publicado en Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social





4/21/2021

Sobre el hormigón como arma de construcción masiva del capitalismo

 


Según se deduce de la lectura de este libro [Béton. Arme de construction massive du capitalisme, Éditions L’Échappée, 2020], el mundo construido tal y como lo conocemos estaría a punto de desmoronarse al fallar la materia sustancial y omnipresente que la compone: el hormigón. El origen de este trabajo de Anselm Jappe, teórico experto en la cuestión del valor, se encuentra en el desmoronamiento en Génova del puente Morandi el 15 de agosto de 2018 y que causó decenas de muertos. Diseñado por el ingeniero civil Riccardo Morandi, este puente inaugurado en 1967 se consideró en su día una infraestructura “de autor” que incorporaba soluciones tectónicas poco habituales. La investigación que siguió al derrumbe no pudo sin embargo dictaminar un único y claro motivo que explicara el colapso, abriéndose una serie de hipótesis: defecto en el cálculo de la estructura; o que tal vez sus responsables estimaron erróneamente el envejecimiento del material; o tal vez se debiera a la pobreza de éste, fruto de la especulación, la corrupción política y mafiosa, etc. Finalmente, el puente fue demolido y reinaugurado el año pasado. Renzo Piano se hizo responsable de su ejecución y, en lugar de hormigón, el puente es ahora de acero. Este acontecimiento le sirve al autor para lanzar una serie de interrogantes sobre un material, el hormigón, el cual, pasado medio siglo desde su fabricación, comienza a ofrecer síntomas de deterioro y necesita de un mantenimiento constante. 


De acuerdo a este dictamen, polémico y discutible, un escenario distópico se abriría paso, en donde las infraestructuras de ingeniería civil y la arquitectura erigida estarían actualmente en un punto crítico, pues el uso masivo de hormigón armado se dio inmediatamente después de final de la Segunda Guerra Mundial. Esto no pillará desprevenido a arquitectos e ingenieros, pues es sabido que las grandes masas de hormigón encuentran, a medio plazo, problemas de conservación y se deterioran por efecto de la lluvia, el frío y la humedad. El acero se corrosiona e infla, agrietando los muros que estaban destinados a durar más tiempo. Cuando se trata de módulos prefabricados, estos se contraen o expanden debido al calor, generándose fracturas. El hormigón armado está ahora monitorizado, aunque los costes de su vigilancia parecen invisibles. Sin embargo, no existe actualmente una conciencia de sus efectos nocivos sobre el planeta, como por ejemplo sí la hay sobre el plástico. Quizás esto se deba a una discreta labor persuasiva del lobby industrial del cemento, un material que está por todos lados pero que pasa desapercibido. 


De entrada, cemento y hormigón no son lo mismo, aunque el segundo no existiría sin el primero. La etimología se presta a la polisemia y a la confusión. Betón en francés, cemento u hormigón en español, concrete en inglés, concreto en portugués y en Latinoamérica… La etimología del cemento nos llevaría al ciment, al “cimiento”, en tanto asentamiento o consolidación de una base. Jappe expone con no pocos argumentos el carácter nocivo del hormigón armado. El examen no es tanto al cemento, el cual, como explica, ha venido utilizándose desde la época romana, y el Panteón mismo está levantado a partir de una mezcla muy similar (de cemento no armado). Desde la antigüedad se ha utilizado siempre diferentes aglutinantes para asociar de manera estable elementos de construcción, principalmente agregados de minerales y tierras cocidas. Más bien, su crítica se dirige al hormigón armado, pues casi la totalidad de las construcciones que hoy en día llamamos de cemento poseen en su interior armaduras de hierro o acero. Jappe sitúa de ese modo el origen del conflicto en el siglo xix con la introducción en la construcción de las armaduras en hierro. En efecto, su mayor debilidad o punto débil está en la corrosión potencial de sus armaduras de hierro. Escribe: “Es el empleo masivo de cemento bajo su forma armada la que causa esos daños. Los horrores de la arquitectura de hoy en día y sus construcciones modernas son la consecuencia de la combinación de cemento y acero”.


Historia de un material 


El autor traza entonces una historia del cemento y el hormigón desde la antigüedad, centrándose en el siglo de la gran industrialización, cuando comienzan a utilizarse por primera vez los moldes para fabricar “piedras artificiales” (no todavía para levantar edificios, sino para decorarlos). Describe así el origen en Inglaterra del “cemento Portland” (que recibe su nombre debido a la semejanza en aspecto con las rocas que se encuentran en la isla de Portland, en Dorset). A partir de la segunda mitad del xix, se abren fábricas de cemento por toda Europa y el material pasa de ser un elemento decorativo a devenir estructural, alimentando incluso la utopía de que gracias a su empleo masivo se podría proceder  a la regeneración de barrios pobres y proporcionar a los obreros, por un precio inferior, alojamientos más alegres y saludables. El bajo coste del hormigón fue visto con desdén y sospecha por parte de la burguesía, que lo empleaba en las partes menos visibles de sus casas. Durante mucho tiempo no se consideraba el hormigón suficientemente “bello” y se recubría con materiales más “nobles”, incluido ladrillos. Lo que planteaba la siguiente pregunta ¿es el cemento proletario? 


Seguir leyendo

12/03/2020

RESEÑA: "Ciclismo y capitalismo. De la bicicleta literaria al negocio del espectáculo", Corsino Vela, (Cambalache, Oviedo, 2020).


Corsino Vela, Ciclismo y capitalismo, Calambache, 2020



Asistimos actualmente a una eclosión de las bicicletas, en gran parte debido a las consecuencias de la pandemia y a la necesidad de ejercitar el cuerpo y la mente. Sin embargo, este boom se ha venido cociendo lentamente y, sin ir más lejos, puede decirse que el ciclismo como actividad de ocio y deporte ha reemplazado al anterior running. Al mismo tiempo, la literatura sobre ciclismo vive un momento de estado de gracia, y cuenta de esto la dan no pocas editoriales, revistas y novedades literarias. No obstante, éste era un libro que faltaba por escribir y ha sido Corsino Vela, pseudónimo de un asturiano nacido en 1953, bregado en distintas luchas obreras y sindicalistas, quien lo ha llevado a cabo con determinación y sin miramientos. 


Se trata de un libro radical que, sin duda, desencantará a muchos aficionados al ciclismo y a la bicicleta pues en él se ofrece una contundente desmitificación y desromantización de un deporte que se sostiene, literalmente, sobre su propia historia. Sobre el mitología de los tiempos heroicos y las gestas. Pero, al mismo tiempo, está surgiendo un nuevo lectorado ciclista exigente, el cual ya no se contenta con mirar al deporte desde la superficie sino que busca conectar su pasión de manera crítica con el mundo, con la cultura y el pensamiento. Se trata de verlo de otra manera: lo que Corsino Vela realiza consiste en descubrir el velo; destapar la cortina ideológica que el ciclismo como espectáculo de masas para el consumo de los “aficionados”, es decir, espectadores/consumidores, oculta tras la fascinación de las imágenes televisivas en las que contemplamos el sufrimiento, hasta el paroxismo, del ciclista. 


Los aficionados al ciclismo podrán decir, con razón y argumentos, “todo eso ya lo sabemos”. Pero, como antes Marx con el trabajo, o Veblen con el ocio y el consumo conspicuo, ese “ya lo sabemos” hay que describirlo, narrarlo, detallarlo. Este desvelamiento, sin embargo, no resta ni un ápice a la apreciación del ciclista, la valoración de un deporte que es principalmente sentimental y que, se nota, el propio Corsino ama con devoción. Hay, por lo tanto, respeto y pasión tanto en la intención de escribir este libro como conocimiento específico del medio y su historia. 


Básicamente el argumento del autor de Capitalismo terminal está en que el ciclismo es una mercancía que tiene un valor de cambio en el mercado y que se revaloriza en función del espectáculo. Es decir, que se trata de una economía especulativa donde entran en juego las ilusiones y emociones de mucha gente, ciclistas y aficionados, a partir de una producción específica –el propio esfuerzo físico– que el ciclista vende a otros, en suma, al equipo ciclista, a la organización y, en definitiva, al propio espectáculo convertido en negocio. Vela traza así un paralelismo entre el ciclista, los peones del pedal, con el obrero, con el proletario esforzado cuya fuerza de trabajo es capitalizada por terceros; las coincidencias son reveladoras, miméticas, y los “forzados de la carretera”, aquella expresión acuñada por Albert Londres en su crónica del Tour de Francia de 1924, comparten la autoexplotación de su cuerpo con aquella otra explotación intensiva de la fuerza de trabajo en la producción fabril. 


Así las cosas, la profesionalización del ciclista actual, especialmente la de aquellos que adoptan el rol de gregarios de un líder o, como se suele decir, “hombres de equipo”, se parece punto por punto a la de los obreros situados en la cadena inferior de la industria productiva. 


Corsino Vela regresa a los orígenes del ciclismo narrando sus orígenes humildes, básicamente proletarios, de las primeras asociaciones de ciclistas en Alemania y, de paso, conecta el devenir de la bicicleta con las distintas fases ideológicas del siglo XX. 


El autor comienza situando el ciclismo en la Modernidad, con la irrupción de la bicicleta como un vehículo de desplazamiento y motricidad personal que favorece la libertad personal y el libre albedrío. A su vez, la Modernidad es el tiempo de la gran industrialización el cual, con el paso de las décadas, da nacimiento a la cultura de masas. Así, el Tour de Francia nació en 1903 de la mano de Henri Desgrange con el objetivo de promocionar la industria de la automoción que su revista, L’Auto, publicitaba. En el origen de la prueba misma está su destino: la explotación comercial de un espectáculo que no hará sino expandirse en consonancia con el crecimiento del consumo y de un capitalismo, industrial primero, financiero después. 


La Modernidad prefiguró también un tiempo heroico del ciclismo (Coppi y Bartali intercambiándose un bidón), un deporte de leyenda que necesita vivir de la épica en unos tiempos en los que el control técnico-científico, biológico y empresarial cercenan cualquier posibilidad de épica. He aquí el drama, la ambigüedad del deporte de las dos ruedas. He ahí también su seducción. 


En cuanto a la evolución reciente del deporte del pedal, “si repasamos la historia del ciclismo en lo que se refiere a pruebas, equipos y condiciones salariales  durante las últimas cinco décadas y la comparamos con la evolución seguida por la economía capitalista en ese mismo periodo, comprobaremos que los vaivenes coyunturales de ambas discurren en paralelo. La desaparición de equipos y la aparición de otros nuevos, es decir, de nuevas marcas con los mismos corredores, supone el desembarco de negocios, empresas y actividades que buscan obtener una determinada cuota de mercado mediante la promoción de su imagen/marca y consideran que el escaparate ciclista es el adecuado. Es una reconversión constante del sector, que deja en la cuenta a desempleados y excluidos del mercado ciclista, de forma similar a lo que ocurre con las reconversiones en la industria y los servicios”. Y así, todo el libro. 


Son muchos los puntos analizados aquí que harán reflexionar tanto a la afición como a aquellos deportistas de salón que gustan de las grandes etapas de Vuelta, Tour y Giro. Pero, como bien escribe, la desmitificación del ciclismo no puede desprenderse de estas apreciaciones críticas, sino que más bien es la que banalización de la explotación comercial del espectáculo y la falta de respeto por el ciclista que agoniza en una rampa de dos dígitos lo que amenaza la propia idiosincrasia de un deporte que lleva el sacrifico al extremo. Al referirse al ciclismo femenino, por ejemplo, comenta el modo en que el deporte profesional, entendido siempre como negocio, ha arrinconado a las mujeres, alertando incluso, no sin razón, que detrás de la actual incorporación de la mujer a la bicicleta –lo vemos cada vez más en nuestras carreteras y en Instagram– no existe ninguna voluntad de reparación histórica o búsqueda de igualdad, sino una simple diversificación en el consumo por el que la industria de la bicicleta trata de incorporar al otro 50% de la población. 


No menos interesante es cuando se refiere, por ejemplo, a la tendencia monopolista de la acumulación de capital, como lo hace el equipo Sky (Ineos), el cual concentra a los mejores ciclistas anulando la propia competición; o cómo la alta competición profesional en un negocio espectacular calculado donde la espontaneidad del ciclista no existe; o la inversión en mercados de futuro fichando a las grandes promesas a edades cada vez más tempranas, la especulación y el cambio constantes, etc. Estamos, por lo tanto, delante de un libro de economía política del deporte. Ciclismo marxista. 


Corsino Vela denuncia la hipocresía con la que la sociedad, y los medios de comunicación, se ensañan con el ciclismo a propósito del dopaje, verdadera cortina de humo de una sociedad de la competencia a cualquier precio donde el transhumanismo está a la orden del día. En resumidas cuentas, se trata de un libro necesario sobre todo para la afición, muchas veces aletargada por la desaparición de la tramoya del espectáculo en ese simulacro que es el ciclismo por televisión. 


En su descargo se le perdonan las repeticiones e insistencias pues, como cualquier buena crítica de la ideología, sabe que la repetición es la base para que una idea, siquiera simple, cale en lo más profundo de la mente. 



6/28/2016

EDITORIAL: Hipercapitalismo



Visión del Museo Soumaya desde Museo Jumex, Nuevo Polanco, Mexico DF, con escultura de Jeff Koons.


Una imagen del supercapitalismo sucede de manera ampliada en aquellos países donde la desigualdad es más acusada. México es ahora mismo uno de estos países en pleno proceso de aceleración donde los contrastes resultan llamativos. El inaugurado museo Jumex (del estudio David Chipperfield Architects) se inserta en un contexto urbano en pleno proceso de expansión y renovación. Tal y como me comentó un taxista, la ciudad está cambiando, y una de las zonas donde lo está haciendo es precisamente en ese asentamiento. La cimbreante arquitectura del museo Soumaya (obra del mexicano Fernando Romero) irrumpe el espacio y le da continuidad a un bloque de edificios corporativos, residenciales y shoping malls donde las pasarelas y zonas verdes de parqué se interrelacionan con máquinas de gimnasio. Esta es una de las vistas desde la terraza de Jumex. A un lado una obra de Fischli and Weiss; abajo un gym; al otro lado un grupo de turistas haciéndose fotos en un Jeff Koons. Que el arte es una herramienta de las élites, o un instrumento del hipercapitalismo, alcanza aquí una perfecta armonía, con un punto de obscenidad. En México, así como en otros países emergentes, las grandes corporaciones o grupos de empresas en ascenso coleccionan arte. Eso ya no pasa en España ¿no? Saber que los propietarios de Jumex eligieron ese emplazamiento resulta significativo: al lado/junto al Museo Soumaya. Pero si el paisaje desde la base del Jumex resulta atractivo para el turista, ¿qué decir de los detalles materiales del propio museo mexicano? Hannes Meyer, en su etapa mexicana (1938-1949), criticó una vez duramente al arquitecto O’Gorman por realizar escuelas en “concreto” en medio de la naturaleza. Para Meyer, usar cemento era antinatural y el uso de materiales de la zona resultaba mucho más sostenible y apropiado. Bajar a los baños del Jumez resulta toda una experiencia: mármol blanco por doquier, exagerado. Tanto en la librería/tienda como en la entrada a los baños se ha dispuesto un juego (veteado) de distintos mármoles como si de un assortiment se tratara. Parece que al final se eligió uno blanco con una ligero veteado. La obscenidad de la arquitectura y su servidumbre (algo muy implantado en el ADN mexicano actual, servidumbre al amo, servidumbre al capital) a veces no se desvela en la forma de los edificios, sino también en el uso de sus materiales (aunque sea a pequeña escala).

Suelo de la entrada a los baños públicos en Museo Jumex,
los baños en sí mismos resultan llamativos.




12/23/2015

Contenedores de todo

 

Contenedores de todo.

(Fragmento)

“Éste es el marco en el que se desarrolla la temporada 2 de la célebre serie de televisión The Wire, centrada en la ciudad de Baltimore, para la que muchos fans es la mejor de las cinco temporadas. La investigación policial se centra en la aparición de un número de prostitutas de Europa del Este muertas “dentro de una lata”, en la que tráfico de esclavitud sexual detalla la decadencia de la labor portuaria. El polaco-americano Frank Sobotka, carácter entrañable, líder y activista principal del sindicato de trabajadores del puerto emerge entonces en toda su latencia utópica: su complicidad con el crimen organizado y contrabando de “mercancías” es el precio que debe pagar para que todo el dinero manchado de sangre que recibía se usara, legal o ilícitamente, para ayudar a que la actividad portuaria se mantuviera y hubiera trabajo para los estibadores. Desde su cuartucho de oficina en el puerto, la moral y la ética de Subotka quedó resumida en la frase: “sabíamos que teníamos que hacerlo aunque también sabíamos que estábamos equivocados”. Sobotka es un personaje utópico en la Tragedia griega que es la temporada 2”.

Leer más, en El Estado Mental.