Mostrando entradas con la etiqueta Paul Thomas Anderson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paul Thomas Anderson. Mostrar todas las entradas

2/27/2018

"El hilo invisible" (2017), Paul Thomas Anderson



La exquisitez por el detalle en El hilo invisible corresponde a lo que de un modisto exigente de otra época se podría esperar: pasión por el trabajo y atención a aquellas pequeñas cosas que parecen desdeñables a los ojos de los profanos. Porque el reino de R. Woodcock (interpretado por Daniel Day-Lewis) no parece de este mundo. Su obstinación por la obra de arte lograda (un vestido) amenaza con agriarle el carácter. Ésta es la historia de un control-freak con un celo maníaco por la costura ligeramente inspirado en la biografía de Cristóbal Balenciaga. El orden del maestro del diseño que es Reynolds se ve trastornado con Alma (Vicky Krieps), una chica de clase humilde y con acento extranjero a quien conoce en un restaurante. Reynolds lleva una vida monástica, gusta de comidas ligeras, detesta la mantequilla y toma té en taza y jarra chinas. Sin embargo su fruición y apetito es voraz; en la comida recupera la energía consumida en el trabajo. A menudo necesita salir de su rutina en el centro de Londres para regenerarse en el norte de la costa inglesa. Una economía subjetivista y un tanto narcisista consumen al protagonista, quien encontrará ese otro compensatorio en Alma.

Esta exquisitez por el detalle en el personaje lo es también en la cinematografía de Paul Thomas Anderson (PTA). Los planos son cortos, llenos de close-ups, y es aquí donde los entresijos de la Alta Costura se reflejan con entusiasmo. Los interiores (ésta es una película de interiores) aparecen bañados por una luz dulce y una textura de celuloide en la buena tradición historicista del pastiche. El hilo invisible es un pastiche posmoderno, sensible y elegante, irónico y con humor soterrado. Los años 50 del siglo xx son retratados como habitaciones sin apenas vistas. Es en las habitaciones cerradas donde las subjetividades y las patologías se acrecientan. Una historia que podía haber sido anodina y convencional (el tráiler no le hace justicia) recobra la fuerza gracias a la cinematografía de PTA (quien también firma la fotografía) y a unas interpretaciones extraordinarias.  

La pregunta que el filme realiza es por qué la gente toma las decisiones que toma en su vida. La consagración al trabajo del artista, la extrañeza en las vidas, aguantar a alguien insoportable o ese hilo invisible que mantiene una pareja unida. Este modisto del siglo xx tiene algo de personaje romántico de finales del xix; el proyecto del estilo es aquí un modo de vida, una serie de “hábitos” que son costumbres (coutume en francés), y trajes (costumes). La obsesión por el arte se correspondería con la propuesta de la aspiración a una vida auténtica –en oposición a la experiencia inauténtica– y que pasa por el reconocimiento del ser humano como ser hacia la muerte. Reynolds necesita morir un poco para volver a sentirse vivo; el horizonte ineludible de la muerte como el reto para la instauración de una vida singular, opuesta a una existencia indiferenciada. La vulgaridad es el enemigo a combatir y, como bien dice Reynolds, a quien inventó la palabra “chic” habría que azotarlo en la arena pública.

La Alta Costura es aquí la cima de un estilo (el de la moda femenina de los años 50) que pronto quedó sobrepasado en la siguiente década. La moda juega un papel periodizador que nos informa de la actualidad de un momento concreto, el presente en el que transcurre la película, y también de lo inactual o desfasado de esa moda a nuestros ojos como espectadores. Afortunadamente, PTA rehuye cualquier tentación de lo retro y el vintage, esto es, el consumo del pasado como mero fetiche. La ambientación y los detalles del vestuario están al servicio de lo que cuenta, y no adquieren una entidad caprichosa y volátil. A los vestidos que Reynolds confecciona para la alta sociedad, le sigue su propia vestimenta siempre remarcada, y a veces caricaturizada: como cuando sale de darse un baño con pijama debajo, traje de chaqueta, pañuelo anudado al cuello combinados de un modo inverosímil. El hábito de este “monje” es marcadamente singular: en los momentos de enfermedad viste espadrilles, austeras negras o blancas con cintas rojas.

Históricamente, los trajes (costumes) son el estilo distintivo de vestimenta con el que un individuo o grupo refleja su clase, género, profesión, nacionalidad, actividad y época. El vestido es un indicador temporal y también un elemento diferenciador. El gusto por el vestir es entonces sinónimo de distinción (social, cultural y de clase). Esta lectura de clase tiene su momento álgido en la discusión entre Reynolds y Alma con respecto a una tela. El gusto es aquí el componente que construye los cánones culturales y el elitismo. Estas distinciones culturales aparecen retratadas no sin complejidad, junto un sinfín de elaboraciones estéticas y clichés propios del extinto siglo xx.


El filme incorpora además un trasfondo psicoanalítico en el mejor estilo de una novela de Patricia Highsmith o una película de Hitchcock. Este romance gótico es también un cuento de fantasmas, como enuncia el título original Phantom Thread. También habla de Edipo. El poder simbólico de Reynolds se ve compensado por el poder secreto de Alma en una dialéctica cíclica y evolutiva. Y mientras esto sucede, PTA nos deleita con una fiesta de Nochevieja con globos cayendo del ballroom como gotas de Technicolor en una escena para el recuerdo.



3/26/2015

“Puro vicio”, PTA y el cine desaliñado


En este otro post abordé algunas tendencias del cine actual comercial, especialmente aquella que privilegia la complejidad. Bastantes realizaciones recientes no hacen sino confirmar que las grandes producciones se sirven de la complejidad con el beneplácito del espectador. Puro vicio (2014) de Paul Thomas Anderson es un buen ejemplo de esto. Resulta atractivo analizar por separado y al mismo tiempo de manera conjunta la deriva de la narración en la literatura posmoderna (Thomas Pynchon) y la versión cinematográfica de una de sus novelas. Aunque el libro de Pynchon sea reciente, estamos ante una tipología singular y con sello, un “Pynchon puro”. Esto significa un modo narrativo donde el argumento se expande cual mancha de aceite sobre una superficie en la que los puntos cardinales, que son los que a la postre dan forma a la trama, resultan difíciles de cartografiar. La película reproduce fielmente este “mapa cognitivo” sin extrapolarlo al espacio urbano de la ciudad donde la historia acontece, Los Ángeles. En este sentido, la película no es en absoluto (el libro no lo sé) un mapa de la ciudad a comienzos de 1970. Tampoco parece que lo pretenda.

El rasgo más marcado de este modo de narración pynchoniano reside en el descentramiento del eje rector de la novela. De acuerdo, tenemos a Larry “Doc” Sportello, un investigador privado de poca monta como núcleo indiscutible y a su alrededor pululan una serie de situaciones y personajes los cuales apenas alcanzan el estatus de “personaje” por pleno derecho. Más bien, la estructura se asemeja a la construcción del personaje de “Doc”, y está caracterizada por el desaliño. ¿Puede una película emplear el desaliño tanto en su estructura formal como en su estética y todavía pasar como cine de culto o “gran cine”? Puro vicio no sólo puede, también lo consigue. Es más, me atrevería a decir que gran parte de la motivación de PTA es precisamente esa.

Uno de los rasgos de la novela posmoderna (tal y como en día fuera analizada por Jameson) reside en esta estructura no centrada o no unitaria de la novela (u obra de arte) moderna. Evidentemente un conjunto de fragmentos difícilmente pueden conformar una “obra” en sentido estricto. Más bien, lo que obtenemos en Puro vicio es una masa o trama o tejido aparentemente informe que alcanza una resolución o ficción de unidad en el entrelazado final. Algo parecido sucede con la construcción del personaje de “Doc”, tan alejado del estereotipo de actuación propia del star system hollywoodiense de otra época. Lo que tenemos literalmente aquí es este personaje un tanto desastre pero con la cualidad deductiva detectivesca realzada por los efectos de las drogas y que a su modo actualiza las tipologías del género literario, el pícaro holgazán y el detective. El miserabilismo y la novela negra. “Doc” es todo lo contrario a un Philip Marlowe y, sin embargo, conecta con el espectador actual de un modo que el detective creado por Chandler nunca lo haría. Esta reescritura de los géneros es, de hecho, uno de los sellos por antonomasia de Pynchon y también de PTA. De este modo, tenemos aquí un producto literario y cinematográfico que certifica algunas de las características del posmodernismo, la estética “blanda” y las conexiones “flojas” o loose, que no sólo conectan con los gustos y las tendencias de los públicos jóvenes sino que también marcan una tendencia dominante en las formas de consumo de hoy en día.

Puro vicio no es un filme estrictamente historicista, tampoco un "filme-nostalgia", y su periodización de los años hippies y contraculturales resulta degustable para un público amplio que goza con la despolitización y la ironía que se hace de la cultura hippie. Aquí entonces habría que contrastar el trasfondo crítico, o el inconsciente político que rezuma la obra original de Pynchon con este filme con aspiraciones de “obra” aun cogiendo lo mugriento y desaliñado como estética. Es lo que tiene el estatus alcanzado por algunos directores, especialmente PTA. (Nota: personalmente prefiero The Master, ver texto aquí).

Sin embargo, hay que reconocer que PTA hace las cosas a su estilo, y aun con puntos de conexión con los Cohen o Tarantino, sabe marcar su territorio. La película con la que la compararía no es, sin embargo, ninguna de estos cineastas sino más bien esa otra cinta primo-hermana que se expande cual tela de araña y que es Zodiac (2007) de David Fincher. Es indudable que PTA o Fincher tienen un sentido de la narración y el ritmo, un paso, que resulta difícilmente alcanzable por otros dentro de la industria de Hollywood. Así, ambos pueden hacer películas a partir de novelas de distinto calado, Fincher con Gone Girl/Perdida, bestseller de Gillian Flyn, o PTA con material de alto vuelo de Pynchon, y entregar una producción con sello de autor. Esto no es sin embargo, y como podría pensarse, únicamente fruto de la genialidad del director sino el resultado de la evolución de la propia industria y los modos narrativos donde la complejidad y el sello de calidad se fomentan desde dentro casi como un género por derecho propio.





1/14/2013

El fin del celuloide: sobre "The Master" de Paul Thomas Anderson




El estreno de The Master de Paul Thomas Anderson en las salas comerciales resulta todo un acontecimiento, pues no es frecuente que la crítica especializada valore de manera tan unánime una película. Los calificativos elogiosos y las exégesis se pueden encontrar tanto en críticas profesionales (u oficiales) como en las amateurs (blogs). No cabe duda de que estamos ante un film muy poderoso, con unas actuaciones actorales impresionantes, y un fondo que cobra actualidad (y morbo) al tratarse del origen de esa religión llamada Cienciología y que tan de moda parece estar en Hollywood. Conviene, sin embargo, preguntarnos por la facilidad con la que la cinefilia se saca de la manga “obras maestras” cada poco tiempo. Obra maestra aquí, genio cinematográfico allá. El todavía joven Paul Thomas Anderson (PTA) lleva una gran carrera a sus espaldas, alguien que parece no ser capaz de hacer una mala película. Hay algo en él típicamente americano, muy conocedor del producto que maneja. La tendencia a la Gran Novela Americana o al Gran Cine Americano parecen ya géneros estandarizados, y si la primera tuvo en David Foster Wallace a su embajador (cogiendo de Pynchon y de DeLillo), PTA parecería encarnar a un nuevo mesías del cine (cogiendo un poco de todos los clásicos modernos, Douglas Sirk, John Huston, Kubrick…). Pero una de las novedades de The Master se encuentra más allá de la narrativa.

PTA ha realizado el film usando película de 70 mm, lo que equivale a una dimensión para la imagen de 65mm, dejando el resto de los 5 para la banda sonora. Es la primera vez, desde que Kenneth Brannagh realizara Hamlet en 1996, que se rueda en este formato, y hay que retroceder a las décadas de los 60 y 70 para encontrar películas rodadas de este modo. A diferencia del habitual 35 mm, 70 mm supone una mayor amplitud de pantalla y una calidad de imagen insuperable en el cine. Este formato fue popular en los 50 y 60, y en películas de estreno mundial que tenían en los géneros del musical y el cine épico sus demandantes, al ofrecer grandes panorámicas en color que inundaran la pantalla. Actualmente, no solo no se rueda en 70 mm, sino que para hacerse una idea de lo que supone, en Estados Unidos solo hay unos 70 teatros y cines capaces de proyectar algo así. En España dos o tres. Pretender ver The Master en 70 mm es una quimera, aunque en los Estados Unidos se está produciendo un movimiento purista con respecto a los modos de percepción. PTA prefiere que se vea en el original celuloide, aunque sabe que la inmensa mayoría lo verá en el nuevo formato digital, en 4k o equivalente.

La desaparición de lo que conocíamos por cine es ya una realidad, incluido en nuestro país. La digitalización ha ganado la batalla. Ante el visionado de The Master, y a mi priori ignorancia sobre los procesos de digitalización, me esperaba algo que no ocurrió: que el celuloide crujiera y se expandiera en pantalla, que la consciencia de estar viendo cine se confirmara. No fue así. En su lugar, la proyección comenzó como una rutinaria sesión de video. En un viejo ensayo de Peter Wollen titulado “Cinema and Technology: an Historical Overview”, el crítico trazaba la evolución del cine en base a su evolución en la química de la película (film stock); no -sonido versus sonido, color versus no color, etc. Asimismo, trazaba una triangulación sobre las tres fases en las que se asienta el cine: grabación, procesamiento/revelado, y distribución/proyección. Durante décadas, la segunda y tercera fase se han mantenido estáticas, siendo la primera allí donde se innovaba. Esto está a punto de cambiar con la revolución digital a la que se enfrenta el cine. Los movimientosluditas, o contrarios a la innovación de las máquinas, pueden encontrar en esta desaparición del cine, una de las muertes más serviles a los fines del capitalismo multinacional. Los nostálgicos del cine lo tienen difícil, y uno también se pregunta qué va a ser de un cineasta como Philippe Garrel.

Pero lo que PTA ha realizado con The Master es un gesto heroico (a lo Wells), que contentará a esos nostálgicos, aún al precio de saber que el 99% verá la película no en el formato realizado.
PTA quiere que usted mire esto en 70mm. No en vano, ha estado de gira por salas de cine para asegurarse personalmente de que la presentación está a su altura. Esto va mucho más allá de cualquier ventaja técnica o demostrable a la proyección analógica, se trata de un fetiche, puro y simple. Por supuesto, este fetiche es lo que mucha gente desea compartir con él. Las diferencias de matiz entre una proyección de 70 mm y una de 4k (salvando el tamaño de proyección quizás) es tan sutil que solo un ojo muy experimentado podría adivinarlas. Es muy posible que The Master sea la última ocasión para experimentar colectivamente una obra contemporánea rodada en gran formato negativo, sin ser una acción de extravagancia para el formato IMAX. Sin duda, el proyecto es lo suficientemente digno como para celebrarlo sólo por esta razón. Estamos viviendo en una época interesante en el devenir de la imagen en movimiento, y en muchos sentidos, The Master ayuda a exponer la historia de las presentaciones de calidad y el futuro de las audiencias que van al cine para ser arrastradas por el trabajo de un gran director.

Ocurre entonces una inversión dialéctica a ser tenida muy en cuenta, pues si los cineastas aceptan la digitalización de su medio (algo a lo que están condenados) ¿en manos de quién queda el cine, el celuloide? No hace tanto que la fetichización del 16 mm y el 35 mm en manos de artistas era objeto de celebración y crítica al mismo tiempo. El vídeo no parecía satisfacer la búsqueda de una ontología y una materialidad propia del cine. Sin embargo, exponiendo cine dentro de los museos, replicaban el trabajo de los cineastas. Ahora que estos últimos regresan a una fase negada o reprimida de su propio medio, los artistas usando cine encuentran el camino despejado, y quizás el arte devenga ahora en el único lugar donde todavía el cine, el celuloide, sea todavía posible. El genio de PTA va todavía más lejos, al colocar al actor Joaquin Phoenix (Freddie Quell) en su papel de fotógrafo ocasional mostrando el dispositivo fotográfico vintage del periodo post-World War II. La calidad y la luz de la imagen y la auto-consciencia de PTA con respecto a la historicidad de la evolución de la tecnología fílmica y fotográfica, sitúan a The Master en una dimensión donde las categorías de realismo e hiperrealismo se engrandecen. En definitiva, una película donde el fondo y la forma se engarzan de tal modo que solo por contemplar ese despliegue, merece la pena ser visto en el cine más cercano.

* Publicado originalmente en a-desk, 14-01-2013