En España la utopía y el/la utopista valen
menos de lo que un miserable céntimo puede comprar. Lo utópico es sinónimo de
ingenuidad, ensoñación, irrealidad y ahora también se ha convertido en un
adjetivo de descalificación política. Se asocia lo utópico con idealismo
estudiantil e ineficacia política. La utopía infunde temor, pánico incluso. Lo
contrario de la utopía es la estasis, la mismidad, el miedo al cambio. Pero aún
en la estasis hay movimiento. Lo sabemos. En términos generales, éste es el
orden que impera, no sólo aquí, sino en el conjunto del orden mundial, cada vez
más un desorden. El Gran Orden lo denominó Bertolt Brecht en esa guía para
tiempos convulsos que es Me-Ti: Libro de
los cambios.
Y mientras nada cambia, la historia sigue
su curso. Imperturbable apariencia y, sobre todo, contradicción. Es tarea de la
teoría crítica rescatar hoy en día un significado positivo para la utopía y
ponerla en el horizonte como meta a perseguir. Las grandes transformaciones sociales
son tarea de la utopía, pero antes de emprender el viaje conviene prestar
atención a los efectos deformantes y a los peligros que su búsqueda conlleva. Innovaciones
contra renovaciones. Y vuelta a empezar.