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2/09/2012

"The Crooked Path", Jeff Wall, CGAC, Santiago de Compostela

Jeff Wall. The Crooked Path, 1991


The Crooked Path, la exposición de Jeff Wall todavía a la vista en el CGAC, supone una experiencia irrrepetible. Muy posiblemente se hayan realizado exposiciones más ambiciosas o espectaculares del artista canadiense, más extensas y con un carácter más abarcador, retrospectivas en museos y ciudades más grandes, pero difícilmente una exposición de Wall podrá en un futuro igualar el afecto que de ésta se desprende. Realizada conjuntamente con BOZAR de Bruselas, The Crooked Path desprende un armonioso equilibrio entre todos los agentes implicados en la operación (artista, comisario, institución, otros artistas presentes y demás). La exposición consigue hacer palpable la comunicación entre las diferentes obras de Wall con aquellas obras de otros artistas que le acompañanan en este “sendero sinuoso” sin en ningún momento producir pesadez ni sobre-dimensionamiento. El argumento principal de la muestra es la obra de Jeff Wall en contacto con toda una red de influencias, autores que han sido referente, contemporáneos suyos, de manera que lo que se consigue es trazar un mapa cognitivo no solo del canadiense, sino de la transformación de la imagen desde comienzos de 1970, esto es, los cambios técnicos y en el orden de la representación que prefiguran el posmodernismo. Para tal tarea, las cálidas salas del museo CGAC ofrecen un marco excepcional, al poder agrupar por temáticas cada uno de los espacios del museo en una escala proporcional y comedida. A vueltas con la escala, el espacio dedicado al reduccionismo es demoledor, con The Storyteller de Wall (una de sus más complejas fotografías) organizando el espacio al lado de André, Flavin, Weiner y Stella. La estrcutura de esta sala es triangular, con Wall en el vértice, produciéndose una miríade de cruces y asociaciones difíciles de traducir. Traspasar caminando el Carl André a la busqueda de la cibrachrome ahoga los pasos del caminante en un silencio sordo. La sala de al lado tiene también su miga: “los años setenta/el estudio”, desde una película de Fassbinder, a Bruce Nauman, Rodney Graham y, entre otras obras, si bien recuerdo, la fundamental Picture for Woman. Y así continua la exposición; una sala traza un árbol genalógico de la fotografía desde comienzos del siglo XX (Atget, Sander, Evans, etc.); otra traza la evolución de la fotografía conceptual o artística (Ruff, Struth, Gursky, etc.); las relaciones con la literatura y lo pictórico; la influencia del conceptual y el post-conceptual (Smithson, Huebler, Graham); los contemporáneos o sucesores (Patrick Faigenbaum, De Rijke/De Rooij, Christopher Williams, Mark Lewis, etc.); lo cinematográfico, con una selección de escenas de películas a cargo del propio artista, etc.
Orquestada como un gran puzzle, esta exposición permite contemplar a Jeff Wall en todo su esplendor, no por el deleite recreacional que sus grandes fotografías siempre proporcionan, sino porque los elementos adyancentes permiten hacer visible aquello que la fotografía misma hurta. De esta manera, surge la construcción minuciosa de una “imagen dialéctica” (Walter Benjamin) que no se corporiza en ninguna de sus cibachromes sino que emerge como una imagen ausente compuesta de intersticios, el espacio relampagueante “entre”. Pero además, Wall se inscribiría en ese espacio de sutura entre modernismo y posmodernismo que tan productivo resultaba  en el periodo dorado de la crítica de los males de la modernidad. Pero incluso, lo que se cuela una vez más, para los intereses de este blog, es toda una teoría de la
historicidad hecha forma: “Esa historia de matar al padre nunca me ha parecido la forma más interesante, creativa o viva de relacionarse con obras de arte ni con la producción integral de un artista. Siento demasiado agradecimiento por la existencia de ese arte como para entenderlo así. No pretendo competir en ese nivel; me parece que la competencia únicamente tiene que ver con las virtudes del buen arte. Competimos con respecto a la calidad del arte de gran calidad, no con respecto a los artistas. Queremos igualarlos o incluso superarlos solo en lo relativo a las virtudes, la calidad, de nuestra obra. Y si alcanzamos un gran nivel no por eso eliminamos en modo alguno la gran calidad que ya existía. Apartamos algo capital del buen arte y, en los niveles superiores, ampliamos el abanico de lo que puede ser bueno. Pero el buen arte reciente como, pongamos, el de Picasso en 1912, no provocó de repente que la obra de Manet perdiera calidad; si acaso, intensificó y complicó las virtudes de Manet”.
The Crooked Path supone una inmersión inmejorable en las conexiones políticas, culturales y artísticas que hacen posible que la figura de un artista (Jeff Wall) pueda devenir en una entidad social, y por lo tanto, en un bien para la sociedad en su conjunto. La excepcionalidad del tratamiento de una exposición de arte (todavía abierta al público) en este blog de Crítica y metacomentario (paradójicamente dedicado en exclusiva a la crítica de arte) hacen de la visita al CGAC una tarea pendiente para todos aquellos que no la hayan visitado todavía.


1/18/2010

The Storyteller / El narrador


Una reciente conversación con la artista Dora García (de próxima publicación) me ha recordado y confirmado aquel material del que ella se nutre: literalmente, “todas las historias” (por otra parte, una obra suya que lleva ese mismo título). Pensándolo bien, me ha traído a la memoria un pasaje que leí hace años y que quedó grabado en mi memoria como la historia que mejor define el poder redentor de la narración. Aquí abajo reproduzco esa historia, de la pluma de Tom Spanbauer, sin ningún género de dudas, uno de los escritores con mayor talentoy  donde el valor terapeútico de su escritura es comparable al saneamiento de espíritu que su lectura genera. Altamente recomendable.
Si el decline de la narración oral y de la figura del narrador se da en nuestras sociedades, ésta se debe en parte a la saturación de la información en el regimen mediático y publicitario. Esto no es nuevo, pues ya en su ensayo seminal “El narrador” Walter Benjamin escribió: “La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo jugado por la difusión de la información. Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables.”
Sin duda la obra de arte que ejemplifica este decline sería el “tableaux vivant” de Jeff Wall, The Storyteller (1986) donde se muestra a un grupo de personas desperdigadas entre un bosque y una autopista y que explica la crisis histórica de las tradiciones orales en Canada (y en nuestras sociedades tardo-capitalistas) erosionadas por la vida moderna. No obstante, la inclusión de la figura de la narradora, en la parte baja de la izquierda, ofrece un instante de optimismo. La imagen sugiere el potencial de las tradiciones históricas sobreviviendo a la amnesia histórica y a los efectos homogeneizadores de los media y del progreso tecnológico.
Con esta evocación a la necesidad de la narración comenzamos una nueva década.


Jeff Wall, The Storyteller (1986)




“En Rusia, dijo Alessandro, había un rabino famoso. Cada vez que veía que el infortunio amenazaba a su gente, este rabino iba a un lugar del bosque a meditar. Luego, encendía un fuego, decía la oración determinada y sucedía el milagro y la gente del rabino se salvaba. Las cosas continuaron y continuaron así hasta que el rabino murió y posteriormente, su discípulo, otro rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, iba al mismo lugar del bosque y decía al Gran Misterio: Lo siento pero no sé cómo se enciende el fuego, pero sigo sabiendo la oración y aquí tienes la oración. Y este rabino decía la oración y sucedía el milagro. Luego aquel rabino murió y su discípulo, otro rabino, cada vez que el infortunio amenazaba a su gente, iba al lugar del bosque y decía: No sé cómo se enciende el fuego y no sé la oración, pero sé el lugar y esto debería ser suficiente. Y sucedía el milagro. Cuando aquel rabino murió, su discípulo, el cuarto rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, se sentaba en su silla en casa con la cabeza en las manos y decía al Gran Misterio: No sé cómo se enciende el fuego, no sé la oración, no sé el lugar del bosque, ni siquiera qué bosque. Lo único que puedo hacer es contártelo y esto debería ser suficiente. Y sucedía el milagro.
Dios hizo al hombre porque le encanta escuchar historias, dijo Alessandro. Es una buena historia, ¿eh?”

Tom Spanbauer, La ciudad de los cazadores tímidos, Poliedro, p. 237-238