This is a space for criticism, critique and meta-commentary.
Este es un espacio personal para la crítica y el meta-comentario.
“The dialectical critic of culture must both participate in culture and not participate. Only then does he/she do justice to his/her object and to him/herself”.
Theodor W. Adorno, ‘Cultural Criticism and Society’
Una imagen pesadillesca de esta pasada noche me trae una
imagen vista hace unos días en un suplemento dominical sobre los almacenes de
la empresa Amazon. Rumiando en la noche, a esa imagen se le enfrenta el
recuerdo feliz del pequeño corto de Alain Resnais Toute la mémoire du monde (1956)donde se enseña el interior de la
biblioteca nacional francesa en París así como su funcionamiento. La labor del
sueño, que dirían los psicoanalistas. Pero también la imagen de la utopía contra
la distopía pero, ¿cuál es cual? Mantengan a Resnais libre de cualquier
acusación. Su corto nos remite a un mundo de editores, libreros, escritores y
críticos investigadores que ahora se nos escapa, definitivamente. Imaginen
ahora el sueño idealista de alguna mente salida de una novela utópica: un lugar
que acumule todos los libros del mundo. ¿Amazon?
La naturaleza de la utopía en el capitalismo tardío se
presta a las más complejas contradicciones y ambivalencias. Por ejemplo, la
abolición del libre mercado, el libre comercio, la competencia es decir, el
manual ideológico del capital, por el mercado mismo. Esta es la dialéctica. Las
utopías nos dan, también, miedo. Y la distancia que separa la utopía de la
distopía es, como sabemos desde las películas de ciencia-ficción, cosa de una
delgada línea. Con la publicación de estas fotos (así como las actuaciones
recientes de su propietario que incluye la compra de The Washington Post y el
aireado de su fortuna), Amazon ha lanzado un mensaje de amenaza a la humanidad
(aunque sigamos comprándoles libros). La amenaza va dirigida directamente a la
imaginación individual, y colectiva. Como ha dicho Jonathan Franzen en un articulo reciente, comparando a la compañía con uno de los cuatro
caballos que flanquean al Apocalipsis:
“Amazon quiere un mundo en el cual los libros están
auto-publicados o publicados por Amazon, donde los lectores dependan de las
reseñas de Amazon en su elección de los libros, y donde los autores sean
responsables de su propia promoción”. Mientras todo esto ocurre, Alain Resnais
sigue haciendo cine y pensando en nuevas formas en las cuales la imaginación
humana se proyecta y, también, se deleita.
Tout la mémoire du monde, de Alain Resnais (1956). La Biblioteca Nacional de París como un universo propio de Walter Benjamin.
En 1956 Alain Resnais realizó Tout la mémoire du monde, uno de sus
cortometrajes más hermosos en donde se muestra el funcionamiento interno de la
Biblioteca Nacional de París. En el filme el género documental se convierte en el
canal para una meditación sobre el misterio que supone la acumulación
sistemática de sabiduría contenida en cientos de miles de volúmenes de todo
tipo. El espacio laberíntico de la biblioteca y la mirada de Resnais abren la
imaginación hacia un mundo inabarcable que proyecta al espectador a un mundo de
fantasía, casi de ciencia ficción. Ha sido siempre uno de los rasgos del
cineasta francés el desplegar situaciones de transformación de realidades
cotidianas en universos imaginarios.
El cortometraje muestra cada paso
metódico en la biblioteca ante la llegada de un nuevo libro. No es difícil
realizar un paralelismo entre la biblioteca con un sistema carcelario donde el
libro (el preso) queda inspeccionado, clasificado, marcado y fichado para la
eternidad. Para mostrar de manera didáctica cómo se cataloga cada libro,
Resnais “cuela” uno a modo de ejemplo. No se trata de cualquier libro, sino de
uno muy especial: uno de la colección Petite
Planète, que su colaborador Chris Marker fundara en 1954 dentro de la editorial
Seuil como una serie de guías de viaje. Estas guías de pequeño formato
combinaban el texto y la imagen de un modo nuevo y elegante. Cada ejemplar
incluía fotografías de aquellos países a los que se les dedicaba cada número
monográfico, pero también imágenes de pinturas, anuncios publicitarios,
miniaturas, emblemas, sellos o cualquier otra clase de material heterogéneo. Varios
amigos y colaboradores de Marker (Armand Gatti, Juliette Caputo y otros) realizaron
algunos de los números de Petite Planète.
Lo que llama la atención en el cortometraje de Resnais (a partir de una
fijación en el detalle cuasi-detectivesca), es el número escogido para servir
de “modelo” archivístico. Se trata del nº 25 de la colección, que lleva en la
portada inscrita la palabra “Mars”. A diferencia del resto de los ejemplares de
la colección, donde el nombre del país aparece en la cubierta (y en un momento
se ve el ejemplar de “Gréece”), el nº 25 es una guía para viajeros al planeta
Marte. Una falsa guía. En la cubierta, como siempre, la foto de una mujer,
mirando ligeramente fuera de la cámara, maquetada espacialmente sobre la
superficie blanca de la portada, escorada a la izquierda, ligeramente arriba.
Ella es, quizás, la primera de los personajes de Marker que nos hablan, inesperadamente,
desde un tiempo futuro. Ellas miran a nuestro presente, transformándolo,
modificando nuestra memoria del pasado y nuestros recuerdos. A través de este
detalle, toda la memoria del mundo bascula
hacia otro tiempo y otro espacio, hacia esa memoria del futuro que siempre fue
el sello distintivo de Marker. En la ficha técnica del libro aparece el nombre
de Jeannine Garane, quién sabe si se trata de una persona real o uno de los
múltiples pseudónimos de Marker.
No acaban aquí los guiños, pues el sello o
emblema de la portada en este ejemplar reproduce un delicado logo de un gato,
animal por el que compartían su amor Marker, Resnais y también Agnès Varda. Además,
Resnais utiliza la oportunidad para mostrar otra de sus grandes pasiones, el
cómic. De repente, un supuesto documental nos transporta a un mundo interior cargado
de subjetividad y a una multiplicidad de conexiones y pensamientos difíciles de
expresar. El cine deviene escritura cinematográfica. Pero lo que emociona en Tout la mémoire du monde es la
complicidad en el modo en el que fue realizado, con amigos y amigas de Resnais posando
en un momento del cortometraje. Entre estas personas se encuentra Varda,
reconocible únicamente por su inconfundible corte de pelo. Durante la década de
1950 mucho del trabajo de Resnais, Marker y Varda se estableció como una
correspondencia entre ellos. Colaboraciones, postales, cartas, presencias y
ocultaciones. Podría decirse que nunca el cortometraje fue tan productivo como
entre los integrantes de la Rive Gauche, quienes vieron en el formato la
oportunidad para renovar el lenguaje cinematográfico introduciendo el ensayo
fílmico. Además, en el cine de autor de la Rive Gauche, el ensayo
cinematográfico está ejemplificado por el género documental. Un ejemplo de la filiación
entre estos artistas lo tenemos en Tout
la mémoire du monde, donde en los créditos aparece un tal “Chris and Magic
Marker”, un guiño a la marca de rotuladores permanentes de donde Chris sacó su
nombre artístico. Se le reconoce a Marker haber escrito el final del corto, que
dice: “Aquí se prefigura un tiempo donde todos los enigmas serán resueltos, un
tiempo donde este universo –y algunos otros- nos ofrecerán su clave. Y todo
ello simplemente porque estos lectores sentados delante de sus fragmentos de
memoria universal habrán puesto uno tras otro los fragmentos de un mismo
secreto, que posiblemente tiene un nombre muy bello, que se llama felicidad”.
Más de medio siglo después, resulta estimulante comprobar los efectos de la productividad
que las pequeñas colaboraciones entre artistas amigos pueden generar, en
tiempos en los que el individualismo domina y las autorías compartidas escasean.
Hasta en algunos planos se pueden comprobar algunas analogías alegóricas, como por ejemplo en las arcadas simulando una lechuza, una de las figuras animales markerianas...
Cartel de Las malas hierbas de Alain Resnais, representando a los personajes
del filme (y que me ha recordado a las pinturas de Vicente Amestoy).
Las malas hierbas (2009) de Alain Resnais se estrena ahora en nuestro país (años después de que obtuviera el premio especial del jurado en el Festival de Cannes del 2009). El título en francés es más elocuente, Les herbes folles (las hierbas “locas” es una expresión mucho más apropiada para los personajes que se describen en la película). A punto de ser nonagenario, Resnais continúa haciendo cine (igual que sus camaradas de la “Rive gauche” Chris Marker y Agnes Varda) con una libertad argumental y formal que para sí quisieran muchos otros directores. Describir el hilo de Las malas hierbas resulta tarea vana para aquellos que no vayan a ir a verla (y para aquellos lectores que la hayan visto ya este metacomentario servirá como un simple contrapunto). La película se desliza desde el comienzo en un plano de ensoñación y sorpresa. La libertad a la hora de narrar se traduce en una serie de recursos formales que en otras manos podrían devenir en peligrosos artefactos a punto de estallar; voz en off de narrador (que lejos de poner orden complejiza el texto aún más), voz en off de los protagonistas cuando piensan, flash backs, sobreimpresiones, guiños, falsos finales y un sinfín de amaneramientos estilizados (sin caer en el barroquismo, ni siquiera en el surrealismo). Resnais se atreva con un género tan extemporáneo como la fábula (para ser más precisos, fábula romántica). No obstante, estamos ante un tipo de fábula muy concreta, que reinventa el arte de narrar al precio de producir dos situaciones interpretativas al unísono; la película se disfruta de modo alegórico, pudiendo desconectar de la verosimilitud de la historia (que con el paso del metraje deviene cada vez más disparatada). A su vez, es posible suspender la ansiedad de la interpretación, degustándo las secuencias como quien escucha una melodía o lee una poesía. Momentos e imágenes para ello hay. Resnais se hace fuerte es en la creación de los dos personajes principales, Marguerite Muir (Sabine Azéma) y Georges Palet (André Dussollie). Ambos están dotados de una psicología y una estética significante; ella, dentista de profesión y aviadora de vocación; él, un sesentón casado y con hijos que busca ese punto de peligro en una aventura y que (no llegamos a saberlo) parece esconder un secreto turbulento. Las psicopatologías de la vida contemporánea, la soledad, el deseo, la frustración, la vejez, la neurosis, la excentricidad, las obsesiones, la familia… aparecen todas ellas retratadas a través de estos dos personajes que establecen una relación de atracción/repulsión. En ningún momento (me lo parece a mí) puedo dislumbrar una historia de amor fou sino más bien la excitación a lo desconocido, la curiosidad de la pesquisa, la ensoñación despierta y eso que los franceses llaman les fantasmes, esto es, las fantasías.
En el lado estético, la elección de Muir y Palet resulta complementario en su antagónismo, de manera que durante el visionado mi interpretación se dejaba ir hacia posibilidades no del todo ortodoxas, como la que opone el modernismo al posmodernismo… (habría que probar aquí si cualquier interpretación resulya legítima, y si esa tarea que supone el decodificar las alegorías conlleva de facto la búsqueda de la captura del llamado inconsciente político en los textos y las películas, de manera que al igual que lo político inconsciente, algunas obras de arte alojan o esconden en su interior un inconsciente “estético” del que ni ellas mismas se dan cuenta). Entonces, en esta hermeneútica, Palet representaría la parte moderna, masculina y patriarcal. Un descendiente de una burguesía francesa que se reproduce históricamente y que encuentra en la labor intelectual un alivio temporal a su condición de clase. Aunque no sabemos a qué se dedica profesionalmente (quizás esté jubilado, dedicándose a cortar el cesped y a realizar las tareas que su mujer le ordena, bricolaje y pintura, además de, genes mandan, ser el maestro-barbacoa de su casa) podemos intuir que su labor es o ha estado ligada a cierta intelectualidad (quizás esea escritor). Su despacho es el universo del hombre, con Valentine de Olivetti (cortesía de Ettore Sottsass y Perry King), su lámpara de tulipa verde, la ausencia de ordenador personal… (el posmodernismo de Sottsass estaría aquí mitigado por la condición de la propia maquina de escribir Valentine, convertida en un arquetipo universal de la durabilidad y el buen diseño). En breve, en Palet, todavía una noción de gusto y de estilo como afirmación de la personalidad tienen lugar desde una posición de respetabilidad y clase (piénsese en lo ofendido que se queda cuando a su lado pasan dos jóvenes vestidas de modo chabacano). Aunque, a modo de resumen, todo el mundo objetal sobre el que gira su universo puede resumirse en la Valentine (objeto que dio un salto radical del material de oficina a producto de mercado y del que Sotssass dijo una vez que la concibió para hacer compañía a los poetas solitarios cuando pasaban sus fines de semana en el campo). Ese es Palet. En el otro vértice, en la posmodernista, tenemos a Marguerite Muir, una mujer célibe de alocados cabellos rojizos cuyo capricho son un buen par de zapatos de marca (por los cuales no dudaría en desembolsar una buena fortuna). (La escena en la boutique de zapatos al comienzo bien merece un nuevo visionado, no solo porque viene precedida de una cita al artista Daniel Buren,- el Deux plateaux en el Palais Royal de París- sino porque concita un universo estético, un colorido y una maestría escénica y narrativa inigualables, además de que es en las escenas de los zapatos en sus expositores donde la lógica del producto como mercancía y fetichismo se encuentra, pues conviene recordar que no pocas interpretaciones sobre el posmodernismo se apoyan en el icono de los zapatos, piénsese en la reinterpretación de Jameson en su Postmodernism, or, the cultural logic of late capitalism sobre los zapatos de labriego de Vincent Van Gogh, Un par de botas, a cargo de Heidegger, y su consiguiente equivalente posmoderno en los Zapatos con polvo de diamantes de Andy Warhol). Tenemos ya un rasgo de distinción en el personaje, un modelo concreto de zapatos de tacón. Pero además Marguerite Muir graba sus iniciales en la billetera, tiene su vivienda decorada con tres tubos de neón rojo, amarillo y azul y en su gabinete dental hay reproducciones de unos Beatles warholianos, el cuarto de dormir es remarcable no exento de kistch, conduce un biplaza amarillo y su largo abrigo oscuro abotonodo a un lado parece sacado de una cara subasta “vintage” (y el crítico de cine Mikel Insausti me recuerda hoy en su reseña que la inspiración viene de El Principito de Saint-Exupery). Para completar todo eso a MM le gusta manipular sus fotos de carnet, jugar a ser otra. Con su gorro de aviador y sus gafas, podría ser una aviadora en alguna incursión japonesa en la segunda guerra mundial, una heroína batiendo el record de vuelo transoceánico… Su personalidad romántica encuentra en la nostalgia un rincón para la auto-protección. Podría incluso decirse que MM encuentra en el consumo y en la afirmación de su singularidad a través de la moda, el arte y la cultura pop el espacio que debiera ocupar el amor, o una compañía. De este modo GP y MM, ambos representantes de un modernismo canónico másculino y un posmodernismo descentrado feminista inician una relación psicológica, una guerra de guerrillas acerca de la fascinación y el pavor que nos produce el otro desconocido. En este fascinante juego, Resnais retuerce las hipótesis y las preconcepciones sobre lo que le falta a uno y a otro, indagando en las interioridades de la insatisfacción humana, regalándonos unas memorables reflexiones en forma de imágenes sobre la mortalidad y la historia natural y cultural, para concluir con uno de esos finales sorpresivos que se recuerdan en tiempo (y que a este escribiente le hicieron pensar al final de su colega Marker en Le tombeaux d’Alexandre – El último bolchevique).