“Do one thing at the time” era la
primera regla de la lista de Fischli/Weiss para trabajar mejor.
Pero que cada vez más esto no
resulta fácil de hacer. La dificultad para experimentar el tiempo en bloques
homogéneos es uno de los problemas del trabajo actual. Jonathan Crary ha
señalado lúcidamente que con la progresiva indistinción entre los tiempos de
trabajo y de ocio, el trabajador contemporáneo permanece alerta en una franja
de tiempo que se expande 24/7.[1]
Ese es también, por otra parte, el tiempo para el consumo sin descanso. Sin
duda es la tecnología y la creciente computerización de todos los estratos de
la vida privada y pública los que modifican nuestros hábitos. El capitalismo de
ansiedad se extiende cómodamente a esa una franja que abarca la totalidad de la
vida. Fue Marx el primero en definir el concepto de plusvalía. Lo que es de
resaltar aquí es que ese mismo concepto vale tanto para definir la fuerza de
trabajo que el capitalista hurta al trabajador, sometiéndolo a un régimen
preestablecido pero impuesto de 8 horas de trabajo/8 de sueño/y 8 de ocio, como
para explicar el auto-sometimiento al sistema del que voluntariamente
participamos en nuestras sociedades cognitivas y del trabajo inmaterial.
En la plusvalía (digamos
tradicional) es el excedente del trabajador, es decir, el trabajo sobrante en
tiempo cuantificable que se emplea en la fabricación de un objeto material
(pongamos una mesa) de lo que el empleador se beneficia. Poco a poco ese tiempo
se extiende fuera del horario de trabajo, donde el ocio permanece
predeterminado y el sueño (o el inconsciente) queda como único refugio para la
fantasía del individuo aunque, como bien aclara Crary, las horas de sueño son
el último espacio colonizado por el capital. De esta manera el capitalismo se
apropia de la vida entera. Pero en el capitalismo inmaterial y desrregulado
actual, en donde cada uno es su propio “jefe” o “empresa” (o eso se nos dice),
la plusvalía es el horizonte final de un trabajo donde nunca nada es
suficiente.
Como cualquier producto bien
diseñado del capitalismo tardío, los ordenadores personales son auténticas
herramientas ambivalentes, capaces de proporcionar la mayor de las libertades
creativas y de empoderamiento a sus usuarios como también de someterlos a la
autovigilancia, el control y la escucha infinita. Un artículo el año pasado en
The New Yorker ponía el énfasis en el modo en que los ordenadores debilitan
nuestro cerebro hoy en día. (Leer aquí). En ese artículo se describían hallazgos
u obras geniales realizados para la literatura y la ciencia (por Franz Kafka,
Jack Keruac y los inventores de Apple, Steve Jobs y Steve Wozniak), esto es, gente que tuvo que concentrarse en
una actividad en un bloque de tiempo muy concentrado y con herramientas (una
simple máquina de escribir en los escritores) las cuales únicamente podían
realizar una única actividad. Cito aquí sin necesidad de traducción:
“On the one hand, today’s
computers feature programming and writing tools more powerful than anything
available in the twentieth century. But, in a different way, each of these
tasks would be much harder: on a modern machine, each man would face a more
challenging battle with distraction. Kafka might start writing his book and
then, like most lawyers, realize he’d better check e-mail; so much for “Das
Urteil.” Kerouac might get caught in his Twitter feed, or start blogging about
his road trip. Wozniak might have corrected an erroneous Wikipedia entry in the
midst of working on Breakout, and wrecked the collaboration that later became
Apple”.
Más allá de lo pertinente de estas
especulaciones transhistóricas, lo que el artículo plantea es que la multitarea
ha devenido en un problema más que una solución y que entre ser herramientas de
concentración y eficacia, la tecnología actual funciona como instrumento de
distracción y dispersión. Esto está relacionado con el esfuerzo realizado por
la propia evolución del ordenador personal (donde Apple juega un rol esencial)
donde la democratización de su uso desde al menos los ochenta pasa por
implementar la multifuncionalidad y simultaneidad de tareas e interfaces. Pero,
¿alguna vez hemos pensado cuantas veces cambiamos de ventana o interfaz al día?
En el espacio confinado de una oficina (pongamos que en una franja de ocho
horas), la frecuencia para saltar entre ventanas en la pantalla puede ser
exponencialmente sorprendente. Calculable, pero sorprendente. Dos minutos de
atención en algo… y a otra cosa.
En este sentido, los ordenadores
son auténticas “armas de distracción masivas”. Mientras prestamos atención a
varias cosas a la vez tenemos la
sensación de que estamos aprovechando mejor el tiempo, pero diversos
estudios nos dicen que se trata de una percepción equivocada, pues la multitarea
confirma que en realidad se tiene menor capacidad para concentrarnos y filtrar
la información relevante.
Una de las consecuencias de la
multitarea está en el estrés que genera, con las consecuentes problemas para
gestionar el descanso y sobre todo el sueño. La multitarea no solo conlleva la combinación
de múltiples actividades sino más bien la ampliación de la percepción 24/7, lo
que a la larga genera una precarización en el criterio a la hora de valorar lo
que importa y lo que no, la información relevante de la irrelevante. Evidentemente
las redes sociales encabezan la lista de estas “armas de distracción masivas”. La adicción a la información es el
reverso del aburrimiento, pero entre éste y la adicción ya no hay distancia. La
excitación de esta avalancha de información genera ríos de dopamina en el
cerebro y como en toda adicción, al igual que en la plusvalía, nada es
suficiente. 24 horas 7 días a la semana.

