![]() |
| La perra, Vasili Grossman, Ken, 2014 |
Juan Ramón Jiménez decía que “en edición
diferente, los libros dicen cosa distinta”. Con este motto abre su sección editorial el estudio de diseño navarro Ken,
cuya colección de libritos se parece bastante a lo que los franceses llaman una
gourmandise. Es el caso de este
cuento, La perra, del escritor Vasili
Grossman (1905-1964), con ilustraciones de Taxio Ardanaz. La perra es un cuento breve, muy breve, publicado bilingüe en
castellano y en el original ruso. Su fecha data entre 1960-1961.
Su brevedad contenida en 17 x 11
centímetros lo convierte casi en una miniatura, una medida, pequeña, donde
reside el valor de la escritura de Grossman. La perra cuenta la imaginaria historia de Pestrushka, una perra
callejera elegida para ser enviada al espacio exterior. A diferencia de Laika,
conocida como el primer animal lanzado en un viaje orbital, Pestrushka
sobrevive y regresa a la tierra después de contemplar la oscuridad abisal del
universo. Pestrushka tiene en Aleksei Gueórguievich a su profesor, y la
relación entre ambos en el laboratorio espacial no tiene nada de corriente.
Pestrushka era una perra vagabunda, “una perra de frente ancha y sin nombre
sabía que la base de su existencia estaba en el cambio continuo, en el
callejeo…” Adquirió su nombre cuando fue captada para el laboratorio espacial.
La perra es un cuento que
fácilmente puede integrarse en esa categoría narrativa de la literatura (a
menudo olvidada) del Segundo Mundo, esto es, la literatura proveniente del
bloque soviético durante la Guerra Fría. Una narración que nos habla de la
carrera espacial y de cómo la censura también miraba celosamente la miniatura y
lo pequeño. La última frase del cuento dice: “Por fin, Aleksei Gueórguievich
consiguió ver sus ojos: unos ojos nublados, impenetrables; los ojos de una
pobre criatura con la razón ofuscada y un corazón sumiso, lleno de amor”. Esta
frase fue suprimida por la censura en la primera publicación de La perra en Literaturnaya Rossiya. El
censor intentó darle al relato un tono más optimista, aunque la belleza y
precisión de la escritura de Grossman contenga, de por sí, un mensaje cifrado
dirigido directamente al centro del inconsciente político.
Este librito es además todo un
“artefacto” cultural. Además de la edición bilingüe de La perra, de lectura en paralelo y comparada con la paginación de
la izquierda en ruso y la derecha en castellano, cuenta con otro texto del
astrofísico y divulgador científico Daniel Martín, quien nos explica el papel
de los canes en los primeros viajes orbitales en la Rusia Soviética de los años
50. “Aquellas perras viajeras”. La perra se
inspira así en un caso real, especialmente en la relación del entrenador Oleg
Gazenko con los perros que prepararon el terreno para el viaje al espacio del
astronauta Gagarin, el 12 de abril de 1960.
Mención especial merece el trabajo
gráfico de Taxio Ardanaz. Durante varios meses, La perra ha ocupado un lugar privilegiado en la estantería (aún sin
leerlo), con la portada vista, como un objeto u obra de arte. Además de un
notable collage de inspiración soviética para la portada, el libro contiene
imágenes de pintura de Ardanaz intercaladas a lo largo de la narración, lo cual
pauta y a la vez ofrece nuevas perspectivas del cuento. Este “artefacto” cuenta
con una simultaneidad de planos en sus escasas 70 páginas que lo acerca a un
objeto constructivista. La pintura de Ardanaz es en este sentido una sucesión
de imágenes pictóricas que recuerdan a fragmentos del estilo del realismo
socialista (detalles de paisajes, carteles, collages de prensa) pero hackeados, distorsionados en su
contexto. No se me ocurre mejor acompañamiento para este cuento que las
imágenes ofrecidas por Taxio.
Todo aquí es pequeño y sublime a la vez;
y estoy seguro que este libro hubiera hecho las delicias de aquel apasionado de
las miniaturas soviéticas como era Walter Benjamin.
![]() |
| Ilustraciones de Taxio Ardanaz |

