Ivan Locke. Cada vez que suena el
teléfono de manos libres en su coche, su conductor contesta dando su nombre
completo. Ivan Locke; un operario o ingeniero altamente cualificado en el
asentamiento de edificios construidos con cemento y un tipo al que se le
reconoce su honestidad y sentido común. Locke
(2014) es una película dirigida por Steven Knight e interpretada exclusivamente
por Tom Hardy. Aunque la película ha sido apreciada por su riesgo formal y el tour de force actoral de Hardy (todo el
filme transcurre alrededor del trayecto en coche de su protagonista desde
Birmingham a Londres, son las conversaciones por teléfono las que traman el
argumento) el planteamiento es revelador de la esquicia contemporánea de la
identidad masculina. En ese trayecto de hora y media desde su lugar de trabajo
al hospital donde nacerá un hijo fruto de una infidelidad ocasional, Locke
experimentará la peor noche de su vida, una hora y media de estrés extremo. La
película es sintomática de la actual dificultad para separar las esferas de la
familia y del trabajo, y la alternancia de llamadas telefónicas de un ámbito y
otro así lo explicita.
Que Locke se dedique al cemento
encofrado, no como un trabajador más sino como un reconocido especialista,
puede verse como una metáfora de la dificultad para asentar una base y al mismo
tiempo la importancia de esa misma base. Un vertido de cemento a gran escala es
una operación delicada donde el menor error conlleva pérdidas millonarias y un
error urbanístico difícil de subsanar. Los cimientos son la clave de cualquier
rascacielos. Un mínimo error en la composición del cemento puede hacer que en
el futuro el edificio se agriete. Así también un error puntual puede acabar con
una familia. Locke ha decidido girar a la izquierda y no a la derecha, acudir a
un hospital y no a su hogar, ausentándose con ese viaje de una delicada
operación cementil que tendrá lugar temprano por la mañana. La identidad de
Locke está construida por el respeto tanto dentro de la empresa como en su
imagen como fundador de una familia nuclear. Locke representa un tipo, un arquetipo. Pero su origen bastardo y
la conciencia de tener que hacer lo correcto en ese momento le colocan en una
encrucijada de decisiones rápidas que tendrá efectos en su trabajo y su
familia. Locke busca redimirse de su pasado, y esta redención tiene un precio
que hace bascular su estabilidad.
La contaminación de las esferas del
trabajo y la intimidad es algo que prácticamente damos por hecho. La tecnología
ha vinculado ambas de manera que la desconexión es un pequeño p gran esfuerzo a
realizar. La idea del trabajo que se transmite en Locke no es la del trabajador post-fordista o cognitivo, tampoco la
del artesano manufacturero, sino más bien la del especialista dependiente de la
logística, las infraestructuras y la propia corrupción del capital y sus holdings multinacionales. Un trabajo en
el que una ausencia por motivos personales, vinculados a la esfera privada,
puede dar al traste una totalidad (inversión de infraestructura o inversión
financiera con consecuencias en varios puntos de la geografía, Londres,
Chicago, etc.) Locke es en este
sentido alegórica de la configuración global del capital como una totalidad. En
un capitalismo tardío donde la identidad se forja a través de la imagen del
trabajo, Locke es un héroe dispuesto a resolver eficazmente y por teléfono su
complicada agenda. La moral prevalece, aunque para ello se deba pagar con el
estrés, el síndrome contemporáneo más agudo de un capitalismo de ansiedad que
hace tiempo entremezcló las esferas de lo personal (lo íntimo) y el trabajo (lo
público).