4/16/2018

La política, los afectos y los media







Recientemente se ha acrecentado el discurso sobre el papel que tiene en las pasiones humanas el origen y la causa del malestar para muchas personas. Cualquier demanda de afecto –entendida como protección, cobijo y cuidado– vendría a suturar las microfisuras de una “vida dañada”. Cada vez más, la oscilación del ánimo se revela más volátil, arbitraria e irracional. Independientemente de cuáles sean los males que nos afectan (enfermedad, pobreza, desamor), una insatisfacción endémica e individual recorre nuestro sistema nervioso como un virus. Hacer que nos sintamos preocupados por algo es al parecer el signo de nuestra época. La consecuencia inmediata de llevar esta preocupación general en el alma es un sentimiento de vulnerabilidad colectiva, y una tristeza individual difícil de compartir. El antídoto compensatorio no sería la alegría, sino la necesidad de apelar al cuidado (taking care of, to care for) y al afecto. No hace falta recordar la relación entre esa demanda y la oferta farmacológica para superar la aflicción y la melancolía en cualquiera de sus grados. La exposición excesiva a las redes sociales, la saturación tecnológica y las inagotables noticias sobre política son también un factor en esta inestabilidad del humor. La gente siente asco, y así lo expresa, de manera literal, en sus perfiles. No se cuestionan suficientemente las redes sociales como anestesia del afecto, donde los likes serían microafectos positivos, minidosis de la dopamina necesaria, mientras que la ausencia de likes es la nada, la sima en la que se hunde la autoestima. Pero he dicho “noticias” en vez de “política”, pues la dependencia que se manifiesta con respecto a la sobreinformación acerca del estado del mundo viene filtrada, mediada, por el aparato medialógico global. ¿Acaso el orden comunicacional no es en gran parte responsable de esta variabilidad en el ánimo? 

Este reclamación del afecto acusa a la racionalización política y su estrabismo androcéntrico de ser el origen de la impotencia para cambiar el orden de las cosas. Para este pensamiento, priorizar los afectos es en sí un asunto revolucionario. Pero nada más lejos de la realidad, pues si algo demuestra la (des)política actual, la post-política en cualquiera de sus formas, es precisamente su capacidad para afectar, de ser en última instancia, y me atrevería a decir, únicamente, afección/afecto. Solo eso, y ya es mucho. El sentido y la dirección de esta afección es lo que a continuación debemos considerar. El binarismo La oposición binaria que coloca las ideas (la razón) en un lado y los afectos (las pasiones) justo en el lado contrario resulta a todas luces improductivo. La revolución en la política será afectiva o no será, se dice. La feminización de la política ha de ser afectiva, debe estar basada en el afecto, se concluye. Estas analogías resultan engañosas porque sitúan la racionalidad en un lado -el masculino-, y el afecto en el otro -el femenino. Esta teoría del afecto contiene un componente moral porque entiende que la simple llamada al afecto (en abstracto) es de por sí positiva. Pero entonces, ¿es acaso el afecto un humanismo? ¿O es que únicamente existen los afectos positivos? ¿Qué hacemos con los afectos negativos, entre ellos el asco? Es en este contexto donde el pensamiento de Baruch Spinoza adquiere una actualidad ineludible, pues este filósofo estableció mejor que nadie una teoría racional de las pasiones humanas y el deseo. Las interpretaciones de la filosofía de Spinoza alimentan la filosofía política, el activismo, el arte, el feminismo y otros ámbitos del análisis actual de la sociedad. Sin embargo apenas hay estudios que vinculen una teoría de los medios de comunicación en el capitalismo tardío o multinacional con los afectos según Spinoza. 

Puede establecerse que es precisamente en el dominio de la política donde las pasiones y los afectos brillan con más intensidad: lo bueno, lo malo y lo peor. Cabría incluso afirmar que el capitalismo emocional actual ha exacerbado las pasiones políticas de un modo como no se veía desde el surgimiento del concepto mismo de las masas (allá por las primeras décadas del “largo siglo xx”). Trasladado a la creación artística, este discurso afectivo contemporáneo no reconoce, porque en realidad es inconsciente, es el impulso latente del individualismo y el espíritu neoliberal que opera subrepticiamente tanto en los intersticios de la subjetividad como también en la esfera del consumo, en la industria cultural, la universidad, etc. La proclama parece ser: necesitamos el afecto para restituir el cuerpo de una “vida dañada”, en la expresión de Adorno. 

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4/09/2018

Boards of Canada. "Music Has the Right to Children" (1998)

Boards of Canada, Music has the right to children, WARP, 1998


Simon Reynolds ha escrito un texto en Pitchfork sobre este álbum del duo Boards of Canada como lo mejor la mejor música electropsicodélica de los noventa. Music Has the Right to Children es uno de esos trabajos destacados en una memoria sónica que no deja de centellear a cada escucha dos décadas después. La mezcla de beats electrónicos y sonido analógico se refunde con el paisaje sonoro del recuerdo y la memoria.

Una breve mención a Boards of Canada y su fascinante álbum continúa aquí la senda de los últimos posts: Autechre, Scanner, Radiohead (Reynolds dice que Thom Yorke mencionó en una entrevista que Music has the right... fue importante en la época de Kid A y Amnesiac).

En formato vinilo, CD, en una cassette grabada para escuchar en el coche, o en su actual configuración digital u online, Music has the right...  es biografía hecha música.





3/31/2018

POP POLÍTICO: "OK Computer" (1997) Radiohead



Radiohead, Ok Computer, 1997

Veinte años no son nada. Dos décadas ya desde la salida de la considerada obra maestra de Radiohead, Ok Computer. A la vez que comienzo a escribir esto, me sorprendo de no haber dedicado ni una línea en este blog a Radiohead. Quizás esto tenga que ver el estatus que la banda alcanzó en la década del 2000, o que sus álbumes desde Kid A (2000) nunca consiguieron colarse entre mis favoritos (aunque todos cuentan con grandes temas).

No sucede lo mismo con Ok Computer, uno de los trabajos que capturó el Zeitgeist de la década lanzándolo al futuro como una pelota de beisbol que sabes que en momento indeterminado regresará de vuelta. Ok Computer no solo es uno de los mejores álbumes de los noventa: es música que reconecta mi memoria con un tiempo y un lugar concretos; sonido y composición (¡sobre todo esto!) biográficos.

Ok Computer es enfermizo más que melancólico. Sin embargo, una vez iniciado el viaje de la escucha, un atisbo de esperanza se vislumbra. Una obra con un mensaje existencial sobre quienes no tienen nada que perder; sobre la vida en las grandes y alienantes ciudades modernas en las que el individuo se siente como un escarabajo aplastado (“Let Down”); sobre la apatía política “Bring down the government. They don't, they don't speak for us” en “No Surprises”, etc. Un álbum con mensaje donde éste se transmuta en la propia música; una obra conceptual y encadenada que se escucha como una totalidad.

“Airbag” y, sobre todo “Paranoid Android”, imprimen el sesgo sobre el que se asienta lo que viene a continuación. “Exit Music (for a Film)” da paso a “Let Down”, el tema más emocional de todo el álbum. Decepcionado y dando vueltas, así se siente el sujeto en está canción que hace de la alienación urbana motivo para la superación, “me van a crecer alas”, una “reacción química”....

Bouncing back and one day, I am gonna grow wings
A chemical reaction (you know where you are)
Hysterical and useless (you know where you are)
Hysterical and (you know where you are)

“Let Down” es una de esas canciones a ser guardadas en mi panteón.

Si la música es importante, no menos lo es el trabajo gráfico y artístico que engarza a la perfección el sentimiento Radiohead: transporte, autopistas, instrucciones de uso y seguridad, dibujo a partir de fragmentos de realidad urbana...

Con Ok Computer, Radiohead trascienden las etiquetas de lo indie y el espíritu de la Generación X (encapsulada en esa joya que era “Creep”, un himno generacional por propio derecho) en algo otro, mutado en su origen y abierto al futuro.
Sigo sorprendido de no haber dedicado ni una sola línea a Radiohead.


Let Down, Radiohead

Transport, motorways and tramlines
Starting and then stopping
Taking off and landing
The emptiest of feelings
Disappointed people, clinging on to bottles
When it comes it's so, so, disappointing
Let down and hanging around
Crushed like a bug in the ground
Let down and hanging around
Shell smashed, juices flowing
Wings twitch, legs are going
Don't get sentimental, it always ends up drivel
One day, I am gonna grow wings
A chemical reaction
Hysterical and useless
Hysterical and
Let down and hanging around
Crushed like a bug in the ground
Let down and hanging around
Let down
Let down
Let down
You know, you know where you are with
You know where you are with
Floor collapsing, falling
Bouncing back and one day, I am gonna grow wings
A chemical reaction (you know where you are)
Hysterical and useless (you know where you are)
Hysterical and (you know where you are)
Let down and hanging around
Crushed like a bug in the ground
Let down and hanging around






3/18/2018

Sobre Robin Rimbaud a.k.a Scanner





Hace veinte años que la figura de Robin Rimbaud a.k.a. Scanner sobrevuela mi imaginario musical. Sin embargo, ¡hacía tanto tiempo que no lo escuchaba! Pertenezco a una generación de artistas para quienes el álbum de Scanner, Delivery (1997), fue un descubrimiento y acto seguido una identificación en sintonía con el espíritu de su tiempo. El hallazgo reciente de su último trabajo, titulado Fibolae (2017), reconecta la memoria con el pasado a la vez que desentumece el sistema nervioso. Scanner presenta un álbum melancólico, atmosférico, una elegía cargada de sentimientos.  Desde la entrada “Inhale”, pasando por “Footpaths”, “Spirit Cluster”, hasta la impresionante “Savage is Savage” los temas se encadenan de un modo articulado formando una sólida unidad. Si hay algo que sorprende es la importancia dada a la percusión: una rabia contenida y una emoción desbordante se despliega en ritmos marcados por la furia de la batería en “Inhale” y “Savage is Savage”.

Los primeros experimentos musicales de Scanner a comienzos de 1990 incorporaban fragmentos sacados de conversaciones telefónicas aleatorias grabadas con un escáner policial (de ahí el nombre). Estos fragmentos eran cacofonías de un mundo habitado por espectros donde la intimidad era escrutada y acto seguido expuesta. Esta forma de audio-voyeurismo desafiaba los límites entre lo público y lo privado. Lo que comenzó con una fascinación por las ondas de radio, señales de teléfonos y escáneres policiales fue lentamente adquiriendo la forma de proyectos artísticos multidisciplares, desarrollando un interés en la producción de sonido específico del lugar y la expansión del terreno entre el sonido, la imagen y la forma.

Los trabajos de Scanner son siempre obras completas que han de escucharse como una totalidad. Rimbaud además de compositor es escritor, artista multimedia y de instalación, colaborador incansable, experimentador, compositor de bandas sonoras. Sus colaboraciones abarcan trabajos con arquitectos, coreógrafos, artistas, compañías de producción de films de artistas como la belga Auguste Orts, etc. A su vez, sus modos de actuación muy variados. En el año 2000 tuve la oportunidad de verle en acción en el Centro Pompidou de París en un acto más performativo y teatral que un concierto propiamente. Entonces se activó en mi un deseo de trabajar de alguna manera con él, y aunque llegué a meterle en algún proyecto de comisariado virtual, se quedó en eso, un deseo.

Como decía, su sello distintivo siempre han sido esas breves conversaciones telefónicas capturadas que moran sus canciones, como empalmes, como instantes narrativos de instantes perdidos. Instantes analógicos de pasados perdidos rescatados y recombinados sobre un fondo electrónico altamente narrativo. Rimbaud comenzó siendo niño a grabar con una simple grabadora de cassette todo lo que ocurría en su entorno familiar. Esos cassettes han sido recuperados ahora para Fibolae, un álbum que Rimbaud habla de los sentimientos de duelo después de haber perdido a toda su familia. Hay momentos conmovedores. ¿Ha de verse a Rimbaud como un precursor de la hauntología? Así lo creo, aunque no recuerdo ninguna mención de Mark Fisher a Scanner en los textos del desaparecido crítico británico (al menos en sus tres libros publicados). Lo uncanny sonoro. 

Pero sin duda, Delivery es la obra que permanece como referente, u obra maestra de la composición posmoderna de la cultura electrónica. Lo fascinante de este álbum, aún cuando se escucha veinte años después, es su carácter profundamente narrativo, es decir, que el álbum se escucha prácticamente como una película o una novela. Esta narratividad es propia del arte de los años noventa. (He dicho el arte más que la música electrónica, porque ese me parece el ámbito en el que ha de situarse un trabajo como Delivery). Fue en se periodo que los artistas comenzaron a volverse hacia la literatura y el cine, haciendo productivo el tiempo aparentemente improductivo. Una corriente narrativa sacudió el arte contemporáneo (de la cual la Estética Relacional recogió parte de aquel legado). En ese contexto Scanner aparece como el proyecto de un artista que hace música, un compositor y un artesano de la apropiación y el ensamblaje. Todo un artista implicado en la captación de fragmentos narrativos y en la resignificación de la tecnología y la electrónica.

Scanner, delivery, 1997





3/16/2018

De profesión: crítico (para José Manuel Costa)

Cada vez menos puede decirse de alguien que se dedica a la crítica de arte que su profesión sea precisamente esa: ser un crítico. Éste era el caso de José Manuel Costa, simplemente conocido como Costa, o JM Costa en su versión de Facebook, donde junto con Luis Francisco Pérez se había convertido en un paladín de la disputa amable, siempre respetuoso, aún en el desacuerdo. Hace unos pocos días que Costa nos ha dejado, y la sensación es que se ha ido un veterano de espíritu joven que conectaba con los más jóvenes como ninguno. Conocí a Costa a mediados de los 2000 en las reuniones de la Asociación de Críticos de Artes Visuales en Madrid. Entonces yo era completamente no consciente de su bagaje y trayectoria, de su relevancia en la crítica musical durante los años 80 y 90. Sus apariciones en las reuniones eran siempre las de un tipo raro y entrañable a la vez. Ingenuo de mi, me preguntaba, ¿pero y éste, quién es? Mucho más tarde lo redescubrí a través del programa de Radio 3 Retromanía, y entonces me asombró que una misma persona pudiera tener aquellos conocimientos exhaustivos del panorama musical desde los años 70, y a la vez ejercer la crítica de arte. Así que cuando a principios del 2015 yo buscaba alguien para acompañarme en la presentación de mi libro La línea de producción de la crítica en La Central del Reina Sofía en Madrid, pensé en Costa. Su personalidad bifronte, arte y música, su germanofilia y su carisma eran argumentos más que de sobra.

Se lo pedimos desde consonni y él aceptó rápidamente. Se leyó el libro y tuvimos una charla telefónica de lo más amena: hablamos, entre otras cosas, de Mark Fisher, cuya obra Costa conocía (evidentemente). Porque Costa era un curioso, y conocía de todo. Más tarde la presentación en Madrid fue todo un show: hubo gente que vino a la presentación del libro por Costa, y no por mí. Una persona me hizo la observación de que Costa había conseguido ponerme nervioso, algo nada extraño por otra parte. Me lo tomé como un halago. El año pasado volvimos a coincidir en el CGAC de Santiago de Compostela cuando él moderó una mesa sobre “Crítica relacional” en la que participaba; intercambiamos algunos emails y para sorpresa suya y de los organizadores resultó que la Estética Relacional acabó monopolizando una sesión que se pretendía sobre la interacción de la crítica en las redes sociales. Fueron un par de días donde imperó el buen ambiente y la camaradería. Su anecdotario era amplio, así que durante un paseo decidí preguntarle sobre el sonido de Autechre, a lo que él respondió rememorando un día de paella con Sean Booth no sé donde. La respuesta perfecta.

Siempre he pensado que el título que se dio al libro póstumo de Craig Owens (1950-1990) Beyond Recognition, no solo era un guiño a las políticas de representación y de lo marginal que siempre abordó en su obra, sino también una especie de epitafio sobre la propia profesión de la crítica de arte: beyond recognition (más allá del reconocimiento). Pero es precisamente cuando un crítico fallece que de golpe nos damos cuenta de la importancia de su labor. Porque en vida un crítico nunca es el centro de atención sino ese otro necesario que nos recuerda la importancia de una profesión en vías de extinción. Los críticos somos generalmente escritores sin libro. Costa también lo era, y aunque se dice que había comenzado a pensar en escribir sus memorias, o prometía recopilar sus artículos en un libro, lo cierto es que la crítica como una profesión es una actividad pecunaria sometida a la coyuntura y las contingencias del día a día. Una reseña y otra. Una pequeña colaboración aquí y otra allí. Vivir para escribir/ escribir para vivir: ésta es la dialéctica. Cuando de alguien puede decirse que en vida fue un crítico es porque la continuidad de su actividad en un punto concreto consiguió transformar la cantidad en calidad, haciendo de ese modo perceptible a una masa de lectores una profesión y una función social. Cuando la crítica escrita se ejerce desde la dedicación completa y con honestidad, ningún artículo que no esté a la altura puede amargar toda una trayectoria.


Considero que la curiosidad es siempre una de las primeras virtudes en quien ejerce esa digna actividad que es la crítica. También el criterio, claro está. Pienso también que una actitud de camaradería intergeneracional y fraternidad son igualmente necesarias para mantener viva la actividad. Es porque otros antes se han dedicado a esto, que nosotros también podemos hacerlo ahora. Siento pena por no haber podido compartir más tiempo con JM Costa y su generosidad, pero me reconforta el recuerdo y el aprecio de tanta gente en común. ¡Salud, Costa!