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10/22/2012

CRÍTICA: “Cosmópolis” (2012) David Cronenberg




Cosmópolis es un gran ejemplo de cine financiero, ese género en ciernes que apunta a revitalizar zonas sin colonizar del ciberpunk y el genre noir en un nuevo híbrido apropiado para nuestros “tiempos interesantes”. Hacía bastante que una película no estimulaba zonas dormidas de mi cerebro como ésta, algo que me ha llevado a rescatar del estante ese ejemplar de Don DeLillo a punto de empolvar. David Cronenberg captura con parsimonia el ambiente interior de la limusina blanca recorriendo Nueva York, con Eric Packer a bordo a la búsqueda de un corte de pelo. La literalidad (o fidelidad) del largometraje con respecto a la novela es completa, con pasajes de conversación idénticos. Si Cronenberg dice que escribió el guión en dos días no hay más remedio que creerle; Cosmópolis es puro DeLillo y eso significa que el texto adquiere una relevancia existencial en la película, para la exasperación del espectador-tipo.

Hasta aquí todo bien, cinematográficamente impecable y sin concesiones a aquellos espectadores que esperan un momento de acción (léase un instante de convención). Pero sin duda, donde Cosmópolis impacta más es por su condición teórica. Se la puede ver como una sesión de teoría, parecido a cómo Packer recurre a su profesora de “teoría” para debatir sobre el capitalismo global. Desde este punto de vista, que nadie confunda dos planos opuestos; por un lado la verosimilitud cinematográfica con lo que en la película se dice y, por el otro, la veracidad del análisis del propio discurso teórico sobre el capital. En la reseña sobre Le Capital de Costa-Gavras ya señalé que el llamado capital financiero ha devenido en una abstracción virtual que ya nadie sabe como funciona. Cosmópolis supone, en este sentido, la constatación de que la ficción y la jerga inventada con fines literarios puede capturar fehacientemente el espíritu de esa misma abstracción. Cosmópolis lo hace, y esta obra literaria paradigmática de la novela post-11-S y que está localizada en el cambio de milenio (año 2000) golpea ahora más que nunca en el corazón del sistema cultural y socio-económico. Se dan en esta novela, en este filme, incontables detalles que muestran a DeLillo como una mente presiente, adelantada a su tiempo. Toda la parte de la limusina es un ejemplo de un tipo de ciencia-ficción crítica que ya no necesita de persecuciones espectaculares ni planetas extraños para instalarse como una parábola de nuestra realidad. La segunda parte, la conversación de Packer con su potencial asesino político, Benno Levi, es un tipo de ciencia ficción diatópico o “miserabilista”. Existen en la película (y en el libro) incontables detalles, todos ellos resumidos en la sentencia de apertura: “La rata deviene moneda de curso legal”. La simple imaginación de ello, deviene en un disparadero especulativo desasosegante, a la par que la frase (transformada para la ocasión) con la que comienza El Manifiesto Comunista de Marx y Engels aparece en las pantallas de neón cual un Jenny Holzer: “Un espectro recorre el mundo… el espectro del capitalismo”.

Pero no conviene pasar por alto dos grandes momentos del filme: los títulos de crédito del comienzo, un “paneo” de un lienzo donde se inscribe progresivamente un dripping de Jackson Pollock y un final con los campos de color transcendentes de Mark Rothko. Aquí se encuentra en estado puro el genio de Cronenberg, quien quiere decirnos algo muy concreto con estos popes del Expresionismo abstracto americano (los cuales forman por ejemplo el pilar de los Guggenheim). La inventiva sobre Rothko viene determinada por un pasaje hilarante acerca del deseo de Packer de comprar no un Rothko recién salido al mercado sino, ¡la Capilla Rothko al completo!, en su totalidad (paredes incluidas) para instalarlo en un bloque inmobiliario de su propiedad. Aquí, DeLillo apunta no solo al modernismo tardío como sinónimo de un capitalismo igualmente tardío, sino que plantea unas interesantes paradojas sobre el valor de cambio del arte y la reificación de la mercancía. Cronenberg recoge el testigo y lo lleva todavía más lejos. La virtualidad del capital financiero en la que Packer está instalado necesita de cosas materiales, fetiches que pongan en circulación una idea del dinero atrofiada por el capital. De este modo, el costo de la Capilla Rothko deviene en un medidor de lo que todavía el dinero significa en la era del capital. Este pasaje del libro da cuenta de esto:

“- Dinero por un cuadro, dinero por cualquier cosa. Me costó lo mío entender el dinero – dijo ella -. Me críe entre comodidades. Me costó un tiempo pensar en el dinero, contemplarlo en su justo punto. Y empecé a mirarlo a fondo. Miraba los billetes y las monedas incluso de perfil. Aprendí qué se sentía al amasar dinero y al gastarlo. Me pareció intensamente satisfactorio. Me ayudó a ser persona. Pero ya no sé en qué consiste el dinero”.[1]

El otro momento a enmarcar es la formalización del interior de la limusina y el estado de alerta, sudoroso, constante y simbiótico de Eric Packer, para quien por momentos los números infinitesimales de las pantallas de cromo parecen respiran en su piel y en sus ojos. El “vampiro” Robert Pattinson es un más que creíble Packer. Este asunto de las pantallas como interfaz ya lo definía en la anterior reseña sobre Le Capital, y aquí adquiere una presencia metafórica de alto voltaje, resumida en esta divagación poética sencillamente impresionante:

 “Miró más allá de Chin, hacia el fluir de números que corría en direcciones opuestas. Entendió cuánto significaba para él todo ese desglose pasajero de datos en una pantalla. Estudió los diagramas y figuras que ponían en juego patrones orgánicos, alas de ave, la cámara en abanico de una concha de molusco. Era un pensamiento superficial sostener que los números y los gráficos equivalían a la fría comprensión de las energías humanas levantiscas, toda clase de ansia y de sudor nocturno reducido a lúcidas unidades en los mercados financieros. De hecho, los propios datos tenían alma, resplandecían, un aspecto dinámico del proceso de la vida misma. Esa era la elocuencia de los alfabetos y de los sistemas numéricos, plenamente plasmada en forma electrónica en el binomio de ceros y unos del mundo, el imperativo digital que definía cada aliento de los miles de millones de seres vivos en el planeta. Ahí estaba el bullir de la biosfera. Nuestros cuerpos y los océanos estaba ahí plasmados, presentes, cognoscibles e íntegros”.[2]



[1] Don DeLillo, Cosmópolis, Bestseller Internacional, Seix Barral, 2003.
[2] Ibid. pp. 38-39.

1/09/2011

Crítica: "Punto omega" de Don DeLillo

Punto Omega, Don DeLillo, Seix Barral, 2010


Punto omega, la última novela de Don DeLillo, es un libro necesario que si no existiera habría que inventarlo. Richard Elster es un veterano asesor del Pentágono que pasa largas temporadas en una casa del desierto californiano. Hasta allí le sigue Jim Finley, un especie de cineasta que sobrevive entre “proyecto” y “proyecto” y que se desplaza hasta la árida zona con la intención de rodar un plano fijo de Elster donde éste, aparentemente, revelará secretos de Estado y otros trapos sucios de la política gubernamental estadunidense en su “War on Terror”. O eso es lo que Finley espera. De repente, aparece Jessie, la hija de Elster, y los tres ensayarán una familia disfuncional nada convencional donde la fe en la humanidad se celebra en tortillas caseras aderezadas con vegetales y conversaciones apenas habladas, intuidas. Hasta aquí la trama de la novela (más corta que la mayoría de las obras de DeLillo). Pero lo que se esconde en esta brevedad es de una intensidad narrativa que página tras página centellea más allá del papel mate para acabar elevándose como un espíritu que, de golpe, se solidifica. Punto omega, al igual que su otro par existencial, Body Art, es un intento de hacer de la literatura un arte (cualesquiera que sean las definiciones que le demos a la noción, elevada, filosófica, presocrática, profunda y a la vez etérea, inconsútil, de arte).
Por fortuna, el periodo post-11/S ya puede periodizarse ya a través de novelas como ésta que, además, bebe de un espíritu de los tiempos tan post-traumático, tan Wikileaksiano, tan desarraigado en su vaciedad que, repito, si no existiera, habría que crearlas aunque sólo sea para dejar una marca indeleble a las generaciones que nos sobrevivirán. Esta novela, corta, austera, de una brevedad que se saborea mejor, continúa con las obsesiones de su autor, y si bien el argumento aparente podría indicarnos que las tramas conspiranoides, la paranoia, y el orden global del sistema mundial quedan apuntalados, esbozados, retratados y sesudamente analizados, lo cierto es que de lo que habla es más bien de ese otro orden de lo infraleve, lo microsensible, la pérdida, la desaparición, la memoria, una hija/un padre… el tiempo, siempre el tiempo. Y la duración. También.
Recientemente leía nosedonde algunos de los síntomas que comenzamos a padecer aquellos que nos pasamos horas escribiendo y navegando por Internet o, no se si se refería a los facebook-adictos y demás especímenes, pero lo cierto es que se me prefijó, como uno de los indicativos de la pérdida de atención fruto de ese tan actual estar perdidos en el ciberespacio, que cuando uno lee ya sólo ensayo y ha abandonado definitivamente la narrativa… entonces uno tiene que estar muy al tanto de lo que le puede estar pasando. Desconozco si la narrativa, el género de la ficción, en definitiva, la novela, pasa por un buen momento a nivel mundial, pero de lo que sí estoy seguro es que libros como Punto omega devuelven la esperanza contra la idiotización. Así, nos adentramos en contornos, no en formas, reflejos, más que representaciones. 

24 Hours Psycho, Douglas Gordon, 1993
La estructura del libro es capicúa: comienza en el MoMA de Nueva York, en la video-instalación de Douglas Gordon 24 Hours Psycho, exhibida por primera vez en 1993. La historia acaba en esa misma video-instalación museística, con el personaje atrapado entre Anthony Perkins y Janeth Leight, queriendo vivir más despacio, más lento todavía. ¡Don DeLillo ha reanimado una de las obras de arte más representativas y emblemáticas de toda una década! Esa, de por sí, ya es una gran noticia. No es que Douglas Gordon lo necesitara, pero lo cierto es que después de una década bastante anodina para el artista, donde Zidane: A 21st Century Portrait (2006) realizado junto a Philippe Parreno, se sitúo como un referente de consumo ineludible para las mini-masas que forman el arte contemporáneo, volver a recordar el esplendor del Gordon de los noventa, aunque sólo sea como un referente que funciona más o menos según la familiaridad del lector con la obra del artista escocés, es algo que merece la pena por pleno derecho. De este modo, DeLillo describe una obra de arte como nadie, ningún crítico de arte ni historiador, lo ha hecho jamás: minuciosamente y narrativamente brillante, la video-instalación se presenta como esencial para una vida, y el espacio museístico, el “black cube” aparece como un umbral de extrañamiento, que aún perteneciendo a éste, nuestro mundo, parece situarse suspendido, colgado ingravidamente de los marcos espacio-temporales que delimitan la vida social: un lugar (mejor un no-lugar) que lleva la impersonalidad y el deseo de sumergirte en el anonimato de la sala negra del cine a su más desbordante límite. Una franja donde no sólo puedes fundirte con la imagen, pensemos de nuevo, Psicosis de Alfred Hitchcock, ralentizada de manera que la película dura 24 horas, sino donde además escudriñar en la oscuridad la llegada y la salida de la sala de turistas, familias, expertos cinematográficos, profesores y alumnos, y otras personas que acuden a ese lugar en busca de auto-compasión. Punto omega nos devuelve la esperanza en el relato y también en el mensaje salvífico del arte.
24 Hours Psycho, Douglas Gordon, 1993

No solo está Douglas Gordon, el personaje de Finley es un artista, un cineasta, capaz de hablar de la filmografía de Sokurov y a la vez trasladar el modo de producción, el modo de financiación de aquello que ambiguamente son “proyectos” más que películas o documental. No se nos dice mucho de Finley, pero ese plano fijo del rostro de Elster desvelando secretos de Estado debería hacernos pensar en las nuevas formas de la telerrealidad y, mejor, el nuevo género del documental de guerra: una inversión del terrorífico plano de unos rehenes, cooperantes o simples turistas, mostrados ante cámaras Sony y la posterior compresión de esas mismas imágenes en megabites enviables a cualquier agencia de prensa. Esta es la nueva hiperrealidad, el hiperrealismo del testimonio, la entrevista, el plano fijo, la textura pixelada, youtubeada, twitteada y demás. Y Finley quiere hacer algo de esto con Elster. Finley, quien tiene la edad idónea para ser hijo de Elster. Porque además, éste, no es un vulgar asesor de guerra de un gobierno como el estadunidense, es, más bien, un intelectual, un analista político que piensa en Haikus. El siguiente fragmento es una investigación sobre la etimología de la palabra rendición: “Le hablé a Elster de un ensayo que había escrito unos años antes, titulado ‘Renditions’ (rendiciones: también versiones, traducciones). Se publicó en una revista académica y no tardó en suscitar las críticas de la izquierda. Puede que ésa fuera su intención pero lo único que fui capaz de hallar en el texto fue un desafío implícito al lector, a ver si era capaz de averiguar de qué iba la cosa.
                  La primera frase era: ‘todo gobierno es una empresa criminal.’
                  La última frase era: ‘En años venideros, claro está, los hombres y las mujeres en cubículos, con los auriculares puestos, escucharán cintas secretas de los crímenes de la administración mientras otros estudian grabaciones electrónicas en pantallas de ordenador y otros más mirarán vídeos recuperados de hombres metidos en jaulas y sometidos a severos daños físicos, y por último otros, otros más, a puerta cerrada, harán preguntas perspicaces a individuos de carne y hueso”.
Y a continuación DeLillo continúa su análisis polisémico sobre las palabras “rendition”, “rendering” y sobre métodos de hacer preguntas que conduzcan a la rendición de la persona interrogada. Y esta clase de diagnosis del poder, que claro está es DeLillo en estado puro, no es que abunde demasiado en el libro: el autor ha conseguido un relato existencial sobre los grandes dilemas morales de la humanidad con un telón de fondo situado en la mayor actualidad del eje geopolítico mundial. Severo, austero, simple y profundo.

12/14/2010

Hiperespacio, capital financiero, posmodernidad y otras finas hierbas

Portada del libro con el edificio emblemático de Foster

Me pregunto por el modo de dirigirse del formato blog. Quiero decir, la manera en la que por ejemplo, se puede empezar un post, éste mismo. Y me doy cuenta de que si bien los blogs completamente autobiográficos no me convencen, la lógica del blog permite introducir el yo (el self, el “I”) de una manera mucho más naturalizada que cualquier otro texto de formato convencional. Dicho esto, también me doy cuenta de que es casi más provechoso autocomentar un texto de cosecha propia que publicarlo íntegro. Respeto la decisión de muchos autores de publicar online todo aquello que publican en papel. Y aunque me parece una decisión acertada, encuentro un secreto placer en comentar un texto, es decir, producir una nueva y entera pieza textual que acompañe y complete a otro texto del que, al menos en este blog, sólo quedará su ausencia. Me explicaré: el formato blog permite introducir ese afuera del texto al que se refería Pierre Macherey, es decir, mostrar aquello que el texto no dice, o calla, pero que es su ausencia acaba constitutituyéndolo.
Sin duda un día escribiré una editorial sobre el por qué del metacomentario; cuales sus límites, sus formas, su ontología. Mientros eso ocurre me contentaré en comentar un nuevo texto. Hace apenas unas semanas que terminé el ensayo Perdidos en el espacio: del hiperespacio a los mapas cognitivos que se publicará en el catálogo Pasajes: Viajes por el Hiperespacio de LABoral en Gijón conjuntamente con el T 21- Thyssen-Bornemisza de Viena.
Un par de apuntes de su línea curatorial me bastaron para afrontar el encargo como un texto separado de la exposición pero que contextualiza algunas de las ideas matrices que articulan la muestra. Obviamente el término del “hiperespacio” remite a la descripción del Hotel Westin Bonaventura que hizo Fredric Jameson en su conferencia “Postmodernism and Consumer Society” (de comienzos de los 80) que dio origen a su Postmodernism, or, the Cultural Logic of Late Capitalism. 
Westin Bonaventura Hotel, Los Angeles
A su vez, el término de Pasajes no es casual y remitiría a Walter Benjamin y a su Libro de los Pasajes. Sobre estas premisas he consumado una de mis deudas pendientes con la cuestión posmoderna y con el debate de la posmodernidad. Si bien en muchos otros textos me he extendido y he abarcado esta cuestión, aquí centralizo gran parte de mis recursos en un diagnóstico de la actual coyuntura geopolítica. Lo que está en juego es la conceptualización de un sistema de orden especial. De este modo, el texto abarca desde teoría, a arquitectura, cine, literatura y mucho más. El primer capítulo gira alrededor de la configuración del concepto de espacio en el posmodernismo, desde el hiperespacio jamesoniano al ciberespacio del ciberpunk (aderezado por dosis de capital financiero). De este modo, dos son los architectos que aparecen (como dos formas distintas de posmodernismo que epitomizan la nueva cultura del capitalismo): Norman Foster y su Shangai & Hong Kong Bank que nada casualmente está en la portada del libro The Cultural Turn de Jameson, y el burlonesco Philip Johnson con su edificio rematado al estilo Chippendale amén de las metáforas de la Casa de Cristal como prolongación de la televisión. 
AT & T de Philip Johnson en Nueva York

En realidad, y volviendo a la cuestión del blog, resulta que este espacio me permite completar el texto visualmente, en lo que podría parecer un intento de materializar esa nueva forma de academia que sustituiría a los Estudios Culturales y que ahora se denomina Estudios Visuales. Nada más lejos de mi intención. Para una generación que piensa en imágenes, la teoría crítica como prolongación del marxismo, el post-estructuralismo, el psicoanálisis y el posmodernismo ya piensa en imágenes. Por eso digo, que el blog complementa al texto, no lo sustituye. No pasa nada por que los libros vayan sin imágenes. Así, en este capítulo hay rasgos de etnicidad global en las novelas de ciencia ficción así como fragmentos de miserabilismo (sobre lo que ya he hablado en este mismo blog) que apuntarían a un rebrote del realismo tradicional pero actualizado bajo nuevos disfraces y que nos llevaría a pensar en términos de un realismo capitalista en claro auge. Por ejemplo me extiendo sobre el nuevo género conspirativo de las novelas de la reciente década de William Gibson e incluso comento La red social de David Fincher.
El capítulo segundo cuyo título Mapas cognitivos: instrucciones de uso nos pone sobre la pista del concepto ideado por Jameson para remediar los efectos del hiperespacio y poder así cartografiar en la medida que podamos la totalidad del orden mundial. Aquí me centro en la cuestión de la percepción distraída y viajo hasta el París vivido por Benjamin y su obsesión por la fantasmagoría. Así apunto hasta qué grado la totalidad del arte contemporáneo no puede ser sino una gigantesco mapa cognitivo, cosa que debería matizar ahora, a toro pasado, a raíz del reciente artículo de Liam Gillick en e-flux acerca de la ineficacia del término “arte contemporáneo” para describir el arte actual.Pero, ¿qué otra palabra nos queda?
¿Los bajos fondos de Blade Runner una forma de miserabilismo post-Zola?

Capítulo tres y último de título Extrañamientos cognitivos dentro del capitalismo tardío se concentra en qué grado esto es posible, es decir, analiza la función que el arte puede tener en nuestras sociedades y hasta qué punto su autonomía es una garantía para obtener beneficios de índole cognitiva. A su vez, no puedo dejar de comentar que el comienzo del texto (que reproduzco escuetamente en el fragmento siguiente) se relaciona con la lectura actual de Punto Omega de Don DeLillo, que seguramente se ganará su sitio en forma de post en el blog por derecho propio.

FRAGMENTO:

“Existen pocos documentos de nuestra época que golpeen con tanta fuerza en el corazón del sistema como las palabras de Don DeLillo escritas en los días posteriores al shock del ataque terrorista contra el World Trade Center. Sólo el comienzo de ese texto corto podría instalarse ya en la memoria como un vivo testimonio para un tiempo que ha olvidado lo que significa pensar históricamente, aún reinventando un historicismo empaquetado y listo para el consumo. “A lo largo de la última década el auge de los mercados de capital ha dominado las corrientes de opinión y ha conformado la conciencia global. Las grandes compañías multinacionales han llegado a parecernos más cruciales e influyentes que los gobiernos. El alza espectacular del Dow y la velocidad de Internet nos han incitado a todos a vivir permanentemente en el futuro, en el relumbrón utópico del ciber-capital, porque en él no existen los recuerdos y porque es ahí donde los mercados escapan al control y donde el potencial de inversión no conoce límites”.[1]  DeLillo suena oracular casi una década después de los fatales acontecimientos que, como si de una ruptura sistémica se tratase, según se habló y teorizó ampliamente, venían a alterar el curso de la historia inaugurando así una nueva fase histórica. De repente, el desmoronamiento de las Torres venía a servir de toque de atención a los intelectuales más liberales: ¡hey! la historia nunca se acabó, los numerosos fines de la historia no eran sino una engañifa, la historia irrumpe, continúa, es presente… se decía entonces. Lo cierto es que retrospectivamente, la definición de DeLillo es de un realismo tal, en cuanto delinea con una agudeza penetrante el marco socioeconómico conocido como posmodernidad, o capitalismo tardío, que lo que uno busca desesperadamente es imaginar cual es esa nueva etapa histórica en la que supuestamente entramos con el 11 de septiembre del 2001.


La pregunta que quizás debemos hacernos es la siguiente: ¿cuáles son las coordenadas espaciales y temporales de las que hacemos uso, precisamente porque son visibles y están al alcance de la mano, para afirmar con un grado generoso de consenso sobre cuál es el periodo histórico en el que nos insertamos? De manera efectiva, lo que subyace, antes y ahora, es una necesidad urgente por poner nombre al sistema. Pero el principal problema reside precisamente ahí, en los aparatos cognitivos de representación de la realidad, que ni son claramente discernibles ni se presentan limpiamente, por lo que ese poner nombre al sistema se presenta como uno de los desafíos epocales más difíciles y a la vez más sugestivos.

De esta manera, las categorías “posmodernidad” y “posmodernismo” fueron inventadas como conceptos periodizadores que servían para describir un nuevo tipo de vida social y un orden económico cuyas consecuencias eran palpables en los rasgos formales y estilísticos de la cultura. Décadas después del acuño de estas etiquetas, nos encontramos inmersos en una coyuntura que considera lo posmoderno como algo trasnochado, pasado de moda, como si se buscara la solución mediante en un post-posmodernismo que no acaba de llegar nunca, a la vez que los intentos impacientes por describir el presente con una nueva terminología parecen condenados al fracaso. Estos intentos por nombrar al sistema son, no obstante, de una creatividad que raya lo artístico.[2] No se ha inventado, en cualquier caso, ninguna alternativa que conceptualmente supere a los términos “posmodernidad”, “posmodernista” y “posmoderno” de la misma manera que la fase actual del capitalismo difícilmente escapa a esa expresión tomada prestada (de Ernest Mandel) por Fredric Jameson, y que no es otra que “capitalismo tardío”. Ocurre que esta posmodernidad periodizadora es ahora completamente periodizable. Un argumento válido aquí sería que estamos todavía participando de una lógica económica que reúne prácticamente todos los requisitos del posmodernismo de los ochenta y que, por lo tanto, nuestra época es posmoderna y nuestro arte posmodernista. Sin embargo, la estética (del arte asi como de la cultura de masas) ha cambiado: ya no chilla tanto, no necesita llamar constantemente la atención con fugaces cabriolas destinadas a poner en jaque sus propios marcos representacionales, sino que se mantiene solemne, altamente estilizada, auto-consciente de su propio historicismo y a la vez incapaz de superarlo. A veces buena, otras mala, la ambivalencia pendular de la posmodernidad pasa de un extremo al otro, y mientras la primera es vista como una crítica necesaria de los excesos totalitarios de la modernidad, la última es el recipiente al que se evacúa la banalidad de un pensamiento débil. No hay término medio. Gran parte de estos malentendidos han venido dados por la constante confusión de la posmodernidad como ideología y como condición histórica. Obviamente lo que en este ensayo intento enfatizar es esta última opción.

Otra consideración de mayor calado tendría que ver con los puntos nodales que sirven de referencias cognitivas a los habitantes del mundo. La consideración geográfica de la geopolítica (esa ciencia que estudia el desplazamiento de los acontecimientos históricos y políticos, y su correspondiente aparato de crítica ideológica, la geocrítica) deviene en una prioridad estratégica. Nunca antes la saturación de redes había permitido tal grado de conectividad y virtualidad de las relaciones interpersonales, por no hablar de lo que le ocurre al trabajo bajo estas condiciones.[3] Lo normal es que en este estado de la cuestión la ecología devenga en asunto preminente. La famosa frase de la tierra como una nave espacial, pronunciada una vez por Buckminster Fuller, fue reveladora de la urgencia de una ecología y una sostenibilidad futuras; una nave-planeta en la que todos somos pasajeros. Eso es el globo. La sensación de fragmentación dentro del capitalismo tardío se ha acrecentado exponencialmente de forma que cualquier atisbo de totalidad se asemeja a la reconstrucción de un rompecabezas gigante. La complejidad geopolítica de la gran red comunicacional global se centra en la imposibilidad de definir, nombrar, y por consiguiente, de representar nuestro periodo histórico. Estirando hasta el extremo el paralelismo, se podría decir que el desafio representacional se ofrece tan inalcanzable como antes lo era la conquista del espacio exterior. La saturación lumínica (de las pantallas) arroja una potente sobrexposición sobre los ojos de los navegantes comunicacionales y, como en aquellas pruebas de la NASA —“Ladies and gentlemens, we are floating in the space”— la higiene del entorno construido cargado de novedad nos introduce en una semiótica de lo hiperreal; una nueva clase de retrofuturismo parece recubrir la atmósfera, allí donde las visiones del futuro quedan reducidas a productos de la cultura de masas que alojan inconcientes utópicos (y políticos) para ser primero rescatados, y acto seguido interpretados”.
2001, una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick





[1] Don DeLillo, En las ruinas del futuro; reflexiones a la sombra de septiembre sobre el terror, la pérdida y el tiempo, Circe, Barcelona, 2002.
[2] El “Altermodernismo” de Nicolas Bourriaud es el ejemplo palmario de esta impaciencia por la innovación teórica que pretende enterrar el posmodernismo y que, en el fondo, se revela profundamente posmoderna. Ver The Radicant, Lukas & Sternberg, Nueva York / Berlín, 2009.
[3] La pregunta parece ser, más bien, ¿existe en estas condiciones una abstracción semejante llamada “trabajo inmaterial”? o, ¿acaso no será esta desmaterialización del trabajo la última ilusión, o directamente la reificación, del capitalismo más avanzado, que transforma toda resistencia a su imparable fuerza en una modalidad todavía más elevada y superior?