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9/02/2011

Lecciones de historia


La historia del colonialismo puede explicarse a través de múltiples ejemplos donde un caso concreto sirve para definir las condiciones específicas de otra situación particular. Uno de los rasgos de esta historia (o estas historias del colonialismo) es que métodos parecidos (expropiación, guerra y muerte) fueron aplicados por diversas fuerzas coloniales en momentos históricos distintos. La frase hecha de que la historia se repite no es baladí. En este sentido, un buen artefacto cultural para entender las contradicciones de la historia es la película Burn! (también conocida como Queimada) (1969) de Gillo Pontecorvo.
Queimada, en portugués quemado; en su intento de rentabilizar comercialmente la película, los productores optaron por su traducción, pero en lugar del equivalente Burnt, optaron por el absurdo imperativo Burn! que recordaba al  “Burn, baby, burn” de las insurrecciones de los guettos negros, o tambien a la estrategia americana en Vietnam, convertida posteriormente en un hit gracias a la canción Disco Inferno de The Trammps.  Los ingredientes del filme son construidos, ficcionalizados, todos ellos basados en hechos reales de dominación, conquista, explotación y resistencia. El lugar: una pequeña isla en el Caribe llamada Queimada, pues los portugueses tuvieron que quemarla para hacerse con ella, arrasando y aniquilando a la población indígena, con la consiguiente repoblación de la isla con esclavos de África. El período: mediados del siglo XIX. Los protagonistas: un británico encarnado magistralmente por la estrella Marlon Brando, a sueldo de la Corona primero y de una compañía de comercio de caña de azúcar después, que comienza una serie de revueltas haciendo de un iletrado nativo el lider revolucionario de la guerrilla. La trama: la sucesión de poderes en el gobierno de la isla, colonia portuguesa primero, estado independiente después (como consecuencia de una revolución de liberación nacional) y posesión de la isla por parte de los británicos.
Más allá de lo imbricado de su argumento, el filme posee un carácter ejemplar, de tipicalidad, exponiendo un conjunto de realidades históricas: la expansión del colonialismo y la estrecha cooperación entre las emergentes compañías mercantiles y los Estados imperiales, la explotación de los bienes por parte de estas compañías, el rol de la burguesía, el nacimiento de una conciencia política en los explotados, la disputa por la territorialidad entre las potencias colonizadoras, portugueses y británicos. Podrían también haber sido holandeses.

Conviene distinguir entre una lección de historia y una lección histórica, si bien ambas pueden servir como modelos o arquetipos que designen la totalidad histórica. Lo que es importante aquí son las trazas todavía visibles de aquellos tiempos en nuestros días. El nacimiento de las naciones-estado surgió de la confrontación entre los antiguos reinos y los nuevos territorios, y éste fue el caldo de cultivo del nacionalismo como sistema de creencias más que como ideología política. Lo que hoy en día llamamos “nacionalismo” bebe de aquella fuente. Benedict Anderson comentó de manera precisa en su libro Comunidades imaginadas cómo en forma del todo inconsciente, el Estado colonial del siglo XIX engendró dialécticamente la gramática de los nacionalismos que, a la postre, surgió para combatirlos.[1] Estos ecos todavía resuenan. Un nacionalismo que se había originado en las Américas (incluyendo Brasil) fue adoptado y adaptado por movimientos populares y por las potencias imperialistas en Europa, y en Asia y África por las resistencias antimperialistas.

¿Dónde entonces situar la oleada de patriotismo excluyente de derechas que crece sin parar en países de larga tradición liberal? La culpabilidad histórica quizás tenga algo de atávico. Mientras nos es todavía posible hablar de rasgos identitarios definidos desde una idea de periferia, minoría o reivindicación de “contexto”, mencionando abiertamente una cierta brasilianidad, una cierta irlandesidad o una cierta vasquidad, tenemos más remilgos al referirnos a una serie de características que indiquen una cierta holandesidad, britanicidad, españolidad, francesidad, y demás. El equilibrio entre lo propio y lo ajeno está siempre en suspenso o en el aire. Pero desde un punto de vista objetivo, la condición de posibilidad de las unas es también la de las otras.








[1] Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica, Mexico D.F., 2006.

4/02/2011

OLD & NEW: una incursión en la dialéctica (1)

Branding the communities? o cómo representar el 
"círculo cálido" de la comunidad

Un discípulo dijo a Me-ti: “lo que enseñas no es nuevo. Lo mismo han enseñado Ka-meh y Mi en-leh y muchísimos otros”. Me-ti respondió: “Lo enseño porque es viejo, es decir, porque podrían olvidarlo y considerarlo válido sólo para tiempos pasados. ¿No hay acaso muchísima gente para la que es totalmente nuevo? [1] Bertolt Brecht



No por repetida deja de ser recurrente la historia de aquel que subió a la montaña sólo para comprobar que lo que allí abajo dejaba (la imagen autosuficiente de un pueblo) no era más que la proyección idealizada de una comunidad. De un modo similar han operado históricamente los nacionalismos. Como Benedict Anderson describió en su influyente libro Comunidades imaginadas sobre el surgimiento de no pocas naciones-estado, esta dialéctica entre lo viejo y lo nuevo fue una de las piedras de toque del credo nacionalista durante el siglo XIX (desde las islas del Caribe al continente asiático) en las luchas de liberación nacional contra el Estado colonial, pues “¿cómo y por qué naciones nuevas se habían imaginado ser antiguas?”[2] En la reinvención del pasado parece estar el truco. Anderson trata la mitología de la construcción nacional y los mitos de origen nacionales en términos funcionalistas: son más bien narrativas inventadas que historias reales. “¿Y si la ‘antigüedad’ fuese, en cierta coyuntura histórica, la consecuencia necesaria de la novedad?” se pregunta.[3] En esta coyuntura, una nueva nación emergente se imagina antigua a sí misma, una nación es el objeto de un redescubrimiento.

Comunidades imaginadas, Benedict Anderson

El historicismo actual en el que estamos inmersos nos recuerda una situación paradójica: el pasado es rescatado una y otra vez con la misma celeridad con la que dejamos atrás pilas de desechos culturales. Mientras escribo esto no puedo dejar de pensar en ese otro redescubrimiento cultural reciente llamada modernidad. Parece como si la historia hubiese determinado ya que nosotros, en el mundo post-colonial, somos consumidores de modernidad. Intentar definir nuestra época no como la de la era de los descubrimientos sino más bien la de los redescubrimientos, es decir, de todo aquello que ya sabíamos pero habíamos olvidado y ahora volvemos a destapar, puede servir en sí como un síntoma de la diferenciación entre el paradigma moderno y el posmoderno.
Del mismo modo que las nuevas naciones descritas por Anderson se imaginaban viejas, esta interpelación por la antigüedad de nuestra modernidad no deja de ser un tópico pervasivo. Etimológicamente hablando, la actualité de la modernidad reside en su ahora, del latín modo, “justo ahora”, a la vez que lo posmoderno equivaldría a “justo después” el ahora. Las apelaciones a la modernidad desde la clase política son igualmente actuales. No podemos extrañarnos de que la asociación entre modernidad y nacionalismo deje recurrentes situaciones. Es el caso, por ejemplo, de sociedades occidentales que mantienen una disputa abierta, donde la cuestión de la modernidad es todavía una meta a alcanzar, en el primero por no haber superado del todo la angustia de un pasado donde la misma idea de modernidad (cultural) fue literalmente abolida y, por lo tanto, ésta es todavía un objetivo a alcanzar en su plenitud, mientras que en el segunda, debido a ese sentimiento de “comunidad imaginada”, la modernidad representa literalemente la Utopía, Para lograr la modernidad, poco importa si los medios son trenes de alta velocidad o museos franquicia. No en vano, ambos son los proyectos pivotales que constituyen el caballo de batalla de la clase política post-industrial, ya sea a través de la nueva red de trenes rápidos o los planes expansionistas de la Fundación Guggenheim. Quizás lo que de verdad importe sea mantener intacta la promesa, y aquí añadir la palabra “progreso” sea demasiado simplista. Sin duda, algunas de las incógnitas provienen del deslizamiento semántico entre los términos “modernización” y “modernidad”, mientras sigue estando vacante qué es exactamente lo que está justo en medio de ambas denominaciones.
¿Modernidad o modernización? Damon Albarn lo tenía claro: realismo 
capitalista

Ahora bien ¿hay alguien por ahí que piense que es precisamente este recurso al término moderno en boca de políticos no excesivamente cultivados y sacados de países y regiones de lo más insospechados la prueba definitiva de la vigencia del “debate” sobre la modernidad? No conviene confundir este “debate sobre” con la modernidad propiamente dicha. Esta reflexión sobre lo moderno forma parte del debate teórico de los últimos cuarenta años y se caracteriza por su modo sucesivo; agotado en un punto concreto de su desarrollo, lo moderno siempre acaba por regresar. Las correlaciones entre esta modernidad (política y económica) que emerge del discurso político (no exento de dosis de populismo), y la otra, de índole cultural, parecen verdaderamente orgánicas, si no la primera es consecuencia directa de la segunda.
Lo viejo y lo nuevo también significa lo antiguo y lo moderno, y estos términos encubren definitivamente la cuestión de la dialéctica: sus contradicciones, el cambio perpetuo, la renovación de las generaciones, el crecimiento sin fin, pues nada nace espontáneamente.


[1] Bertolt Brecht, Me-ti: Buch der Wendungen, Frankfurt am Main: Suhrkamp Verlag, 1983. 
[2] Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 15.
[3] Ibid.,