If… de Lindsay Anderson es un filme cuyo
visionado cincuenta años después de su realización deja un poso de amargura. En
la víspera del 1 de mayo, a las puertas de una nueva celebración revisionista
de Mayo del 68 francés, ver If… es
todo un recordatorio de que, como advirtieron Deleuze y Foucault, las
sociedades disciplinares han dejado paso a las sociedades del control. La
autoridad y el poder se transforman, no desaparecen. Esta historia sobre la vida
disciplinar en un internado de altos vuelos británica es un recuento de los
viejos días del orgullo nacional del Imperio colonial británico y el espíritu
de rebeldía que late en el interior de la juventud. La película se la conoce por
tener a un joven Malcolm McDowell en el papel de protagonista y líder de la
revuelta en el internado: se dice que Stanley Kubrick la vio cinco veces
seguidas y decidió que él era el actor ideal para interpretar a Alex, en La naranja mecánica (1971). Lo cierto es
que el personaje de Mick Travis comparte mucho con Alex y la interpretación
insolente es casi la misma.
Quisiera en este post señalar un elemento estético de la
película: me refiero a la habitación de Mick Travis y su costumbre a recortar
fotografías de periódico para realizar collages en la habitación de estudios. Estos
collages capturan el espíritu del tiempo y la efervescencia revolucionaria que
explotaría ese mismo año en Francia. No ha de pasarse por alto, y no es
casualidad, que en 1968 también se rodaron filmes como One plus One (Sympathy for the Devil) de Jean-Luc Godard, y también
Performance de Donald Cammell y
Nicolas Roeg. Películas todas estas que capturan el sentir contracultural y de
rebeldía que caracterizó un momento histórico que desde entonces no ha dejado
de proyectar sombras sobre cualquier intento de cambio. Los collages de Lindsay
Anderson muestra la foto de un joven Lenin junto con imágenes de violencia
policial, imágenes de conflictos en el tercer mundo junto con fotos de la
realeza británica y también recortes eróticos. En otros momentos del filme aparecen retratos del Che, Mao o Jerónimo. Una pulsión libidinal, puramente
adolescente, recorre esos collages: allí donde el deseo ha proyectarse fuera de
la ley mientras que el principio del placer y el goce se mantienen como
elementos estructurales para el sujeto. Esos collages que forman parte del
decorado o setting de la película
conforman una tipología de obra de arte que comienza en las vanguardias
artísticas, pasa por el Situacionismo y que desde los sesenta del pasado siglo
se ha convertido en toda una tipología para el arte político, repetido ad infinitum. Todas las revoluciones,
incluso las versiones de sus intentos contemporáneos, son en primer lugar revoluciones
del deseo individual en reunión con lo colectivo.



