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4/28/2018

Collages de Lindsay Anderson en "If..." (1968)


If… de Lindsay Anderson es un filme cuyo visionado cincuenta años después de su realización deja un poso de amargura. En la víspera del 1 de mayo, a las puertas de una nueva celebración revisionista de Mayo del 68 francés, ver If… es todo un recordatorio de que, como advirtieron Deleuze y Foucault, las sociedades disciplinares han dejado paso a las sociedades del control. La autoridad y el poder se transforman, no desaparecen. Esta historia sobre la vida disciplinar en un internado de altos vuelos británica es un recuento de los viejos días del orgullo nacional del Imperio colonial británico y el espíritu de rebeldía que late en el interior de la juventud. La película se la conoce por tener a un joven Malcolm McDowell en el papel de protagonista y líder de la revuelta en el internado: se dice que Stanley Kubrick la vio cinco veces seguidas y decidió que él era el actor ideal para interpretar a Alex, en La naranja mecánica (1971). Lo cierto es que el personaje de Mick Travis comparte mucho con Alex y la interpretación insolente es casi la misma.

Quisiera en este post señalar un elemento estético de la película: me refiero a la habitación de Mick Travis y su costumbre a recortar fotografías de periódico para realizar collages en la habitación de estudios. Estos collages capturan el espíritu del tiempo y la efervescencia revolucionaria que explotaría ese mismo año en Francia. No ha de pasarse por alto, y no es casualidad, que en 1968 también se rodaron filmes como One plus One (Sympathy for the Devil) de Jean-Luc Godard, y también Performance de Donald Cammell y Nicolas Roeg. Películas todas estas que capturan el sentir contracultural y de rebeldía que caracterizó un momento histórico que desde entonces no ha dejado de proyectar sombras sobre cualquier intento de cambio. Los collages de Lindsay Anderson muestra la foto de un joven Lenin junto con imágenes de violencia policial, imágenes de conflictos en el tercer mundo junto con fotos de la realeza británica y también recortes eróticos. En otros momentos del filme aparecen retratos del Che, Mao o Jerónimo. Una pulsión libidinal, puramente adolescente, recorre esos collages: allí donde el deseo ha proyectarse fuera de la ley mientras que el principio del placer y el goce se mantienen como elementos estructurales para el sujeto. Esos collages que forman parte del decorado o setting de la película conforman una tipología de obra de arte que comienza en las vanguardias artísticas, pasa por el Situacionismo y que desde los sesenta del pasado siglo se ha convertido en toda una tipología para el arte político, repetido ad infinitum. Todas las revoluciones, incluso las versiones de sus intentos contemporáneos, son en primer lugar revoluciones del deseo individual en reunión con lo colectivo.










1/07/2015

EDITORIAL: Rescatar la utopía

En España la utopía y el/la utopista valen menos de lo que un miserable céntimo puede comprar. Lo utópico es sinónimo de ingenuidad, ensoñación, irrealidad y ahora también se ha convertido en un adjetivo de descalificación política. Se asocia lo utópico con idealismo estudiantil e ineficacia política. La utopía infunde temor, pánico incluso. Lo contrario de la utopía es la estasis, la mismidad, el miedo al cambio. Pero aún en la estasis hay movimiento. Lo sabemos. En términos generales, éste es el orden que impera, no sólo aquí, sino en el conjunto del orden mundial, cada vez más un desorden. El Gran Orden lo denominó Bertolt Brecht en esa guía para tiempos convulsos que es Me-Ti: Libro de los cambios.


Y mientras nada cambia, la historia sigue su curso. Imperturbable apariencia y, sobre todo, contradicción. Es tarea de la teoría crítica rescatar hoy en día un significado positivo para la utopía y ponerla en el horizonte como meta a perseguir. Las grandes transformaciones sociales son tarea de la utopía, pero antes de emprender el viaje conviene prestar atención a los efectos deformantes y a los peligros que su búsqueda conlleva. Innovaciones contra renovaciones. Y vuelta a empezar.


12/30/2012

EDITORIAL: Clase media



Hay un libro hilarante de J. G. Ballard que me gustó mucho en su momento y al que apenas se le ha prestado atención. Milenio Negro (2003) describe la rebelión de las clases medias, las cuales, cansadas de sus responsabilidades sociales como clase dominante y hartas de sus ataduras a la sociedad de consumo deciden iniciar una revolución con métodos terroristas incluidos. El interés del libro está en cómo describe una violencia en las calles que desde el momento en el que fue escrito no ha hecho sino crecer por todos los rincones del planeta. La hilaridad a la que me refiero está en que los que enarbolan esa violencia son los privilegiados de la clase media. Pero además, una lectura retrospectiva del texto sirve también como contrapunto a los acontecimientos que han poblado las distintas “primaveras” en estos dos años últimos. Esta mañana en un debate radiofónico con una socióloga y un representante de un sindicato se ha mencionado a la inminente desaparición de la llamada clase media. Se argumenta el final de la sociedad del bienestar, el fin de los privilegios adquiridos, etc. Es el discurso de la crisis, sus efectos y todo aquello que uno o una pueden vislumbrar como discurso sin tener siquiera que escuchar la radio. Sin embargo, no sorprende siquiera que ni se mencione lo que está por encima y por debajo de la llamada clase media. No al menos en los términos que un representante sindical debería hacerlo (como mínimo). Se habla de una mayor desigualdad, sí, entre ricos y pobres. Y entonces aparece el eufemismo: pobres con empleo, mileuristas. La manera en la que el sistema permanece inoculado para evitar a toda costa la terminología de la alternativa social y económica al orden actual imperante no sorprende y es el signo distintivo de cómo opera subrepticiamente la ideología. No hay clase obrera, no existe el proletariado y demás. O clase media… o directamente la pobreza. Esto me recuerda que esta alergia hacia el concepto de clase obrera no es únicamente actual, sino histórico. ¡Y cuantos padres y madres de familia han educado a sus hijos en que eran de clase media, cuando en realidad no lo eran! Así hemos crecido.