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8/23/2015

CRITICA. "Cartographies of the Absolute", Alberto Toscano & Jeff Kinkle (ZerO Books, 2015)

Cartographies of the Absolute, Alberto Toscano y Jeff Kinkle, (Zer0 Books, 2015)

Hay libros cuyo contenido es difícil de resumir en un texto de sobrecubierta. Libros que se expanden y ganan terreno al posicionarse de modo táctico y concéntrico. Libros que adoptan una forma totalizadora y cuyo final nos conduce de nuevo al comienzo. Cartographies of the Absolute es un libro de esta clase. Escrito a dúo de modo enérgico por Alberto Toscano y Jeff Kinkle, este trabajo es el primer y más ambicioso intento de plasmar en una obra aquel concepto del “mapa cognitivo” esbozado por Fredric Jameson a finales de los ochenta y que ha orientado no pocos estudios críticos urbanos. Faltaba sin embargo una perspectiva que fuera más allá de las consideraciones espaciales en el ámbito del urbanismo y la arquitectura, una visión de conjunto sobre el principal problema del capitalismo tardío y sus innumerables espectros financieros; a saber, un planteamiento sobre la propia dificultad de representación de la propia coyuntura financiera en la época neoliberal. A esto hay que sumar una ansiedad generalizada por nombrar al sistema. Cartografías de lo absoluto; esto es lo que hacemos cuando tratamos de explorar ese mismo sistema que navega entre la invisibilidad más opaca y su apariencia penetrante en todos lados. Como los monólogos finales de Network (Sidney Lumet, 1976) y Rollover (Alan J. Pakula, 1981) evidencian; el sistema (a saber el capital) es una fuerza de la naturaleza, es una gravedad, como el mar, con sus mareas y flujos y sus dinámicas impredecibles imposibles de desafiar. Un sistema con vida propia y autónoma. Tratar de asir el sistema supone, de facto, incorporar la categoría positiva de totalidad y totalización desmarcándose de las connotaciones peyorativas y ideológicas asociadas.

El problema de nombrar algo (un problema coyuntural o dar con una frase-fórmula) reside en su inmediata osificación o commodification. Más todavía en tiempos en los que el mercado teórico se vende y se compra a la baja. El peligro de un trabajo como éste (y su más que asegurado “éxito”) está en la sustitución de la inquietud crítica por su mercantilizada fórmula o nominación teórico-académica. Por ello, conviene de entrada desechar la idea de que un “mapa cognitivo” tiene que ver con la estética de las conexiones, las relaciones y los mapas (así como sus consiguientes fetiches); o al menos conviene prevenir la llamada a cualquier “cartographic turn” en las artes (de la cual existen varias exposiciones temáticas que sus autores enlistan). Esto no quita que Toscano y Kinkle analicen la obra de Mark Lombardi y sus ansiosos mapas gráficos al mismo tiempo que la conspiración y la paranoia hacen su entrada en el tablero de juego. Más bien, una visión totalizadora supone estudiar el problema desde numerosos puntos de vista sin en ningún momento perder de vista las líneas maestras de esa visión de conjunto.

Principalmente el motivo de este libro queda definido en la parte de atrás con la siguiente pregunta de Jameson: “How much of capitalism can we seen from the moon?” (¿Cuánto capitalismo podemos ver desde la luna?). El reto no es desde luego sencillo, y sus autores se embarcan en un viaje donde percepción y abstracción, realidad y representación, invisibilidad y síntoma son solo pares en el discernimiento de un mapeo del capitalismo y sus fuerzas más ocultas. Toscano y Kinkle comentan que el concepto de “mapa cognitivo” es una de las categorías jamesonianas menos articuladas por su propio autor, y que la llamada a una “estética del mapa cognitivo” se presenta menos como una teoría o técnica formulada y más como un índice de su ubicuidad y un estímulo para su sistematización. (p. 22).

“Cognitive mapping is not just a synomym for class consciousness, it is also intimaly linked to the idea of dialectical criticism, the problem of Marxism and form, the Sartrean idea of totalisation. (…) Jameson’s formulation can still function as a cue for thinking about the present precisely because it does not provide a method, or advance a concept; rather, it poses a problem which is at once political, economic, aesthetic and existential”. (p. 22)

Esto nos lleva a definir con qué clase de libro estamos tratando. Si existe un género al que adscribir este Cartographies of the Absolute, éste sería una modalidad de crítica contemporánea renovada en cuanto a sus formas y objetivos. Una crítica expandida que no puede parar de seguir el hilo de los acontecimientos culturales infectados por las instancias del capital. Para cualquier que desee pensar en términos de qué se nos ofrece a lo largo de más de doscientas páginas: crítica como teoría (criticism as theory). Ya en un momento se nos insta a pensar que la mayor parte de los productores culturales no intentan literalmente generar mapas de la nueva e interconectada realidad global, o al menos dirigirse a ella de manera frontal. Más bien, es la tarea del crítico desenredar los síntomas de, en uno y al mismo tiempo, la consolidación de un nexo planetario del poder capitalista y sus variadísimas luchas para imaginarlas. Esto no exime que la mayor parte de los objetos culturales vengan de artistas y cineastas. El libro está dedicado a la memoria de Allan Sekula (1951-2013) y Harun Farocki (1944-2014), y en él aparecen trabajos como la serie Crisis in the Credit System de la artista Mellanie Gilligan además del intento de filmar El Capital de Marx por Eisenstein retomado más tarde por Kluge en su monumental News from Ideological Antiquity. El “programa” (si es que se le puede llamar así) queda definido al comienzo para lo que vendrá a continuación:

“Cartographies of the absolute is a wilfully paradoxical expression, but one that direct us towards the way in which picturing our social and economic world is a predicament at one technical and, so to speak, philosophical. Capitalism, after all, is a religion of everyday life, an actually-existing metaphysics”. (p. 23).

Penetrar en el sistema es pues, un desafío metodológico y un reto al nivel de la forma al mismo tiempo que una experimentación con todo un conjunto de contenidos variados de todo tipo que van desde el hight art a la cultura popular y la Televisión. Consiste por ejemplo, en pasar de la consabida polémica de una estética de la política (y su consiguiente politización del arte) a una estética de lo económico que la actual crisis financiera ha incorporado de manera irreductible y que ahora mismo esté presente en toda una serie de producciones culturales (principalmente fílmicas). Aquí, el camino abierto por Jameson en La estética geopolítica ofrece vías de interpretación interesantes adaptadas a una coyuntura global incuestionable, puntuado con análisis que alumbran luz sobre la invisibilidad del capital a través de Fish Story de Sekula y las imágenes de Trevor Paglen. Desde la forma pictórica del panorama y las “geografías negras” de los servicios de información e inteligencia que esconden datos y metadatos, este intento de cartografía es abarcador e interconecta espacios residuales y periféricos desgranando la ideología de las producciones culturales que siempre alegorizan el estado cambiante de cosas y hechos.

En tiempos en los que se impugna cualquier relato que se nos presenta como verídico, conviene revisar la simplificación a la que las narrativas de la conspiración nos conducen, pues estas son malas guías e intentos inadecuados para entender el funcionamiento del poder en una creciente y compleja sociedad global. Así, el tema de la conspiración, tal y como Jameson recordaba al final de su presentación sobre los mapas cognitivos (o la tendencia a pensar en términos de conspiración y paranoia) no es sino “un pobre intento de mapeo cognitivo en la época posmoderna; un figura degradada de la lógica total del capital, un desesperado intento de representar el sistema último, cuyo fracaso está marcado por su deslizamiento hacia un puro tema y contenido”.

Si bien el cine ofrece un gran abanico de posibilidades para la interpretación y el análisis, desde los intentos de filmar la crisis financiera desde 2008 hasta las tentativas de cartografiar los espacios del socialismo en las vanguardias soviéticas (Vertov, Eisenstein y también Brecht), es el espacio de la ciudad y los cambios urbanos fruto de la gentrificación y las fuerzas del capital desencadenadas al unísono el que ocupa un buen lugar aquí. Sorprende la cantidad de teoría vertida a partir de un filme que sin llegar a la categoría de “filme de culto” (un filme que espera su momento para ser “de culto”) se convierte en protagonista en el libro. Me refiero a Wolfen, película de horror de 1981 dirigida por Michael Wadleigh y que aquí funciona como una metáfora de la transformación de Nueva York desde 1970; desde la ciudad denominada “jungla de asfalto” cuya criminalidad, peligrosidad a la vez que enorme creatividad quedó reflejada en todo un conjunto de películas de los 70 y 80 (desde la trilogía de Lumet a Scorsese a filmes sci-fi como Escape from New York de Carpenter), al advenimiento de una lógica neoliberal financiera. La pregunta interna que realiza Wolfen es: ¿Qué tienen que ver Wall Street y South Bronx o, como se relacionan? Las transformaciones económicas y políticas de Nueva York son detalladas en un estudio detallado que vincula el capital como trabajo muerto a las sucesivas mutaciones de la ciudad por las fuerzas del FIRE (Finance, Insurance and Real Estate), a la vez que distintas metáforas sobre el vampirismo y otros depredadores son apuntadas. (Pensemos en The Wolf of Wall Street de Scorsese también). Básicamente, Wolfen presenta una trama detectivesca sobre hombres lobo en Nueva York como alegoría de los nativos indígenas convertidos en espíritus cánidos que resisten la gentrificación del Sur de Bronx ante los herederos de los colonizadores (holandeses) de la isla de Manhattan. De Wolfen pasamos a The Wire, en una nueva lectura de la serie y Baltimore.



La temporada 2 de The Wire da paso a uno de los temas mejor explorados por Toscano y Kinkle; la progresiva dependencia del capital a la forma del container y los distintos problemas derivados de la containerización del mundo, para lo que el collage de Martha Rosler Untitled (Cargo Cult), de la serie Body Beautiful, or Beauty Knows No Pain (1965-1974) es la mejor postal. La poética del container, si es que podríamos llamar algo así, da pie a toda una reflexión sobre el arte de la logística y cómo la logística manda sobre la tríada de la producción, la distribución y el consumo. Las obras de arte almacenadas en containers  atravesando océanos es aquí simplemente una imagen que viene a la cabeza, no sin antes cerciorarnos de cómo todas nuestras necesidades de consumo básicas residen en la containerización del mundo y el tráfico marítimo. Pensemos en las recientes misteriosas explosiones en Tianjin (China), de las cuales se desprende no solo la corrupción sistemática (económica y política), y la containerización de la economía y la realidad de los puertos industriales, sino una realidad de explotación humana en el supercapitalismo salido del comunismo chino que recuerda a la pauperización de las primeras fábricas en los albores del capitalismo industrial y que las películas de Jin Zhangke recogen.

La fascinación por la estética fotográfica de este mundo de la logística (desde las imágenes de almacenes de Amazon a las supervistas aéreas de cultivos y autopistas) nos lleva a otro análisis acerca de la abstracción de las formas del capitalismo y el modo de fotografiar, así como la seducción y la deuda que estas fotografías instrumentales tienen con una estética reticular y minimalista propias del modernismo. En resumidas cuentas, un Burtynsky versus Sekula (pasando por Steichen). Sekula asegura que no necesitamos una topografía de la abstracción sino una “geografía política, una manera de hablar con palabras e imágenes sobre cómo tanto el sistema y nuestras vidas dentro del sistema” permanecen como válidas.


La dualidad entre contenido y forma es uno de los argumentos subrepticios que va abriéndose camino. La categorización de que el espacio del arte no es el lugar desde donde comenzar con una crítica del capital es aquí problemática: desde luego que la crítica a Playtime (2013) de Isaac Julien, exposición en la galería Victoria Mirón de Londres, parece justificada en lo que tiene de espectacularización del capital y el sistema financiero del arte (interpretado por la estrella de Hollywood y wanna-be-artist James Franco); su reducción a simple tema o contenido. (No olvidemos que Julien está detrás junto a Okwui Enwezor de la lectura de El Capital en la pasada Bienal de Venecia en una dramatización más teatral que políticamente sincera). Sin duda el mundo del arte (the artworld) más que el arte en sí mismo, plantea contradicciones sobre su propio rol especulativo. De hecho, uno de los puntos favorables en Cartographies of the Absolute es que el arte contemporáneo está al mismo nivel que otras producciones teóricas y culturales, algo que se echa en falta en parte de la producción teórica y filosófica en las últimas décadas. La dificultad no está en esta o aquella esfera de la cultura, sino en la necesidad de una genuina articulación dialéctica cuando tratamos de hacer eso tan complejo que es representar el capital. Insistir en la cuestión de la forma no está de más como último recordatorio, que Toscano cierra con una cita del italiano Franco Fortini sobre la crítica: “Intenta crear en la obra poética o literaria una estructura estilística cuyas tensiones internas son una metáfora para las tensiones internas y tendencias estructurales de un ‘cuerpo’ social moviéndose por una senda revolucionaria hacia su propia ‘forma’” (p. 242). El libreto de Eisenstein de rodar El Capital de Marx permanece sin ser filmado.


8/19/2014

CRÍTICA: "Ghosts of My Life. Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures", Mark Fisher, (Zer0 Books, 2014)



El esperado libro de Mark Fisher enseña el camino de lo que una crítica contemporánea, ágil y lúcida, cargada de afecto, experiencial y penetrante, puede hoy en día realizar. Como bien expresa el statement de su editorial, Zer0 Books: un nuevo tipo de discurso florece en regiones más allá de las franjas comerciales de los llamados mass media y en los burocráticos y neuróticos despachos de la academia, un discurso intelectual no necesariamente académico, popular sin ser populista. Un estilo, una voz y una temática sobresalen en la escritura que Fisher practicó durante años en su blog, conocido con el alias k-punk. He dicho “crítica” en vez de “teoría”, porque la primera mantiene el potencial de su propia renovación todavía intacta siempre y cuando se aplique con la libertad y la densidad de esta recopilación. Si tuviera que afirmar cuál es el género de Ghosts of My Life, sin dudarlo diría que se trata de una clase de necesitada y urgente crítica cultural contemporánea. Mark Fisher actúa, en este sentido, como un hábil sismógrafo de las profundas transformaciones en la cultura, el consumo y la producción desde finales de los 70 hasta nuestros días.

Hay varios motivos de interés aquí: Fisher escribe sobre la temporalidad más que sobre el tiempo; acerca de esa “la lenta cancelación del futuro” en la que nos encontramos y que toma prestada de Franco “Bifo” Berardi. Pero escribiendo sobre la temporalidad, los paisajes que dibuja son perfectamente espaciales. Lo que el lector recrea en su cabeza son esas galerías comerciales a primeras horas un domingo por la tarde con su McDonalds y pasillos muertos, edificios de cemento que olvidaron el componente utópico del brutalismo, una gran ciudad humeante y fría, vacía y oscura, una casa, un hogar, entre neblina. En esos no-lugares hay espacio para la nostalgia y la aflicción. Paisajes post-industriales a lo Ballard, viejas series de televisión y un regusto por la introspección o una trascendencia no trascendente.

El primer ensayo, “The Slow Cancelation of the Future” puede leerse a modo de condensador de todo lo que vendrá después. A una desaceleración en la invención y la creatividad en la cultura popular del siglo XXI le ha seguido una aceleración de los viejos paradigmas de consumo haciendo de la repetición, el pastiche y el déjà vu la norma cultural de un presente alargado y contingente a la vez. Para Fisher, la cultura musical ha sido central en la proyección de futuros que se han perdido. (Por cultura musical se refiere no sólo a la música sino también a la moda, el diseño o cover art y el discurso). Su diagnóstico, no exento de exorcismo interior, es que el periodo desde comienzos del siglo XXI (en concreto él señala el 2003, año en el que empezó a postear) hasta ahora será reconocido como el peor para la cultura (popular) desde la década de los 50.

Esta obra supone, también, la materialización de ese corpus interpretativo primero aplicado a la música electrónica (a mediados de la década pasada) y después liberado, extendido a todo un espectro cultural, llamado hauntology, un híbrido del término inglés to haunt, haunting, y “ontology” (ontología). Como es sabido, el término alude a Jacques Derrida y al énfasis que éste otorga en su Espectros de Marx a la frase “el tiempo está fuera de juicio” de Hamlet para señalar una temporalidad quebrada de presencias y ausencias que continuamente nos asaltan en la coyuntura social y política de desconfianza hacia el socialismo. En manos de Fisher y una comunidad de bloggers, la “hauntología” es toda una ciencia difusa, más metafórica que otra cosa, y que sirve para señalar las contradicciones de la virtualidad producidas por el paso de lo analógico al mundo digital, incluyendo la virtualidad y la abstracción del capital mismo. No es de extrañar que esta causalidad espectral tenga en el dimensión sónica del “crujido” (o el impacto de la aguja sobre el vinilo) su momento álgido, así como una “niebla” que parece envolver nuestros recuerdos y experiencia cronológica. Él no lo dice, pero no es difícil conectar esta recuperación del sonido perdido del “crujido” en lo sonoro con la también reciente invasión del fetichismo del granulado fílmico y el celuloide en gran parte del cine, el documental y el arte contemporáneo de comienzos de siglo. La virtud de Fisher está no sólo en señalar los lugares donde el eterno retorno del pasado acontece sino en rastrear la “potencialidad” intacta de artefactos culturales y musicales, enfatizando su “dimensión utópica”.

Gran parte de la teoría “hauntológica” se le debe, además de a Derrida, a la excepcional lectura que el autor hace de El Resplandor (1980) de Stanley Kubrick, sobre todo a partir de un álbum de The Caretaker que podría sonar perfectamente en el ballroom del hotel Overlooked en dicho filme. Banda sonora de los años 20 y 30. Ya se sabe, el salón donde un demente Jack Torrance (Jack Nicholson) encuentra al superyó ideal de una época dorada, los 20, o como escribe Jameson, “el último momento en el cual una genuina clase norteamericana ociosa exhibió una existencia agresiva y ostentosa, en la cual una clase dirigente norteamericana proyectó una imagen de sí misma autoconsciente y no culpable, y gozó sin culpa de sus beneficios, abiertamente y armada con sus emblemas de galera y copa de champagne en el escenario social, a plena vista de las otras clases”.[1] Es por los años 20 que el héroe está hechizado y poseído, y lo que ahora mismo nos importa es determinar la abstracción social desde donde voluntaria pero inconscientemente nos sometemos al hechizo.

Musicalmente hablando, The Caretaker y Burial son, para Fisher, ejemplos máximos de la “hauntología” sonora, mientras que la irrupción del Jungle con Goldie (¿hay quien todavía se acuerda de Goldie y de Tricky?), o el análisis de Japan cuya letra de la canción “Ghosts” da el título al libro, ofrecen no poca información sobre la naturaleza del cambio en los paradigmas culturales del pasado reciente. El problema del término “hauntología”, su inapelable seducción, reside en la tentación de aplicarlo a todo lo que nos parezca encantado, hechizado y fantasmagórico, no importa de qué estemos hablando. Cualquier película gótica nos parecería entonces “hauntológica”. Tentación en la que Fisher no cae en ningún momento. Más bien, su acierto consiste en subjetivizar al nivel de las referencias mediante una lista de autores que enlistados simulan una aparente falta de cohesión entre ellos: los mencionados Burial y The Caretaker, bien, pero también John Le Carré, Jimmy Saville, Christopher Nolan, Joy Division, Darkstar… ¡incluso Kanye West! Pasando por otros muchos nombres más sonados en el contexto anglosajón o no necesariamente conocidos. Se encuentra aquí uno de los rasgos de este libro, su interés y su limitación, es decir, el contorno de una geografía la cual se circunscribe a un britishness sin apenas exterioridad. Esto no es impedimento para que los connoisseurs aprecien, pues gran parte de los lectores del autor de Capitalism Realism: Is There No Alternative? (Zer0 Books, 2009), están entrenados en escudriñar a través de la exclusividad de las referencias en blogs de lo más especializados. En cualquier caso, el alcance del autor sobre los males que aquejan a la cultura británica desde el ascenso del Thatcherismo (y que el ensayo sobre la controvertida figura de Jimmy Saville expone sin tapujos) es contundente.

Desde el punto de vista teórico, Mark Fisher es más jamesoniano que derridiano, de quien dice le resulta un autor frustrante. De Fredric Jameson recoge el capitalismo tardío como horizonte cultural que todo lo invade, una naturalidad para hilvanar referencias heterogéneas que van de lo alto a lo bajo y viceversa, así como un espíritu periodizador, dialéctico. Esta metodología de pensamiento se esboza en el conjunto de este libro y temáticamente no puede sino trazar un arco con el estudio del posmodernismo y sus formas saturadas de nostalgia que todo lo invaden así como cierto anhelo de esperanza y futuridad. Pero además, Fisher opera con el sonido y lo popular como Georg Lukács lo hacía con la novela realista del XIX, es decir, revelando desde la minuciosidad del análisis y la interpretación los difíciles sentimientos irrepresentables del sistema capitalista. Esto lo hace a partir del sonido de la resaca post-rave o la retirada de una forma de disfrute colectiva basada en el baile a una actitud reflexiva e íntima, por ejemplo en Darkstar o en la evolución del synth-pop futurista en John Foxx, etc.

Para Fisher, el estado actual de la subjetividad, el origen de la (su) depresión es el neoliberalismo mismo. Hablando de Joy Division escribe: “Joy Division connected not just because of what they were, but shen they were. Mrs Thatcher just arrived, the long grey winter of Reaganomics on the way, the Cold War still feeding our unconscious with a lifetime’s worth of retina nightmares”, para a continuación indagar con sobrecogimiento en el suicidio de Ian Curtis y afirmar que su asunto, el de Joy Division, era la depresión y no la tristeza o la frustración. “Depression, whose difference from mere sadness consists in its claim to have uncovered The (final, unvarnished) Truth about life and desire”.[2]

O, por ejemplo, hablando de Inception de Christopher Nolan:

“The ostensibly upbeat ending and all the distracting boy-toy action cannot dispel the non-specific but pervasive pathos that hangs over the film. It’s a sadness that arises from the impasses of a culture in which business has closed down any posibility of an outside – situation that Inception exemplifies, rather than comments on. You yearn for foreigh places, but everywhere you go looks like local colour for the film set of a commercial; you want to be lost in Escheresques mazes, but you end up in an interminable car chase”.[3]

Lo reseñable en esta recopilación de escritos es que lo que se piensa también se siente, y el lector es testigo de este sentimiento, algo nada sencillo en la escritura crítica y teórica.


Postdata: para una crítica comparada el lector puede leer esta otra de Brian Dillon publicada en el número de verano de la revista ArtReview. 




[1] Fredric Jameson, “Historicismo en El resplandor”, en Signaturas de lo visible, Prometeo libros, Buenos Aires, 2012, p. 165.
[2] Mark Fisher, Ghosts of My Life. Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures, Zer0 Books, 2014. 56/57
[3] Op. cit, p. 220.


3/30/2010

Crítica: "Militant Modernism", Owen Hatherley



Militant Modernism (Zero Books, 2008) es el atrevido libro con el que debuta Owen Hatherley. Curtido como escritor en la blogoesfera con su visitado y popular un blog sobre arquitectura y urbanismo radicales Hatherley propone en este libro una defensa del modernismo como opción válida para nuestros días, partiendo de algunos de los ejes pivotales e ideológicos que lo sustentaron y alejándose de su mera estetización apta para el consumo. Ya sea repasando modelos aparentemente fallidos como The Barbican de Londres, la rivera del Thamesmead y revisitando los días vorticistas de la revista BLAST con Wyndham Lewis a la cabeza, este  escritor super-joven desarrolla un intenso y erudito rastreo alrededor de las formas de modernismo rescatables en un texto que tiene mucho de manifesto. Sus conocimientos son multidisciplinares y no contento con ceñirse a un estudio propiamente centrado en su área de competencia, urbanismo y arquitectura, Hatherley busca y encuentra en la historia del cine y en la teoría crítica sin escatimar metodologías analíticas del llamado Marxismo Occidental pasando por una vigorosa utilización del lenguaje del pop. Por ahí pasan conceptos Brechtianos y análisis de obras como La opera de los tres peniques y Kuhle Wampe (Brecht y Dudow, Eissler, 1932), a Adorno, Althusser y demás. Lo que resulta más llamativo de su estilo es la creación de una forma que bebe de géneros como la crítica musical, algo refrescante que aplicado a los referentes que maneja dan un resultado cercano al collage sonoro; cortante, dinámico y elegante a la vez.
Esta influencia del pop se da en el estilo, y también está presente en el contenido, porque ¿no fue acaso una forma de pop el intento de conquistar la luna por parte de los soviéticos? Así, Hatherley se introduce en un submundo donde caben el funcionalismo soviético de Melnikov y Klutsis, la arquitectura de A+P Smithson, teorías de economía sexual, Herbert Marcuse, J. G. Ballard y demás. Hatherley es más un crítico que un teórico, y esta modalidad de crítica es un ejemplo de cómo no es necesario recurrir a ninguna teoría disciplinar, sean los (antiguos) “estudios culturales” o los (nuevos) “estudios visuales”, a la hora de crear una escritura crítica que se nutre de todo lo que está alrededor a la vez que lo subjetiviza. Sin caer en el academicismo tan en boga del formato PhD, Hatherley no nace de la nada y se convierte en crítico. No sólo su blog es un campo de pruebas, también la frecuencia en ciertos círculos críticos e intelectuales de Londres. Para otra versión de “militante”, entre punk, el pop y teoría crítica ver: http://www.militantesthetix.co.uk/
Tampoco deben pasarse por alto las conexiones diferidas entre la vanguardia europea, es decir el modernismo en las artes que prefiguró una promesa emancipatoria, véase revolucionaria, y la situación específica en Gran Bretaña, el país con mayor y más antigua tradición de clase obrera de Europa y donde el movimiento moderno nunca fue, paradójicamente, excesivamente fuerte como si (a excepción hecha de los vorticistas), se hubiera pasado de golpe del Arts&Crafts de William Morris al brutalismo del alto modernismo (High Modernism, o Late Modernism según Jameson) sin apenas transición. Aunque no se profundiza sobre esto en el libro, ésta es una línea de pensamiento que me lleva a pensar en autores indispensables al respecto, como Raymond Williams y Perry Arderson, ausentes por completo aquí. La consideración de la situación soviética de 1920 y la británica de la post-guerra como utopías nacientes puede ser pertinente sólo a riesgo de señalar las abismales diferencias de ambas situaciones. La sobre-excitación con la que Hatherley somete a sus referentes es similar al exceso y bombardeo al que el lector se enfrenta, en ocasiones con una excesiva agitación de la coctelera posmoderna al servicio de un historicismo cuando menos original (si no en ocasiones de una necesaria ingenuidad no exenta de ensoñación diurna), y que le llevan a escribir, al final del libro, cosas del estilo:
"Just before writing this I watched a DVD of New Order playing in Brussels in 1981. These three men and one woman, all from working class backgrounds in post-industrial, council-estate Manchester -the grandchildren of those sturdy Wigan men reading the racing pages- were playing music which would have astonished and mortified Orwell, what with its blocks of overwhelming electronic sound, unnatural bass rumbles and technocractic shimmers. A retort might be that all this is just a reflection of the environment, and that in a better world someone like Dizzee Rascal or Ruff Squad wouldn't be making sharp, angular, brutal noises via pirated computer programs but whittling sticks or sitting around the fire wassailing. This is a reductio ad absurdum, But if ordinary people are so hostile to new forms, new noises and new shapes, then how did the last forty years of all kinds of jarring, avant-garde street musuc manage to happen? Were the teds, the mods (Modernists, as they were originally known), glam rockers, punks, junglists, even the kids in provincial towns getting wrecked or Saturday nights to the ludicrously simple and artificial hard house or happy hardcore, all somehow class traitors?" p. 124.

Una entrada previa me alertó de una serie de conexiones en relación a un hilo cruzado entre Pop político y utopía que resulta apropiado sacarlo a colación aquí. Entonces no sólo eran Pet Shop Boys o J.G. Ballard, sino también Liam Gillick, quizás el artista que ha defendido con mayor énfasis la necesidad de un pensamiento post-utópico y que halla en el Thamesmead un espacio para la creación de scenarios, bandas sonoras y películas que se esbozan y no se filman y que subvierten la dialéctica utopia-distopía (esta última a la manera de Kubrick). Ver Chantal Mouffe, “Politics and Artistic Practices in Post-Utopian Times”, en Meaning Liam Gillick (MIT press, 2009), donde a pesar de no aparecer mencionados elementos consustanciales a la obra de Gillick como son el Thamesmead y The Barbican, se indaga en el el concepto gillickiano de “utopía funcional”.


















Que existe un nexo entre brutalismo, las políticas de las viviendas sociales y el socialismo laborista no es nada nuevo a descubrir aquí. No hablaré de algo que no conozco al detalle, sino sólo mostraré algún botón, quizás por completar el propio libro de Owen Hatherley, llevándolo a algunos ejemplos contemporáneos de artistas y música. Hablaba con anterioridad de una política del pop y de un pop político. Cuando Saint Etienne sacaron su LP Finisterre (en 2002) enseñaban cómo música, psico-geografía, Situacionismo y vanguardia pueden crear un frente común. No sólo por la posterior edición de un vídeo documental que retrata la ciudad de Londres durante 24 horas, sino sobre todo por la inclusión de collages del artista Jakob Kolding para ilustrar la portada del disco y también su interior, y donde las malas prácticas urbanísticas, las promesas de futuro, los avatares de la clase social, las subculturas asociadas al deporte y el pop se refunden en una sociología de lo urbano donde el aburrimiento es sólo el momento de reposo del impulso transformador. Un retrato del urbanismo y la arquitectura en Gran Bretaña que también está presente en otra trabajo de otra artista contemporánea, Johanna Billing y su vídeo Look Out! donde un grupo de jóvenes recorren unos apartamentos vacíos junto a la administradora en el más completo de los mutismos.





Language Lab song


The perverse possibilities of the Barbican
You could be invisible here

You can get a notion of

floating across the city

I feel a nostalgia

For an age yet to come


Finisterre
Natwest, Barclays, Midlands, Lloyds.
Use a bank? I'd rather die.
I loved to draw when I was a little girl
It helped me see the world as I wanted it to be
Sometimes I walk home through a network of car parks
Just because i can
I love the feeling of being slightly lost
To find new spaces, new routes, new areas
I love the lack of logic
I love the feeling of being slightly lost
I belive that music in the long run can straighten out most things
There are too many bands that act lame
Sound tame
I believe In Electrelane
Over here it's new, it's now, it's you, it's clean
The beard and lipstick scene
So look beyond Big brother, gossip culture,
So bored of stupidity
The myth of common sense
I believe in Donovan over Dylan
In love over cynicism
Oh, ??????????
Finisterre, to tear it down and start
again (x3)
Think about the love back in Finisterre

Five miles north is a town

of silver birches
Twenty-seven chuches
A look of horror if you drop a H
Around here its hoods up and heads down
Got it the wrong way around
When things get turned around
I slow down
Dream about the notion of the perfect city
Imagine the 19th century never happened
Just a straight run from Beau Brummell to Bauhaus
Dreams never end
This house believes in skyscrapers
Chorus (x5):
Finisterre, to tear it down and start again
Think about the love back in Finisterre
I want to know the whole of the city with you