
Hay un libro hilarante de J. G. Ballard que me gustó mucho
en su momento y al que apenas se le ha prestado atención. Milenio Negro (2003) describe la rebelión de las
clases medias, las cuales, cansadas de sus responsabilidades sociales como clase
dominante y hartas de sus ataduras a la sociedad de consumo deciden iniciar una
revolución con métodos terroristas incluidos. El interés del libro está en cómo
describe una violencia en las calles que desde el momento en el que fue escrito
no ha hecho sino crecer por todos los rincones del planeta. La hilaridad a la
que me refiero está en que los que enarbolan esa violencia son los
privilegiados de la clase media. Pero además, una lectura retrospectiva del
texto sirve también como contrapunto a los acontecimientos que han poblado las
distintas “primaveras” en estos dos años últimos. Esta mañana en un debate
radiofónico con una socióloga y un representante de un
sindicato se ha mencionado a la inminente desaparición de la llamada clase
media. Se argumenta el final de la sociedad del bienestar, el fin de los
privilegios adquiridos, etc. Es el discurso de la crisis, sus efectos y todo
aquello que uno o una pueden vislumbrar como discurso sin tener siquiera que
escuchar la radio. Sin embargo, no sorprende siquiera que ni se mencione lo que
está por encima y por debajo de la llamada clase media. No al menos en los
términos que un representante sindical debería hacerlo (como mínimo). Se habla
de una mayor desigualdad, sí, entre ricos y pobres. Y entonces aparece el
eufemismo: pobres con empleo, mileuristas. La manera en la que el sistema
permanece inoculado para evitar a toda costa la terminología de la alternativa
social y económica al orden actual imperante no sorprende y es el signo distintivo
de cómo opera subrepticiamente la ideología. No hay clase obrera, no existe el
proletariado y demás. O clase media… o directamente la pobreza. Esto me
recuerda que esta alergia hacia el concepto de clase obrera no es únicamente
actual, sino histórico. ¡Y cuantos padres y madres de familia han educado a sus
hijos en que eran de clase media, cuando en realidad no lo eran! Así hemos
crecido.