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10/26/2014

Una nueva EVA futura. Estilo y codificación en New Order



Una nueva Eva futura. 2001 y New Order sacan Get Ready, su primer álbum desde 1993. Desde el comienzo las guitarras salen al ataque con “Crystal”, un tema rockero y expansivo. New Order están de vuelta. Pero ese álbum cuenta de nuevo con Peter Saville y también, para la ocasión, fotografías de Jürgen Teller. Durante un lustro ese trabajo gráfico y fotográfico inspiró buena parte de mi trabajo; desde algún cartel para conferencias a reflexiones sobre el estilo y la moda. Más de una década después, ese ojo cíclope tecnológico parece sobrepasado por la ubicuidad del smartphone multiusos. (Pensémoslo detenidamente… ¿si nos hubieran dicho no hace tanto lo que un teléfono hace ahora?). 

En cuanto al estilo: su absoluta modernidad minimalista. Una lectura reciente sobre el origen de las palabras “moderno” y “modernidad” (de Hans Robert Jauss) señalaba que lo moderno no se opone sencillamente a lo viejo, sino que lo verdaderamente opuesto a la novedad constante es lo atemporal, aquello que nunca pasa de moda, como un vestido que se mantiene vistoso como la primera vez. La querencia de la modernidad por el clasicismo se explica en que no hay nada más moderno que aquello que se mantiene vigente a lo largo del tiempo. Es lo que sucede a esta genialidad de trabajo gráfico. La posibilidad de periodizar y, a la vez, una planitude que atraviesas las décadas. 




7/04/2014

Temporalidad, periodización y tecnología en el último Jarmusch (I)




Solo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive) de Jim Jarmusch es un magnífico ejemplo de aquello que en el posmodernismo significó la subversión del canon por el género (genre). El empleo del término “género” significa aquí a su deconstrucción, aunque no es una película de vampiros lo que Jarmusch desea desmontar sino más bien servirse del género de un modo metafórico y también alegórico. En concreto, es la inmortalidad o el tiempo no finito lo que el realizador desea resaltar, en detrimento de otros mitos vampíricos (hay una alusión a los ajos). El filme no reflexiona sobre la vida eterna como un trasunto metafísico y espiritual, y tampoco hay ninguna meditación elevada sobre la muerte. La película es mucho más irónica que eso y apunta hacia una temática ineludible, tremendamente contemporánea: llegados a un punto de desarrollo económico y tecnológico que podríamos denominar como límite, donde el espíritu del trabajo del neoliberalismo permanece como inoculado en el interior de nuestros cuerpos y conciencias, ¿cómo podemos todavía hablar en términos de cultura o, mucho más difícilmente, atribuir al arte y a la creación en general una cualidad distintiva, subjetivizadora y constructora de sujeto?

Pocas veces una artefacto cinematográfico ha abordado la cuestión de la producción y el consumo (de cultura) de modo tan problematizado. El tema aquí es la cultura o, de modo más preciso, la incapacidad de la cultura de nuestra época para traducir estéticamente un presente genuino sin recurrir al historicismo del eterno retorno, la moda y el persistente reciclaje (saqueo) del pasado; el callejón sin salida, la retromanía, el historicismo. Envuelto en una retórica de exclusión y participación, el capitalismo semiótico nos mantiene en un estado de permanente alerta y ansiedad. Éste parece ser el síndrome de Adam, un vampiro artista que ha vivido durante siglos acumulando todos los conocimientos artísticos y científicos posibles, y para quien la inmortalidad es una condena ante tanta decepción proveniente de los zombies (el género humano).

Adam es un vampiro romántico que ha compartido aventuras con Byron y Shelley, un artista que pasó una partitura a Schubert, quien la hizo suya. Como músico le interesa la música funeraria y eso es lo que compone, aunque el estilo que trabaja es más del tipo drone rock, o cierto rock progresivo heredero de la New Wave. Resulta estimulante esta conexión para un vampiro que ha atravesado siglos siguiendo de modo ejemplar aquella máxima de los secesionistas vieneses de “a cada tiempo su arte, y a cada arte su libertad”. La estética de Adam reproduce cierto clichés de finales de los setenta y principios de los ochenta, pelo largo, ropaje negro, es decir, el periodo de una superconsciencia de la historicidad de los movimientos musicales y la moda mediante la imagen y la actitud, pero también el periodo del comienzo de la atemporalidad. Esto es, un periodo que puede ser visto retrospectivamente como coetáneo de un posmodernismo caracterizado por un modo de temporalidad cíclico adecuada al consumo de la que todavía no hemos salido del todo. Pero musicalmente hablando, Adam está un tanto obsesionado por la década de los cincuenta y el momento de la electrificación del rock and roll, y su colección de guitarras así lo atestigua. Como buen romántico, Adam cree en la idea de que el talento y el éxito están reñidos y que una excesiva visibilidad y sobre-exposición solo puede arruinar el halo de la singularidad estética para cualquier artista. Es huraño y su reclusión es tanto una protección a la luz del sol como a los peligros de la industria musical, su explotación y consiguiente piratería.

Por su parte, Eve parece el contrapunto perfecto para Adam. Ella es una vampira de tipo clasicista, pragmática, alguien que cree que la cultura es un bien acumulado históricamente que debe preservarse. Viste de blanco o crema. Cabello albino. Adam y Eve (la primera pareja bíblica) forman un Ying y Yang armónico. Blanco y negro. Ambos viven en sus moradas, confinados y rodeados de placeres culturales, sus únicas pertenencias. Mientras que Eve vive rodeada de libros, la estampa de Adam es la de un artista en su estudio rodeado de aparatos de música y tecnología analógica y que, como en el grabado Melancolia I de Durero los utensilios y herramientas alquímicos y astronómicos, no puede eludir la insatisfacción perenne, la contemplación de la nada y la mirada perdida. Tiempo vaciado.

Los sentimientos de Adam y Eva permanecen encapsulados a sus cuerpos, y quizás no haga falta decir que cualquier conceptualización del cuerpo lo es asimismo también sobre el tiempo, no solo el paso del tiempo, sino de la temporalidad como una experiencia del mundo exterior y también como percepción fenomenológica, de manera que estos vampiros no están preocupados por la ansiedad de los numerosos “fines de la historia” acaecidos en la filosofía y el pensamiento occidental desde Hegel hasta Fukuyama, sino más bien por su opuesto, a saber, que la historia no se termina el día de mañana ni tampoco en la secuela de cualquier revolución. La historia, el conocimiento de la “totalidad histórica” (esa expresión tan querida a ciertos pensadores del marxismo) no es una suerte sino una condena: ¿Pero qué le hicieron los zombies a la historia? o, ¿cómo es posible que los descubrimientos científicos de Nikola Tesla sobre un sistema eléctrico alternativo fueran y sigan siendo ignorados?


En un ensayo de hace una década titulado The End of Temporality, Fredric Jameson sugiere que las reflexiones sobre el espacio han desplazado durante la posmodernidad aquella otra preocupación moderna sobre el tiempo (tan presente en la literatura como resultado del colapso provocado por el choque de la ciudad moderna en oposición al mundo rural que comienza a desintegrarse), y argumenta para ello el crecimiento estadístico de incontables libros sobre el espacio en el ámbito de la arquitectura y el urbanismo mientras que, por el contrario, nadie desea volver a leer los ensayos de Paul Valéry. El final de la temporalidad tiene que ver, más que nada, con la reducción al presente o, lo que es lo mismo, la abolición del tiempo vía la cibernética y la digitalización de las formas de comunicación y afecto así como la emergencia del “capital financiero” en el capitalismo tardío, el cual elimina cualquier obstáculo de las barreras del tiempo y el espacio. Esta reducción al presente (nuestro presente continuo) lo es también del cuerpo. Un vampiro como Adam es, en este sentido, completamente alguien antitético, un ser compuesto por múltiples temporalidades que conviven al unísono y que, a pesar de acumular virtuosismos técnicos prodigiosos con el violín a la Paganini está siempre atento a admirar la creatividad de las formas musicales del tiempo presente como bien indica el chiste privado sobre Jack White (The White Stripes). La reflexión crítica que la película de Jarmusch da lugar apunta precisamente al continuo presente o al colapso cuando se piensa en el futuro, de unas formas culturales las cuales únicamente reproducen su propio pasado. En este sentido, ¿no es acaso Jack White un mero epígono de ese momento vibrante de la electrificación guitarrera del rock and roll de los años sesenta y setenta que Adam tanto venera?


7/03/2014

Godard, pionero del estilo



En alguna ocasión Jean-Luc Godard afirmó algo parecido a esto: “to me the style is just the outside of content, and content the inside of style...” (“para mí el estilo es sólo el exterior del contenido, y el contenido es el interior del estilo...”). No es ninguna casualidad que Godard plantee dialécticamente la cuestión del estilo como de interior y exterior. Sin embargo, Barthes ya había señalado que el problema del estilo no se asemeja exclusivamente a esta dicotomía interior-exterior, y que más que a un fruto que aloja un núcleo interior (el contenido), el estilo en las obras de arte toma más la estructura de una cebolla o incluso un hojaldre.

En cuanto a la acepción del estilo no como marca de autor salida de la modernidad sino como rasgo semiótico asociado a la moda, el propio Godard fue, a su manera, uno de los artistas pioneros en la utilización de elementos de estilo a través de la intertextualidad que las múltiples referencias iconográficas utilizadas. La información que se desprende de las escenas de interiores en las películas de Godard (en films como A bout de Soufle, Pierrot le Fou o Une femme mariée y en otros) delata una carga semántica en los objetos cotidianos que muestran un marcado interés por la moda y los modos y usos del vestir, el interiorismo, las revistas de variedades de la época (estilo Paris-Match o Elle) y otras novedades en los objetos de consumo. Un interés por lo que hoy en día se conoce como Lifestyle. Hay una escena en la primera película de Godard que resumiría este interés por el estilo y la moda. Patricia (Jean Seberg) quiere comprarse un vestido en chez Dior, Michel (Jean-Paul Belmondo) dice que mejor le vendría comprarse uno en Les Prix Uniques. Patricia se lo compra finalmente en Dior y transcurre el resto de la película con el vestido puesto. En otro detalle en este filme, el corte de pelo a lo garçon de Jean Seberg vendría a revolucionar los estereotipos de lo masculino y lo femenino de la época y añadir un “plus-de-estilo” inequívocamente significativo.

En Une femme mariée las representaciones de la feminidad que las revistas femeninas proyectan acentúan la escisión subjetiva de la protagonista atrapada en una doble vida entre su marido y su amante. Quizás un ejemplo de este interés de Godard por la moda sea el vídeo experimental On s’est tous defilé, un encargo de la firma Marithé & François Girbaud donde el realizador francés mezcla imágenes de masas con desfiles de modelos. Lo que de otra manera puede ser denominado un “interés por la cultura popular,” en el caso de Godard se enmarca en un periodo (los 50 y 60) donde la llamada sociedad de consumo comienza a adquirir un cuerpo social hasta su posterior explosión en revuelta en Mayo del 68 al calor crítico del movimiento situacionista. Esta consumerización de la sociedad va pareja a una mayor conciencia del tiempo de ocio en contraposición al tiempo de trabajo.

Godard, atento a todas las sutiles emanaciones de lo cotidiano que acarrean ideología subterránea de su época, posiblemente sea el artista precursor de cualquier definición contemporánea de estilo.


7/04/2013

CRÍTICA: "The Whole Earth", Haus der Kulturen der Welt, Berlin

 
Portada Whole Earth Catalog, Access to tools, Fall 1968


La recién finalizada exposición “The Whole Earth” en la Haus der Kulturen der Welt de Berlín apunta a ser una de las más recordadas de toda la temporada. Comisariada por Diedrich Diederichsen y Anselm Franke, la exposición partía de la imagen de nuestro Planeta Azul en su primera representación difundida por la NASA en 1967 (captura realizada por un satélite). Un año más tarde, en la víspera de la Navidad de 1968, un astronauta de la expedición Apolo 8 realizaba una toma todavía más inquietante; la imagen del planeta Tierra vista con un trozo de la luna en primer plano. La Tierra desde otro cuerpo celestial. Estas icónicas fotografías transformaron por completo la imaginación del mundo. La investigación de “The Whole Earth” –literalmente un ensayo textual y visual transportado a un espacio expositivo–, se centra en los efectos que estas representaciones en la conciencia de la época; desde el nacimiento de los movimientos environtmentales a la contracultura hippie pasando por una renovada imaginaría en plena Guerra Fría.

Se insiste aquí en que esta imagen terráquea vino a suplantar esa otra representación especular dominante desde el final de la Segunda Guerra Mundial; la gran nube hongo de la explosión nuclear. El descubrimiento del Planeta Azul sirvió como un símbolo calibrador de prácticamente todos los sistemas de representación, desde el poder hegemónico determinado por el control del espacio a una nueva conciencia global –la antesala de la actual globalización– fundada en una noción de totalidad orgánica donde todos los sistemas aparecen interconectados. El subtítulo de la exposición resultaba en este sentido clarificador: “California and the Disappearence of The Outside”. Con ello, lo expuesto se ha centrado en las consecuencias que esta nueva imaginería en la representación y la conciencia del arte, la música, el cine así como en los movimientos contraculturales, con California como epicentro.

Stewart Brand (Ed.): Whole Earth Catalog. Access to Tools,
Spring 1969 (Backcover)


El activista Stewart Brand sobrevuela alto. Fue él quien en 1966 lanzara una decisiva pregunta a la NASA, “¿por qué no hemos visto todavía una fotografía completa de la Tierra?” Brand es aquí una figura pivotal, pues en 1968 ilustra el primer número de su revista Whole Earth Catalog con esa misma fotografía difundida por la NASA un año antes. Los sucesivos ejemplares de esta revista sirvieron como manual para los modos de vida comunitarista tan en boga en los Estados Unidos – se calcula que entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta alrededor de 10 millones de estadounidenses vivían en comunas o a partir de modos de vida alternativos. El Whole Earth Catalog ayudó a romper la oposición entre cultura, tecnología y naturaleza, promulgando una nueva concepción de la cibernética como un territorio naciente. No en vano, es en California donde el desarrollo de la informática y los ordenadores personales va a tener lugar en décadas sucesivas (léase Silicon Valley y Apple).
El siguiente proyecto de Brand ya en los ochenta, la comunidad virtual The WELL (acrónimo de Whole Earth ‘Lectronic Link), deja claro que la evolución natural del zeitgeist comunal es el mundo virtual y, claro está, Internet. Del Whole Earth Review a Wired.

La desaparición del afuera a la que se refiere el subtítulo debe entonces enmarcarse en la pérdida de hegemonía de todo lo relacionado con el espacio exterior, en una nueva configuración de los bordes en un retorno a la tierra como un todo o sistema interconectado. Las visiones holísticas, de completitud, vinieron entonces a inaugurar una nueva armonía cósmica. Esta idea de lo completo o la totalidad (aquí bajo el término whole) está desarrollada por los comisarios a partir de diferentes teorías científicas, ecológicas y contraculturales. Estas nociones sistémicas son muy ricas y abren toda una serie de interrogantes. Sin embargo, los comisarios no introducen la categoría de totalidad (totality) tal y como éste concepto ha venido dándose profusamente dentro del marxismo occidental (de Lukács a Jameson pasando por Adorno). No obstante, esta totalidad fue sugerida por el propio Franke en la conferencia al invocar la noción del Capital.

He aquí una exposición que habla acerca de los misterios de lo existencial sin ser existencialista. He aquí una exposición historicista sin quedarse en el simple archivismo. He aquí una exposición y un debate contemporáneos. Cuando ya no es posible colonizar el espacio exterior, se pasa a la colonización del alma, dijo Diederichsen en un momento. Sobre esto va el neoliberalismo; la cibernalización del alma y la subjetividad. El recorrido trazado va entonces desde las influencias de las filosofías orientales y el nuevo espiritualismo en los setenta, a los manuales de autoayuda y equilibrio Zen de cualquier directivo de marketing hoy. Siguiendo con toda esta impresionante narrativa, la conferencia se celebró los días 21 y 22 de junio en loor de multitudes. En un solo día se pasó de la eco-psicodelia al neo-liberalismo de Internet, de Marcuse en California a complejas lecturas (muy alemanas) acerca de lo “contra” y la negatividad (Hegel mediante). Un libro publicado por Sternberg Press recogerá todo esto y más. Todo un must.

* Reseña publicada en A-desk, Barcelona, 4-07-2013

* ENGLISH HERE


© Jacob Hoff / Haus der Kulturen der Welt

8/30/2010

Theodor W. Adorno y el post-punk (revisitado)


Necesitaría un meta-comentario para aclarar el post anterior, sobre todo en lo referido al porqué de la posible filiación de Adorno con el post-punk. Obviamente el interés de éste residiría en el carácter deconstructivo de su música sin por ello renunciar a sonar estilísticamente elegante. Fragmentos de jazz, krautrock, nueva electrónica y música clásica combinada con rock en un fenómeno que bebe de la idea de movimiento rupturista, avant-garde y moderno. Escuchar una banda como Gang of Four, por ejemplo, es sinónimo de entrar en un intento de auto-sabotaje formal que genera su propia forma y un estilo propio. Algo parecido ocurre con The Durutti Column, una banda post-punk que recuerda más al ritual de la interpretación mística y en directo de una orquesta o un solista de música clásica que a la comunión exacerbada entre banda y audiencia. Ejemplo de esto, Joy Division.
Obviamente, poniéndonos serios, es ciencia-ficción qué hubiera pensado Adorno, pero lo que realmente importa es observar las ideologías y su mobilidad referencial. Por ejemplo, se contextualiza al grupo The Durutti Column no a través del hilo directo con el personaje histórico español y anarquista Buenaventura Durruti, quien organizó durante la Guerra Civil Española la legendaria "Columna Durruti" que combatió contra las tropas franquistas, sino más bien mediante el cómic situacionista Le retour de la Colonne Durutti, una publicación de cuatro páginas creado por André Bertrand en 1966 en la Universidad de Estrasburgo.
Pero además, esta referencialidad pone de manifiesto la historicidad típica de las bandas post-punk, que en su devoción por las más altas cimas del modernismo estético no dejan de reproducir y reforzar todo lo que el posmodernismo viene siendo desde entonces. Una mirada nostálgica hacía el pasado que poco tiene que ver con la estética agresiva y el “no future” del punk. Más bien, el post-punk deviene una categoría periodizadora en sí misma; finales de los setenta, principios de los ochenta, esa franja temporal que señala el post-Punk de finales de los 70 y comienzos de los 80. Ese segmento temporal concreto (¿de 1977 a 1985?) albergaría en su seno un germen periodizador, en los regresos al pasado de los Nuevos Románticos, el diseño gráfico de Factory Records y el white label de las poéticas musicales mezcladas por tendencias en moda de saltos hacia atrás. Una vez más, el diseño de Peter Saville parece ser la clave estilística interpretativa: desde los primeros diseños de la Factory y  la utilización de emblemas y sellos antiguos pasando por frías y elegantes tipografías con serif hasta el primer album de New Order, Movement, una clara adaptación de un diseño del futurista Fortunato Depero (1892 – 1960), pintor, diseñador, ilustrador y demás.
Un apropiacionismo, el de Saville, que no mera ironía, más bien al contrario, se trata de un apropiacionismo del pasado completamente estilístico y subjetivo, de construcción positiva del sujeto, algo que se acrecentará definitivamente en la portada de Power Corruption and Lies, con la pintura floral de Fantin-Latour.
El post-punk, así como el movimiento cyber-punk en literatura y las películas “nostalgia” concuerdan de lleno con el diagnóstico de la lógica cultural del capitalismo tardío de Fredric Jameson. Recuerdo, de hecho y si la memoria no me falla, que en su libro sobre el posmodernismo, ya se menciona de pasada a Gang of Four.
Por lo tanto volvemos a Vini Reilly y a su “columna Durruti”, pues cuando estos sacaron su album de debut no hicieron sino reproducir el título del cómic de Bertrand, titulándolo The Return of the Durutti Column. Irónicamente cuando empezaban ya estaban de vuelta. Esto es algo muy post-punk, me explico, la ultra-conciencia de la temporalidad y de la historicidad de los movimientos musicales en su sucesión década trás década y la consciente manipulación de los clichés asociados a las modas y las tendencias como base de esa misma operación deconstructiva que está en el sustrato de su ser.
Pero para entender las verdaderas filiaciones que se derivan de, por ejemplo el post-punk y el situacionismo, deberíamos echar una mirada a otro grupo fundamental, que a pesar de que últimamente permanece un tanto en la sombra, brilla conceptualmente como un ejercicio dialéctico que auna teoría y praxis de manera caústica y totalizadora: Stereolab. La viñeta del cómic de Bertrand que aquí reproducimos bien podría servirles a ellos también.

 Texto viñeta: 
 “- ¿De qué te ocupas exactamente?

– De la reificación.
– Ya veo, es un trabajo muy serio, con grandes libros y un montón de papeles en una gran mesa.
– No, me paseo. Principalmente me paseo.”