
Solo los amantes sobreviven (Only
Lovers Left Alive) de Jim Jarmusch es un magnífico ejemplo de aquello que en
el posmodernismo significó la subversión del canon por el género (genre). El empleo del término “género” significa
aquí a su deconstrucción, aunque no es una película de vampiros lo que Jarmusch
desea desmontar sino más bien servirse del género de un modo metafórico y
también alegórico. En concreto, es la inmortalidad o el tiempo no finito lo que
el realizador desea resaltar, en detrimento de otros mitos vampíricos (hay una
alusión a los ajos). El filme no reflexiona sobre la vida eterna como un trasunto
metafísico y espiritual, y tampoco hay ninguna meditación elevada sobre la
muerte. La película es mucho más irónica que eso y apunta hacia una temática
ineludible, tremendamente contemporánea: llegados a un punto de desarrollo
económico y tecnológico que podríamos denominar como límite, donde el espíritu
del trabajo del neoliberalismo permanece como inoculado en el interior de
nuestros cuerpos y conciencias, ¿cómo podemos todavía hablar en términos de
cultura o, mucho más difícilmente, atribuir al arte y a la creación en general
una cualidad distintiva, subjetivizadora y constructora de sujeto?
Pocas veces una artefacto cinematográfico ha abordado la
cuestión de la producción y el consumo (de cultura) de modo tan problematizado.
El tema aquí es la cultura o, de modo más preciso, la incapacidad de la cultura
de nuestra época para traducir estéticamente un presente genuino sin recurrir
al historicismo del eterno retorno, la moda y el persistente reciclaje (saqueo)
del pasado; el callejón sin salida, la retromanía, el historicismo. Envuelto en
una retórica de exclusión y participación, el capitalismo semiótico nos
mantiene en un estado de permanente alerta y ansiedad. Éste parece ser el
síndrome de Adam, un vampiro artista que ha vivido durante siglos acumulando
todos los conocimientos artísticos y científicos posibles, y para quien la
inmortalidad es una condena ante tanta decepción proveniente de los zombies (el género humano).
Adam es un vampiro romántico que ha compartido aventuras
con Byron y Shelley, un artista que pasó una partitura a Schubert, quien la
hizo suya. Como músico le interesa la música funeraria y eso es lo que compone,
aunque el estilo que trabaja es más del tipo drone rock, o cierto rock progresivo
heredero de la New Wave. Resulta estimulante esta conexión para un vampiro que
ha atravesado siglos siguiendo de modo ejemplar aquella máxima de los
secesionistas vieneses de “a cada tiempo su arte, y a cada arte su libertad”. La
estética de Adam reproduce cierto clichés de finales de los setenta y
principios de los ochenta, pelo largo, ropaje negro, es decir, el periodo de
una superconsciencia de la historicidad de los movimientos musicales y la moda
mediante la imagen y la actitud, pero también el periodo del comienzo de la
atemporalidad. Esto es, un periodo que puede ser visto retrospectivamente como
coetáneo de un posmodernismo caracterizado por un modo de temporalidad cíclico
adecuada al consumo de la que todavía no hemos salido del todo. Pero
musicalmente hablando, Adam está un tanto obsesionado por la década de los
cincuenta y el momento de la electrificación del rock and roll, y su colección
de guitarras así lo atestigua. Como buen romántico, Adam cree en la idea de que el talento y el éxito
están reñidos y que una excesiva visibilidad y sobre-exposición solo puede
arruinar el halo de la singularidad estética para cualquier artista. Es huraño
y su reclusión es tanto una protección a la luz del sol como a los peligros de
la industria musical, su explotación y consiguiente piratería.
Por su
parte, Eve parece el contrapunto perfecto para Adam. Ella es una vampira de
tipo clasicista, pragmática, alguien que cree que la cultura es un bien
acumulado históricamente que debe preservarse. Viste de blanco o crema. Cabello
albino. Adam y Eve (la primera pareja bíblica) forman un Ying y Yang armónico.
Blanco y negro. Ambos viven en sus moradas, confinados y rodeados de placeres
culturales, sus únicas pertenencias. Mientras que Eve vive rodeada de libros,
la estampa de Adam es la de un artista en su estudio rodeado de aparatos de
música y tecnología analógica y que, como en el grabado Melancolia I de Durero los utensilios y herramientas alquímicos y
astronómicos, no puede eludir la insatisfacción perenne, la contemplación de la
nada y la mirada perdida. Tiempo vaciado.
Los
sentimientos de Adam y Eva permanecen encapsulados a sus cuerpos, y quizás no
haga falta decir que cualquier conceptualización del cuerpo lo es asimismo
también sobre el tiempo, no solo el paso del tiempo, sino de la temporalidad
como una experiencia del mundo exterior y también como percepción
fenomenológica, de manera que estos vampiros no están preocupados por la ansiedad
de los numerosos “fines de la historia” acaecidos en la filosofía y el
pensamiento occidental desde Hegel hasta Fukuyama, sino más bien por su
opuesto, a saber, que la historia no se termina el día de mañana ni tampoco en
la secuela de cualquier revolución. La historia, el conocimiento de la
“totalidad histórica” (esa expresión tan querida a ciertos pensadores del
marxismo) no es una suerte sino una condena: ¿Pero qué le hicieron los zombies a la historia? o, ¿cómo es
posible que los descubrimientos científicos de Nikola Tesla sobre un sistema
eléctrico alternativo fueran y sigan siendo ignorados?
En un
ensayo de hace una década titulado The
End of Temporality, Fredric Jameson sugiere que las reflexiones sobre el
espacio han desplazado durante la posmodernidad aquella otra preocupación
moderna sobre el tiempo (tan presente en la literatura como resultado del
colapso provocado por el choque de la ciudad moderna en oposición al mundo
rural que comienza a desintegrarse), y argumenta para ello el crecimiento
estadístico de incontables libros sobre el espacio en el ámbito de la
arquitectura y el urbanismo mientras que, por el contrario, nadie desea volver
a leer los ensayos de Paul Valéry. El final de la temporalidad tiene que ver,
más que nada, con la reducción al presente o, lo que es lo mismo, la abolición
del tiempo vía la cibernética y la digitalización de las formas de comunicación
y afecto así como la emergencia del “capital financiero” en el capitalismo
tardío, el cual elimina cualquier obstáculo de las barreras del tiempo y el
espacio. Esta reducción al presente (nuestro presente continuo) lo es también
del cuerpo. Un vampiro como Adam es, en este sentido, completamente alguien
antitético, un ser compuesto por múltiples temporalidades que conviven al
unísono y que, a pesar de acumular virtuosismos técnicos prodigiosos con el
violín a la Paganini está siempre atento a admirar la creatividad de las formas
musicales del tiempo presente como bien indica el chiste privado sobre Jack
White (The White Stripes). La reflexión crítica que la película de Jarmusch da
lugar apunta precisamente al continuo presente o al colapso cuando se piensa en
el futuro, de unas formas culturales las cuales únicamente reproducen su propio
pasado. En este sentido, ¿no es acaso Jack White un mero epígono de ese momento
vibrante de la electrificación guitarrera del rock and roll de los años sesenta
y setenta que Adam tanto venera?