No sabemos lo que dos estetas de lo cotidiano
como Adolf Loos y Roland Barthes, de vivir en nuestros “tiempos interesantes”,
hubieran dicho sobre esta moda reciente del consumo obsolescente, a saber, esas
magdalenas decoradas también llamadas cupcakes.
Seguro que ambos hubieran tenido algo que
decir; el primero podría tranquilamente sacar su arsenal violento
anti-ornamental, desquiciado por la fantasía gratuita y decorativa de dichas
magdalenas, mientras que el segundo bien podría referirse al desplazamiento de
los usos y las costumbres en Occidente. A falta de ambas reflexiones, solo nos
queda estudiar el fenómeno sin la menor de las culpabilidades. Los cupcakes son esas magdalenas
coloridas y decoradas en su cabeza que comienzan a aparecer en centros urbanos
masificados de consumo elevado, de manera que su simple aroma ya denota una
inmediata gentrificación de la zona; también se las puede rastrear en la
publicidad, a través de blogs o en talleres especializados. En su apariencia
resultan inofensivas; graciosas pequeñas magdalenas embutidas en su papel de
molde con azúcar glaseado y coloreado y con un exceso de creatividad. Su origen
parece ser anglosajón. Sin nada en contra de su sabor (el bizcocho y la
magdalena siempre se mueven en un radio gustativo más que agradable) lo que las
hace realmente detestables es su gratuita iconicidad que sencillamente encumbra
la vaciedad del consumo y la publicidad.
Un cupcake sería como un dulce
posmoderno a la vieja usanza, esto es, un objeto diseñado que significa para la
moda y el estilo actuales lo que en el dominio de la arquitectura fueron el
pastiche (Jencks), el regreso de la decoración y el ornamento (Venturi), o
incluso el kitsch (Graves). Desde un punto de vista artístico y cinematográfico
también tiene referentes; sin duda Warhol lo hubiera empleado o, ¿quizás haya
que encontrar en esa cima de la ironía post-posmoderna como es Maria
Antonieta (2006) de Sofia Coppola su precisa apropiación contemporánea?
Recordemos la escena en la que a ritmo de “I Want Candy” de Bow Wow Wow se
sucede una orgía coloreada de zapatos y pasteles. Pero quizás la emergencia
actual del cupcake, en tanto indicador de la moda retro tan en boga,
parecería señalar no un retorno estilístico sino más bien un cambio en los
hábitos de consumo que ya no encuentran en las franquicias globales tipo
Starbucks o Costa’s un reclamo para una nueva clase de jóvenes expertos con
auténticos radares para detectar lo alternativo, lo nuevo-viejo y las
semióticas de estilo más sofisticados. Este consumidor es el hipster, y son legión. Del
mismo modo que un bigote hipster es uno que se lleva irónicamente, por motivos
cómicos o estéticos, los cupcakes son “productos” igualmente irónicos, cuyo
exceso ornamental únicamente sirve a la gratuidad de una creatividad
retroalimentada y sin ninguna otra aspiración que la del perpetuo consumo.
* Publicado en a-desk, 26-01-2012