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5/01/2013

Dime lo que me das y te diré lo que hago (2000)


La preparación de una conferencia inminente alrededor de la crítica institucional y la obra de Andrea Fraser (para el MACBA de Barcelona) me ha recordado este texto escrito en el año 2000, y que considero oportuno sacarlo ahora. Escrito en París, da cuenta del zeitgeist del periodo, al mismo tiempo que señala la necesidad de reconocer los legados críticos dentro del arte contemporáneo para el establecimiento de cualquier prácticas artística. En aquella época a esta clase de texto crítico, o de crítica, desde el contexto vasco algunos lo denominaban como “crítica escrita por artistas”, o “crítica pop”. En esta nueva crítica, la voluntad expositiva y el deseo de refundar el género del reportaje periodístico primaban por encima de cualquier voluntad teórica. Afortunadamente, la década de los 90 supuso el final de los compartimentos estancos y el nacimiento de la multiplicidad de roles y funciones (de los que el texto se hace eco). Ello conllevaba el final de las jerarquías y la disolución progresiva de los núcleos de poder. Roles diversos que aparecen en la propia voz del escrito, en el autor: artista, crítico, comisario, post-estudiante, espectador y participante de una efervescente escena artística local pero también internacional. Su carácter "impresionista" se debe a esta variedad de roles en un mismo cuerpo.

La situación del textito hay que localizarla cuando la “estética relacional” como concepto no había todavía calado en España y cuando el comisariado por estos lares empezaba tímidamente a aparecer. Tampoco la teoría y el discurso habían alcanzado el estatus que ahora ocupan en la enseñanza del arte y en los cursos de post-grado.
Fue publicado en el catálogo Liberalt? Cultura y Globalización que daba cuenta de las jornadas y la exposición del mismo título desarrolladas en la primavera del mismo año en la Galería Trayecto, Vitoria-Gasteiz. 

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Una de las cuestiones de debate actualmente es el hecho de que muchos artistas desean trabajar o experimentar en el “espacio real”, ahí donde las decisiones económicas y sociales tienen lugar. Trabajando a escala 1:1 con la realidad, existe la consideración de que es posible mostrar la insuficiencia de las estructuras del arte para así entablar un diálogo en una sociedad mediatizada por los sistemas de comunicación visual ante los cuales, el arte parece sentirse impotente o cuando menos en inferioridad de condiciones. Cuando las economías paralelas han contagiado todas las capas del contexto artístico, puede ser interesante el comprobar hasta qué punto está instalada en la conciencia colectiva el reconocimiento de que el camarero que te sirve café todas las mañanas pueda ser un artista. En estos últimos años algunos artistas han trabajado ofreciendo respuestas a una condiciones económicas y contextuales preestablecidas de antemano o sujetas a la negociación. El lema ha sido: “dime lo que me ofreces y te diré lo que hago”.

La convicción de que una obra de arte es, según Lawrence Weiner, ante todo un “trabajo”, que debe ser evaluado como tal, ha destapado las estrategias de pre- y post-producción de las obras y los proyectos artísticos en general. Hoy en día un artista no sólo debe realizar una “obra”, sino también debe re-imaginar (y si es preciso reinventar) el contexto de su propia actividad, e inevitablemente esto conlleva la revisión del marco institucional en el que se inscribe. Una de las respuestas a esta situación es el “artists providing services”. Cada vez son más los artistas que trabajan en calidad de servicios, ofreciendo y poniendo a disposición del público un conjunto de prestaciones, u ocupándose de alguna función añadida tanto dentro de los espacios habituales de exposición como fuera. Este tipo de trabajo está estrechamente unido al factor económico, pues todo el mundo está acostumbrado a pagar por un servicio recibido. Aquí los conceptos clave son los de ofrenda, recepción y mediación. Muchas de las veces, este servicio es de carácter simbólico, y ni sustituye ni suplanta el efecto de una función social, solamente se apropia de ella o la simula. En otros casos se pretende que este servicio tenga un efecto real, ya sea en las propias estructuras económicas del arte o en otras zonas de la vida social. En cualquier caso, esto no garantiza una rentabilidad segura ni el éxito en términos económicos. Más bien, genera una plusvalía en el interior del proceso estético y económico en el que se inscribe: el marco institucional o la legitimación del discurso del arte.

Para un artista, el adoptar simbólicamente (y también de forma práctica) diferentes roles al mismo tiempo puede ser un modo potencial de reinterpretar su propia actividad en el seno de un contexto más amplio. Por ejemplo, el utilizar el rol de un empleado en una administración cualquiera puede cuestionar la manera en la que los artistas se presentan, son presentados y representados cara a las instituciones y las estructuras de poder. Los ejemplos son numerosos y van desde la adopción del rol de guía turístico, al coleccionista de arte o al periodista infiltrado. Por otra parte, la emergencia y la notoriedad de la figura del curator durante los noventa (y el rol de artista-como-curator) podría ser entendida desde esta misma perspectiva de servicio.

Sea cual sea el caso, estos trabajos son inseparables de una reflexión sobre las condiciones político-institucionales en las que se desarrollan. Como consecuencia, este arte-como-servicio (art-as-service) ha hecho visibles aspectos en el interior de los museos, galerías, inauguraciones y la propia red de comunicaciones del contexto artístico. Los ejemplos son numerosos y conocidos. Desde los sistemas de seguridad de Julia Scher, los bares y el trabajo educativo con niños de Rirkrit Tiravanija, el mobiliario de Jorge Pardo, las plataformas “a alquilar” puestas a disposición del público por parte de Plamen Dejanov & Swetlana Heger, o incluso la intervención de Vito Acconci Studio en la última Documenta X a modo de librería y biblioteca. Andrea Fraser ha basado gran parte de su trabajo adoptando el rol de guía, y ha realizado visitas guiadas en diferentes museos y exposiciones de grupo utilizando los códigos del didactismo puestos en marcha por los museos para hacer visible el sistema de seguridad, explicando qué se oculta detrás de las paredes, tanto la infraestructura del personal y su regímenes económicos como los complejos sistemas de seguridad. Esta parodia revela aspectos del museo como una pieza de la maquinaria al servicio de la industria cultural por encima de su discurso idealizado.

Hablando de la exposición Damaged Goods en el New Museum de Nueva York en el verano de 1986, Andrea fraser dice: “El New Museum comenzó su Docent Program porque, bien, ah, para decirles la verdad, porque todos los museos tienen uno. Es solamente una de esas cosas que hacen de un museo un museo… pero el New Museum tiene otras cosas en común con otros museos… tiene una librería, una tienda de regalos”.[1] Fraser es una de las artistas clave para entender el concepto y el desarrollo del “artists providing services”, una respuesta a la llamada crítica institucional desarrollada en décadas anteriores. 

Esto me recuerda a una anécdota sobre una performance colectiva que realizamos en la “Salle Blanche” (su propio nombre dice mucho al respecto) del Musée des Beaux Arts de Nantes, en 1998, dentro de un marco de actividades más amplio, y que consistía en instalar un mercadillo de feria con toda clase de objetos de los que nos queríamos desprender; vino, humo, salchichas asadas, emisoras de radio activadas y baratijas por el suelo desparramadas en mantas. Entonces discutíamos colectivamente el sentido de hacerlo y el por qué. Uno de los artistas era escéptico porque creía que tal intervención cuestionaba al propio museo que nos acogía e invitaba y que eso podía generar confusión. Al final lo hicimos. Nosotros lo que queríamos era sólo ganar un poco de dinero y pasárnoslo bien, no tanto cuestionar el funcionamiento de un museo clásico por el simple hecho de introducir una economía paralela en su interior. No importaba realmente si aquello era o no era arte porque las instituciones y los museos han asumido ya todo esto. Este “efecto Tiravanija” lo muestra: se ha vencido definitivamente al white cube. Ya no hay novedad en criticar, como en los sesenta y setenta, porque los sistemas de legitimación han cambiado. Los museos han asimilado completamente la crítica institucional como parte de su propio desarrollo y expansión, como algo necesario a fin de que su función pueda convertirse en una pieza añadida dentro de la maquinaria de la industria cultural.

Al mismo tiempo, a nadie se le escapa que en muchas ocasiones el lugar más seductor e interesante de las galerías nos son sus salas, sino los mostradores de atención al público y su espacio de oficina. El concepto mismo de galería de arte está cambiando y adaptándose a toda una red de servicios que componen la industria cultural. Las galerías también ofrecen cierta clase de servicio. Con motivo del cambio de local de la galería Neugerrreimschneider en Berlín-Mitte los galeristas instalaron en la sala central una larga mesa que ocupaba casi todo el espacio, el mobiliario era de Jorge Pardo y se podía contemplar de cerca toda la actividad interna, documentos y archivos de la galería, entablar conversaciones con los galeristas o husmear en la biblioteca. Esta transparencia convertida en servicio temporal no ocultaba el hecho de que al fondo se encontraba la exposición de grupo, para la cual el propio Pardo diseñó la tarjeta.

Informar es otra clase de servicio. Es interesante comprobar cómo los artistas usan las propias formas y códigos de presentación de las instituciones y sus áreas burocráticas. Por ejemplo, ahora es muy fácil ver sets de información a disposición del público que van más allá de la cuestión pedagógica o meramente informativa tanto en museos como en galerías. Salas de lectura, stands de autoservicio, presentación de documentos, archivos, despachos o videoclubs improvisados. Como el proyecto Reading Room de Douglas Gordon, en el que el artista instaló unos puffs y una selección de libros y películas de vídeo a disposición del público. Pero éste es un ejemplo edulcorado con cualquier modelo heredado del arte conceptual (o de la “estética de la administración”, en palabras de Benjamin H. Buchloh) puede ser un término válido para este tipo de presentación de documentos como huella de un servicio. Otro ejemplo de esto sería el set de información META, puesto en marcha por Ute Meta Bauer.

Cuando en 1997 organicé una exposición en mi apartamento de San Sebastián en la que participaron una docena de artistas, estaba creando una situación de atención al espectador, desempeñando los roles de anfitrión, organizador, artista, curator, guía de la exposición (y de la casa) y amenizador. Instalé una escultura a modo de mesa de recepción, el artista José Ramón Ais me realizó un traje cool, e Ibon Aranberri diseñó la mitad del flyer compartiendo así los gastos. Todo este evento era muy espontáneo y entonces no era del todo consciente de este factor servicio. Por ejemplo, actualmente todo el trabajo de Asier Pérez González está orientado hacia la puesta en marcha de dispositivos que ofrezcan cierto tipo de servicio en el interior de las estructuras con las que trabaja. Esto exige situarse muy cerca de estas estructuras, revisando incluso su propio funcionamiento. Desde su proyecto Maison Musée (Nantes, 1996), a Hola en la sala rekalde, Area 2 (Bilbao, 1997), Plastic Bag para Casco (Utrecht, 1998), y el Efficace et commode en el CAPC (Burdeos, 1999), hasta el más reciente proyecto de creación de una sociedad limitada junto a consonni en Bilbao. En el caso de Efficace et commode, proyecto de colaboración con consonni, se trataba de un meta-servicio, en la medida que utilizaba la propia colección de piezas del museo con un sentido práctico o de uso y una lista de artistas que trabajan en esa misma línea. Como añadido, la presentación era 100% estética conceptual. Si hoy en día el arte vuelve su mirada hacia el diseño gráfico y a la comunicación visual producida por las agencias de publicidad, es porque éstas pueden tratar problemas de carácter contemporáneo y al mismo tiempo tener una plasmación en la vida cotidiana desde la perspectiva del servicio prestado. Pero, no debemos olvidar que esta cultura crítica de las imágenes y los signos proviene precisamente desde las mismas prácticas artísticas.

Creo necesario tener esto en cuenta, cuando muchos artistas intentan dejar el arte para acceder a “lo real”. Es ahí donde las diferencias entre producción y difusión, exposición y proyecto, arte y diseño, contexto artístico e industria cultural, objeto y servicio tienen lugar.
Es importante estar atentos a la evolución venidera de esta práctica que proporciona servicios, ya que está siendo rápidamente asimilada y convertida en un recurso fácil, y que bajo la excusa de querer incidir en los mecanismos de lo real, no evidencia más que su propio confinamiento dentro del sistema del arte y su nula interacción con la sociedad.

Crítica institucional, Art&Context, “artists providing services”, la especificidad del lugar, arte basado en el dominio público, arte orientado hacia la comunidad, o la participación del espectador que ha desembocado en la desafortunada fetichización del término “estética relacional”, son algunos de los conceptos clave con los que el arte viene jugando en los últimos treinta años. Una vez más, es conveniente viajar al pasado para investigar la genealogía que dio origen a las prácticas del arte conceptual y a sus consiguientes ramificaciones, y así analizar dónde se producen los retornos críticos.


(París, febrero del 2000)


[1] Citado en Discussions in Contemporary Culture, Number One, editado por Hal Foster, Dia Art Fundation, Bay Press/Seattle, 1987.