Mostrando entradas con la etiqueta Christopher Nolan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Christopher Nolan. Mostrar todas las entradas

7/07/2018

"Following" (1998), Christopher Nolan






La opera prima de Nolan, Following, es un artefacto que aloja todos los secretos de su posterior filmografía. En un momento del filme, Cobb dice: todos tenemos una caja. La caja a la que se refiere Cobb es un repositorio o un muestrario, un display dice, de objetos personales que son al mismo tiempo recuerdos. Esa caja es una metáfora de la memoria y el tiempo que Nolan no ha dejado de emplear en ninguno de sus posteriores películas. Nolan es, ante todo, un cineasta posmoderno para quien los géneros cinematográficos tienen un componente alegórico. Sin embargo, a diferencia de otros cineastas para quienes la citación y el apropiacionismo del genre es un recurso de distanciamiento y comentario crítico, Nolan elabora un cine que podría definirse como dialéctico. Following es, lo sabemos, un filme neo-noir: hay en su forma y en su contenido un estilo retro. No obstante, lo interesante de esta estética que remite al cine negro gánster es tanto una cuestión de estilo como de necesidad. El propio cineasta se ha encargado de comentar cómo se rodó, a saber, con apenas presupuesto y echando mano de amigos, rodando en las casas de sus padres y en la calle sin pedir permisos con una Bolex en la mano. Incluso su entonces novia Emma Thomas, sale en tres o cuatro ocasiones. Debido a la falta de presupuesto, Nolan decidió rodar en blanco y negro, usando luz natural y rodando en interiores de noche con apenas dos focos artificiales, por lo que tenía que echar mano de luz artificial y exagerar los contrastes. Usando una película en color, no hubiera podido sortear los problemas de iluminación. El blanco y negro, sin embargo, le permitía acometer sus propósitos a la vez que proporcionar a la historia esa estética que tan bien le va: Neo-noir retro.

El siguiente aspecto que aparece aquí como fundamental es el uso del tiempo no lineal; marca de la casa Nolan. Debe de ser todo un rompecabezas la forma de escribir los guiones. Reescribir una y otra vez, ensayar mucho con sus dos actores/colegas como única manera de
sortear las limitaciones de presupuesto. Dice Nolan que la realidad no aparece de manera lineal y que en cualquier situación pensamos dentro de un pequeño desorden donde las ideas fluctúan adelante y atrás. Following resulta ejemplar en este sentido, y el momento en el que Nolan consigue hacer de un contenido o una trama estereotipada una realización conseguida pertenece a ese momento tan difícil de alcanzar que es la dialéctica de la forma. El cine de Nolan hace prevalecer la segunda vez, el segundo visionado. Mientras que en una primera mirada la atención queda fijada en la narración y en buscar sentido al pequeño puzle allí dispuesto, la segunda vez el espectador puede observar o la psicología de Cobb o el joven que se hace llamar Bill, o también, por qué no, en la manera de orquestar la forma misma del filme. Junto con el montaje “desordenado”, el DVD de Following contiene un visionado lineal. He visto las dos versiones y he de decir que la lineal es la explicación del contenido de la no lineal. El espectador contemporáneo ha desarrollado un agudo sentido de la narración y para él/ella las narrativas no lineales ya no contienen ningún misterio. Y Following es de 1998, veinte años atrás antes de que el cine por cable y las series hubieran llegado para adiestrar al espectador en los vericuetos de la no linealidad. Nolan se afirma ya entonces como un mago, un ilusionista del cine y la temporalidad.

Si tuviéramos que hacer un inventario de los rasgos formales y temáticos que introduce Following y que reaparecen en su posterior filmografía, el listado no sería breve. Los fans de Nolan ya han reparado en numerosas ocasiones, es de suponer, la presencia del logotipo de Batman en la puerta del apartamento del joven muchacho aspirante a escritor. En retrospectiva, ese detalle premonitorio actúa como un significante del tiempo histórico (¿a la Walter Benjamin? El caso es que Nolan aparece ya en Following como un autor de pleno derecho, alguien para quien el cine es un arte temporal más que espacial (sobre esto Jameson tendría algo que decir sin ninguna clase de dudas, pues para el teórico, el cine es esencialmente un arte espacial y, con ello, es un arte favorecido en el posmodernismo o tercera fase del capitalismo tardío).

Con Following, el círculo de películas de Christopher Nolan se ha completado para mi mirada. Su cine es, he de reconocerlo, mi favorito de todos los contemporáneos, y hace juego en mi imaginario con el de ese otro gran autor, de indudable influencia en Nolan, y que es el también británico Nicolas Roeg. A ellos les debo el placer de un cine en el que la memoria lo es todo.


4/30/2018

"Are you watching closely?"

The Prestige, Christopher Nolan, 2006


Dunkirk, Christopher Nolan, 2017

8/07/2017

Nolan y la emoción. A propósito de Dunkerque




Christopher Nolan ha introducido la no-linealidad en el cine comercial o mainstream. Por no-linealidad me refiero al empleo del tiempo fílmico, aunque es cierto que hace tiempo que el cine posmoderno y la televisión acostumbraron al espectador a comprender la complejidad narrativa como marchamo de calidad cultural, y que ahora el consumo de linealidad prácticamente se desecha como quien arroja a la basura un producto caducado. Esta no-linealidad es una de sus marcas personales ya desde Memento (2000), quizás la película que mejor refleja los desordenes en la memoria como metáfora de una época abocada al fin de la temporalidad. Sin embargo no-linealidad, complejidad y calidad no siempre van de la mano. (1)

Dunkerque (2017) nos ofrece la posibilidad de contemplar tres ejes temporales (una semana, un día, y una hora) en un relato de narrativas paralelas que acaban alineándose experimentando el espectador diferentes expresiones del tiempo simultáneamente. ¿Quizás una visión de paralaje? (2) Estamos ante un ambicioso ejercicio cinematográfico y estilístico que coge como tema un acontecimiento histórico. Empero no se trata de una reconstrucción historicista y/o realista de este acontecimiento (el sitio de 350.000 soldados aliados por los nazis en las playas de Dunquerque en primavera de 1940 y la dramática evacuación de una parte de los soldados británicos). Aunque a primera vista podría parecer que el tema es ajeno a Nolan (la trilogía de Batman, Origen, e Interstellar), el resultado confirma que estamos ante una producción nolaniana, una pieza de orfebrería con el tiempo como protagonista principal.

Nolan ha emergido como una figura controvertida que no deja indiferente en un contexto cinematográfico vacío de nombres capaces de arrastrar a las masas al cine y todavía mantener una originalidad y un sello de autor. Este carácter de autor resulta innegable, pues a pesar de trabajar temáticas distintas, resalta un estilo, una imaginería, una forma de hacer y un repertorio de obsesiones. Algunos de estos son temas son la memoria y sus desordenes, historias no-lineales, desdoblamiento de la personalidad, punto de vista subjetivo, puzles, ambigüedad moral, finales abiertos, y demás. Al igual que Interstellar (2014), Dunkerque es un blockbuster de autor. Este oxímoron se convierte en manos de Nolan en su rasgo más característico. Este factor de masas desata las expectativas al extremo. Presentada como cine bélico, Dunkerque es más cine de suspense o thriller. El género es una cortina de humo que desvela las tensiones entre forma y contenido, esto es, la imposibilidad de reflejar un hecho de historia al que no tenemos acceso, pero al mismo tiempo buscar la manera de hacerlo. Nolan sabe que cualquier intento de interpretación, lectura, escritura y re-escritura es un acto parcial, y que explicar el pasado con categorías del presente es una deshonestidad intelectual. Una película es una forma que escoge y deja fuera muchas otras cosas. Es antes que nada un enfoque, una selección, un recorte que se justifica no en relación a una fidelidad moral o histórica sino que, única y necesariamente, se somete a sus establecidas leyes propias e internas. Un filme es un filme es un filme, etc.

Esta película parece incurrir – según algunos críticos y espectadores – en faltas graves de representación histórica. Algunas de estas críticas se fundamentan en inexactitudes de tipo cuantitativo: no mostrar todo el horror vivido; la pobreza de los medios… pues solo aparecen tres Spitfires, un Heinkel, unos pocos Stukas además de una sola fragata; o que en ningún momento se llega a ver 350.000 soldados a la vez en las playas normandas. Resulta igualmente típico del espíritu de los tiempos oír acerca de las discriminaciones y los no representados: Francia se molesta porque se ningunea a los franceses (o se los presenta como cobardes); se le acusa también de no incluir soldados de origen africano e indio en el lado británico siendo ésta una potencia colonial; hasta hay gente a quien les incomoda que no aparezca el enemigo nazi, aquí “enemigo invisible” (aunque sí aparecen en la escena final cuando capturan a Farrier).




Pero la máxima obstinación interpretativa llega cuando se lee Dunkerque desde la perspectiva del “Brexit”, como si Nolan y su equipo hubieran decidido hacer esta producción después de junio de 2016…. Es en este punto cuando “los intérpretes”, esa horda de atropelladores de películas (como bien dijera Susan Sontag en Contra la interpretación) comienzan a debatir si Dunkerque es pro-“Brexit”, pro-europeista, anti-guerra o lo que sea. Dado que estamos ante una película emotiva que juega con los sentimientos, las interpretaciones fácilmente se pueden asociar con el nacionalismo patriótico y la coyuntura actual del Reino Unido versus la Unión Europea, y demás actualidad socio-política mundial. Pero en el colmo de la manipulación instrumental, hay quien incluso se atreve a leer toda la filmografía nolaniana y al propio cineasta como un propagandista Tory, situando Dunkerque en el género del “Tory porn”. Este debate estéril está marcado por un presentismo que contribuye a crecer las estadísticas de blogs y tabloides en horas bajas a través de su amplificación en las redes sociales (e incluyo aquí a The Guardian). (No, que al ínclito Nigel Farage le haya gustado la película y haya escrito un tuit no puede, de ninguna manera, ser un argumento a favor ni en contra de la película). Las opiniones son volátiles y circunstanciales, y siguen siempre la corriente de hacer ver qué es lo que falta más que qué es lo que se nos presenta ante nuestros ojos. No hace tanto se condenaba a cualquier autor por ser ambiguo o por mantener su arte en la ambigüedad ideológica, mientras que ahora la ansiedad por la interpretación demanda, casi imperativamente, dilucidar el mensaje oculto dentro de los parámetros tranquilizadores de lo políticamente correcto, o que al menos no exista margen a la lectura equivocada. Una vez más el dilema de la interpretación recae sobre la prevalencia del contenido sobre la forma.

Dunkerque no sustituye a ningún documental ni a ningún libro de investigación sobre lo acontecido. Si se quiere ver una auténtica película bélica con sangre y dolor, Salvad al soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg cumple los requisitos. Dunkerque se centra en unos pocos personajes y en una estructura formal delimitada. No sabemos nada de estos personajes (su pasado, sus vidas), y la película no nos narra al final en texto (para conmover) el destino de éste o aquel personaje. Un soldado cualquiera es aquí el vehículo que permite identificarnos con él, y a través suyo, con muchos como él. Las convenciones del cine bélico heroico (algo muy norteamericano y Hollywoodiense) se abandonan aquí en aras a una producción más europea. El suspense es más Hitchcook en la etapa inglesa. Pero ahora cabe preguntar acerca de la diferencia entre historia y mito. ¿Cuándo un acontecimiento histórico deviene un mito, de manera que éste aniquila prácticamente todo intento de su representación? Es en este punto que podemos convenir, como lo hace Jameson en The Political Unconsciouss. Narrative as a Socially Symbolic Act (1981), que la Historia (con mayúsculas) quizás no sea un relato, aunque solo nos es accesible como una forma narrativa o a través del relato. (3) En algún medio se ha dicho (no sin acierto) que es una película épica pero en una escala íntima. El género épico ya fue analizado por Lukács en su estudio sobre el realismo, y Dunkerque sigue las convenciones del género y la tipicidad necesaria para pasar de lo individual (el protagonista principal, sin nombre en la película) a lo colectivo. Se trata de un ejercicio formalista que genera un efecto de realidad, de estar metido dentro de la guerra, psicológicamente incluyendo en muchas ocasiones el punto subjetivo de la mirada, como en las escenas de combate de avión. Pero si hay un inconsciente político en Dunkerque, éste no está en la interpretación ideológica de su guión, sino en la inversión de prioridades que sitúan al tiempo en el centro de la escena, y con ello servir de antídoto contra el presentismo, esa condena a reducir toda nuestra esperanza, todo nuestro horizonte de interpretación a un presente continuo aplanado y circunstancial, sin pasado ni futuro.

La cuestión del realismo es aquí un asunto relevante: algunas críticas desde el plano de la insuficiencia representacional vienen del hecho de que el director rechaza usar efectos especiales o CGI (computer generated image). Aplicando CGI tres Spitfires pueden ser cuarenta. Nolan se caracteriza por rodar en distintos formatos de película o celuloide (todavía) (y Dunkerque es la más matérica de todas), una cualidad artística que desaconseja por completo su visionado fuera de la sala de cine. Cuanto menor es el uso de imagen digital mayor es el realismo de la textura de las cosas y la plasticidad de la imagen. Por el contrario, un uso masivo de CGI puede espectacularizar e incluir más en menos, pero aleja la mirada de lo factual dirigiéndola hacia un realismo fingido, artificial y falseado. Hay aquí sin embargo un énfasis en lo artesanal y manufacturado, que es el origen primero (aun inconsciente) del afecto y la emoción. La ambición no es tanto la búsqueda de una representación abarcadora, sino el placer y el riesgo de rodar con Spitfires auténticos retirados del vuelo desde los años sesenta; rodar todas las escenas aéreas en el aire en vez de en cabinas de simulación; conseguir un grado de realidad en cada plano y cada objeto; una bota, la espuma de la playa, el espigón, un agujero, etc. Esta atención al detalle y visualidad extrema es la que renueva el historicismo más que el guión propiamente. En un análisis de Dunquerke como “texto” surge una serie de categorías narrativas que se ponen en juego bajo la forma de superposición sincrónica, tensión, contradicción y cosas del estilo.

Este cine de Nolan tiene un componente formalista y auto-consciente. Imagen y sonido son la fuente de esta forma donde el guión – guía suprema del cine de Hollywood – funciona como un elemento más. Es esta instancia de superposición de imagen y sonido donde se genera la emoción. Dunkerque apunta tanto al corazón como a la cabeza, para estar seguro, pero llega allí a través del sistema nervioso central. La banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch percute implacable y sin descanso en el sistema nervioso, a unir la belleza de las imágenes (sin en ningún momento escorarse hacia el manierismo). Ya en Interstellar el sonido jugaba un papel preponderante, al elevar los decibelios un poco más allá de lo normal. Sin embargo aquí, el diseño de sonido (más que banda sonora) se entrelaza indisociable con la imagen, formando una unidad que refuerza la forma del filme. (No lo olvidemos, la premisa aquí es que estamos delante de un blockbuster, con todo lo que esto significa). Aunque en la historia del cine hay diferentes teorías sobre lo sonoro, en esta obra se aspira a una Gesamtkunstwerk (u obra de arte total), de manera que Dunkerque es también una sinfonía desde el minuto uno hasta el último. El sonido es el origen de la emoción tanto más que la imagen, y el sonido de sirena de un Heinkel o el ruido metálico de las balas tienen el mismo grado de facticidad que las cosas y texturas representadas, esto es, materia. Es aquí donde puede decirse que más que vintage y citacional, Dunkerque es más moderna que posmoderna (y sabemos que las obras maestras son más exclusivas de la primera que de la segunda). Siendo su sustancia el tiempo y la materia, su recepción y lectura aspira a no ser consumida en la coyuntura del presente. No hay ironía, no hay cinismo, y esto es algo que a mucha gente incomoda. Si bien la resistencia al engaño de los sentimientos es legítimo (y yo mismo desconfío del sentimentalismo del cine mainstream), la disposición y apertura a la emoción es un estado vital a la hora de imaginar cualquier visión de futuro. Esto es lo mismo que encontrar briznas de utopía en la cultura de masas aunque hablen, como en este caso, del pasado.


--------------------
(1) Un claro ejemplo de esto es la película La llegada (2016), dirigida por Denis Villeneuve, y que tan buena acogida tuvo el año pasado entre crítica y público, la cual hace uso de algunas convenciones de la ciencia ficción “temporal”, mezclando al Spielberg de Encuentros en la tercera fase, toques de Malick, Contact de Sagan y también Nolan en una ensalada indigesta y relamida de sentimentales flashbacks que se desvelan son flash-forwards, etc.
(2) En su libro Visión de paralaje (Fondo de Cultura Económica, 2004), Slavoj Zizek define el paralaje como el desplazamiento aparente de un objeto causado por un cambio en la posición del observador. En este sentido, la multiplicidad de puntos de vista y ángulos, así como tiempos, para un mismo acontecimiento, es uno de los rasgos de Dunkerque.
(3) Traducido al castellano como Documentos de cultura. Documentos de barbarie (Antonio Machado Libros Madrid, 1989).


3/17/2015

Espacios de lo posmoderno. "Batcave" o la oficina de Batman.




La cuestión de si la arquitectura de nuestro tiempo fomenta el caos y por el contrario el orden no debe subestimarse. De las arquitecturas fílmicas más atractivas de los últimos años destaca la trilogía de Batman de Christopher Nolan (Batman Begins, El caballero oscuro, El caballero oscuro: la leyenda renace). Gotham ha sido siempre una metáfora de la ciudad posmoderna y el urbanismo atravesado por el poder y el capital. No hace falta que a los rascacielos se les de una impronta futurista. Gotham es la retícula espacial donde el bien y el mal luchan una batalla moral. En Gotham, sin embargo, destaca una arquitectura subterránea: Batcave. Una arquitectura del orden, pureza de líneas, frente al caos de la ciudad posmoderna, nocturna e interconectada.

Batcave resulta interesante por una multitud de aspectos, pero principalmente el reciclaje de un espacio industrial proporciona al espacio una patente posmoderna típica de la ciudad post-industrial en proceso de adaptación a una nueva economía. Cuando me refiero aquí a “posmoderno” no quiero resaltar ninguno de esos detalles estilísticos historicistas asociados al estilo posmodernista en arquitectura. Evidentemente Batcave carece de cualquier asociación  de “estilo” en ese sentido. Más bien me refiero al paradigma de la ciudad en la nueva economía del capitalismo tardío donde lo cultural y lo económico se fusionan hasta hacerse indistinguibles. Batcave es brillante y diseñado como con ojo láser. La oficina de Batman. Un falso techo traslúcido corta el espacio vertical situándonos en un plano horizontal. El contraste entre el uso anterior de este espacio industrial del que aun conserva la pátina mugrienta y la claridad y limpieza del techo es sencillamente clarividente.

En el contexto del arte puede considerarse el primer “cubo blanco” el edifico de la Secession en Viena construido en 1897 por Joseph Maria Olbrich. El uso de cubiertas translúcidas para la entrada de luz natural a los espacios expositivos puede verse como un avance indiscutible en la historia de las exposiciones. Desde entonces, el estilo racionalista y la arquitectura moderna adaptaron la techumbre o el panelado translúcido como ideales para la exhibición de arte moderno. No pocos Kunsthalles y Kunstvereins germanos han seguido por esta senda.
Batcave es, en este sentido, el producto de una intersección semántica de alto calado: por un lado la tendencia actual de apropiación de espacios industriales en decadencia para su reconversión en la nueva ciudad posmoderna y por otra, la apropiación del ideario de la transparencia típica de la arquitectura moderna. Todo ello aplicado a un bunker, un espacio al margen de la ley pero combatiendo su ineficacia y falta de legitimidad. Un espacio secreto que oculta pero que clama por la necesidad del restablecimiento moral del orden.


Podría argumentarse que Batcave recuerda al uso de la luz translúcida en el Kunsthaus de Bregenz de Peter Zumthor, donde el contraste entre las paredes de cemento y la techumbre iluminada otorgan una sensación aurática y experiencial. Pero la radicalidad de Batcave está en que todavía no es un espacio para la cultura. La oficina de Batman funciona como un módulo conceptual que es en sí misma una obra de arte y una arquitectura al más alto nivel. Desconozco la mente que está detrás de este diseño. ¿Acaso el propio Nolan? Un último rasgo a destacar es el de la horizontalidad, es decir, el achatamiento del espacio a la altura de la mirada, un aspecto éste que es propio de un modo de visión ciencia-ficción. Batcave es un espacio sci-fi, posmoderno e indicador de las transformaciones de la ciudad y la arquitectura en nuestro tiempo.

Interior de la sala de exposiciones del Kunsthaus Bregenz de Peter Zumthor.


12/29/2014

Releyendo Interstellar

Uno de los momentos culturales del año para quien aquí escribe ha sido Interstellar, película dirigida por Christopher Nolan. En este artículo publicado en El Estado Mental dejé escritas algunas impresiones después del visionado y procesado del filme. Se trata de una de esas películas que siembra una pequeña semilla en el interior que con el paso de los días comienza a brotar dentro. Al mismo tiempo, la película ha generado bastante debate en distintos foros y redes sociales. Como sucede con el cine de Nolan, tampoco esta película ha dejado a nadie indiferente. Las reacciones van desde la entrega al rechazo más absoluto, desde la rendición al escepticismo. No cabe duda de su ambición en querer convertirse en un título de referencia de la ciencia ficción así como una de las realizaciones cinematográficas más grandes de lo que va de siglo.


De todas estas conversaciones e hilos entrecruzados, hay dos críticas que me gustaría señalar, y a continuación rebatir o al menos ofrecer una amplitud de perspectiva. 1) La primera crítica es que hay nada nuevo bajo el sol, más bien al contrario, nos enfrentamos ante otro caso más de producción ideológica, un canto al antropocentrismo y la supremacía propia de un americanismo que todo lo controla y domina, otra película más sobre el gran héroe norteamericano y demás. 2) La segunda crítica se deduce de ésta, al señalar ese mismo antropocentrismo como el problema principal que impide y niega cualquier otra posibilidad de lectura, así también su disfrute, en lo que pasa por un ejemplo más de un cine de Hollywood donde el rol de la mujer queda relegado a un papel secundario mientras se ensalzan los valores patriarcales y masculinos de la sociedad capitalista occidental, etc. A continuación, todo el género de la sci-fi se pone bajo la lupa: ¿por qué no hay personas de raza negra en el futuro? ¿Por qué no hay personas identificadas como LGBT en la sci-fi? Etc.

En lo que sigue de este texto intentaré dar respuestas a estas demandas, solo en parte justificadas, aunque me centraré principalmente en Interstellar:

Blockbuster de autor

Interstellar no es un “subproducto”, ni siquiera en el sentido más preformativo y positivo del término. Es más bien el “producto” de una gran industria que pretende estar elaborando un material elevado y de calidad. En este sentido, es lo más parecido a lo que Hollywood entiende como art film o art house con la añadidura de un presupuesto descomunal. Aunque parezca una contradicción, estamos ante un blockbuster de autor, similar a lo que representaban en el pasado las películas de Hitchcock e incluso Kubrick. Éste último es sin duda la gran referencia para Nolan, no sólo por los guiños y la influencia manifiesta de 2001: Una Odisea del espacio, sino por su fijación en combinar a partes iguales grandiosidad en el espectáculo, invención técnica y una subjetividad obsesiva y psicopatológica. En tanto cine de autor, Interstellar entra en contradicción con lo que se le presupone. Como un blockbuster, frustra las expectativas de quienes van a pasar simplemente un buen rato y se les ofrece tres horas de inmersión emocional. La consideración de ambas condiciones (blockbuster y art house film) como intrínsecas a la propia película es indispensable para cualquier evaluación y juicio.

En tanto producción cultural, Interstellar actualiza el viejo debate de la teoría literaria (académica) que separa entre una “sub-literatura de los mass media” de la verdadera y real literatura. Las novelas de Philip K. Dick son en este sentido todo un paradigma así como toda una vindicación de la elevación de la ciencia ficción como literatura del más alto rango. Como en cualquier análisis de texto, el factor que hace bascular y borrar las fronteras entre el cine de autor y el blockbuster, o entre el sub-género y el canon, es precisamente la propia cualidad de la escritura, es decir, el estilo (literario), la forma. Hay en Interstellar una atención al detalle, una escritura cinematográfica acumulativa y estratificada, un uso dialógico del lenguaje narrativo que explota la aparente unidimensionalidad del argumento y la trama, esto es, del contenido. Hay mucho de todo, y bien orquestado.

Se trata de una película que prima la lectura contextual, entendiendo por contexto la propia historia de la ciencia, la exploración espacial y también el propio género de la ciencia ficción. La lista de referentes es larga. La premisa es la de hacer una película de masas científicamente validada, a la manera en la que en el pasado las firmas de Arthur C. Clarke, Carl Sagan y Asimov sirvieron para legitimar y otorgar una respetabilidad al género. En este caso el científico es Kip Thorne. Thorne colaboró con Sagan enseñándole sus teorías del agujero de gusano para la novela Contact de éste, que fue llevada con éxito al cine en 1997. La multireferencialidad y ambición de Interstellar atraviesa, en este sentido, toda la historia de la ciencia ficción como género narrativo.

El mérito de Nolan y su equipo reside en disipar esta autoconsciencia y metareferencialidad en la propia escritura fabricando las condiciones para que emerjan las emociones. En tanto que producción cultural, afirma la primacía de la polivalencia lingüística y la irreductible multiacentualidad del significado en contra de cualquier discurso monológico, singular y cerrado. Ofrece un tapiz para la interpretación. Son muchos los detalles que no pueden pasarse por alto y que cuestionan la aparente ideología de la película. Por ejemplo la supuesta supremacía norteamericana es cuestionada en el detalle del dron indio o incluso en la lectura dialéctica del relato que se cuenta en las escuelas acerca de que la carrera espacial fue un bulo destinado a arruinar a la Unión Soviética mientras que la NASA sobrevive oculta en la clandestinidad. En cualquier caso, en aras a su credibilidad, Insterstellar insiste en la necesidad de una fidelidad al género cinematográfico como sostén para la narración. Esta fidelidad es la que la hace parecer ingenua, pero no es. Todo en ella es autoconsciente y fruto de seis años de trabajo. 


Nolan y el género, multigénero

El género (genre) es importante para Chistropher Nolan. No se trata de deconstruirlo (y con él el canon) como lo hace el cine de Tarantino y de otros, sino más bien de reinventarlo. Crear algo nuevo desde una forma clásica tiene sus riesgos e inconvenientes. En este caso el canon es 2001 y no parece haber ningún problema en admitirlo. Pero en lugar de buscar la estrategia del distanciamiento, en vez de urgar en la ironía y el guiño posmoderno, en vez de dirigirse a una intelligentsia crítica cultural típica del cine de autor, Nolan opta por algo más complicado y polémico, esto es, la identificación. Este llamamiento a la identificación, a literalmente sumergirse emocionalmente en la película, esta invitación a entrar dentro, es sin duda la resistencia que la película debe vencer para a continuación convencer. Para un espectador posmoderno e irónico, esta invitación a sumarse a un viaje hacia la profundidad, sea ésta trascendente o humanista, es poco menos que una provocación.

En este sentido, estamos ante un filme de género, la ciencia ficción, que esconde otros muchos géneros en su interior: el relato de fantasmas o la aventura épica entre otros. Las películas de Nolan son multigénero, aunque siempre hay un género pivotal que el cineasta privilegia. Pero en el caso que nos ocupa, ¿cuál es este género? ¿La ciencia ficción o esa otra forma narrativa tan anciana de la aventura épica? Es a partir de este género épico que Interstellar entra en la senda de una aventura propia de la narrativa realista.[1]

Puede sonar a extraño cualquier apelación al realismo en una producción tan apegada a la ciencia ficción. Cuando se juntan estas dos categorías (realismo y sci-fi) vienen a la cabeza realizaciones como District 9 (2009) de Neill Blomkamp, en donde una estética de “realismo sucio” está apoyada por imágenes de noticiarios y televisión sensacionalista. El realismo de Nolan funciona a múltiples niveles, también estéticos, por ejemplo en su renuncia a rodar en digital y optar por el celuloide, concretamente el formato gigante IMAX, y a grabar cuantas más secuencias posibles sin efectos especiales. Casi una película artesanal, o una película de un realismo de Hollywood. Resulta innegable la belleza y la textura del filme, así también el modo de representación del universo y la galaxia.

Pero el componente más propio del realismo estaría en el atributo principal que Jameson identifica en la novela realista, a saber, el dominio del afecto. Algunos de los rasgos serían la sensación corporal, la dicotomía entre presente perpetuo y eternidad, su existencialismo, la melodía sin fin (Hans Zimmer) o la consciencia despierta de la temporalidad. La producción de afecto es la principal propiedad del realismo. En este libro dedicado al realismo, Jameson lanza el siguiente mensaje con respecto a la ciencia ficción, antes de entrar a hablar sobre Inception (Origen) del propio Nolan:

“In what follows I will want to claim, however outrageously, that the historical novel of the future (which is to say of our own present) will necessarily be Science-Fictional inasmush as it will have to incluye questions about the fate of our social system, which has become a second nature”.[2]

¿Hay mejor descripción para Interstellar? Nuestro sistema social como una segunda naturaleza a extrañar o, como se dice en el argot teórico, a defamiliarizar. La fe en nuestro sistema, a saber, el capitalismo. Pero no en vano el realismo de Interstellar toma como epicentro la unidad básica, patriarcal, de la familia nuclear. Las lecturas en este sentido oscilan, como por otra parte toda la película, entre la distopía y la utopía. Pero el apego al realismo y al género coinciden en la estructura principal de la película. Cuando Georg Lukács (que no George Lucas) analizó la literatura de los siglos anteriores al XX observó distintos modos narrativos; entre ellos el relato épico y la novela histórica de la que se desprende toda su teoría del realismo. Uno de los rasgos del realismo se encuentra en el concepto de tipicidad, es decir, la elaboración de personajes que responden a figuras arquetípicas y que se desenvuelven en situaciones típicas que son elaboraciones de situaciones históricas. El “tipo” no se contrapone a la singularidad sino que se brinda una conexión entre lo individual y lo históricamente determinado por su medio y sus circunstancias. El “tipo” más común es el del héroe (en nuestro caso Cooper) quien tiene que vencer el determinismo de la historia, lo que en la película supone no salvar el mundo, sino abandonarlo. Cooper es el “tipo” con el que el espectador ha de identificarse, meterse en su piel. Una identificación para la cual es imprescindible una caracterización e interpretación convincente: Matthew McConaughey. Otro de los “tipos” sería el de la heroína, así en este caso Murph.


Feminismo y ciencia ficción

Las críticas desde el feminismo a Interstellar pueden variar dependiendo si éstas se centran en el personaje del padre (Cooper) o en el de la hija (Murph). Como cualquier lectura de un texto, la perspectiva varía según la interpretación. Hay interpretaciones para todos los gustos, pro y contra.
Algo parecido ya sucedía con Alien (1979) de Ridley Scott: ¿es pro o anti feminista? ¿Es Ellen Ripley una mujer fuerte que combate y destruye una fuerza alienígena sin la ayuda de ningún hombre, o su caracterización es una pantalla de humo que da cobertura a la fantasía y al placer visual de la mirada masculina sobre la pantalla? ¿Y cómo diseccionar su sexualidad? ¿Qué es lo que representa el alien?

Una lectura feminista y también marxista privilegiaría, tanto en Alien como en Interstellar, la posibilidad más “progresista” o acorde a sus intereses; potenciaría más los aspectos positivos a rescatar en vez de denunciar los negativos. Si el feminismo o el marxismo tuvieran que rescatar de la historia del cine películas abiertamente feministas o marxistas el recuento sería cuando menos discutible. Sin embargo, una posibilidad se abre desde la teoría crítica. En su trabajo Critical Theory and Science Fiction Carl Freedman argumenta que la teoría crítica en su versión más central, su versión marxista, implícitamente privilegia un cierto género; y que ese género es la ciencia ficción. O lo que es lo mismo: que las más avanzadas formas de crítica privilegian un género (genre, que no gender) que ha sido ampliamente despreciado o guetizado.[3] Lo mismo que para el marxismo vale para el feminismo como metodología crítica emancipadora. El problema de esto en el caso que nos ocupa, lo he dicho al comienzo, está en que este sci-fi es también un blockbuster y reclamar ingredientes que no están en su ADN supondría solicitar un tipo de producto que no es. Por ello, conviene mejor centrarse en lo que realmente es y no en lo que a éste o aquel lector o lectora le gustaría que fuese.

No estoy reivindicando que Interstellar sea per se una producción recuperable para el feminismo, pero sí que como un magnífico ejemplo de cultura de masas posee un potente componente utópico que es posible rescatar y articular (e incluyo aquí una crítica al capitalismo en su forma más voraz y depredadora). (Ver de nuevo mi texto en EEM).

Uno de esos detalles a los que aludo que no pueden pasarse por alto está en el personaje de Murph, el cual en un principio era masculino y que Nolan decidió que fuese femenino pero manteniendo el nombre que alude a la “ley de Murphy”, que como bien se dice no es en referencia a algo negativo sino a la posibilidad de si algo puede suceder sucederá, si algo puede fallar fallará. Porque volviendo a las interpretaciones ¿acaso no es Murph la que resuelve la ecuación y salva la ecuación y se convierte en la verdadera heroína? ¿O no es Amelia Brand quien consigue con éxito crear el campamento en la estrella? Etc. 

En cuanto la ciencia ficción, ningún otro género ha favorecido en la historia reciente (tanto en literatura como en cine) la exploración de los límites de la sexualidad, el desbordamiento del cuerpo y la otredad a través de metáforas sobre sus mutaciones, la medicalización y otros bordes de la identidad. Ningún otro género ha sido tan proclive a un anti-humanismo en sintonía con los desarrollos teóricos más avanzados desde el estructuralismo y el post-estructuralismo. Obviamente Hollywood es un obstáculo y un lobby económico y patriarcal demasiado pesado para cualquier cine feminista que encuentra en el cine europeo un espacio más acorde a sus intereses. Pero de la misma forma que Moon (2009) de Duncan Jones era una excelente película de ciencia ficción indie, una película abiertamente queer o feminista de ciencia ficción es algo con lo que todos los amantes del género soñamos. (Por otra parte, la literatura sci-fi y la fantasía han sido géneros tremendamente atrayentes para escritoras a lo largo de la historia, desde Mary Shelley, al Orlando de Virginia Woolf, Doris Lessing o autoras del género aclamadas como Ursula K. Le Guin o Vonda McIntyre). NOTA: Todavía no he visto Under the Skin (2013) de Jonathan Glazer. 

Entiendo, para acabar, Interstellar no como un alegato humanista o propio del discurso humanista, o pero aún, del pensamiento idealista (a pesar del ensalzamiento de valores como el amor y la familia), sino como una reivindicación de la ciencia y de la necesidad de la inversión en ciencia y educación (el paso de Cooper por la escuela de sus hijos es demoledora) como la única opción posible para salvar este planeta y con él una especie humana empeñada en acelerar el proceso de su destrucción y con ello su inevitable extinción.


[1] Mi texto Forma, sentido y realidad trata cuestiones relacionas con el realismo y la ciencia ficción, ver http://peioaguirre.blogspot.com.es/2012_06_01_archive.html#1618634813494005082
[2] Fredric Jameson, The Antinomies of Realism, Verso, Londres, 2013, p. 298.
[3] Carl Freedman, Critical Theory and Science Fiction, Wesleyan University Press, 2000.