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5/24/2016

La forma de la revista



La modernidad fue un tiempo mítico que mostró por primera vez la cara globalizada del capitalismo en todo su esplendor: la conectabilidad del mundo. En su texto manifiesto “The New World” (1926), el arquitecto Hannes Meyer realizó un canto a la mecanización, la industrialización y la aceleración de las conexiones en un mundo en el que la fotografía aérea elimina las distancias y las fronteras acercando a las naciones. El Esperanto es la nueva lengua supranacional y la cosmopolitismo una condición a alcanzar. En cuanto a la técnica, la progresiva perfección conseguida en la impresión, la fotografía y el cine permite al nuevo mundo ser reproducido con un mayor grado de exactitud. Un instrumento fundamental en este nuevo mundo fue lo que Ernst Bloch llamó la “forma de la revista”, que junto con la secuencia cinematográfica constituye lo primordial de la mirada moderna. Bloch habló en Herencia de esta época de la dialéctica de las formas en alusión al fotomontaje y también comentó el libro Dirección única de Walter Benjamin como un ejemplo de esta form dialektik. Como nos recuerda Didi-Huberman, Bloch escribió:

La impresión mediata producida por la revista se debe a la fuerza y a la vivacidad visuales de las escenas sin vínculos entre ellas que engendran la una a la otra metamorfoseándose y que llegan al sueño (…) La “revista” (…) se presenta como una improvisación pensada, un escombro de la coherencia agrietada, una sucesión de sueños, de aforismos, de consignas entre las que, en el mejor de los casos, una afinidad electiva espera instaurarse transversalmente. Si por lo tanto la “revista”, por el método que permite, es un viaje a través de la época que se vacía, el ensayo de Benjamin presenta unas fotos a ese viaje, o enseguida mejor: un fotomontaje.[1]

Si, como hemos visto en otro post, la imprenta es una industria necesaria en cualquier proceso revolucionario ¿qué decir de esa forma periódica y ligera que es la revista? Necesitamos de ellas. La forma de la revista es sinónimo de resistencia.





[1] Georges Didi-Huberman, Cuando las imágenes toman posición, Antonio Machado Libros, Madrid, 213, pp. 78-79.


9/06/2014

EDITORIAL: Atención


La atención es uno de los modos perceptivos actuales mayormente sometidos a la deriva de la nueva subjetividad. La dificultad para prestar atención es un síntoma de la conquista en algún otro lugar, imperceptible. Ya sea en el aula de la clase o en situaciones que requieren concentración, la atención no es sustituida por la distracción sino por la falta de atención, que es distinto. La distracción, por su parte, ya fue glosado por los modernos incluyendo a Walter Benjamin. Pero el problema de la atención es ahora otro; el de la mirada perdida sin focalización y el oído absorto en un murmullo interior sordo. La concentración ha sido atacada por todos sus flancos y hace tiempo que ha hecho aguas. No es que Internet nos distraiga, que también, sino que cada vez más nos incapacita para la atención. Ernst Bloch, muchísimo antes de la existencia de las redes sociales, ya advertía de este gusto por la interrupción: “Es desagradable verse interrumpido. Y, sin embargo, de modo extrañamente fácil nos dejamos interrumpir por lo inesperado”. (…)

Y a continuación detallaba la necesidad de sentir la irrupción de algo nuevo, siquiera un rumor, en el ritmo cíclico del consumo diario. Hablando del periódico escribió: “En el nivel más ínfimo seduce ya la murmuración, las noticias de una disputa ajena. Pero también el periódico vive, en gran parte, de la necesidad de algo desacostumbrado, y la última novedad constituye su aliciente. Nada es, por eso, más indiferente, más inmerecidamente indiferente, que un periódico de uno o varios días atrás. El periódico del día es sobrevalorado; el atrasado, infravalorado, porque carece ya del aguijón de la sorpresa”.[1]
Con el declive del periódico y su sustitución por el constante flujo de rumores y inputs de las redes sociales, ya no tenemos necesidad de esperar al periódico del día siguiente. Todo se deglute y se abandona a la mayor inmediatez. La atención flotante es ahora nebulosa y sin proyección.


[1] Ernst Bloch, El principio esperanza, Editorial Trotta, Madrid, 2007, p. 68.


8/31/2014

POP POLÍTICO: Sobre la dimensión utópica del pop, Family



La música pop establece una temporalidad particular pues es progresiva y regresiva al mismo tiempo. Progresiva en el sentido de que no se detiene y avanza desde un punto hasta otro situado en un lugar que todavía no es; regresiva en el sentido de que mira hacia atrás sin descanso. Las grandes composiciones pop se mantienen colgadas en este equilibro, esta suspensión de la temporalidad. Están tanto en el progreso como en el regreso, y eso las hace parecer tremendamente marcadas por su tiempo al mismo tiempo que les rodea cierta sensación de eternidad o intemporalidad. Me refiero, obviamente, a cierta clase de pop que aspira a componer canciones redondas, pulidas gemas de pop perfecto (por no decir perfeccionista). Es el caso de, por ejemplo, Family, cuyo primer y único álbum Un soplo en el corazón (Elefant, 1993) es un caso único en la historia del pop español. Family parece haber marcado el devenir de la música indie-pop española desde la irrupción de ese álbum, unido a la mitología que rodea su esquiva historia. Pero escuchar este álbum ahora supone certificar un rasgo que solo algunas contadas excepciones son capaces de incorporar; conciencia anticipadora.

La conciencia anticipadora es un rasgo de una voluntad, una dimensión utópica que Family encarna como ningún otro grupo lo ha hecho y que hace que 1993 y 1994 parezca un bienio dorado para el futuro del pop español. Desde la distancia de dos décadas, Family se parece a aquellos artistas con bola de cristal adelantados a su tiempo. Una contradicción productiva desgaja la nostalgia por un tiempo mejor pasado. Hay melancolía en sus letras y sonido, lamentos de añoranza de aquel verano ya pasado. Esta nostalgia y melancolía en el contenido y la forma (momentos de New Order soterrados) es abiertamente regresiva, mientras que la aspiración a lo universal, la trascendencia de la canción pop perfecta es un síntoma de progreso, es un rasgo de lo progresivo y de la anticipación utópica.

Todo en Family es sueño, pero esa clase de sueños diurnos que caracterizan la voluntad utópica, proyectiva y regeneradora. Ha pasado ya a la historia el final de la crítica del disco en Rock de Lux, donde se afirmaba que “Un soplo en el corazón es un disco para reír y llorar el resto de tu vida”. Lo dicho: la eternidad.

El sueño, la capacidad para volar la imaginación despierto es consustancial al pop, y la categoría de Dream pop como un género musical así lo certifica. En el Dream pop el afecto se convierte en una forma de emoción, una catarsis donde hay una delgada línea entre el llanto y la risa, la disforia y la euforia. Family es, en cierta manera, un adelanto a cualquier forma de Dream pop en boga ahora mismo.

¿Pero acaso no es un rasgo de la modernidad estética esa misma clase de temporalidad expandida que viniendo del pasado apunta hacia un futuro anhelado por venir? La potencialidad de lo que “todavía-no-es” permanece intacta, agazapado a la espera de reanimarla. “Viaje a los sueños polares” es, en este sentido, el tema que inspira la cartografía de toda una generación y la banda sonora de una época de la que el programa radiofónico del mismo nombre es ya un hito. “Viaje a los sueños polares” era un programa de radio de música indie pop como una brecha por la que imaginar mundos posibles y visiones alternativas.

El mensaje de Family es profundamente moderno en sus referencias estéticas, como un collage manufacturado por las vanguardias artísticas: nadadoras, aviadores, planetas, viajes y geografías por explorar, naves espaciales, trenes y aventuras en pop. Un rasgo melódico en este pop utópico y futurista es la melodía aérea que se encuentra en algunas canciones como “La noche inventada”, “Como un aviador”, “El bello verano”, “Nadadora” y la muy sentimental “Carlos baila”. (Depeche Mode hizo de esta melodía aérea una marca en sus grandes discos de los ochenta). Cualquier buena muestra de Dream pop toma nota del potencial evocador y fantaseador de esta melodía aérea.

La utopía de Un soplo en el corazón es como una cápsula de novum colocada pacientemente a la espera de que pase una década, luego dos… así hasta un futuro que nos es tan lejano que ya no podemos ni siquiera imaginarlo. El perfeccionismo de Javier Aramburu, algo palpable en sus diseños de discos y ahora también en sus pinturas enseña una personalidad de temporalidades largas y extendidas donde el tiempo es materia de trabajo. La modernidad tenía esa misma doblez, pues mientras que escudriñaba el porvenir aspiraba a la permanencia y duración propia de las obras clásicas y no la contingencia y lo fungible. Joy Division y los primeros New Order son un claro ejemplo de esta modernidad acentuada por el neoclasicismo de Peter Saville.

Hay una nostalgia por Family compartida por fans y que, como le ocurre a Joy Division, se renueva por generaciones aunque obviamente a menor escala. “Family, ¡Volved ya!” era un lema que partiendo de manera local de la ciudad de Family, San Sebastián, se extendió a otras latitudes e individuos aislados que entre todos podrían formar una comunidad, una familia unida por Family.