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12/15/2015

El precio de endulzar el café (intervención)

Dentro de La Gran Conversación, antesala del proyecto Estimulantes: Circulación y euforia. 12 de diciembre, Tabakalera, Donostia. Moderado por Oier Etxeberria y Olatz González.

Sección: Azúcar

Quería comentar el título que está inspirado en la película Queimada/ Burn, de Gillo Pontecorvo (1969). En el filme la caña de azúcar es el origen para un retrato del imperialismo y de los movimientos de independencia contra las colonias. Primero los indígenas, en realidad esclavos negros traídos desde Africa pues los colonos tuvieron que aniquilar a los nativos para hacerse con el control de la isla, y de los criollos después, contra sus amos y del imperio. Una isla ficticia del Caribe. El imperio se ve que está en manos de las grandes corporaciones; la Royal Sugar Company controla Queimada, y no el Imperio Británico o el Portugués. Una alusión al hecho de que nadie desea tomar el té sin azúcar (en esas casas del café que prosperaron en el siglo XIX y que es el detonante de la esfera pública y la crítica de Habermas) es el detonante para que Marlon Brando, William Walker, vuelva a Queimada a sofocar la revolución que él mismo impulsó años antes.

En el capitalismo un producto o una comodidad va siempre asociada a otra, creando un sistema de relaciones. Un producto, el azúcar, va relacionado con otros como el café o el té. En estas jornadas, las relaciones e interrelaciones entre sustancias, estimulantes, resulta en sí mismo “estimulante”. Todos estas sustancias están relacionados con las antiguas colonias en la época del imperialismo. Los intereses económicos de las potencias coloniales estaban centrados en el descubrimiento y el usufructo de “nuevos” territorios y sus materias primas.

La creación de un sistema o una totalidad; un producto o situación que combine los cuatro. Tabaco, azúcar, café, cacao. Parece que hemos comprobado que sí es posible juntar los cuatro.

La relación entre el café y el azúcar es un asunto del día a día. Una microrrelación cotidiana. Un lugar para los microrelatos. Café sí o no. Con o sin azúcar, y qué clase de azúcar. Una cuestión de decisiones o una microfísica a lo Foucault.

Quería hacer una incursión en otro estimulante y comentar la escena del café en Kuhle Wampe o ¿Quién es dueño del mundo? (1932) de Slatan Dudow y Bertolt Brecht. La única incursión de Brecht en el cine y un ejemplo de teatro épico en el cine. Es el epílogo de la película. Escena en un tren en Alemania. Un pasajero lee el periódico en voz alta sobre el incremento del precio del café, el grano, una noticia proveniente de otro lugar del mundo. Un debate entre extraños sobre el mercado mundial del café describe las diferentes clases sociales: los jóvenes idealistas y revolucionarios, el neutral, el burgués, dos amas de casa… el debate se torna crudo pero en términos razonables, todos intervienen. La insatisfacción de la clase trabajadora se incrementa. ¿Quién puede cambiar el mundo? “Los que no están satisfechos”.


El azúcar, el café, ejemplifican como nada las relaciones entre el fragmento y la totalidad en el actual sistema global. Muestran la totalidad ausente. Lo micro y lo macro.
(Leer mi Meditación sobre el café en El Estado Mental).
El capitalismo se caracteriza por borrar las huellas de sus devastadoras acciones sobre los seres humanos y la naturaleza en beneficio de pequeñas e imperceptibles ganancias o comodidades en la esfera del consumo de las sociedades occidentales.

En Queimada, el azúcar sirve como metáfora de la relación entre el dominante y dominado. Relación entre William Walker y José Dolores; la comunicación entre ellos es a través de la bebida. El inglés Wiskhy (de la malta) / el nativo Ron (de la caña de azúcar). En dos ocasiones intercambian esta bebida. Pero no consigue gustar ni a uno y a otro.

El grado de refinamiento del azúcar puede ofrecernos un indicativo de la explotación que hay detrás. Del blanco al llamado “moreno”. En una sociedad edulcorada, el azúcar y sus sustitutos están presentes en todas partes. Sin embargo, el azúcar escapa a la publicidad. Nadie anuncia azúcar. Su visibilidad y su invisibilidad máxima es uno de sus rasgos.

En la vida cotidiana el azúcar está muy presente, también en la búsqueda de alternativas. La sacarina es un edulcorante sintético de laboratorio. Baja en calorías, etc.
¿Es cuanto menos refinado mejor? ¿Y el azúcar moreno? Pienso en Black Sugar, Rolling Stones, 1971. Un tema que mezcla de forma polémica y escandalosa los imaginarios de la esclavitud, la sexualidad, los campos de algodón y el sadomasoquismo y que es un tema políticamente incorrecto si no racista y sexista.

También tenemos el sirope de agave (la planta mexicana de la que se extrae el Tequila). La Panela (también conocida como piloncillo, raspadura, rapadura, atado dulce, panetela, tapa de dulce, chancaca, agua dulce). La stevia. El futuro es de la stevia, por su gran capacidad endulzante.

Todos estos estimulantes son el producto de la modernidad y crecieron al ritmo de la modernización, esto es, a través de la aceleración de la experiencia y la conquista de lo cotidiano. La modernidad consistió en un proceso de universalización a expensas de las diferencias. Me pregunto si en el capitalismo tardío o en la posmodernidad (literalmente en nuestro tiempo) estos estimulantes son necesarios para alcanzar un grado de lucidez e inteligencia, inspiración o, por el contrario, se impone su dieta o más bien su contrario, los tranquilizantes, calmantes, relajantes. (24/7. Late Capitalism and the Ends of Sleep. Jonathan Crary, sobre los fines del sueño y la conquista del sueño).

Hay una estrecha relación entre ambas, una retroalimentación entre la necesidad de consumir el café que nos despierte por la mañana y el relajante después de comer para poder llegar a la hora de sueño. La principal fuente de excitación estimulante hoy en día son las pantallas, y el régimen abierto 24/7. No el café, el tabaco, mucho menos el azúcar y el cacao. Esos son antiguallas “modernas”. Ahora estas sustancias estimulantes aparecen camufladas, travestidas, en los modos de subjetivación neoliberal. Pensamos en los refrescos y las chuches como ejemplo máximo de la edulcorización de la sociedad, pero fijémonos en el mercado de las barritas energéticas, bebidas isotónicas y geles que están presentes en esa actual profesionalización del deporte y que vemos en los ultrafondos, maratones y triatlones sin fin. Deportes de la performance que necesitan de la endurance, de la energía de la glucosa.

¿Quién compra todavía azúcar en el supermercado? ¿Acaso no es el azúcar la plusvalía que te regalan y que está incluida en el precio del café?



5/13/2014

El problema de la multitarea (2)

Jonathan Crary, 24/7 Late Capitalism and the Ends of Sleep, Verso, 2013



La escena tuvo lugar hace unos días en una exposición de cine-vídeo. Una pareja de unos treinta años sentados en un sofá, en la oscuridad de una sala perfectamente acondicionada para la obra cinematográfica de Laida Lertxundi. En lugar de observar la gran pantalla donde se pasaba la obra, cada uno de los dos permanecía absorto en sus pequeñas pantallas líquidas, reseteando información. Luz blanca en sus rostros. Multitarea.

La atención es un estado perceptivo al que, al menos desde la modernidad, se le ha prestado no poco interés. Recordemos la aperción de la obra de arte reproductible en Walter Benjamin, esto es, la arquitectura o el cine modernos experienciables desde un estado de distracción. Por otro lado, la observación de los modos de percibir la ciudad moderna y el desarrollo de una conciencia cinematográfica también condujo a la reinvención de los puntos de vista y el movimiento en la experiencia de la arquitectura. (Por ejemplo en la concepción para el urbanismo del Townscape, una mezcla entre la clásica representación del paisaje y el espacio urbano).

La atención es ahora un estado para la dispersión. La distracción tiene en la concentración su opuesto, y mucho del stress y la ansiedad que el trabajador inmaterial sufre en nuestra contemporaneidad pasa por una pérdida de la capacidad para la concentración. El aplazamiento o, mejor dicho, la dilación, se ha convertido en el modo en el que gestionamos nuestro tiempo. La demora o detención de algo por algún tiempo produce al mismo tiempo una gratificación inmediata como una sensación de pérdida a la larga. Los ejemplos de cómo los dispositivos de uso y los aparatos electrónicos tienen un impacto en formas sociales a pequeña escala (una comida, una conversación, en una clase escolar) se han convertido en un lugar ya común. Para Crary, la externalización de lo individual en un lugar de escrutinio non-stop y de regulación es algo que está en perfecta continuidad con la organización del estado del terror y el paradigma militar-policial del dominio del espectro-total. (Crary, p. 32) Argumenta que los cambios más recientes conciernen no a nuevas máquinas para la visión, sino más bien a una desintegración de las habilidades humanas para ver, especialmente una habilidad para la discriminación que incluya valoraciones sociales y éticas.

En medio de procesos de homogeneización, redundancia, aceleración y una masiva sincronización de las temporalidades, al contrario de lo que muchos argumentan, existe una progresiva disminución de las capacidades mentales y preceptúales más que su expansión o modulación. No creo que haya que realizar muchos estudios para comprobar que un % altísimo de retuits que llevan links a artículos en la red se realizan sin ni siquiera haber comprobado antes el contenido de texto que difundimos. Lo mismo ocurre con los artículos que añadimos al apartado de favoritos para leer en otro momento y a los que nunca regresamos. La cantidad de libros que chequeamos, juzgamos, recomendamos y promocionamos sin ni siquiera haber leído una mínima parte; las películas que vemos a partir de traileres; las exposiciones que leemos en la prensa pero que no visitamos. Más que contenido propiamente, retenemos indicios y marcadores (markers) de su existencia.

La multitarea en la educación y la pérdida de la atención genera desórdenes en adultos y adolescentes a través no de una intensificación aparente de los estímulos que provoca un estado de excitación permanente. (El concepto de “la señorita”, según la descripción del colectivo Tiqqun. es 100% un tipo evolucionado de 24/7). Chequear 14 veces al día Facebook cuando se puede vivir la vida entera en la interfaz Facebook. La atrofia del cerebro incluye papeles importantes en el comportamiento y la cognición como son la actividad motora, la motivación y la recompensa, el sueño, el humor, la atención y el aprendizaje.

Algunos fragmentos sobre esta monitorización global del tiempo 24/7 son:

“Because one’s bank account and one’s friendships can now we manager through identical machinic operations and gestures, there is a growing homogenization of what used to be entirely unrelated areas of experience”. (…) “Real-life activities that do not have an online correlate begin to atrophy, or cease to be relevant. There is an insumountable asummetry that degrades any local event or Exchange. Because of the infinity of content accesible 24/7, there will always be something online more informative, surprising, funny, diverting, impressive than anything in one’s inmediate actual circumstances”. (…) “Even in the absence of any direct compulsion, we choose to do what we are told to do; we allow the management of our bodies, our ideas, our entertainment, ald all our imaginary needs to be externally imponed. We buy products that have been recomendad to us through the monitoring of our electronic lives, and then we voluntarily leave feedback for others about what we have purchased”. (Jonathan Crary, p. 59-60)



5/08/2014

El problema de la multitarea (1)




“Do one thing at the time” era la primera regla de la lista de Fischli/Weiss para trabajar mejor.
Pero que cada vez más esto no resulta fácil de hacer. La dificultad para experimentar el tiempo en bloques homogéneos es uno de los problemas del trabajo actual. Jonathan Crary ha señalado lúcidamente que con la progresiva indistinción entre los tiempos de trabajo y de ocio, el trabajador contemporáneo permanece alerta en una franja de tiempo que se expande 24/7.[1] Ese es también, por otra parte, el tiempo para el consumo sin descanso. Sin duda es la tecnología y la creciente computerización de todos los estratos de la vida privada y pública los que modifican nuestros hábitos. El capitalismo de ansiedad se extiende cómodamente a esa una franja que abarca la totalidad de la vida. Fue Marx el primero en definir el concepto de plusvalía. Lo que es de resaltar aquí es que ese mismo concepto vale tanto para definir la fuerza de trabajo que el capitalista hurta al trabajador, sometiéndolo a un régimen preestablecido pero impuesto de 8 horas de trabajo/8 de sueño/y 8 de ocio, como para explicar el auto-sometimiento al sistema del que voluntariamente participamos en nuestras sociedades cognitivas y del trabajo inmaterial.

En la plusvalía (digamos tradicional) es el excedente del trabajador, es decir, el trabajo sobrante en tiempo cuantificable que se emplea en la fabricación de un objeto material (pongamos una mesa) de lo que el empleador se beneficia. Poco a poco ese tiempo se extiende fuera del horario de trabajo, donde el ocio permanece predeterminado y el sueño (o el inconsciente) queda como único refugio para la fantasía del individuo aunque, como bien aclara Crary, las horas de sueño son el último espacio colonizado por el capital. De esta manera el capitalismo se apropia de la vida entera. Pero en el capitalismo inmaterial y desrregulado actual, en donde cada uno es su propio “jefe” o “empresa” (o eso se nos dice), la plusvalía es el horizonte final de un trabajo donde nunca nada es suficiente.

Como cualquier producto bien diseñado del capitalismo tardío, los ordenadores personales son auténticas herramientas ambivalentes, capaces de proporcionar la mayor de las libertades creativas y de empoderamiento a sus usuarios como también de someterlos a la autovigilancia, el control y la escucha infinita. Un artículo el año pasado en The New Yorker ponía el énfasis en el modo en que los ordenadores debilitan nuestro cerebro hoy en día. (Leer aquí). En ese artículo se describían hallazgos u obras geniales realizados para la literatura y la ciencia (por Franz Kafka, Jack Keruac y los inventores de Apple, Steve Jobs y  Steve Wozniak), esto es, gente que tuvo que concentrarse en una actividad en un bloque de tiempo muy concentrado y con herramientas (una simple máquina de escribir en los escritores) las cuales únicamente podían realizar una única actividad. Cito aquí sin necesidad de traducción:

“On the one hand, today’s computers feature programming and writing tools more powerful than anything available in the twentieth century. But, in a different way, each of these tasks would be much harder: on a modern machine, each man would face a more challenging battle with distraction. Kafka might start writing his book and then, like most lawyers, realize he’d better check e-mail; so much for “Das Urteil.” Kerouac might get caught in his Twitter feed, or start blogging about his road trip. Wozniak might have corrected an erroneous Wikipedia entry in the midst of working on Breakout, and wrecked the collaboration that later became Apple”.


Más allá de lo pertinente de estas especulaciones transhistóricas, lo que el artículo plantea es que la multitarea ha devenido en un problema más que una solución y que entre ser herramientas de concentración y eficacia, la tecnología actual funciona como instrumento de distracción y dispersión. Esto está relacionado con el esfuerzo realizado por la propia evolución del ordenador personal (donde Apple juega un rol esencial) donde la democratización de su uso desde al menos los ochenta pasa por implementar la multifuncionalidad y simultaneidad de tareas e interfaces. Pero, ¿alguna vez hemos pensado cuantas veces cambiamos de ventana o interfaz al día? En el espacio confinado de una oficina (pongamos que en una franja de ocho horas), la frecuencia para saltar entre ventanas en la pantalla puede ser exponencialmente sorprendente. Calculable, pero sorprendente. Dos minutos de atención en algo… y a otra cosa.
En este sentido, los ordenadores son auténticas “armas de distracción masivas”. Mientras prestamos atención a varias cosas a la vez tenemos la  sensación de que estamos aprovechando mejor el tiempo, pero diversos estudios nos dicen que se trata de una percepción equivocada, pues la multitarea confirma que en realidad se tiene menor capacidad para concentrarnos y filtrar la información relevante.

Una de las consecuencias de la multitarea está en el estrés que genera, con las consecuentes problemas para gestionar el descanso y sobre todo el sueño. La multitarea no solo conlleva la combinación de múltiples actividades sino más bien la ampliación de la percepción 24/7, lo que a la larga genera una precarización en el criterio a la hora de valorar lo que importa y lo que no, la información relevante de la irrelevante. Evidentemente las redes sociales encabezan la lista de estas “armas de distracción masivas”.  La adicción a la información es el reverso del aburrimiento, pero entre éste y la adicción ya no hay distancia. La excitación de esta avalancha de información genera ríos de dopamina en el cerebro y como en toda adicción, al igual que en la plusvalía, nada es suficiente. 24 horas 7 días a la semana.


[1] Jonathan Crary: 24/7 Late Capitalism and The Ends of Sleep, Verso, Londres, 2013.