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3/18/2018

Sobre Robin Rimbaud a.k.a Scanner





Hace veinte años que la figura de Robin Rimbaud a.k.a. Scanner sobrevuela mi imaginario musical. Sin embargo, ¡hacía tanto tiempo que no lo escuchaba! Pertenezco a una generación de artistas para quienes el álbum de Scanner, Delivery (1997), fue un descubrimiento y acto seguido una identificación en sintonía con el espíritu de su tiempo. El hallazgo reciente de su último trabajo, titulado Fibolae (2017), reconecta la memoria con el pasado a la vez que desentumece el sistema nervioso. Scanner presenta un álbum melancólico, atmosférico, una elegía cargada de sentimientos.  Desde la entrada “Inhale”, pasando por “Footpaths”, “Spirit Cluster”, hasta la impresionante “Savage is Savage” los temas se encadenan de un modo articulado formando una sólida unidad. Si hay algo que sorprende es la importancia dada a la percusión: una rabia contenida y una emoción desbordante se despliega en ritmos marcados por la furia de la batería en “Inhale” y “Savage is Savage”.

Los primeros experimentos musicales de Scanner a comienzos de 1990 incorporaban fragmentos sacados de conversaciones telefónicas aleatorias grabadas con un escáner policial (de ahí el nombre). Estos fragmentos eran cacofonías de un mundo habitado por espectros donde la intimidad era escrutada y acto seguido expuesta. Esta forma de audio-voyeurismo desafiaba los límites entre lo público y lo privado. Lo que comenzó con una fascinación por las ondas de radio, señales de teléfonos y escáneres policiales fue lentamente adquiriendo la forma de proyectos artísticos multidisciplares, desarrollando un interés en la producción de sonido específico del lugar y la expansión del terreno entre el sonido, la imagen y la forma.

Los trabajos de Scanner son siempre obras completas que han de escucharse como una totalidad. Rimbaud además de compositor es escritor, artista multimedia y de instalación, colaborador incansable, experimentador, compositor de bandas sonoras. Sus colaboraciones abarcan trabajos con arquitectos, coreógrafos, artistas, compañías de producción de films de artistas como la belga Auguste Orts, etc. A su vez, sus modos de actuación muy variados. En el año 2000 tuve la oportunidad de verle en acción en el Centro Pompidou de París en un acto más performativo y teatral que un concierto propiamente. Entonces se activó en mi un deseo de trabajar de alguna manera con él, y aunque llegué a meterle en algún proyecto de comisariado virtual, se quedó en eso, un deseo.

Como decía, su sello distintivo siempre han sido esas breves conversaciones telefónicas capturadas que moran sus canciones, como empalmes, como instantes narrativos de instantes perdidos. Instantes analógicos de pasados perdidos rescatados y recombinados sobre un fondo electrónico altamente narrativo. Rimbaud comenzó siendo niño a grabar con una simple grabadora de cassette todo lo que ocurría en su entorno familiar. Esos cassettes han sido recuperados ahora para Fibolae, un álbum que Rimbaud habla de los sentimientos de duelo después de haber perdido a toda su familia. Hay momentos conmovedores. ¿Ha de verse a Rimbaud como un precursor de la hauntología? Así lo creo, aunque no recuerdo ninguna mención de Mark Fisher a Scanner en los textos del desaparecido crítico británico (al menos en sus tres libros publicados). Lo uncanny sonoro. 

Pero sin duda, Delivery es la obra que permanece como referente, u obra maestra de la composición posmoderna de la cultura electrónica. Lo fascinante de este álbum, aún cuando se escucha veinte años después, es su carácter profundamente narrativo, es decir, que el álbum se escucha prácticamente como una película o una novela. Esta narratividad es propia del arte de los años noventa. (He dicho el arte más que la música electrónica, porque ese me parece el ámbito en el que ha de situarse un trabajo como Delivery). Fue en se periodo que los artistas comenzaron a volverse hacia la literatura y el cine, haciendo productivo el tiempo aparentemente improductivo. Una corriente narrativa sacudió el arte contemporáneo (de la cual la Estética Relacional recogió parte de aquel legado). En ese contexto Scanner aparece como el proyecto de un artista que hace música, un compositor y un artesano de la apropiación y el ensamblaje. Todo un artista implicado en la captación de fragmentos narrativos y en la resignificación de la tecnología y la electrónica.

Scanner, delivery, 1997





6/07/2017

CRÍTICA: “Personal Shopper” (2016), Olivier Assayas

Kristen Stewart en Personal Shopper

Todas las historias de familia son historias de fantasmas. Sin embargo, algunas personal shopper que han ido a ver esta película se han visto decepcionadas, no por la peli en sí, sino por lo que parece una floja apreciación de la pseudoprofesión. Las blogeras achacan su crítica a que película no va de personal shoppers por mucho que lo diga el título, y que la protagonista Maureeen (Kristen Stewart), es más recadista que consejera de moda. Efectivamente, Maureen recorre París en su motocicleta llevando bolsas y trajes, de aquí a allá. Es a través de estos planos de la ciudad francesa, los recorridos en tren, de París a Londres, en medio de estaciones, lounges y controles de seguridad que la última película de Olivier Assayas captura el Zeitgeist del entorno semiótico más sofisticado. 

Personal Shopper es una película multigénero que juega con el imán de su protagonista, una Kristen Stewart post-Crepúsculo que acapara toda la atención de la mirada. Thriller, terror gótico y fashionvictimismo, la principal virtud de esta película no está en mostrar una trama coherente (Maureen, trabajadora precaria de una celebridad de la moda a la vez que médium tratando de conectar con el espíritu de su hermano muerto). Más bien lo que Personal Shopper pretende es jugar con el envoltorio, las atmósferas y las superficies. Travestir los géneros para obtener una realización refinada y elegante. Esto es, una película sobre el lifestyle de las capas sociales más sofisticadas a la vez que un producto sobre los deseos más comunes de la clase consumista. Desde esta perspectiva Personal Shopper resulta fascinante. Captura el cosmopolitismo y la combinación de los estilos, casual y elegante, que rodean la bohemia chic que nos rodea. En esta producción que se pretende culta, europea e intelectual, los franceses hablan inglés mientras que los norteamericanos simplemente dicen “merci” en París. Como la realidad misma. Mundo espejo. 

Personal Shopper enseña igualmente cómo el arte contemporáneo ha devenido en un indicador de estatus. Moda, arte y diseño son las esferas donde se proyecta una clase cosmopolita. Maureen se adentra en el universo de la pintora sueca Hilma af Klint, pionera de la abstracción y médium a la vez que el pasado espiritualista de Victor Hugo aparece en escena (con el músico Benjamin Biolay de intérprete). Todas estas referencias culturales están ahí para dotar de contenido a una película que no se sostiene como filme ocultista. Del público adolescente de la saga Crepúsculo pasamos al hipster connoisseur de las referencias. ¿De qué se quejaban entonces las personal shopper? Cuando mejor funciona la película es en el plano cerrado del cierre de unas botas de piel y los interiores elegantes bajo la angustia existencial de Maureen. 

Personal Shopper es otra producción cultural que redunda en la actualidad del género hauntológico, fantasmal y espectral, que va de la música a la literatura y al cine. Esto es, una forma popular no exenta de intelectualidad donde el pasado es reinterpretado siempre como una forma que siempre acaba por volver. La novedad de esta espectrología aquí está en la utilización del iPhone (¡todo está en Youtube!), como en el cansino e inquietante acoso escrito en la pantalla del móvil. En un momento se dice que los espiritistas del XIX fueron sensibles a las nuevas tecnologías (entonces la fotografía). Ahora, la tecnología quizás no tenga alma, pero estamos tan hechizados por su fuerza que hasta la más mínima deformación puede perturbarnos. 




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9/18/2016

Burial y la emoción




La capacidad de Burial para producir emoción no ha sido del todo codificada. Ya sea el sonido étnico del sitar, el sonido vocal que simula el canto de los delfines o el ruido atmosférico de la aguja del vinilo. La multiplicación de matices, la repetición del detalle orquestado alrededor de un centro ausente, la voz filtrada por los aparatos de sampling, los gloriosos instantes de subidón que preceden a la posterior depresión, las revelaciones de lo marginal, urbano y psicótico. A cada entrega, Burial consigue transportar al oyente a paisajes contaminados, llenos de memoria. La diferencia entre emoción y afecto. Una relación a investigar en lo sucesivo. Cojamos por ejemplo su último EP, “Rival Dealer” (2013), que tanto sorprendió a los fans y polarizó la opinión de la crítica musical. Desde el tema que da comienzo al EP, “Rival Dealer” un furioso corte de Jungle con un giro inesperado hacia su final, a los dos temas más discutidos, “Hinders” y “Come Down to Us” recuerdos del synth-pop más emo con toques New Age, multiculturales y alusiones al género y a la sexualidad, esta música está realizada para un recepción futura que no ha sido del todo asimilada en el presente.


El posmodernismo de Burial, un apropiacionismo orientado hacia la creación de contenido y no la repetición de lenguas o sonidos muertos, no está asociado al historicismo. Cada matiz, cada digresión en la continuidad de los temas, nos sitúa en una forma cuya utopía se modela a cada recepción.


8/19/2014

CRÍTICA: "Ghosts of My Life. Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures", Mark Fisher, (Zer0 Books, 2014)



El esperado libro de Mark Fisher enseña el camino de lo que una crítica contemporánea, ágil y lúcida, cargada de afecto, experiencial y penetrante, puede hoy en día realizar. Como bien expresa el statement de su editorial, Zer0 Books: un nuevo tipo de discurso florece en regiones más allá de las franjas comerciales de los llamados mass media y en los burocráticos y neuróticos despachos de la academia, un discurso intelectual no necesariamente académico, popular sin ser populista. Un estilo, una voz y una temática sobresalen en la escritura que Fisher practicó durante años en su blog, conocido con el alias k-punk. He dicho “crítica” en vez de “teoría”, porque la primera mantiene el potencial de su propia renovación todavía intacta siempre y cuando se aplique con la libertad y la densidad de esta recopilación. Si tuviera que afirmar cuál es el género de Ghosts of My Life, sin dudarlo diría que se trata de una clase de necesitada y urgente crítica cultural contemporánea. Mark Fisher actúa, en este sentido, como un hábil sismógrafo de las profundas transformaciones en la cultura, el consumo y la producción desde finales de los 70 hasta nuestros días.

Hay varios motivos de interés aquí: Fisher escribe sobre la temporalidad más que sobre el tiempo; acerca de esa “la lenta cancelación del futuro” en la que nos encontramos y que toma prestada de Franco “Bifo” Berardi. Pero escribiendo sobre la temporalidad, los paisajes que dibuja son perfectamente espaciales. Lo que el lector recrea en su cabeza son esas galerías comerciales a primeras horas un domingo por la tarde con su McDonalds y pasillos muertos, edificios de cemento que olvidaron el componente utópico del brutalismo, una gran ciudad humeante y fría, vacía y oscura, una casa, un hogar, entre neblina. En esos no-lugares hay espacio para la nostalgia y la aflicción. Paisajes post-industriales a lo Ballard, viejas series de televisión y un regusto por la introspección o una trascendencia no trascendente.

El primer ensayo, “The Slow Cancelation of the Future” puede leerse a modo de condensador de todo lo que vendrá después. A una desaceleración en la invención y la creatividad en la cultura popular del siglo XXI le ha seguido una aceleración de los viejos paradigmas de consumo haciendo de la repetición, el pastiche y el déjà vu la norma cultural de un presente alargado y contingente a la vez. Para Fisher, la cultura musical ha sido central en la proyección de futuros que se han perdido. (Por cultura musical se refiere no sólo a la música sino también a la moda, el diseño o cover art y el discurso). Su diagnóstico, no exento de exorcismo interior, es que el periodo desde comienzos del siglo XXI (en concreto él señala el 2003, año en el que empezó a postear) hasta ahora será reconocido como el peor para la cultura (popular) desde la década de los 50.

Esta obra supone, también, la materialización de ese corpus interpretativo primero aplicado a la música electrónica (a mediados de la década pasada) y después liberado, extendido a todo un espectro cultural, llamado hauntology, un híbrido del término inglés to haunt, haunting, y “ontology” (ontología). Como es sabido, el término alude a Jacques Derrida y al énfasis que éste otorga en su Espectros de Marx a la frase “el tiempo está fuera de juicio” de Hamlet para señalar una temporalidad quebrada de presencias y ausencias que continuamente nos asaltan en la coyuntura social y política de desconfianza hacia el socialismo. En manos de Fisher y una comunidad de bloggers, la “hauntología” es toda una ciencia difusa, más metafórica que otra cosa, y que sirve para señalar las contradicciones de la virtualidad producidas por el paso de lo analógico al mundo digital, incluyendo la virtualidad y la abstracción del capital mismo. No es de extrañar que esta causalidad espectral tenga en el dimensión sónica del “crujido” (o el impacto de la aguja sobre el vinilo) su momento álgido, así como una “niebla” que parece envolver nuestros recuerdos y experiencia cronológica. Él no lo dice, pero no es difícil conectar esta recuperación del sonido perdido del “crujido” en lo sonoro con la también reciente invasión del fetichismo del granulado fílmico y el celuloide en gran parte del cine, el documental y el arte contemporáneo de comienzos de siglo. La virtud de Fisher está no sólo en señalar los lugares donde el eterno retorno del pasado acontece sino en rastrear la “potencialidad” intacta de artefactos culturales y musicales, enfatizando su “dimensión utópica”.

Gran parte de la teoría “hauntológica” se le debe, además de a Derrida, a la excepcional lectura que el autor hace de El Resplandor (1980) de Stanley Kubrick, sobre todo a partir de un álbum de The Caretaker que podría sonar perfectamente en el ballroom del hotel Overlooked en dicho filme. Banda sonora de los años 20 y 30. Ya se sabe, el salón donde un demente Jack Torrance (Jack Nicholson) encuentra al superyó ideal de una época dorada, los 20, o como escribe Jameson, “el último momento en el cual una genuina clase norteamericana ociosa exhibió una existencia agresiva y ostentosa, en la cual una clase dirigente norteamericana proyectó una imagen de sí misma autoconsciente y no culpable, y gozó sin culpa de sus beneficios, abiertamente y armada con sus emblemas de galera y copa de champagne en el escenario social, a plena vista de las otras clases”.[1] Es por los años 20 que el héroe está hechizado y poseído, y lo que ahora mismo nos importa es determinar la abstracción social desde donde voluntaria pero inconscientemente nos sometemos al hechizo.

Musicalmente hablando, The Caretaker y Burial son, para Fisher, ejemplos máximos de la “hauntología” sonora, mientras que la irrupción del Jungle con Goldie (¿hay quien todavía se acuerda de Goldie y de Tricky?), o el análisis de Japan cuya letra de la canción “Ghosts” da el título al libro, ofrecen no poca información sobre la naturaleza del cambio en los paradigmas culturales del pasado reciente. El problema del término “hauntología”, su inapelable seducción, reside en la tentación de aplicarlo a todo lo que nos parezca encantado, hechizado y fantasmagórico, no importa de qué estemos hablando. Cualquier película gótica nos parecería entonces “hauntológica”. Tentación en la que Fisher no cae en ningún momento. Más bien, su acierto consiste en subjetivizar al nivel de las referencias mediante una lista de autores que enlistados simulan una aparente falta de cohesión entre ellos: los mencionados Burial y The Caretaker, bien, pero también John Le Carré, Jimmy Saville, Christopher Nolan, Joy Division, Darkstar… ¡incluso Kanye West! Pasando por otros muchos nombres más sonados en el contexto anglosajón o no necesariamente conocidos. Se encuentra aquí uno de los rasgos de este libro, su interés y su limitación, es decir, el contorno de una geografía la cual se circunscribe a un britishness sin apenas exterioridad. Esto no es impedimento para que los connoisseurs aprecien, pues gran parte de los lectores del autor de Capitalism Realism: Is There No Alternative? (Zer0 Books, 2009), están entrenados en escudriñar a través de la exclusividad de las referencias en blogs de lo más especializados. En cualquier caso, el alcance del autor sobre los males que aquejan a la cultura británica desde el ascenso del Thatcherismo (y que el ensayo sobre la controvertida figura de Jimmy Saville expone sin tapujos) es contundente.

Desde el punto de vista teórico, Mark Fisher es más jamesoniano que derridiano, de quien dice le resulta un autor frustrante. De Fredric Jameson recoge el capitalismo tardío como horizonte cultural que todo lo invade, una naturalidad para hilvanar referencias heterogéneas que van de lo alto a lo bajo y viceversa, así como un espíritu periodizador, dialéctico. Esta metodología de pensamiento se esboza en el conjunto de este libro y temáticamente no puede sino trazar un arco con el estudio del posmodernismo y sus formas saturadas de nostalgia que todo lo invaden así como cierto anhelo de esperanza y futuridad. Pero además, Fisher opera con el sonido y lo popular como Georg Lukács lo hacía con la novela realista del XIX, es decir, revelando desde la minuciosidad del análisis y la interpretación los difíciles sentimientos irrepresentables del sistema capitalista. Esto lo hace a partir del sonido de la resaca post-rave o la retirada de una forma de disfrute colectiva basada en el baile a una actitud reflexiva e íntima, por ejemplo en Darkstar o en la evolución del synth-pop futurista en John Foxx, etc.

Para Fisher, el estado actual de la subjetividad, el origen de la (su) depresión es el neoliberalismo mismo. Hablando de Joy Division escribe: “Joy Division connected not just because of what they were, but shen they were. Mrs Thatcher just arrived, the long grey winter of Reaganomics on the way, the Cold War still feeding our unconscious with a lifetime’s worth of retina nightmares”, para a continuación indagar con sobrecogimiento en el suicidio de Ian Curtis y afirmar que su asunto, el de Joy Division, era la depresión y no la tristeza o la frustración. “Depression, whose difference from mere sadness consists in its claim to have uncovered The (final, unvarnished) Truth about life and desire”.[2]

O, por ejemplo, hablando de Inception de Christopher Nolan:

“The ostensibly upbeat ending and all the distracting boy-toy action cannot dispel the non-specific but pervasive pathos that hangs over the film. It’s a sadness that arises from the impasses of a culture in which business has closed down any posibility of an outside – situation that Inception exemplifies, rather than comments on. You yearn for foreigh places, but everywhere you go looks like local colour for the film set of a commercial; you want to be lost in Escheresques mazes, but you end up in an interminable car chase”.[3]

Lo reseñable en esta recopilación de escritos es que lo que se piensa también se siente, y el lector es testigo de este sentimiento, algo nada sencillo en la escritura crítica y teórica.


Postdata: para una crítica comparada el lector puede leer esta otra de Brian Dillon publicada en el número de verano de la revista ArtReview. 




[1] Fredric Jameson, “Historicismo en El resplandor”, en Signaturas de lo visible, Prometeo libros, Buenos Aires, 2012, p. 165.
[2] Mark Fisher, Ghosts of My Life. Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures, Zer0 Books, 2014. 56/57
[3] Op. cit, p. 220.