Cada vez menos puede decirse de alguien
que se dedica a la crítica de arte que su profesión sea precisamente esa: ser
un crítico. Éste era el caso de José Manuel Costa, simplemente conocido como
Costa, o JM Costa en su versión de Facebook, donde junto con Luis Francisco
Pérez se había convertido en un paladín de la disputa amable, siempre
respetuoso, aún en el desacuerdo. Hace unos pocos días que Costa nos ha dejado,
y la sensación es que se ha ido un veterano de espíritu joven que conectaba con
los más jóvenes como ninguno. Conocí a Costa a mediados de los 2000 en las
reuniones de la Asociación de Críticos de Artes Visuales en Madrid. Entonces yo
era completamente no consciente de su bagaje y trayectoria, de su relevancia en
la crítica musical durante los años 80 y 90. Sus apariciones en las reuniones
eran siempre las de un tipo raro y entrañable a la vez. Ingenuo de mi, me
preguntaba, ¿pero y éste, quién es? Mucho más tarde lo redescubrí a través del
programa de Radio 3 Retromanía, y entonces me asombró que una misma persona
pudiera tener aquellos conocimientos exhaustivos del panorama musical desde los
años 70, y a la vez ejercer la crítica de arte. Así que cuando a principios del
2015 yo buscaba alguien para acompañarme en la presentación de mi libro La línea de producción de la crítica en
La Central del Reina Sofía en Madrid, pensé en Costa. Su personalidad bifronte,
arte y música, su germanofilia y su carisma eran argumentos más que de sobra.
Se lo pedimos desde consonni y él aceptó rápidamente.
Se leyó el libro y tuvimos una charla telefónica de lo más amena: hablamos,
entre otras cosas, de Mark Fisher, cuya obra Costa conocía (evidentemente).
Porque Costa era un curioso, y conocía de todo. Más tarde la presentación en
Madrid fue todo un show: hubo gente
que vino a la presentación del libro por Costa, y no por mí. Una persona me
hizo la observación de que Costa había conseguido ponerme nervioso, algo nada
extraño por otra parte. Me lo tomé como un halago. El año pasado volvimos a
coincidir en el CGAC de Santiago de Compostela cuando él moderó una mesa sobre
“Crítica relacional” en la que participaba; intercambiamos algunos emails y
para sorpresa suya y de los organizadores resultó que la Estética Relacional acabó
monopolizando una sesión que se pretendía sobre la interacción de la crítica en
las redes sociales. Fueron un par de días donde imperó el buen ambiente y la
camaradería. Su anecdotario era amplio, así que durante un paseo decidí
preguntarle sobre el sonido de Autechre, a lo que él respondió rememorando un
día de paella con Sean Booth no sé donde. La respuesta perfecta.
Siempre he pensado que el título que se
dio al libro póstumo de Craig Owens (1950-1990) Beyond Recognition, no solo era un guiño a las políticas de
representación y de lo marginal que siempre abordó en su obra, sino también una
especie de epitafio sobre la propia profesión de la crítica de arte: beyond recognition (más allá del
reconocimiento). Pero es precisamente cuando un crítico fallece que de golpe
nos damos cuenta de la importancia de su labor. Porque en vida un crítico nunca
es el centro de atención sino ese otro necesario que nos recuerda la
importancia de una profesión en vías de extinción. Los críticos somos
generalmente escritores sin libro. Costa también lo era, y aunque se dice que
había comenzado a pensar en escribir sus memorias, o prometía recopilar sus
artículos en un libro, lo cierto es que la crítica como una profesión es una
actividad pecunaria sometida a la coyuntura y las contingencias del
día a día. Una reseña y otra. Una pequeña colaboración aquí y otra allí. Vivir
para escribir/ escribir para vivir: ésta es la dialéctica. Cuando de alguien
puede decirse que en vida fue un crítico es porque la continuidad de su
actividad en un punto concreto consiguió transformar la cantidad en calidad,
haciendo de ese modo perceptible a una masa de lectores una profesión y una
función social. Cuando la crítica escrita se ejerce desde la dedicación
completa y con honestidad, ningún artículo que no esté a la altura puede
amargar toda una trayectoria.
Considero que la curiosidad es siempre
una de las primeras virtudes en quien ejerce esa digna actividad que es la crítica.
También el criterio, claro está. Pienso también que una actitud de camaradería intergeneracional y
fraternidad son igualmente necesarias para mantener viva la actividad. Es
porque otros antes se han dedicado a esto, que nosotros también podemos hacerlo
ahora. Siento pena por no haber podido compartir más tiempo con JM Costa y su generosidad,
pero me reconforta el recuerdo y el aprecio de tanta gente en común. ¡Salud,
Costa!








