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| Douglas Gordon, 24 Hour Psycho (1993), instalación |
En su célebre ensayo Contra la
interpretación (1964), Susan
Sontag se refirió al hecho de que las películas no eran todavía “atropelladas
por los interpretadores” debido simplemente a la novedad del cine como arte. Añadió
que ello era “también debido al feliz accidente por el cual las películas,
durante largo tiempo, fueron tan sólo películas; en otras palabras, que se las
consideró parte de la cultura de masas, entendida ésta como opuesta a la
cultura superior, y fueron desechadas por la mayoría de las personas
inteligentes”. Resulta más que evidente que esta relación ha sido hoy revertida
y que, junto a una legión de interpretadores, no hay museo, institución
artística o centro de arte que no haya incorporado el cine como parte integral
de su programación. Esto requiere algo de periodización previa.
Si la década de los setenta y ochenta fueron claves para la emergencia
del vídeo y el videoarte como un nuevo medio artístico que demandaba su propia
inserción en los canales y programas institucionales, los noventa fue la década
en la que el cine hizo su entrada definitiva en la institución-arte. Más
recientemente, la fusión de estos medios se ha normalizado borrándose cualquier
límite o frontera entre ellos (a lo que ha ayudado la digitalización de toda la
tecnología). Mi propia escritura ha experimentado en el último lustro esta
disolución entre arte y cine, y ésta se ha dado de una manera natural.
Independientemente del medio, la audiovisualización del arte
contemporáneo es consustancial al devenir pantalla de todos los ámbitos de la
vida privada y pública. La integración en la institución-arte del vídeo y el
cine ha ido igualmente en paralelo a la consagración de artistas y la
asimilación que el mercado ha hecho de todo ello. Pero más que la tecnología en
sí misma (vídeo, cine, tv, instalación, etc.) y sus equipamientos tecnológicos
correspondientes, lo que la institución-arte ha integrado lenta y sigilosamente
son los dispositivos conceptuales y discursivos que rodean al medio tecnológico.
Así, la actual tendencia de muchos artistas a escoger tecnologías
obsoletas como el celuloide es una respuesta crítica y lógica a la
digitalización masiva de la sociedad, y que en ocasiones alcanza el tono nostálgico
de una técnica en desaparición. Imitar lo analógico a partir de lo digital es
hoy una corriente dominante. Se da una paradoja (técnica y temporal)
interesante al contrastar la dificultad con la que muchas instituciones y
centros de arte se han encontrado a la hora de incorporar proyectores en loop de 16 y 35 mm en tiempos recientes,
es decir, una tecnología artesanal desfasada, con el aprieto con el que un
artista tenía que negociar para poder visionar una cinta de VHS, pongamos que
en 1989. Lo que entonces era novedoso nos es hoy anticuado y caduco mientras
que lo viejo de entonces es ahora lo nuevo. Otra diferencia disuelta es la
consideración del cine como un arte más elevado y el vídeo como perteneciente a
una clase inferior.
Afortunadamente, y en la esfera del arte, esta ambivalencia tecnológica
entre vídeo y cine se suturó en los noventa como un asunto propio de los “Douglas”:
Stan Douglas y Douglas Gordon. Aunque es de justicia recordar aquí que Godard, Marker,
Kluge y demás correligionarios del tv-politics
ya habían dejado como caduca cualquier tipo de compartimentación. Pero en lo
estrictamente artístico, se les debe a los “Douglas” (junto a otros artistas
del periodo) el haber introducido el cine como un nuevo contenido para un arte
contemporáneo que todo lo canibaliza a su paso: Hitchcock, Pasolini, Antonioni
como contenido; en cuanto a las formas, remakes,
versiones, bandas sonoras, títulos de crédito y otros aspectos del cine centran
la atención de muchos artistas. En este proceso combinatorio, el proceso de
“ajuste” entre las dinámicas espacio-temporales del dispositivo del cine y las
propiamente expositivas resulta productivo.
En su ensayo, Sontag comentaba que a diferencia de la novela (y podríamos
añadir aquí la exposición), el cine poseía un vocabulario de las formas, una
sintaxis fílmica: “la explícita, compleja y discutible tecnología de los
movimientos de cámara, de los cortes, y de la composición de planos implicados
en la realización de una película”. Esta parte formal es aplicable a todo el
dispositivo de manera que el cine devenga un modelo de producción en su
conjunto. Esto es algo que algunos artistas franceses (Parreno, Huyghe,
Gonzalez-Foerster) trataron de llevar a cabo en los noventa, alargando las analogías
de la exposición como un espacio-tiempo similar a una película, o la siempre
seductora idea de la exposición como un filme en tiempo real, etc. Muchas de
las exposiciones de Dora García comparten esta impresión fílmica en 3D. De
nuevo, es la práctica artística la que ensancha más el espacio dentro de la
institución-arte y no al revés. El cine es principalmente un arte espacial y
como tal, su desmaterialización en las prácticas artísticas es una consecuencia
de su espacialización. La deconstrucción, desmontaje y posterior ensamblaje ad hoc del “aparato” fílmico es entonces
la solución a esta espacialización. La audiovisualización como solución
espacial (black cube versus white cube) es también una cuestión de
índole arquitectural.
De todo esto ha emergido con fuerza un género por derecho propio: el “cine
de exposición”. Un audiovisual de doble entrada según desde donde se dé el
primer paso; arte o cine. Un audiovisual que igualmente combina géneros y hace
inútiles las divisiones rígidas entre documental y ficción. En el contexto
español sus practicantes son múltiples y variados, y en esta espacialización es
donde confluyen los filmes de Laida Lertxundi, los vídeos de Alex Reynolds y los
textos y experimentos con el aparato fílmico de Esperanza Collado, por
mencionar algunas autoras. La muestra El
cine rev(b)elado en el CA2M de Móstoles durante el año pasado, comisariada
por Playtime Audiovisuales y Abraham Rivera fue la respuesta a este escenario
de confluencia. Desde el cine al cubo
blanco los ejemplos son incontables: desde el estreno comercial de Tiro en la cabeza (2008) de Jaime
Rosales coincidiendo con su proyección a modo de videoinstalación en el Museo
Reina Sofía de Madrid; las incursiones en el cubo blanco de Isaki Lacuesta; la exposición Miradas al límite en el museo ARTIUM de Vitoria-Gasteiz en 2008; el
fenómeno del Novo Cinema Galego; programaciones como la desarrollada por Víctor
Iriarte (él mismo un creador audiovisual y de performance) en Tabakalera de San
Sebastián, o la línea programática de ciclos de cineastas en el centro Bilboarte.
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| El cine rev(b)elado en el CA2M de Móstoles, 2014 |
Entre la progresiva diversificación de las funciones que una
institución artística puede abordar (exposiciones, publicaciones, educación,
biblioteca, etc.) el nuevo audiovisual abre una posibilidad para la figura del programador/a,
así como la consideración de esta “programación” como un destacado aspecto de
los servicios culturales prestados. La industria cultural diversifica,
estratifica, separa y aglutina. La actual y creciente inserción del llamado
“cine invisible” o “cine raro” en canales que nada tienen que ver con lo
independiente también plantea la pregunta acerca de cuál es el tiempo de
absorción por el sistema de todo aquello que resulte inusual, diferente,
polémico o simplemente marginal. Institucionalizar supone también hacerlo
habitual, corriente y lógico, no necesariamente someterlo a la norma y la
regla.
* Publicado en A-desk, Barcelona, 11-05-2015




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