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12/14/2009

TEXTOS INÉDITOS 2: Arte, populismo y contingencia

He aquí una segunda entrega de textos inéditos. Al igual que el anterior "El guardián del tiempo" se trata de un artículo del año 2004, quizás con ideas provenientes del 2003. Concebido como un divertimento el texto reflexiona acerca de las algunas ideas pragmatistas vinculándolas al debate sobre el populismo. La figura intelectual que sobrevuela aquí es Richard Rorty, un autor al que no profeso gran estima, pero que leí abundantemente durante un periodo de tiempo alargado para comprender un poco mejor las raíces del pensamiento pragmatista norteamericano. Por lo tanto, se de qué va cuando oigo el nombre de Rorty, aunque todavía me asombra cuando lo veo utilizado por muchos dentro de un contexto discursivo-artístico como abanderado de una cierta posmodernidad al mismo tiempo que se pasa por alto su posición política y cultural predominantemente conservadora. En cualquier caso, hay elementos a rescatar y a incorporar de ese modo de pensamiento norteamericano aunque sólo para contrarrestar los efectos escleróticos de cualquier ortodoxia teórica.
Pero lo que me ha llamado la atención releyendo el texto es que de alguna manera me reenvía a un modo de crítica de arte que parece regresar, pues parecía extinguida, me refiero a aquella que abusa de las preguntas interrogatorias inquisitoriales ante la experiencia artística y que no posee ningún equipaje de herramientas críticas más allá de la simple opinión/criterio del susudicho “escribiente”.   
 

                                     Juan Pérez Agirregoikoa, El capitalismo es fabuloso, 2005



 
Muchas veces nos preguntamos sobre los entresijos de sistemas que no alcanzamos a comprender como si por el mero hecho de preguntar ya quisiéramos asir su esencia originaria. Por ejemplo, la vacilación que sigue en el especialista ante la cuestión “¿Qué es el arte?” no es sino una prolongación o aplazamiento de un conjunto de preguntas sin respuestas inmediatas o, como mínimo, de preguntas mal formuladas. Habitualmente detrás de este tipo de preguntas no existe un deseo de entendimiento metafísico (a lo Heidegger), sino un basto populismo indiscriminado. El siguiente y recurrente chiste lo deja claro. Pregunta: “¿Qué es el arte?” Respuesta: “Morirte de frío”. Y así se burlan los profanos (destapando de paso sus complejos) de los iniciados. Pero lo cierto es que los denominados profanos no llevan tanta desventaja respecto a los denominados iniciados. Esta distinción es falsa, en cierto sentido, pues simplifica la existencia de una comunidad más amplia más allá de un reducido círculo de iniciados. Sin embargo, los prejuicios y mecanismos de defensa típicos de quién no tiene ni idea no dejan de incordiar al investigador.
La búsqueda esencialista de la que presumen los no iniciados se traduce en una necesidad de verdad objetiva. Entonces preguntan cuestiones generales. Es ahí donde el populismo –tanto en cultura como en otros ámbitos- obtiene su caldo de cultivo.
Lo contrario de este esencialismo es la contingencia. Según el filósofo pragmatista Richard Rorty, librarnos de la carga teológica y metafísica de preguntas como “¿Qué es el arte?” es tarea del ironista. La persona que asume esta condición ironista -que no irónica- asume de facto la contradicción, al ser capaz de no tomarse demasiado en serio porque sabe que los términos por los cuales se describe a sí misma están sujetos al cambio. Resumiendo, un ironista es consciente de la contingencia y fragilidad de su léxico, y por tanto de su yo. Si las preguntas generales esconden trampas, entonces, una cuestión formulada correctamente podría ser: “¿Cuál es el desarrollo de una tendencia artística X dentro de la historia del arte?” Seguro que el connaisseur encuentra entonces alguna respuesta coherente.
Según la definición del diccionario, la contingencia es la posibilidad de que algo suceda o no suceda. Algo parcial. El arte es, según lo conocemos, algo que sucede. Algo sujeto al acontecimiento.
Entonces, ¿cómo reconciliar una teoría de la contingencia posmoderna con una teoría del arte igualmente posmoderna?
La contingencia –lingüística, histórica o sustancial- revelaría la fragilidad del sistema. Sólo si abandonamos cualquier intento de entender el mundo del arte desde una lógica racional estaremos abrazando la contingencia como método de interpretación.
Esto que parece la cuadratura del círculo no es simple subjetivismo. Tampoco relativismo. Por ejemplo, ¿todavía alguien cree en la equivalencia de, pongamos el caso, hacer méritos suficientes y conseguir el reconocimiento consiguiente? Las claves del éxito y del fracaso se encuentran en factores contingentes que la mayoría de las veces están fuera de la esfera de influencia del artista. La primera contingencia sería entonces la del ente legitimador, llamémosle institución-arte. Pero a riesgo de caer en nuestra propia trampa lingüística, quizás la mayor contingencia esté en el propio término de “arte” (ahora entrecomillado). En este mismo artículo uno debe andar con pies de plomo para no caer en la generalidad del término “arte”. Porque podemos hablar de historia del arte, artes visuales, archivo del arte, artes aplicadas, bellas artes, etcétera.
Todo esto, en el orden del lenguaje, podría ser malinterpretado por el populismo del “todo vale”, a lo que sigue, en su proceso mental, “si todo vale, todo es arte, entonces, (cogito ergo sum) ¿qué es el arte?”. Nada más lejos de la realidad. Primer error. La contingencia no es sinónimo de relativismo. Tampoco de subjetivismo irracional. La contingencia del término “arte” se sitúa más allá de una lógica disyuntiva entre racional e irracional.
Es por esto que las teorías totales o globales que intentan explicar la práctica artística desde una perspectiva racional están destinadas a fracasar pues no son conscientes de la contingencia del lenguaje ni de las limitaciones de las referencias históricas, contextuales y teóricas empleadas. Sin embargo es necesario aventurarse en esa tarea de reconstrucción teórica.
Así, el populista, en su afán de entendimiento absoluto, no puede nunca suspender el juicio crítico. Siempre tiene una opinión y ésta se sitúa en contra de la de todos los demás. No es sin embargo una opinión polemista, que genere debate, sino como se suele decir, simples disparos al aire.
Hoy en día el peligro del populismo está en que no ha aprendido que la contingencia es un factor decisivo en la construcción de cualquier identidad y por lo tanto, también el juicio crítico participa de semejante inestabilidad. El populista, en su deseo ingenuo de “sacar el arte a la calle”, en derribar los estamentos establecidos, en elevar la queja, su resentimiento y malestar allí adonde va, confunde la verdad con su propio deseo de verdad. Por el contrario, el ironista adopta una distancia prudente porque sabe que la crítica eficaz se ejerce siempre desde la frágil frontera que separa lo que está dentro y lo que permanece afuera.
(2004)