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1/31/2014

EDITORIAL: El retorno de lo esotérico pero “moderno”

Lo esotérico cuenta con una buena acogida en el arte contemporáneo actual. Tanto la última Documenta de Kassel como sobre la todo la Bienal de Venecia han valorado positivamente este retorno de lo esotérico en un mundo que, todos coincidimos, se encuentra en descomposición o abocado a una catástrofe ecológica o humanitaria. La afirmación de la subjetividad radical y el rechazo de las formas tradicionales de socialización en la esfera pública nos devuelven aquella imagen del artista que ya conocíamos: la del genio. Marina Abramovic está también de actualidad, tanto por su “socialización” mediática de la performance como por ejemplificar este retorno de lo trascendental. La energía existencial en las piedras antiguas, en los minerales y en otros materiales orgánicos del subsuelo devienen en mediums con los que conectar el espíritu a las esencias más enraizadas del ser y la naturaleza. Madre tierra. Pachamama. Cosmogonía. Cosmología. Astrología. Planetas y ciencia ficción. También arqueología. Palabras clave hacia las que se dirige la atención desde no pocas prácticas creativas y artísticas. 

No resulta descabellado en este contexto afirmar que las cosmogonías devienen en la pre-historia que sirve de coartada al retro-modernismo de algunas prácticas artísticas contemporáneas. Si una mirada a la ansiedad que nuestro capitalismo tardío exhala puede justificar este retorno de las cosmogonías (en prácticas donde aparecen discursos cósmicos), no es menos cierto la dificultad para hablar referencialmente sobre estas cosmogonías sin caer en su lado más reaccionario, místico y trascendental. Supongo que esta recuperación de lo cósmico obedece al eterno retorno que caracteriza a lo posmoderno. Por su parte, las cosmogonías –explicaciones del origen del hombre y la naturaleza a través de los dioses y que milenariamente se solidifica en la mitología hecha forma cultural, desde la artesanía a la arquitectura– plantean una compleja trama entre lo particular y lo universal para cualquier cultura con la que negociar. Posmodernismo y cosmogonía parecerían entonces categorías irreconciliables donde solo una crítica distanciada a la modernidad (desde un punto de vista posmoderno) podría, en algún caso, hacerlas converger. La modernidad del arte pre-hispánico precede en muchas de estas interpretaciones “decoloniales” al peso del Renacimiento después del proceso de occidentalización. La modernidad pre-hispánica es propia de una cultura naciente, en lo que viene a partir de un nacimiento u origen, no de un re-nacimiento. El trabajo material que emana de lo primitivo y lo arcaizante es entonces lo verdaderamente moderno. El clasicismo sería, por otro lado, el orden, o un sinónimo de un regreso al orden (sinónimo también, de manera contradictoria, a la modernidad). Resulta apasionante este proceso, en el que es propio de los renacimientos culturales (en procesos de liberación nacional, o en modernidades vernáculas) la recuperación de las culturas nacientes o salvajes.

Lo verdaderamente interesante en el concepto de modernidad está en la posibilidad de vislumbrar las valencias de lo positivo y lo negativo, y hoy en día la penetrante presencia de rasgos de la modernidad estética no implican en absoluto el nacimiento de ninguna nueva era moderna que suplante a la posmodernidad (por mucho que algunos críticos y teóricos se afanen en inventar términos creativos como “Altermodernismo”, “Metamodernismo”, etc.) Más bien, el retro-modernismo es la prolongación sistémica de aquello que pretenden superar, simplemente porque suena mal, a saber, el posmodernismo. Una de las críticas más agudas en este sentido la ha dado Jameson, para quien cada vez que se menciona el término “modernidad” conviene hacer el ejercicio de leerlo como  sinónimo de “capitalismo”. Escribió hace una década: “¿Cómo pueden entonces los ideólogos de la ‘modernidad’ en su sentido actual arreglárselas para distinguir su producto –la revolución de la información y la modernidad globalizada del libre mercado- del detestable tipo anterior, sin verse obligados a plantear las serias preguntas sistémicas políticas y económicas que el concepto de una posmodernidad hace inevitables? La respuesta es simple: hablando de modernidades ‘alternas’ o ‘alternativas’. A estas alturas todo el mundo conoce la fórmula: significa que puede haber una modernidad para todos que sea diferente del modelo anglosajón convencional o hegemónico. Todo lo que nos disguste de éste, incluida la posición subalterna en la que nos deja, puede borrarse gracias a la idea tranquilizante y ‘cultural’ de que podemos configurar nuestra modernidad de otro modo, razón por la cual es posible la existencia de un tipo latinoamericano, un tipo indio, un tipo africano y así sucesivamente”.[1]
No es difícil establecer entonces un paralelismo con esa otra categoría inclusiva y a la vez canonizada como es el multiculturalismo, con todos los problemas que ello conlleva.

Entonces, el recurso a la multitud, (“no hay una modernidad con una esencia fija, hay múltiples modernidades cada una irreducible a las otras…”) resulta problemático porque no reconoce una ausencia única y fija de la modernidad. Como Slavoj Zizek ha comentado al respecto, esta multiplicación funciona como renegación del antagonismo inherente a la noción de modernidad como tal: esta multiplicación libera la noción universal de modernidad de su antagonismo, de su inmersión en el sistema capitalista.[2] En mi opinión, todo esto resulta de una complejidad excepcional, un horizonte interpretativo necesario para situar cualquier acercamiento a las modernidades singulares, especialmente la Tropicalia brasileña, así como las actuales “modernologías”. Si el renacimiento de no pocas de estas modernidades singulares residió en el re-descubrimiento de lo arcaico y nativo, cosmogónico, pre-renacentista ergo pre-colonial, ahora debemos determinar cuales de las prácticas neo- o retro-modernistas típicas del posmodernismo hacen uso de ese legado sin caer en un misticismo y transcendentalismo reaccionario.





[1] Fredric Jameson, Una modernidad singular; ensayo sobre la ontología del presente, Gedisa, Barcelona, 2004, p. 21.
[2] Slavoj Zizek, La revolución blanda, Parusia, Buenos Aires, 2004, p. 17.


9/02/2011

Lecciones de historia


La historia del colonialismo puede explicarse a través de múltiples ejemplos donde un caso concreto sirve para definir las condiciones específicas de otra situación particular. Uno de los rasgos de esta historia (o estas historias del colonialismo) es que métodos parecidos (expropiación, guerra y muerte) fueron aplicados por diversas fuerzas coloniales en momentos históricos distintos. La frase hecha de que la historia se repite no es baladí. En este sentido, un buen artefacto cultural para entender las contradicciones de la historia es la película Burn! (también conocida como Queimada) (1969) de Gillo Pontecorvo.
Queimada, en portugués quemado; en su intento de rentabilizar comercialmente la película, los productores optaron por su traducción, pero en lugar del equivalente Burnt, optaron por el absurdo imperativo Burn! que recordaba al  “Burn, baby, burn” de las insurrecciones de los guettos negros, o tambien a la estrategia americana en Vietnam, convertida posteriormente en un hit gracias a la canción Disco Inferno de The Trammps.  Los ingredientes del filme son construidos, ficcionalizados, todos ellos basados en hechos reales de dominación, conquista, explotación y resistencia. El lugar: una pequeña isla en el Caribe llamada Queimada, pues los portugueses tuvieron que quemarla para hacerse con ella, arrasando y aniquilando a la población indígena, con la consiguiente repoblación de la isla con esclavos de África. El período: mediados del siglo XIX. Los protagonistas: un británico encarnado magistralmente por la estrella Marlon Brando, a sueldo de la Corona primero y de una compañía de comercio de caña de azúcar después, que comienza una serie de revueltas haciendo de un iletrado nativo el lider revolucionario de la guerrilla. La trama: la sucesión de poderes en el gobierno de la isla, colonia portuguesa primero, estado independiente después (como consecuencia de una revolución de liberación nacional) y posesión de la isla por parte de los británicos.
Más allá de lo imbricado de su argumento, el filme posee un carácter ejemplar, de tipicalidad, exponiendo un conjunto de realidades históricas: la expansión del colonialismo y la estrecha cooperación entre las emergentes compañías mercantiles y los Estados imperiales, la explotación de los bienes por parte de estas compañías, el rol de la burguesía, el nacimiento de una conciencia política en los explotados, la disputa por la territorialidad entre las potencias colonizadoras, portugueses y británicos. Podrían también haber sido holandeses.

Conviene distinguir entre una lección de historia y una lección histórica, si bien ambas pueden servir como modelos o arquetipos que designen la totalidad histórica. Lo que es importante aquí son las trazas todavía visibles de aquellos tiempos en nuestros días. El nacimiento de las naciones-estado surgió de la confrontación entre los antiguos reinos y los nuevos territorios, y éste fue el caldo de cultivo del nacionalismo como sistema de creencias más que como ideología política. Lo que hoy en día llamamos “nacionalismo” bebe de aquella fuente. Benedict Anderson comentó de manera precisa en su libro Comunidades imaginadas cómo en forma del todo inconsciente, el Estado colonial del siglo XIX engendró dialécticamente la gramática de los nacionalismos que, a la postre, surgió para combatirlos.[1] Estos ecos todavía resuenan. Un nacionalismo que se había originado en las Américas (incluyendo Brasil) fue adoptado y adaptado por movimientos populares y por las potencias imperialistas en Europa, y en Asia y África por las resistencias antimperialistas.

¿Dónde entonces situar la oleada de patriotismo excluyente de derechas que crece sin parar en países de larga tradición liberal? La culpabilidad histórica quizás tenga algo de atávico. Mientras nos es todavía posible hablar de rasgos identitarios definidos desde una idea de periferia, minoría o reivindicación de “contexto”, mencionando abiertamente una cierta brasilianidad, una cierta irlandesidad o una cierta vasquidad, tenemos más remilgos al referirnos a una serie de características que indiquen una cierta holandesidad, britanicidad, españolidad, francesidad, y demás. El equilibrio entre lo propio y lo ajeno está siempre en suspenso o en el aire. Pero desde un punto de vista objetivo, la condición de posibilidad de las unas es también la de las otras.








[1] Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica, Mexico D.F., 2006.