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1/11/2022

"Succession" y el ascenso de la clase vectorialista

 



Con el final de la tercera temporada de la serie de HBO se cierne sobre el espectador la impresión de un espectáculo cuya magnitud crece a poco que revisemos todo lo visto y escuchado. Como ya se ha dicho, Succession es al mismo tiempo una tragicomedia griega (o tal vez romana) y una sátira del poder económico (especialmente en los Estados Unidos). Un drama financiero donde el humor es el vehículo de distanciamiento necesario. Las sátiras al capitalismo están de moda y no resulta sorprendente que se den dentro de un capitalismo de plataforma hegemónico en el consumo. Pienso no solo en Succession, obra de Jesse Armstrong, sino también en otra miniserie de HBO como es The White Lotus donde se mezcla clase, raza con corrección política. Cualquier espectador podrá señalar aquí su serie preferida “crítica” con el capitalismo dentro del catálogo de su suscripción mensual. Forma parte del capitalismo que todos los que lo fomentan al mismo tiempo lo critiquen. Asimismo es parte consustancial que esas críticas se desactiven por el propio canal, sea HBO o Netflix, en tanto aparatos de homogeneización del consumo. No hay duda que las series han hecho obsoleta la vieja televisión absorbiendo al mismo tiempo las formas cinematográficas más avanzadas. Antes del advenimiento de las series, Fredric Jameson nos recordaba que “el ‘público’ atomizado y serial de la cultura de masas desea ver lo mismo una y otra vez, de ahí la urgencia de la estructura genérica y la señal genérica”. El teórico se quedaba corto, pues no solo habría que sustituir “público” por “consumidor”, sino que además nunca ha habido tanta concentración en la cultura de masas; nunca tanta gente ha estado consumiendo lo mismo al mismo tiempo y, para más inri, comentándolo en tiempo real. ¿Ventajas e inconvenientes de la conversación pública de masas? 


Hay en la actual cultura de masas una tendencia a la complejidad que eleva los productos a un estatus de calidad más allá del mero entretenimiento. Esta complejidad adopta las estrategias del metacomentario, la autoconsciencia y la distancia irónica para fidelizar a un público que ha de superar algunas resistencias iniciales para “engancharse” a la trama, generando así una comunidad de afinidad con el producto y con otros consumidores/espectadores. Series como Succession sirven para detectar la corrosión del poder, la política y el dinero mientras nos deleitamos con las disfunciones psicológicas de sus protagonistas. Una cosa que realiza es equiparar la corrupción de las grandes corporaciones y multinacionales a la miseria moral de quienes llevan las riendas. Si le serie sirve para cartografiar el capitalismo multinacional es gracias a su efecto de “totalidad”. El propio Jameson ha señalado en repetidas ocasiones la dificultad para representar el capital o, más bien, su más absoluta irrepresentabilidad a través de los cauces representacionales convencionales, clásicos o simplemente realistas. (Su insistencia en la alegoría vendría aquí a paliar esta dificultad). Es por esta misma resistencia que la totalización deviene imprescindible. Mientras que otra serie de HBO, The Wire, suponía un ejercicio de totalidad a través de un producto (la droga) y una ciudad mediana (Baltimore), en tanto un mapa en miniatura del capitalismo global, Succession supone a su manera un retrato mucho más fidedigno del estadio o fase actual del capital. Ya no es el mercado global de la droga, pero tampoco ninguna trama de ejecutivos de Wall Street a la manera de El lobo de Wall Street de Scorsese. Asistimos subrepticiamente a una retirada del lenguaje teórico del término “capital financiero” y, con ello, de la iconografía de la bolsa, el stock market, los futuros, las capitalizaciones bursátiles y de riesgo, las curvas diagramáticas… las cuales son sustituidas por abstracciones todavía mucho más irrepresentables como “el big data”, los algoritmos y los vectores. Sin ir más lejos, el capital financiero era el objeto de otras sátiras, como por ejemplo El Capital (2012) de Costa-Gavras, quien entendía que el anterior cine político o engagé de los setenta en los dosmiles solo podía inaugurar un nuevo género, el financiero.  


Pero ¿qué espectáculo nos ofrece Succession? La familia del patriarca Logan Roy es una de las más poderosas y ricas del mundo gracias a su conglomerado mediático, Waystar Royco. Literalmente, se bañan en lujo. La sucesión de este imperio a manos de alguno sus cuatro hijos, Connor, Kendall, Siobhan y Roman, es el asunto central de un drama familiar de altos vuelos. Logan Roy es un dinosaurio, alguien hecho a sí mismo quien, desde su Dundee natal, ha conquistado el centro social y económico de los Estados Unidos. Waystar Royco posee periódicos, canales de televisión, radios, casas de apuestas, cruceros… Los paralelismos con Rupert Murdoch y Fox News así como con otros magnates de los medios de comunicación son recurrentes. La serie nos muestra cómo las grandes corporaciones que generan miles de millones generan una élite hereditaria similar a la de las antiguas monarquías europeas y familias reales. La sucesión al trono de los Roy no es por la herencia económica per se, sino por el significado simbólico de la ascensión de una clase CEO a lo más alto de la pirámide. Por momentos, la banda sonora es majestuosa, rozando incluso lo barroco, lo que añade un plus de solemnidad y dramatismo. Succession es asimismo una alegoría sobre la política (principalmente estadounidense), esto es, sobre la influencia de los medios y el capital privado en el gobierno y el Estado. Certifica al cien por cien el diagnóstico de Thomas Piketty, quien hace un lustro vaticinara que dentro de 50 años toda la riqueza del mundo pertenecerá a las grandes fortunas (o familias). La firma se desangra debido a la senectud del patriarca y la indecidibilidad de quien de los hijos está capacitado para tomar el poder. Pero la crisis de Waystar Royco no viene derivada únicamente de un problema de sucesión o de herencia, sino también de la naturaleza depredadora, salvaje, del propio negocio. 


Logan Roy ejemplifica un modelo de empresario old school cuyas reglas del juego pasan por comprar y vender. Absorber significa hacerte más fuerte. Las fusiones tampoco han de descartarse si no queda más remedio. Se trata de un modelo capitalista de concentración y acumulación, de OPAs amigables y, sobre todo, hostiles. La trama de las dos primeras temporadas alrededor de las negociaciones de Waystar Royco con los personajes de Stewy y Laurence Yee (de la startup Vaulter) ejemplifican los vínculos con el capital financiero y el accionariado pero son meros pretextos argumentales para el desarrollo de los personajes y sus psicopatologías. El hermano mayor, Connor, no cuenta en las quinielas porque no ha dado nunca un palo al agua y vive de las rentas, como un aristócrata, aunque su aspiración consiste en convertirse en Presidente de los Estados Unidos. El hermano a priori más elegible, Kendall, está obsesionado con matar “simbólicamente” al padre. A diferencia de Roman, Ken no puede ser cínico sencillamente porque no es lo suficientemente “canalla” o malvado. Su moralidad es la de un aspirante sin las agallas ni las tragaderas que requiere la posición. Su personalidad bipolar y falta de autoestima describe la esquizofrenia de la economía de la atención. Todo lo contrario es el hermano pequeño, Roman (Romulus), cuyo trauma no resuelto con la figura materna se refleja en una sexualidad perversa que, sumada a una personalidad cínica, le descarta como aspirante. Visto el percal, todo apuntaría a Shiv, la más inteligente y equilibrada, pero también maquinadora y manipuladora, cuyo matrimonio con el extravagante Tom se mueve entre el interés y el cálculo. Su condición de mujer juega en su contra, aunque hay un momento en el que la firma ve en ello una oportunidad de lavar su imagen. Por su parte, el primo oportunista de los Roy, Greg, no alcanza ni siquiera a la mediocracia. Simplemente es un arribista demasiado ingenuo, un parásito con suerte. Esta fauna expresa las patologías del capital sobre el cuerpo y la mente. Lo que aquí nos interesa es Succession como ejercicio de representación de las grandes fortunas y la herencia como instrumento de perpetuación. El conflicto en el seno de la empresa capitalista se da entonces entre la sangre y la filiación por una parte, y el accionariado y los intereses estrictamente numéricos del negocio por otra. 


Comprar. Vender. Fusionar. Estas tres parecen ser las acciones de la gran corporación capitalista. La tercera temporada resulta novedosa a partir de la adición de dos nuevos personajes a partir de los cuales Waystar Royco trata de buscar soluciones a su crisis interna. 

Primero con Josh Aaronson [Adrien Brody] quien representa a un inversor, accionista o especulador… el típico agente financiero que vive de las oscilaciones y la abstracción de “los mercados”. Más interesante aún es el personaje de Lukas Matsson [Alexander Skarsgard], “el Odín de la programación”. Se trata de un tecnófilo, autoconsciente, irónico, asocial y desapasionado. Ejemplifica de una manera un tanto caricaturesca lo que en la cultura de la creatividad se denomina como un “emprendedor”. Un excéntrico visionario que hace subir el valor de su negocio por medio de tuits estúpidos (el paralelismo con Elon Musk es aquí obvio). Matsson puede ser un aliado o un rival. Mientras que Logan representa al viejo empresario orgulloso de sus raíces escocesas, henchido de la posición labrada, Matsson es más bien el Big Tech, deslocalizado, para quien triunfar es algo fácil, sin emoción. Como reconoce en el capítulo ocho de la tercera temporada, Logan es un boxeador quien no dudaría en hacer trizas a Matsson (según la vieja ley de los negocios), aunque no tiene ni la menor idea de cómo enfrentarse a un “payaso” (de Twitter). 


En su libro El capitalismo ha muerto, la teórica Mckenzie Wark señala que algo mucho peor que el capitalismo está entre nosotros. A las relaciones de explotación históricas entre los terratenientes [landlord] y el campesinado primero, y el obrero y el capitalista industrial después, opone una nueva relación: el “hacker” y el vectorialista. Con ello se refiere a la nueva clase dirigente que se beneficia mientras dormimos, mientras descargamos una aplicación o chateamos en la redes sociales… El vectorialista posee el vector, no la fuerza de trabajo, que en lugar de ser comprada por el salario se usufructúa sin descanso. “[La información] es para el capitalismo lo que la máquina de vapor fue para el feudalismo: un toque de muerte...”, escribe Wark. Lo que Wark sugiere es la entrada en una nueva etapa del capitalismo que denomina como “vectorialista”, basada en la plusvalía de la información y el extractivismo inmaterial. Más que empresarios, los vectorialistas participarían de la “emprendeduría”. Si bien el análisis de Wark es pertinente y sirve para actualizar la teoría del “hacker” en tanto agente forzado constantemente a producir diferencia, a producir contenido para terceros, lo cierto es que entre la relación obrero y patrón industrial y la fase actual hay un buen trecho. Sin ir más lejos, varias décadas de capitalismo tardío o financiero. Con todo, Wark reactualiza la figura del “hacker” dentro de la clase creativa, el trabajo inmaterial y posfordista y el llamado “cognitariado”. Ello no le impide afirmar que del mismo modo que existía un conflicto entre capitalista y terrateniente, ahora hay un conflicto entre el capitalista y el vectorialista. “El capital está muerto. Larga vida a la clase vectorialista”. Aunque esta tesis pueda cuestionarse, sin duda halla un paralelismo más que acertado en el conflicto entre Logan y Matsson.


El producto de Matsson es GoJo, una aplicación tecnológica de streaming, deportes, apuestas, entretenimiento de plataforma, esto es, un oligopolio sustentado en suscriptores que amenaza con dejar obsoleto un cluster tradicional como Waystar Royco. Las dos empresas representan la disyuntiva actual entre la producción y la distribución, entre el “contenido” y el canal de transmisión. Waystar Royco posee su propia aplicación de streaming (StarGo) que está claramente retrasada respecto a GoJo. Ello provoca una de las escenas más hilarantes de toda la temporada, a saber, cuando Roman propone a Matsson, en el clásico ritual de confraternización masculina imprescindible para el negocio, mearse encima de la app mientras ésta no acaba de cargarse. Aquí el argumento es un tanto meta pues recuerda la competencia entre las aplicaciones por el software más eficaz, incluyendo a la propia HBO Max, la cual, todo hay que decirlo, es más lenta que la de Netflix. A lo largo del final de la temporada se reproduce esta disyuntiva: nosotros tenemos el contenido, tú tienes la tecnología, ergo fusionémonos. La fortuna del término “contenido” en el capitalismo digital actual resulta de lo más sorprendente, pues casi nunca importa cual sea ese “contenido” con tal de que lo sea. Es lo que realizan los autodenominados “creadores de contenido” en redes como Instagram. Lo importante es que la maquinaria siga produciendo y que ejércitos enteros, avalanchas de nuevos trabajadores inmateriales, se pongan a trabajar creyendo en el fondo que están autorrealizándose. Interrogar el origen y el destino de este contenido, es decir, de esa información, es hoy en día una tarea urgente. Hoy, más que nunca, la producción cultural se enfrenta a la cuestión de la elección. ¿Qué ver? ¿Escuchar? ¿Leer? Todo contenido que no participe del canal de transmisión hegemónico corre el riesgo perderse para siempre. 


Pero, ¿donde quedan los hijos de Logan Roy en este conflicto entre el capitalista y el vectorialista? Podría decirse que en tierra de nadie, pues mientras que generacionalmente se sienten inclinados hacia Matsson (sobre todo Kendall y Roman), a la vez se sienten atrapados por el modelo capitalista acumulativo del padre. Un detalle que describe la brecha entre el padre y los hijos se da en la escena final, cuando Kendall le pregunta Logan, en relación a los 5000 millones de dólares de la operación: “¿qué vas a hacer con todo ese montón?”, a lo que el padre, con su genio habitual, responde: Make your own fucking pile! [¡haced vosotros vuestro propio jodido montón!] El drama, lejos de apagarse, promete emociones fuertes en una cuarta entrega que servirá para calibrar la pujanza de la clase vectorialista en nuestro presente. 




* Publicado en Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social





1/15/2017

Entrevista con Mark Fisher, "Realismo Capitalista", agosto 2016


Mark Fisher (1968-2017)

ENTREVISTA CON MARK FISHER
“La única manera de tomar el control consiste en una democratización de la política y el trabajo”.
  
Peio Aguirre


La reciente publicación del libro de Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (Caja Negra Editora, 2016), supone una sacudida teórica que nos informa de algunos de los males agudizados a partir de la crisis bancaria de 2008 y la reorganización de los poderes neoliberales para entrar en una fase de capitalismo más agresiva si cabe. Fisher, crítico musical y escritor británico, recurre a un conjunto de ejemplos culturales salidos de la televisión, el cine, la literatura y la política para trazar los principales rasgos y mecanismos del realismo capitalista; el desmantelamiento de los servicios públicos, la cultura del consumo, la expansión de la burocracia al sistema educativo, y los desordenes de atención, el estrés y la depresión que incapacitan al sujeto individual para cualquier capacidad de agencia colectiva. El famoso eslogan de Margaret Thatcher, “No hay alternativa”, al neoliberalismo económico y el libre mercado, sirve a Mark Fisher para trazar el recorrido del realismo capitalista. En esta entrevista le hemos preguntado por su libro de amplio recorrido que ahora se presenta en una cuidada edición.  

Peio Aguirre: Esta traducción de Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (libro publicado originalmente en 2009) se produce en un clima político global de extrema confusión. ¿Cómo ha cambiado el mundo en este lapso de tiempo? O mejor todavía, ¿cómo definir sintéticamente al lector en lengua española que es el realismo capitalista?

Mark Fisher: Siempre digo que el realismo capitalista es más fácil de identificar que de definir. La manera más sencilla de definirlo es la creencia de que no hay alternativa al capitalismo. Pero el problema de definirlo de ese modo está en que no es –no al menos en lo principal– una creencia que los individuos sostienen conscientemente. Es más como un campo ideológico transpersonal, quizás más claramente manifiesto en la forma de un tipo de aceptación fatalista en el dominio capitalista, una aceptación de que las demandas del capitalismo neoliberal son “realistas” y, a la inversa, una idea de que cualquier alternativa a esta forma de capitalismo es inviable o impensable. Otro modo de pensarlo tiene que ver con un tipo de deflación de la conciencia. El realismo capitalista es solo posible una vez varios grupos de conciencia (la conciencia de clase; la conciencia socialista-feminista y también la conciencia psicodélica de la provisional y plástica naturaleza de cualquier cosa experimentada como “realista”) han sido suprimidos.

Escribí el libro cuando una forma de realismo capitalista –el modo Clinton-Blair, establecido en los noventa y consolidado en los dos mil– entraba en una crisis masiva. Desde entonces, hemos visto un modo más agresivo de realismo capitalista, manifestado en los programas de austeridad impuestos en el despertar de la crisis del crédito. Ahora hay signos de que esta segunda fase de realismo capitalista se está ejecutando con problemas. Estas dos fases del realismo capitalista dependían del posicionamiento de una “zona central”, un sentido común alineado con los instintos de la élite corporativa y los “expertos” financieros. La anterior zona central ya no se sostiene, se está agrietando bajo la presión de la izquierda y la derecha. Los experimentos de izquierda en Europa –de Syriza a Podemos a Jeremy Corbyn en el Reino Unido– están soportando una presión extrema, y esto ha servido para subrayar el enorme poder institucional que ha sostenido al realismo capitalista.

Peio: Recientemente ha habido una serie de intentos teóricos por nombrar el sistema actual, como si la propia categoría de posmodernismo o posmodernidad, como la lógica cultural del capitalismo tardío tal como la definiera Fredric Jameson, ya no sirviera o estuviera obsoleta. Se han acuñado los términos metamodernismo, altermodernismo, etc. ¿Hay en tu obra una intención de definición sistémica o se trata más bien de un trabajo ensayístico de corte subjetivo?

Mark: Bueno, veo el realismo capitalista como la próxima fase del posmodernismo que Jameson analizó tan bien. El realismo capitalista es una clase de posmodernismo naturalizado. Lo que todavía era algo reseñable cuando Jameson avanzó por primera vez sus tesis sobre el posmodernismo –la ubicuidad de los media capitalistas, la dominación de todas las áreas de la vida y la conciencia por las categorías del marketing– es ahora algo que se da por sentado.

Peio: La educación y la burocracia son dos de los temas que abordas en tu libro, ambos amparados en tu experiencia como profesor de instituto. Lo que en el fondo se trasluce es una completa conquista de la salud mental por el capitalismo, de los cuales la ansiedad y la depresión parecen sus síntomas más visibles... ¿Hay alguna alternativa a sus efectos más inmediatos?

Mark: La primera cosa a destacar aquí es que la ansiedad y la depresión no son efectos accidentales o laterales del actual sistema. Un cierto nivel de ansiedad, un cierto nivel de depresión; estos son altamente funcionales para la forma dominante de capitalismo. La ansiedad es la inevitable respuesta a una precariedad generalizada. Es tanto un arma del realismo capitalista y un fin en sí mismo. La ansiedad es en sí misma incapacitante: individualiza y responsabiliza, precisamente tal y como el neoliberalismo en general lo hace. A fin de contemplar una alternativa a esto, creo que necesitaríamos cuatro transformaciones fundamentales. La primera es un cambio de la precariedad a la seguridad –una renta básica podría jugar un papel al generar este nuevo sentido de seguridad, pero requeriría de cambios existenciales, un rechazo a la ética del trabajo y un diferente ritmo de vida de aquella impuesta por el ciberespacio capitalista.

El segundo cambio es un rechazo de los valores neoliberales predeterminados. Como argumento en mi libro, el realismo capitalista se impuso a través de lenguajes y comportamientos que se convirtieron en una segunda naturaleza, prácticas y discursos aparentemente vacíos y lleno de lugares comunes que sirvieron para normalizar los valores de la empresa capitalista, y para hacer que cualquier alternativa a ellos –por ejemplo los servicios públicos– parezcan pintorescos y anticuados. Desafiar y desarraigar estos valores dados será fundamental si queremos salir de realismo capitalista. La tercera cosa es la producción de un nuevo sentido de la pertenencia. La izquierda habla de solidaridad pero la derecha ha sido mejor en la producción de un sentido de pertenencia para sus seguidores, porque hace un llamamiento a las formas confeccionadas de pertenencia (por lo general nacionalismos reaccionarios) que se mantienen unidos por el odio hacia un otro racializado. Tenemos que articular un sentido diferente, no identitario de pertenencia, un sentido de pertenencia que tiene que ver con estar en un movimiento. La cuarta cosa, y de ninguna manera la más insignificante, es un movimiento hacia la democracia en el trabajo.

Uno de los tropos que ganaron el reciente referéndum sobre la adhesión del Reino Unido a la Unión Europea para la campaña del “Leave” fue “recuperar el control”. Por supuesto, esto se expresó en términos nacionalistas, pero el lema resonó debido a la profunda sensación de privación y la impotencia que muchas personas sienten en el Reino Unido neoliberal. Es crucial que sigamos apuntando a las fuentes reales de esta impotencia: no los extranjeros, sino el capital global. Es igualmente crucial que articulemos la manera de poner las cosas bien, a través del desarrollo de la conciencia grupal y la agencia colectiva.

Peio: He visto tu libro colocado en la sección de “economía” en librerías “especializadas” en pensamiento y cultura. Tu bagaje es principalmente cultural, en concreto, eres crítico musical. ¿Piensas que se está produciendo una “culturización” de la política a la par que una politización de la cultura?

Mark: Espero que no. No hace falta decir que la cultura es importante. Pero gran parte de la izquierda organizada todavía pasa por alto el poder de la cultura, la forma en que las luchas hegemónicas no solo pueden ser combatidas en una arena política estrecha, sino en términos de lo que la gente consume, lo que escucha, las identificaciones que forman y demás. Pero también hace falta decir que una lucha que se lleve a cabo solo en el ámbito cultural no obtendrá mucha tracción. Al mismo tiempo, sin embargo, la misma oposición entre la cultura y la política no es especialmente útil. Es mejor decir que la cultura empapa la política: ¿qué política podría decirse que tiene lugar fuera de la cultura? Es mejor decir que la cultura empapa la política: ¿qué política podría decirse que tiene lugar fuera de la cultura?

Peio: Durante la década pasada, tu blog k-punk fue la punta de lanza para una comunidad crítica que discutía sobre música, teoría y también política. Hace poco escuchaba a alguien decir que los blogs han sido un fracaso tan grande como los zepelines. ¿En qué lugares se produce ahora mismo el disenso y la crítica, y cuales son las posibilidades de los llamados nuevos medios?

Mark: ¿Han sido los blogs un fracaso tan grande como los zepelines? Eso parece un poco hiperbólico para mí sobre todo porque, como dices, gran parte de mi influencia y reputación se construyó en la blogosfera. Solo podría decirse que los blogs fueron un fracaso tan grande como los zepelines teniendo en primer lugar unas expectativas exageradas de los blogs. Hay que reconocer que muchas de las novedades más interesantes en la teoría y la filosofía de la última década –desde el realismo especulativo al aceleracionismo– no habrían ocurrido sin los blogs. En un momento determinado, los blogs proporcionan una velocidad de discurso que no puede ser igualada por ninguna otra red de discurso. Al mismo tiempo, las solicitudes de nuevos medios de comunicación se han vuelto desproporcionadas. A menudo comparo la relación entre los nuevos y los viejos medios de comunicación con la edad de un bebé que se aferra a un anciano artrítico, pues no puede sostenerse sobre sus propios pies. En su mayor parte, sin embargo, si las ideas desean tener mucha más tracción hegemónica, deben pasar a través de los medios de comunicación “viejos”. Es obvio que sin duda ahora la hegemonía implica claramente un mosaico de medios impresos, difusión-transmisión y medios online, con las diferentes velocidades y capacidades con las que cada una opera.

Peio: Tu siguiente libro, Ghosts of My Life.Writings on Depresion, Melancholia and Lost Futures (Zero Books, 2014) indaga en lo que denominas, siguiendo a Franco Berardi “Bifo”, la “lenta cancelación del futuro”, o lo que viene a significar una dificultad para la invención y la creatividad genuinas. ¿Cuál es la diferencia con el eterno retorno y la nostalgia ya diseccionados por el posmodernismo?

Mark: Ninguna en esencia. Mi argumento es simplemente que las características tales como el pastiche y la apropiación eran remarcables y dignas de mención en la primera fase extravagante del posmodernismo y que ahora se dan por sentado. Cuando Jameson teorizó el posmodernismo todavía era posible sentir la comparación con la modernidad, quizá sobre todo con lo que he llamado modernismo popular. Pero ahora el problema es que lo retro se ha convertido en estándar, no hay prácticamente nada que no sea retro. Por lo que el fenómeno se ha vuelto invisible, de un modo en que el posmodernismo “clásico” nunca lo fue.

Peio: Me gustaría preguntarte por Zero Books, una editorial que casi nace a la par de tu primer libro y que ha evolucionado de una manera pasmosa. ¿Estamos viviendo un tiempo para la revitalización de la teoría crítica en los márgenes o intersticios de la academia?

Mark: Creo que sí. Eso ha continuado con Repeater Books, la editorial con la que trabajo ahora y que está dirigido por la mayoría de las personas clave que configuraron Zero. Sin duda, la aparición de para-espacios de pensamiento fuera de la academia tiene mucho que ver con las asfixiante y altamente burocráticos condiciones en la educación que he descrito en Realismo Capitalista. Estos para-espacios son un producto de la frustración con esas condiciones.

Peio: Resulta inevitable preguntarte por la actual situación política en el Reino Unido y los efectos inmediatos del “Brexit”. Resulta pertinente aquí aquel otro eslogan de Thatcher de 1979, “I want my money back!”, reclamando el dinero que el Reino Unido había invertido en la primera Comunidad Económica Europea. ¿Qué horizonte se vislumbra?  

Mark: Es muy difícil de decir. Lo único que está claro es que un mes después de la votación los que hicieron campaña por abandonar la Unión Europea no tenían ningún plan en absoluto para lo que ocurriría en caso de ganar. Parece que el voto fue una especie de voto de protesta que salió mal. Como he dicho anteriormente, la campaña del “Leave” atrajo el sentimiento de impotencia de la gente, una sensación de impotencia que se llevaron con ellos a la cabina de votación, con el resultado de que muchos votantes se quedaron perplejos cuando en realidad ganaron. En cierto modo, el voto del “Brexit” fue un voto contra el realismo capitalista. Los puntos de vista de los “expertos” y los tecnócratas de la élite capitalista corporativa, interminablemente citadas por la campaña de permanecer en la UE fueron visiblemente rechazados. Pero esto fue una sacudida del realismo capitalista a la política de la fantasía, una fantasía cargada de lo que Paul Gilroy llama la melancolía post-colonial, una especie de melancolía que nunca se ha enfrentado o aceptado al fin del imperio. La retirada del realismo capitalista a la fantasía regresiva sugiere un futuro muy desgraciado. Pero si la derecha abandona la modernidad en favor de este tipo de nostalgia política, ello despeja un espacio para la izquierda para recuperar lo moderno. La modernidad que la izquierda debe defender es cosmopolita, internacionalista, tecnológico y democrática. La izquierda debe decir que ofrece las únicas soluciones reales (en contraposición a las fantasmáticas) al sentimiento de privación de derechos que la campaña del “Leave” utilizó de manera tan oportunista. La única manera de “tomar el control” consiste, no en un flácido recalentado nacionalismo, sino en una democratización de la política y el trabajo. Tenemos que ser visto para alinearnos con estos objetivos, con esta visión.


* Publicado originalmente en El Estado Mental, 7-08-2016


8/08/2016

Entrevista con Mark Fisher





La reciente publicación del libro de Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (Caja Negra Editora, 2016), supone una sacudida teórica que nos informa de algunos de los males agudizados a partir de la crisis bancaria de 2008 y la reorganización de los poderes neoliberales para entrar en una fase de capitalismo más agresiva si cabe. Fisher, crítico musical y escritor británico, recurre a un conjunto de ejemplos culturales salidos de la televisión, el cine, la literatura y la política para trazar los principales rasgos y mecanismos del realismo capitalista; el desmantelamiento de los servicios públicos, la cultura del consumo, la expansión de la burocracia al sistema educativo, y los desordenes de atención, el estrés y la depresión que incapacitan al sujeto individual para cualquier capacidad de agencia colectiva. El famoso eslogan de Margaret Thatcher, “No hay alternativa”, al neoliberalismo económico y el libre mercado, sirve a Mark Fisher para trazar el recorrido del realismo capitalista. En esta entrevista le hemos preguntado por su libro de amplio recorrido que ahora se presenta en una cuidada edición.  

Peio Aguirre: Esta traducción de Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (libro publicado originalmente en 2009) se produce en un clima político global de extrema confusión. ¿Cómo ha cambiado el mundo en este lapso de tiempo? O mejor todavía, ¿cómo definir sintéticamente al lector en lengua española que es el realismo capitalista?


Mark Fisher: Siempre digo que el realismo capitalista es más fácil de identificar que de definir. La manera más sencilla de definirlo es la creencia de que no hay alternativa al capitalismo. Seguir leyendo Aquí: 

Publicado en El Estado Mental, 7-08-2016


6/10/2016

Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Mark Fisher (Caja Negra, Buenos Aires, 2016)


Tengo el gusto de haber prologado el libro de Mark Fisher Realismocapitalista. ¿No hay alternativa (La Caja Negra, 2016). Este primer libro publicado por el autor en 2009 le colocó en una posición crítica seminal en el contexto británico, al mismo tiempo que lanzaba a su editorial Zero Books, que desde entonces no ha hecho más que crecer convirtiéndose en un sello imprescindible para aquellos que desean sumergirse en una teoría crítica no académica que todavía ausculta el pulso a la producción cultural. En este blog también hice una reseña en su día del segundo libro de Fisher, Ghosts of my Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures (también con Zero Books, 2014). Un libro éste mucho más centrado en contenido cultural, pues no en vano, Fisher se forjó blogueando con el alias de k-punk en la pasada década. Fisher es, por encima de todo, un crítico musical que ha mutado en crítico cultural y cuyo ojo crítico le ha permitido hacer diagnóstico totalizador del sistema económico en el que estamos inmersos, a.k.a. capitalismo tardío.
Se dice que todo primer libro esconde el estilo de la escritura que todo autor anhela cultivar. Podría decirse que Realismo capitalista es un libro iniciático para el autor, toda una descarga de energía. Ghosts of my Life, si bien tiene el mismo nervio escritural, es un trabajo más sofisticado, pues la subjetivación de las referencias (música, televisión, películas) es más grande y detallada.


He visto en alguna librería especializada que etiquetan Realismo capitalista dentro de la sección de economía. Esto es, desde mi punto de vista, incorrecto. Que algunos libros de teoría crítica, pensamiento o ensayo sean etiquetados como “economía” dice mucho del mercado del libro y la dependencia de la actualidad. Desde luego, el libro de Fisher puede compartir estante con lo último de Varoufakis, pero estaría mejor situado al lado de una edición menos cool de cualquier libro de Adorno. Repitamos, la teoría crítica no ha de ser aburrida sino todo lo contrario, llena de ejemplos actuales y lenguaje vibrante como este trabajo de Fisher que es, no lo olvidemos, una de las figuras principales del movimiento hauntologico (Burial, Ariel Pink, etc.) Una tarea histórica de la teoría crítica es la comprensión de eso que llamamos capitalismo. No es este blog el lugar para reproducir lo que escribo en el libro (corran a comprarlo, no se arrepentirán), pero sí recordar a dos personas que me introdujeron a Fisher. A Asier Mendizabal, posiblemente la primera persona que mencionó públicamente por estos lares a Fisher en una columna del Mugalari y a comienzos de esta década. Y a mi colega en Burdeos Jean-Philippe Halgand, siempre muy bien informado de lo que se cuece por ahí afuera, quien me pasó la copia de este libro que leí en su día. Ah, y a la Caja Negra Editora por poder escribirlo y publicarlo.