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| El color saturado marcaría un esteticismo significante. |
“En musique, en couleurs, en chante”. Así reza el eslogan de Les parapluies de Cherbourg, de Jacques Demy, una de esas películas que con el paso del tiempo devienen en delicia de fetichistas de memorabilia. ¿Objeto kitsch, obra de culto? Su principal atributo fue ser la primera película realizada como un musical cantado en su totalidad, un opera popular, lo que, no sin ánimo de descrédito, se denomina una “peli tonta”. Eso, a pesar del éxito de taquilla y el reconocimiento en festivales como el de Cannes. Sin embargo, el paso del tiempo ha situado a los “paraguas” como un producto historizable desde el punto de vista de la crisis de la historicidad. Pocas objetos hay más atinados para representar la artificiosidad de los modos de representación que los paraguas y los parasoles, sea para la lluvia o el sol, su rol en las películas suele ser el de indicadores culturales que marcan periodos, épocas, modos de uso, etc. Si los paraguas son de una artificiosidad tirando hacia el colorido chillón su intencionalidad sólo podría emparentarse con una estética posmodernista. Sin duda, el uso del color en este filme es revolucionario (paraguas aparte). El color como elemento significante indicaría una estética que busca enfatizar la forma por encima de la banalidad de la historia contada. La artificiosidad del color, esos escenarios y esa imagen de la ciudad portuaria de Cherburgo, llena de marineros vestidos de blanco y carteles publicitarios imposibles podría hacernos pensar en la ingenuidad intencional de la película. Pero Jacques Demy era un inusual y destacado miembro de la Nouvelle Vague, no un feroz representante del radicalismo formal ni un activista político, pero autor de la inclasificable cuento Piel de asno (Peau d'Ane, 1970). Ahora, parece que recuperar a Demy es hacerlo a través del testimonio de la que fuera su esposa, Agnès Varda, en Jacquot de Nantes (1991). Lo que destaca en el filme es esa consciencia sobre estar pisando sobre la cuestión del género (genre).
Marineros en Cherburgo: un guiño al escenario de la segunda guerra mundial pero en 1964, cuando la cultura de masas norteamericana había definitivamente entrado en los modos de ocio y consumo de las clases medias europeas. Pero además, aunque en 1964, el filme está ambientado en un pasado reciente, teniendo el amante de la Deneuve que partir a la guerra de Argelia. Lo que parecía una comedieta sin más gira hacia la descripción de un contexto social y político. Sin embargo, son esos marineros, esos neones rosas como anunciando la entrada a un bar los que prefigurarán una estética futura que, dicho sea de paso, ya podía contener una espiga del pasado. Me refiero a la estética gay de Fassbinder en Querelle (1982). (La espiga sería obviamente Jean Genet). El filme de Demy ha devenido, por derecho propio, en objeto de apropiación de la lucha homosexual.
El éxito comercial de Los paraguas de Cherburgo propició la secuela Las señoritas de Rocherfort (1967), sólo un año antes del estallido de Mayo. Conviene fijarnos en que no había ni en ésta, ni en la anterior, ningún motivo de inquietud para la censura española.
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| La secuela no fue tan exitosa, pero sin duda el cártel anunciador es suficiente como descripción de un pop francés, asi como retrato de la juventud y las clases ociosas |

