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| Una escena de 12 Years a Slave de Steve McQueen |
Hubo un tiempo en el cine donde la estetización
del sufrimiento para la cámara suscitaba un largo y acalorado debate acerca de
la moral. Parte de esta discusión se centraba en el famoso “travelling de Kapò”, en concreto en el
famoso artículo “De la abyección” de Jacques Rivette publicado en Cahiers du
cinema
en 1961. La frase de Godard “hasta un travelling es una cuestión de
moral” alcanzó notoriedad en el interior de este debate. La tercera película de
Steve McQueen, 12 años de esclavitud, invita a recuperar esta problemática. Después
de Hunger y Shame la expectación era máxima. El reto se antojaba difícil:
relatar la vida de Solomon Northup, quien como hombre negro y libre fuera
secuestrado y enviado como esclavo a una plantación de algodón durante 12 años,
hasta conseguir liberarse y contarlo todo en un libro.
La recepción de 12 años de esclavitud está siendo positiva,
aunque para algunos críticos lo explícito de la violencia de buena gana
reclamaría un mayor uso de la elipsis narrativa. Para otros es este realismo de
la humillación lo que sobresale. Un primer plano de una espalda marcada como
una fotografía hiperrealista de body art. Los temas del artista y cineasta británico
siguen siendo la exploración del cuerpo y la mente.
Pero McQueen ha cambiado de estatus y de
escala. La impresión es que este ascenso en el escalafón de la industria
modifica totalmente las expectativas que algunos teníamos de él (el “vehículo”
Michael Fassbender es ya algo demasiado potente en el mercado). Sin embargo
McQueen no podría firmar una producción que flojease ni aún pretendiéndolo. En resumen: 12 años
de esclavitud es una gran película aún insertada plácidamente dentro de los
estereotipos de un trillado “Realismo de Hollywood”.
En lugar de cuestionar el medio que le permite
enunciar, McQueen hace uso de ello para golpear. El principal problema
está en que su estética está más cerca del naturalismo que del realismo. La
distinción entre ambas es aquí pertinente: la primera busca recrear fielmente,
prestando atención al cuidado del detalle, conmoviendo y emocionando, una
narración llena de plasticidad. El realismo, sin embargo, aspiraría a que esa
misma plasticidad tuviera un sentido más táctico, más estratégico, al servicio
de una dialéctica de la historia.
La principal objeción hacia 12 años de
esclavitud está en que adolece de esto último. En su lugar presenta una
historia lineal que transmite vívidamente el sudor de los cuerpos a través la
ficción. Posiblemente éste sea el film de mayor implicación subjetiva, personal
y biográfica para su autor desde el punto de vista del contenido, pero en la
cuestión formal, siento que es un paso atrás.
El énfasis en el cuerpo, la carne y la
violencia (temas clave en el autor) no consigue hacernos olvidar otras
posibilidades a la hora de abordar un asunto tan espinoso como la esclavitud,
sobre todo viniendo de alguien con acceso a no pocos discursos y métodos artísticos.
No se trataría bajo ningún caso de teorizar la producción, pero sí quizás
introducir un canal de transmisión que fuera desde los afectos al intelecto,
estimulando el pensamiento crítico. 12 años de esclavitud conmueve en la sala
pero se olvida una vez pasa el tiempo. No la veo siendo utilizada como
"arma política" por ningún colectivo oprimido sino ganando los Oscar
y "blanqueando" conciencias.
Hay muchos planos donde el director se deja
llevar por el género; desde un paisaje con barcos de época realizado por
ordenador, al sudor y las lágrimas de un genial Chiwetel Ejiofor (Solomon
Northup) cayendo de manera oportuna y precisa. Naturalismo. Ello previene de
una utilización más política (ergo más histórica) del film a través del
realismo. Hay grandes ejemplos de esto en la historia (casos de realismo
alcanzado a través del documental o la ficción, o la mezcla de ambas). Un magnífico
ejemplo de esto es el director criticado por Rivette, el italiano Gillo
Pontecorvo, quien después de Kapò (1960) realizara las inmensas La Batalla
de Argel (1966) y Queimada (1969), precursoras del género del cine político
y del llamado Tercer cine (Third Cinema).
* Publicado en A-desk, Barcelona, 24-12-2013
