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2/18/2017

Model Shop y Los Ángeles


 

En 1967 Jacques Demy y Agnès Varda hicieron las maletas y se fueron a Los Ángeles. Ambos venían de realizar filmes importantes en Francia. La re-interpretación del musical americano que Demy había llevado a cabo en Les Demoiselles de Rochefort (1967) estaba fresca en la retina. La partida a L.A. estaba determinada por el éxito de este musical y el deseo de conocer la meca del cine y la contracultura californiana. Demy tenía una proyecto para rodar una película allí. En L.A. Varda va a dar rienda suelta a su lado más activista realizando un remarcable documental sobre los Panteras Negras y otros cortometrajes sobre CaliforniaLand y la cultura hippie. Demy rueda Model Shop (1969) una película considerada fallida y que apenas tuvo repercusión. ¿De qué trata esta tienda de modelos?

La valoración de Model Shop está marcada por la frustración de las expectativas. En lugar de seguir con los coloristas musicales que le habían dado fama –no puedo evitar realizar aquí un metacomentario sobre el éxito reciente de La La Land sin mencionar la tremenda influencia del cineasta francés y cómo ha pasado casi inadvertida–, Demy se centra en una retrato íntimo y poco espectacular. Una película crítica con la pérdida de ilusión de una franja de la sociedad norteamericana con respecto a su propia cultura en plena Guerra de Vietnam. Tenemos aquí a George Matthews (Gary Lockwood post-2001 Una Odisea en el espacio) en el papel de un joven arquitecto sin trabajo (licenciado en Berkeley) conduciendo en el espacio abierto y de tráfico denso de la ciudad. George duda entre formar parte de una revista underground y buscarse un trabajo acorde a su profesión mientras frecuenta a músicos y demás hippies. Un día en un parking se fija en Cecile/Lola (Anouk Aimée) a quien sigue en coche. Más tarde camina detrás de ella por las calles de L.A. hasta el Model Shop, un sitio donde por unos dólares cualquiera puede convertirse en fotógrafo de modelos. Lola es una de estas modelos.

La intención que el cine de Demy siempre tuvo, de que las películas se completan una detrás de otra y existe un hilo que las une, encuentra en el personaje de Lola un argumento de peso. No en vano Lola es el mismo papel interpretado por Anouk Aimée en Lola (1960), el primer largometraje de Demy. ambientado en su Nantes natal, Lola era una cantante de cabaret en un filme lleno deseo, anhelo y también amargor. Es esta amargura y soledad la que reparece en Model Shop. Demy cuenta que lo que más le llamó la atención en los Estados Unidos fue el “desencanto” de la generación joven y la falta de ilusión y esperanza en su cultura. Un sentimiento que no podía pasar desapercibido para el cineasta del “encanto” (enchanté o en chant).

Model Shop ofrece las formas y colores clásicos del estilo Demy sin en ningún momento bordear el kistch. La semiótica del espacio urbano y la colorida, iconoclasta, imagen de la ciudad sirven a la causa. La fotografía como objeto de deseo y como proyección libidinal se suma al milagro de la producción de imágenes cinematográficas como un proceso alquímico.

Model Shop ofrece igualmente una mirada exterior, foránea, del espacio de Los Ángeles, exhausta en su hiperrepresentación hollywoodiense. Un filme de autor con todos los atributos europeos situado en América. Varda y Demy dejaron su sello en California.

8/23/2015

CRITICA. "Cartographies of the Absolute", Alberto Toscano & Jeff Kinkle (ZerO Books, 2015)

Cartographies of the Absolute, Alberto Toscano y Jeff Kinkle, (Zer0 Books, 2015)

Hay libros cuyo contenido es difícil de resumir en un texto de sobrecubierta. Libros que se expanden y ganan terreno al posicionarse de modo táctico y concéntrico. Libros que adoptan una forma totalizadora y cuyo final nos conduce de nuevo al comienzo. Cartographies of the Absolute es un libro de esta clase. Escrito a dúo de modo enérgico por Alberto Toscano y Jeff Kinkle, este trabajo es el primer y más ambicioso intento de plasmar en una obra aquel concepto del “mapa cognitivo” esbozado por Fredric Jameson a finales de los ochenta y que ha orientado no pocos estudios críticos urbanos. Faltaba sin embargo una perspectiva que fuera más allá de las consideraciones espaciales en el ámbito del urbanismo y la arquitectura, una visión de conjunto sobre el principal problema del capitalismo tardío y sus innumerables espectros financieros; a saber, un planteamiento sobre la propia dificultad de representación de la propia coyuntura financiera en la época neoliberal. A esto hay que sumar una ansiedad generalizada por nombrar al sistema. Cartografías de lo absoluto; esto es lo que hacemos cuando tratamos de explorar ese mismo sistema que navega entre la invisibilidad más opaca y su apariencia penetrante en todos lados. Como los monólogos finales de Network (Sidney Lumet, 1976) y Rollover (Alan J. Pakula, 1981) evidencian; el sistema (a saber el capital) es una fuerza de la naturaleza, es una gravedad, como el mar, con sus mareas y flujos y sus dinámicas impredecibles imposibles de desafiar. Un sistema con vida propia y autónoma. Tratar de asir el sistema supone, de facto, incorporar la categoría positiva de totalidad y totalización desmarcándose de las connotaciones peyorativas y ideológicas asociadas.

El problema de nombrar algo (un problema coyuntural o dar con una frase-fórmula) reside en su inmediata osificación o commodification. Más todavía en tiempos en los que el mercado teórico se vende y se compra a la baja. El peligro de un trabajo como éste (y su más que asegurado “éxito”) está en la sustitución de la inquietud crítica por su mercantilizada fórmula o nominación teórico-académica. Por ello, conviene de entrada desechar la idea de que un “mapa cognitivo” tiene que ver con la estética de las conexiones, las relaciones y los mapas (así como sus consiguientes fetiches); o al menos conviene prevenir la llamada a cualquier “cartographic turn” en las artes (de la cual existen varias exposiciones temáticas que sus autores enlistan). Esto no quita que Toscano y Kinkle analicen la obra de Mark Lombardi y sus ansiosos mapas gráficos al mismo tiempo que la conspiración y la paranoia hacen su entrada en el tablero de juego. Más bien, una visión totalizadora supone estudiar el problema desde numerosos puntos de vista sin en ningún momento perder de vista las líneas maestras de esa visión de conjunto.

Principalmente el motivo de este libro queda definido en la parte de atrás con la siguiente pregunta de Jameson: “How much of capitalism can we seen from the moon?” (¿Cuánto capitalismo podemos ver desde la luna?). El reto no es desde luego sencillo, y sus autores se embarcan en un viaje donde percepción y abstracción, realidad y representación, invisibilidad y síntoma son solo pares en el discernimiento de un mapeo del capitalismo y sus fuerzas más ocultas. Toscano y Kinkle comentan que el concepto de “mapa cognitivo” es una de las categorías jamesonianas menos articuladas por su propio autor, y que la llamada a una “estética del mapa cognitivo” se presenta menos como una teoría o técnica formulada y más como un índice de su ubicuidad y un estímulo para su sistematización. (p. 22).

“Cognitive mapping is not just a synomym for class consciousness, it is also intimaly linked to the idea of dialectical criticism, the problem of Marxism and form, the Sartrean idea of totalisation. (…) Jameson’s formulation can still function as a cue for thinking about the present precisely because it does not provide a method, or advance a concept; rather, it poses a problem which is at once political, economic, aesthetic and existential”. (p. 22)

Esto nos lleva a definir con qué clase de libro estamos tratando. Si existe un género al que adscribir este Cartographies of the Absolute, éste sería una modalidad de crítica contemporánea renovada en cuanto a sus formas y objetivos. Una crítica expandida que no puede parar de seguir el hilo de los acontecimientos culturales infectados por las instancias del capital. Para cualquier que desee pensar en términos de qué se nos ofrece a lo largo de más de doscientas páginas: crítica como teoría (criticism as theory). Ya en un momento se nos insta a pensar que la mayor parte de los productores culturales no intentan literalmente generar mapas de la nueva e interconectada realidad global, o al menos dirigirse a ella de manera frontal. Más bien, es la tarea del crítico desenredar los síntomas de, en uno y al mismo tiempo, la consolidación de un nexo planetario del poder capitalista y sus variadísimas luchas para imaginarlas. Esto no exime que la mayor parte de los objetos culturales vengan de artistas y cineastas. El libro está dedicado a la memoria de Allan Sekula (1951-2013) y Harun Farocki (1944-2014), y en él aparecen trabajos como la serie Crisis in the Credit System de la artista Mellanie Gilligan además del intento de filmar El Capital de Marx por Eisenstein retomado más tarde por Kluge en su monumental News from Ideological Antiquity. El “programa” (si es que se le puede llamar así) queda definido al comienzo para lo que vendrá a continuación:

“Cartographies of the absolute is a wilfully paradoxical expression, but one that direct us towards the way in which picturing our social and economic world is a predicament at one technical and, so to speak, philosophical. Capitalism, after all, is a religion of everyday life, an actually-existing metaphysics”. (p. 23).

Penetrar en el sistema es pues, un desafío metodológico y un reto al nivel de la forma al mismo tiempo que una experimentación con todo un conjunto de contenidos variados de todo tipo que van desde el hight art a la cultura popular y la Televisión. Consiste por ejemplo, en pasar de la consabida polémica de una estética de la política (y su consiguiente politización del arte) a una estética de lo económico que la actual crisis financiera ha incorporado de manera irreductible y que ahora mismo esté presente en toda una serie de producciones culturales (principalmente fílmicas). Aquí, el camino abierto por Jameson en La estética geopolítica ofrece vías de interpretación interesantes adaptadas a una coyuntura global incuestionable, puntuado con análisis que alumbran luz sobre la invisibilidad del capital a través de Fish Story de Sekula y las imágenes de Trevor Paglen. Desde la forma pictórica del panorama y las “geografías negras” de los servicios de información e inteligencia que esconden datos y metadatos, este intento de cartografía es abarcador e interconecta espacios residuales y periféricos desgranando la ideología de las producciones culturales que siempre alegorizan el estado cambiante de cosas y hechos.

En tiempos en los que se impugna cualquier relato que se nos presenta como verídico, conviene revisar la simplificación a la que las narrativas de la conspiración nos conducen, pues estas son malas guías e intentos inadecuados para entender el funcionamiento del poder en una creciente y compleja sociedad global. Así, el tema de la conspiración, tal y como Jameson recordaba al final de su presentación sobre los mapas cognitivos (o la tendencia a pensar en términos de conspiración y paranoia) no es sino “un pobre intento de mapeo cognitivo en la época posmoderna; un figura degradada de la lógica total del capital, un desesperado intento de representar el sistema último, cuyo fracaso está marcado por su deslizamiento hacia un puro tema y contenido”.

Si bien el cine ofrece un gran abanico de posibilidades para la interpretación y el análisis, desde los intentos de filmar la crisis financiera desde 2008 hasta las tentativas de cartografiar los espacios del socialismo en las vanguardias soviéticas (Vertov, Eisenstein y también Brecht), es el espacio de la ciudad y los cambios urbanos fruto de la gentrificación y las fuerzas del capital desencadenadas al unísono el que ocupa un buen lugar aquí. Sorprende la cantidad de teoría vertida a partir de un filme que sin llegar a la categoría de “filme de culto” (un filme que espera su momento para ser “de culto”) se convierte en protagonista en el libro. Me refiero a Wolfen, película de horror de 1981 dirigida por Michael Wadleigh y que aquí funciona como una metáfora de la transformación de Nueva York desde 1970; desde la ciudad denominada “jungla de asfalto” cuya criminalidad, peligrosidad a la vez que enorme creatividad quedó reflejada en todo un conjunto de películas de los 70 y 80 (desde la trilogía de Lumet a Scorsese a filmes sci-fi como Escape from New York de Carpenter), al advenimiento de una lógica neoliberal financiera. La pregunta interna que realiza Wolfen es: ¿Qué tienen que ver Wall Street y South Bronx o, como se relacionan? Las transformaciones económicas y políticas de Nueva York son detalladas en un estudio detallado que vincula el capital como trabajo muerto a las sucesivas mutaciones de la ciudad por las fuerzas del FIRE (Finance, Insurance and Real Estate), a la vez que distintas metáforas sobre el vampirismo y otros depredadores son apuntadas. (Pensemos en The Wolf of Wall Street de Scorsese también). Básicamente, Wolfen presenta una trama detectivesca sobre hombres lobo en Nueva York como alegoría de los nativos indígenas convertidos en espíritus cánidos que resisten la gentrificación del Sur de Bronx ante los herederos de los colonizadores (holandeses) de la isla de Manhattan. De Wolfen pasamos a The Wire, en una nueva lectura de la serie y Baltimore.



La temporada 2 de The Wire da paso a uno de los temas mejor explorados por Toscano y Kinkle; la progresiva dependencia del capital a la forma del container y los distintos problemas derivados de la containerización del mundo, para lo que el collage de Martha Rosler Untitled (Cargo Cult), de la serie Body Beautiful, or Beauty Knows No Pain (1965-1974) es la mejor postal. La poética del container, si es que podríamos llamar algo así, da pie a toda una reflexión sobre el arte de la logística y cómo la logística manda sobre la tríada de la producción, la distribución y el consumo. Las obras de arte almacenadas en containers  atravesando océanos es aquí simplemente una imagen que viene a la cabeza, no sin antes cerciorarnos de cómo todas nuestras necesidades de consumo básicas residen en la containerización del mundo y el tráfico marítimo. Pensemos en las recientes misteriosas explosiones en Tianjin (China), de las cuales se desprende no solo la corrupción sistemática (económica y política), y la containerización de la economía y la realidad de los puertos industriales, sino una realidad de explotación humana en el supercapitalismo salido del comunismo chino que recuerda a la pauperización de las primeras fábricas en los albores del capitalismo industrial y que las películas de Jin Zhangke recogen.

La fascinación por la estética fotográfica de este mundo de la logística (desde las imágenes de almacenes de Amazon a las supervistas aéreas de cultivos y autopistas) nos lleva a otro análisis acerca de la abstracción de las formas del capitalismo y el modo de fotografiar, así como la seducción y la deuda que estas fotografías instrumentales tienen con una estética reticular y minimalista propias del modernismo. En resumidas cuentas, un Burtynsky versus Sekula (pasando por Steichen). Sekula asegura que no necesitamos una topografía de la abstracción sino una “geografía política, una manera de hablar con palabras e imágenes sobre cómo tanto el sistema y nuestras vidas dentro del sistema” permanecen como válidas.


La dualidad entre contenido y forma es uno de los argumentos subrepticios que va abriéndose camino. La categorización de que el espacio del arte no es el lugar desde donde comenzar con una crítica del capital es aquí problemática: desde luego que la crítica a Playtime (2013) de Isaac Julien, exposición en la galería Victoria Mirón de Londres, parece justificada en lo que tiene de espectacularización del capital y el sistema financiero del arte (interpretado por la estrella de Hollywood y wanna-be-artist James Franco); su reducción a simple tema o contenido. (No olvidemos que Julien está detrás junto a Okwui Enwezor de la lectura de El Capital en la pasada Bienal de Venecia en una dramatización más teatral que políticamente sincera). Sin duda el mundo del arte (the artworld) más que el arte en sí mismo, plantea contradicciones sobre su propio rol especulativo. De hecho, uno de los puntos favorables en Cartographies of the Absolute es que el arte contemporáneo está al mismo nivel que otras producciones teóricas y culturales, algo que se echa en falta en parte de la producción teórica y filosófica en las últimas décadas. La dificultad no está en esta o aquella esfera de la cultura, sino en la necesidad de una genuina articulación dialéctica cuando tratamos de hacer eso tan complejo que es representar el capital. Insistir en la cuestión de la forma no está de más como último recordatorio, que Toscano cierra con una cita del italiano Franco Fortini sobre la crítica: “Intenta crear en la obra poética o literaria una estructura estilística cuyas tensiones internas son una metáfora para las tensiones internas y tendencias estructurales de un ‘cuerpo’ social moviéndose por una senda revolucionaria hacia su propia ‘forma’” (p. 242). El libreto de Eisenstein de rodar El Capital de Marx permanece sin ser filmado.


3/26/2015

“Puro vicio”, PTA y el cine desaliñado


En este otro post abordé algunas tendencias del cine actual comercial, especialmente aquella que privilegia la complejidad. Bastantes realizaciones recientes no hacen sino confirmar que las grandes producciones se sirven de la complejidad con el beneplácito del espectador. Puro vicio (2014) de Paul Thomas Anderson es un buen ejemplo de esto. Resulta atractivo analizar por separado y al mismo tiempo de manera conjunta la deriva de la narración en la literatura posmoderna (Thomas Pynchon) y la versión cinematográfica de una de sus novelas. Aunque el libro de Pynchon sea reciente, estamos ante una tipología singular y con sello, un “Pynchon puro”. Esto significa un modo narrativo donde el argumento se expande cual mancha de aceite sobre una superficie en la que los puntos cardinales, que son los que a la postre dan forma a la trama, resultan difíciles de cartografiar. La película reproduce fielmente este “mapa cognitivo” sin extrapolarlo al espacio urbano de la ciudad donde la historia acontece, Los Ángeles. En este sentido, la película no es en absoluto (el libro no lo sé) un mapa de la ciudad a comienzos de 1970. Tampoco parece que lo pretenda.

El rasgo más marcado de este modo de narración pynchoniano reside en el descentramiento del eje rector de la novela. De acuerdo, tenemos a Larry “Doc” Sportello, un investigador privado de poca monta como núcleo indiscutible y a su alrededor pululan una serie de situaciones y personajes los cuales apenas alcanzan el estatus de “personaje” por pleno derecho. Más bien, la estructura se asemeja a la construcción del personaje de “Doc”, y está caracterizada por el desaliño. ¿Puede una película emplear el desaliño tanto en su estructura formal como en su estética y todavía pasar como cine de culto o “gran cine”? Puro vicio no sólo puede, también lo consigue. Es más, me atrevería a decir que gran parte de la motivación de PTA es precisamente esa.

Uno de los rasgos de la novela posmoderna (tal y como en día fuera analizada por Jameson) reside en esta estructura no centrada o no unitaria de la novela (u obra de arte) moderna. Evidentemente un conjunto de fragmentos difícilmente pueden conformar una “obra” en sentido estricto. Más bien, lo que obtenemos en Puro vicio es una masa o trama o tejido aparentemente informe que alcanza una resolución o ficción de unidad en el entrelazado final. Algo parecido sucede con la construcción del personaje de “Doc”, tan alejado del estereotipo de actuación propia del star system hollywoodiense de otra época. Lo que tenemos literalmente aquí es este personaje un tanto desastre pero con la cualidad deductiva detectivesca realzada por los efectos de las drogas y que a su modo actualiza las tipologías del género literario, el pícaro holgazán y el detective. El miserabilismo y la novela negra. “Doc” es todo lo contrario a un Philip Marlowe y, sin embargo, conecta con el espectador actual de un modo que el detective creado por Chandler nunca lo haría. Esta reescritura de los géneros es, de hecho, uno de los sellos por antonomasia de Pynchon y también de PTA. De este modo, tenemos aquí un producto literario y cinematográfico que certifica algunas de las características del posmodernismo, la estética “blanda” y las conexiones “flojas” o loose, que no sólo conectan con los gustos y las tendencias de los públicos jóvenes sino que también marcan una tendencia dominante en las formas de consumo de hoy en día.

Puro vicio no es un filme estrictamente historicista, tampoco un "filme-nostalgia", y su periodización de los años hippies y contraculturales resulta degustable para un público amplio que goza con la despolitización y la ironía que se hace de la cultura hippie. Aquí entonces habría que contrastar el trasfondo crítico, o el inconsciente político que rezuma la obra original de Pynchon con este filme con aspiraciones de “obra” aun cogiendo lo mugriento y desaliñado como estética. Es lo que tiene el estatus alcanzado por algunos directores, especialmente PTA. (Nota: personalmente prefiero The Master, ver texto aquí).

Sin embargo, hay que reconocer que PTA hace las cosas a su estilo, y aun con puntos de conexión con los Cohen o Tarantino, sabe marcar su territorio. La película con la que la compararía no es, sin embargo, ninguna de estos cineastas sino más bien esa otra cinta primo-hermana que se expande cual tela de araña y que es Zodiac (2007) de David Fincher. Es indudable que PTA o Fincher tienen un sentido de la narración y el ritmo, un paso, que resulta difícilmente alcanzable por otros dentro de la industria de Hollywood. Así, ambos pueden hacer películas a partir de novelas de distinto calado, Fincher con Gone Girl/Perdida, bestseller de Gillian Flyn, o PTA con material de alto vuelo de Pynchon, y entregar una producción con sello de autor. Esto no es sin embargo, y como podría pensarse, únicamente fruto de la genialidad del director sino el resultado de la evolución de la propia industria y los modos narrativos donde la complejidad y el sello de calidad se fomentan desde dentro casi como un género por derecho propio.





4/12/2013

Mapas Cognitivos: "Reyner Banham Loves Los Angeles", 1972





 En su libro de 1971 sobre Los Angeles, Reyner Banham decía que aprendió a conducir con el fin de leer la ciudad correctamente. En 1972 realizó un documental para la BBC, “Reyner Banham Loves Los Angeles”, donde alquilaba un coche y una cinta de grabación a modo de audio-guía para dar una vuelta en coche por la ciudad con el fin de establecer un sistema de orientación y un dispositivo de mapeo. Más recientemente, se ha hecho recurrente en la teoría urbana contemporánea que, a fin de mapear el espacio postmoderno, necesitamos de “mapas cognitivos” que son necesarios para la comprensión de una totalidad que se ha vuelto imposible de entender.

Basándose en el estudio pionero de Kevin Lynch, La imagen de la ciudad (1960), Fredric Jameson estudió que la alienación urbana es directamente proporcional a la dificultad del mapeo de las grandes ciudades. En su estudio anterior, Lynch informaba que los usuarios podían entender el entorno a través de mapas mentales consistentes y predecibles, estableciendo una serie de elementos referenciales como caminos, calles, aceras; bordes o límites percibidos como paredes o edificios; distritos o zonas de las ciudades que se distinguen por una identidad; nodos o puntos focales, así como intersecciones y, finalmente; monumentos u objetos identificables que sirven como puntos de referencia.

Para Jameson, los mapas mentales mentales de Lynch pueden extrapolarse a partir de los mapas mentales sociales generales y globales que todos llevamos en nuestras cabezas de forma confusa, sin menospreciar el dominio de la imaginación en la creación de esos mapas. Para él, esta cartografía cognitiva implica una serie de prácticas estéticas y teóricas que proporcionan un sentido de la orientación similar al de los los mapas tradicionales. Es sabido que el teórico se propuso describir la condición espacial de la era posmoderna al relatar su experiencia en el Hotel Westin Bonaventure en Los Ángeles (diseñado por John C. Portman entre 1974 y 1976), un edificio donde en una primera experiencia se perdían las coordenadas físicas que el cuerpo humano necesita para la navegación estable. La cartografía cognitiva se convierte en el antídoto a esta desorientación (o enfermedad). No es por casualidad que las dos formas de arte que Jameson favorece como consecuencia de su diagnóstico sean la arquitectura y el cine, ya que a,bas vienen a definir la condición espacial en la posmodernidad, la cual, sin embargo, permanece irrepresentable como una totalidad. Cartografía cognitiva es, en cualquier caso, no únicamente un instrumento teórico limitado a la geografía o la topología, sino más bien una forma de delinear los flujos de capital en el capitalismo tardío. La experiencia de la totalidad exige una decodificación activa en lugar de un consumo pasivo.