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| Imagen de El espíritu del 45, de Ken Loach |
Las críticas que a menudo recibe Ken Loach por su militancia
política se explican desde ese mundo autónomo que a veces es el cine, o la
crítica de cine. Si Loach ha venido haciendo, una y otra vez, la misma película
desde hace décadas es debido a su creencia en una estética realista que se ha
mantenido inquebrantable con el paso del tiempo. La repetición adquiere aquí un
objetivo táctico, esto es, político. Su cine se ha desarrollado en el interior
de un modo de producción, el capitalista, del que es a la vez síntoma y al que
al mismo tiempo reta. Su compromiso socialista ha dado buena muestra de cómo la
implicación de los intelectuales en el aparato cultural puede servir a la
estimulación de la conciencia. Estos asuntos eran preocupación diaria para los
Brecht o Benjamin de otros tiempos. Por esto y mucho más, la realización de El espíritu del 45 pone a su director
ante una posición incómoda que parece llevar como una obligación gustosa. La
realidad es la que es, y explicar en estos momentos la actual coyuntura
socio-económica es tarea indispensable, en cualquier rincón del mundo. Es de
agradecer que Loach haya realizado este retrato de los avatares sociales,
políticos y económicos del Reino Unido. Pero tacharle de oportunista sería
irresponsable a la luz de las gravísimas consecuencias a la que la economía
mundial nos empuja, en medio del actual rempuje de las medidas neoliberales en
todos y cada uno de los ámbitos de vida.
Por esto, El espíritu
del 45 no puede verse desde ningún punto de vista cinematográfico sin antes
conjurarse con su objetivo fundamental: exponer la necesidad que tenemos de una
política socialista. Para ello, el didactismo resulta crucial, esto es, la
exposición de cuales son las medidas que implican una política socialista. El
documental comienza con el final en 1945 de la Segunda Guerra Mundial en Gran
Bretaña y el esfuerzo solidario de la población británica a la que siguió la
victoria en las elecciones del laborismo con Clement Attlee. A continuación se
analiza la creación del Sistema Nacional de Salud en 1948 y la consiguiente
nacionalización del ferrocarril, las minas y otras industrias que habían estado
en manos de una élite explotadora. Que el estado proporcione educación, salud,
trabajo y ocio a las personas es responsabilidad y tarea del socialismo del
Partido Laborista. Resulta interesante el paralelismo que se da entre el
Servicio Nacional de Salud como un modelo embrionario para el propio desarrollo
del socialismo. A todo este proceso de nacionalizaciones opone la llegada del
thatcherismo a finales los setenta y el comienzo del neoliberalismo con las
privatizaciones de todo lo que anteriormente estaba sostenido por las políticas
sociales.
Un único recurso formal se permite Loach aquí. Una “trampa”
(¿existe el documental sin trampa?) que permanece oculto hasta que se explica
en los instantes finales del metraje y que es objeto de escrutinio crítico
durante el visionado. Cuando parece que el uso del blanco y negro responde a
una voluntad estética de homogeneizar o unificar el metraje de archivo
histórico con los testimonios de personas en la actualidad, y cuando parece
también que quitarle el color a la imagen digital para ser más documental, en una decisión más que cuestionable sobre todo
con la llegada del footage de 1970
que claramente sabemos que es en color, los instantes finales nos proporcionan
un momento dialéctico inigualable. Las mismas imágenes de 1945 con las que
comienza el filme vuelven a reproducirse, pero esta vez en color. El espectador
entonces piensa que lo que ha visto en riguroso blanco y negro podría haber
sido en color. Formalmente el mensaje se encarga de decirnos que hay esperanza
y futuro en el socialismo y que éste es en color.







