![]() |
| Peter Lorre en M (1931) de Fritz Lang. Su mirada de terror al descubrirse en el espejo con la letra M escrita en su espalda es una imagen-icono por derecho propio. El debate sobre el expresionismo en los años 30-40 es uno de los grandes temas a considerar, todavía hoy. |
Mostrando entradas con la etiqueta fantasma semiótico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fantasma semiótico. Mostrar todas las entradas
11/26/2017
Cuatro imágenes del siglo XX
Etiquetas:
fantasma semiótico,
República de Weimar,
siglo xx
7/16/2014
Temporalidad, periodización y tecnología en el último Jarmusch (y 3)
![]() |
| Tecnología como bricolaje. Adam y la creatividad en Only lovers left alive |
Como he explicado, la relación tecnológica
entre analógico y digital es aquí toda una metáfora entre modelos de
creatividad antagónicos que van de la originalidad al plagiarismo. Este es
uno de los grandes temas del filme, y alguien tan empapado de referentes
culturales como Jarmusch únicamente parece estar señalando que cualquier
evolución o avance que podamos imaginar en el ámbito de la cultura se asienta
en algo que nos precede y que permanece ahí como algo a respetar y admirar,
pero también a superar. Toda progreso es fruto del reciclaje y la reescritura
de lo previamente realizado. La postura conspirativa anti-Shakespeare
representada por el vampiro que encarna a Christopher Marlowe atestigua un
cuestionamiento de la autoría y un claro alegato en contra del canon
occidentalizado de “autor” como una interesada construcción histórica pergeñada
por los poderes fácticos. Aún sin voluntad de ambigüedad en su tesis sobre la
verdadera pluma detrás de Hamlet, Jarmusch parece querer problematizar el
concepto de autoría más que esclarecer ninguna certitud histórica. (Desde hace
varios siglos se conoce como la Teoría Marlowe a toda una serie de
especulaciones sobre la autoría de las obras de William Shakespeare. Según
estas teorías, Shakespeare no escribió ninguna de sus obras sino tan solo se
limitó a poner su firma a obras de otros autores. Uno de estos autores pudo ser
Christopher Marlowe, 1564-1593, aunque también se barajan otros nombres).
La simultaneidad de este debate con respecto a
la cultura YouTube es tan pertinente como el posicionamiento de cualquier
músico respecto a los modos de producción y distribución de su trabajo. La
proliferación del mash-up como género compositivo en la era digital así
como toda la resaca de las remezclas interminables puede ser comparada con
aquella intuición de William Gibson de que “los músicos, hoy, si son listos,
hacen circular sus nuevas composiciones por la red, como pasteles puestos a
enfriar en el alféizar de una ventana, y esperan que otras personas las
reelaboren anónimamente. Diez serán un desastre, pero la número once puede ser
genial. Y gratis. Es como si el proceso creativo ya no estuviera contenido en
el interior de un cráneo individual, si es que alguna vez lo estuvo”. (Mundo
espejo,
p. 75)
Sobre algo de esto trata Solo los amantes
sobreviven, un artefacto cultural que buenamente representa para nuestro
posmodernismo tardío lo que el “filme nostalgia” significó en la fugaz alta
posmodernidad de mediados de los años ochenta. Pero ahora, en lugar de imaginar
una postal de los Estados Unidos de los años 40, 50 y 60 (con todos sus
“fantasmas semióticos” sobrevolando al unísono), es el Detroit
post-apocalíptico contemporáneo el que se nos presenta. Una ciudad fantasma
cada vez más despoblada y que, como dice Eve, algún día florecerá de nuevo,
cuando las masas huyan de sus lugares a la búsqueda del agua. De repente,
pasamos del género vampírico a la ciencia ficción distópica sin apenas habernos
apercibido. La ciudad de Detroit se torno en protagonista como escenario de un
utopismo ansioso que nunca pudo llegar a ser; del esplendor de la modernidad
proyectada y la ciudad del motor donde Henry Ford ensambló su primer vehículo a
motor a la belleza del abandono de las grandes ruinas modernistas. En una
escena de Solo los amantes sobreviven en el Teatro Michigan, los dos protagonistas
hablan sobre la historia del edificio como un ejemplo del cambio cultural y la
decadencia. Lo que fue concebido como un teatro maravilloso en la década de los
años 20 del pasado siglo es ahora un parking, una ruina, un testigo mudo del
movimiento cíclico de la temporalidad histórica. El Teatro Michigan es un
valioso ejemplo de una arqueología del futuro, esto es, un objeto del pasado
rescatado a la atención como contenedor de una irresoluble dialéctica entre
utopía y distopía.
El Teatro Michigan así como la Michigan
Central Station han sido objeto de una serie de fotografías del artista Stan
Douglas, denominadas como Detroit Photos (1997-1998), que incluyen casas,
estadios, oficinas y otras estructuras municipales. La fascinación con las
fallidas utopías modernas tiene que ver con un deseo de verificación de los
sueños, “el gran sueño Americano”. Las fotografías de Douglas muestran el nuevo
parking sin el fantasma de Henry Ford, mientras que la gigantesca estación se
erige monolítica, casi como una prisión en medio de un paisaje desolado de vías
sin trenes y vegetación salvaje. El legado de la modernidad industrial en la ciudad
del motor (Motown) es la de un periodo de producción cultural cuya grandeza y
utopía artística parecen ahora empobrecidas.
La reinvención de una asediada Detroit es el
escenario para que, quizás, el arte pueda también florecer, y las referencias a
la historia musical de esta ciudad pasan desde los míticos sellos Motown y Stax
que tanto sirvieron al soul, funky, jazz y todo lo que sonara a “negro”
(incluido a un incipiente Michael Jackson), como a la potente tradición de
música electrónica y de club. Al igual que hace Tarantino en sus películas, la
coctelera musical de Jarmusch pasa por un posmodernismo referencialista y sí,
también del tipo “moda nostalgia”, y que recoge como hemos dicho el imaginario
de la guitarra de los 50 y 60, Chet Atkins, a la música de los 60 (Wanda
Jackson y su “Funnel of Love”); los 70, el rockabilly de Charlie Feathers, el
sonido negro de Denise LaSalle, así como el punk rock furioso de White Hills y
Jack White. Pero en lugar de ver las referencias musicales en alusión a un mundo
cerrado de producción y consumo, conviene aquí leerlas como un códice de los
modos en los que la cultura actual reproduce insatisfecha el archivo acumulado
desde la propia modernidad.
Para unos seres que tienen demasiado pasado
(Historia) y también un futuro infinito, sólo la alteración y corrupción de la
sangre humana en aras a nosesabe qué intereses económicos puede cambiar su
destino. Mientras tanto, la ansiedad cultural reside en que el futuro parece
una condena. El cierre del futuro en el actual ideario del neoliberalismo se
concreta en que es el capitalismo el que trafica con futuros, no el socialismo.
La tecnología a modo de bricolaje que Adam experimenta es la del artista en su
estudio para quien el aburrimiento, mejor dicho, la potencialidad de la palabra
inglesa boredom y la francesa ennuie, todavía posee un mínimo de capacidad
emancipadora alojada en la creatividad y en el poder de la imaginación.
![]() |
| Theather Michigan, Stan Douglas, fotografía, 1997. |
4/01/2014
El futuro no es lo que era
El futuro (primer
largometraje de Luis López Carrasco, del colectivo cinematográfico Los Hijos) es
una película de bajo presupuesto ambientada en el pasado que trata sobre la
situación presente. Estamos ante una de esas producciones cuya centralidad gira
alrededor del concepto de tiempo, o temporalidad. La alocución de Felipe González
el día en que el PSOE gana las elecciones en 1982, inaugurando una nueva era en
la historia de España, da paso al interior de una fiesta en un piso; jóvenes
vestidos al estilo de los ochenta conversan, beben y bailan mientras suena la
música ultrapop de grupos españoles como Ciudad Jardín, Aviador Dro o Ataque de
Caspa, entre otros. Como en toda fiesta, la música ahoga las palabras. No hay
una trama identificable, ni tampoco ningún protagonista definido ni nada parecido.
Lo que se registra es un ambiente.
El futuro toca un tema sensible en la historia reciente de España, que
no es otro que las distintas asincrónicas surgidas entre una modernidad estética
en lo cultural (lo que se entiende como “lo moderno”), y los procesos de modernización
y progreso salidos de los modelos socio-políticos de la Transición, y que
tienen en la victoria socialista del 82 uno de sus hitos. De la contracultura a
la “Cultura oficial” hay a veces una levedad. Y esto sucede con la Movida
Madrileña, el objeto analizado y sobre todo inquirido.
Esta Movida Madrileña es aquí todo un “fantasma
semiótico”, aquella definición acuñada por William Gibson que describía esos “trozos de
imaginería cultural profunda que se han desprendido y adquirido vida propia”, o
dicho de otro modo, espejismos populares referidos a una cultura concreta.
Aunque Gibson se refería a la imaginería de la ciencia ficción, su aplicación
es válida para cualquier representación del pasado convertida en arquetipo
porque, ¿qué es ahora la Movida Madrileña sino un gigantesco y oportuno cliché
que reaparece una y otra vez cual espectro que vaga?
Formalmente las intenciones quedan claras desde el comienzo;
rodando en la obsolescencia de la película en celuloide de 16 mm se consigue
una textura borrosa y una pátina pictórica que nos remite al periodo y a la
atmósfera que pretende registrar. El formato de la imagen es cuadrado. El enfoque-desenfoque
de muchas de las imágenes de la fiesta adquiere una dimensión metafórica, en
sintonía con la representación fantasmagórica pop que se traslada.
La búsqueda de realismo combina sutilmente la precisa
periodización con el instante atemporal, suspendido en el tiempo. En vez de
“ficción” o “documental”, podría decirse que El Futuro es el documento saliente de una situación real ambientada
estilísticamente en el pasado; una “cápsula de tiempo” de imágenes imperecederas,
fragmentos congelados que aspiran a ser rescatados en otro tiempo y lugar.
Ésta es una una película con varías categorías, incluso
contradictorias; modernista en tanto que es reflexiva o consciente de sus
propios procedimientos, a la vez con una forma compacta, autónoma y un tanto atemporal;
posmodernista pues periodiza mirando al pasado, aunque no ya con la nostalgia
del “film-pastiche” y demás rasgos típicamente posmodernos. Más que un anhelo
por tiempos no vividos (Luis López Carrasco y algunos otros de los
participantes en este filme nacieron al comienzo de los ochenta), lo que aflora
es un reproche a lo heredado. Una crítica ante un futuro arrebatado desde el
pasado.
Ante la falta de un archivo de imágenes que sirviera para
definir una época (más allá de Almodóvar, La edad de oro y demás), el director ha tratado de
producir su propio material como si de un objet trouvé se tratara. Pero el
problema con el found footage es que,
o es o no es (metraje encontrado). No hay medias tintas, a no ser que se juegue
con la verdad, aunque esto requeriría de toda una verosimilitud, un trampeo,
que aquí no se da. (Pienso por ejemplo en L’Ambassada,
1973, de Chris Marker, como documento supremo entre el documental y la
ficción).
Más bien, cuando mejor funciona El futuro es cuando la pensamos como un “sustituto” de un archivo
inexistente, aún sabiendo en todo momento el terreno que pisa. En mitad de la
película sí que se incluye una serie de viejas imágenes de familia sacadas de la
basura y que conectan con la España franquista de los sesenta y setenta, las
décadas en las que esos mismos jóvenes de los ochenta eran todavía niños,
mientras suena “Nuclear sí” de Aviador Dro. Una fascinación esteticista se
acrecienta en los últimos compases, en una innecesaria hiperbolización de la
forma y el contenido, pues el “mensaje” ya ha permeado de la mejor de las
maneras; arriesgando, interrogando y también, deleitando.
* Publicado en A*desk, Barcelona, 1-03-2014
4/04/2012
Cine y Posmodernismo: "Crazy Clown Time", David Lynch
“David Lynch conserva la cabeza” era el título de un perspicaz reportaje periodístico del desaparecido David Foster Wallace, aunque lo que los espectadores de sus películas siempre acaban preguntándose es si alguna vez la mantuvo en su sitio. Se ha lanzado estos últimos días en la red su última obra, “Crazy Clown Time”, un videoclip delirante dirigido por el cineasta de una de sus últimas canciones. Que Lynch hacía música era algo conocido (junto con lado de pintor, escultor, fotógrafo, el director ha sido siempre un artista polifacético). La querencia por grandes compositores (como Angelo Baladamenti) y su devoción por la música ya habían dado momentos de gran intensidad en sus filmes, aparte de un oído afinado para el sórdido ruido de fondo que se escucha siempre en las escenas de tensión. Pero el Lynch músico va más lejos, atreviéndose con sonidos bailables, redefiniendo de paso el sentido de lo que la “colaboración” artística significa en nuestra contemporaneidad.
En este nuevo tema, Lynch se aleja del ritmo dance de “Good Day Today” apostando por un sonido repetitivo y enfermizo marcado por el ritmo oscilante de la batería y la aparición ventrílocua de su voz. “El tiempo del payaso loco” es un ejercicio de funambulismo artístico que se acerca a ese espacio de transgresión que el cine comercial hace tiempo ha dejado de lado y que parece encontrarse mejor en algunas tendencias del arte contemporáneo. Aunque toda transgresión ha sido mercantilizada hace tiempo, lo que Lynch nos ofrece (aparte de acceso directo a sus obsesiones) es una inmersión en los secretos del inconsciente. En alguna ocasión ha comentado lo necesarias que son para él las catarsis de la meditación, y si bien la conquista del inconsciente fue un reto intelectual para Freud, y los surrealistas encontraron ahí su particular paraíso creativo, con Lynch nunca se sabe si los misterios de los que bebe son reales o teatralizados hasta el paroxismo (el estilo lynchiano resiste cualquier medio y escuchar un poco de su cosecha musical supone salir de dudas sobre la presencia de “autor”). Pero además, la actual combinación de canción inclasificable y videoclip de artista es el “combo” perfecto para una definición de posmodernismo: no es solo que el videoclip ya fuera ensalzado como el arte del periodo dorado de la teoría posmoderna (ver Jameson) junto con el film-nostalgia, el pastiche, la danza y cierta arquitectura deconstructiva, sino que además hay que sumarle ahora el componente esquizoide, o esquizofrénica, de la propia producción cultural (y que es una de las marcas de la casa en Lynch).
Si a alguien se le ocurrió pensar, cuando Terciopelo Azul, que Lynch había idiotizado a Isabella Rosselini, es que todavía no sabía con quien se enfrentaba. Para esta persona, todo lo que parezca o sea “raro” posee un profundo aroma poético; Foster Wallace supo capturar algo de esto cuando dio cuenta de las vicisitudes de un rodaje en esa joya periodística que he mencionado al comienzo, y estoy seguro de que sin duda aprobaría que el desvarío al que asistimos en “Crazy Clown Time” está en las coordenadas del sujeto en cuestión. Pero una estética esquizofrénica, hecha de retazos y subculturas varias, puede comunicar las enfermedades no de un sujeto concreto, sino los males toda una cultura. El sello de Lynch en la cinematografía actual es un hecho incontestable ( y uno espera el momento en que salga en DVD Drive, la aclamada y ultramoderna película de Nicolas Winding Refn que reinventa el genre-Neo-noir). Ese payaso en “Crazy Clown Town” puede ser el “ser” misterioso de Lost Highway o algún otro freak salido de Twin Peaks. Lynch no da respiro: exhibicionismo obsceno, sonidos guturales, rituales subculturales, cerveza derramada, personajes salidos del mundo degradado de la imaginería norteamericana, auténticos “fantasmas semióticos”: estrellas porno, jugadores de fútbol americano, punkis con cresta... y barbacoas. El acercamiento a ser otra persona, la doblez de la personalidad, que un gran Bill Pullman interpretara en Lost Highway, parece corroer a personajes en transformación, de cambios de identidad en tiempo real (no es difícil pensar que Lynch está más cerca del arte Cindy Sherman, Paul McCarthy o Mike Kelley). Por último, Lynch nos deja su personal incursión en la abyección, ese territorio abonado al psicoanálisis en donde lo execrable, lo repugnante y lo obsceno encuentran refugio, y donde el sujeto halla su morada.
En este nuevo tema, Lynch se aleja del ritmo dance de “Good Day Today” apostando por un sonido repetitivo y enfermizo marcado por el ritmo oscilante de la batería y la aparición ventrílocua de su voz. “El tiempo del payaso loco” es un ejercicio de funambulismo artístico que se acerca a ese espacio de transgresión que el cine comercial hace tiempo ha dejado de lado y que parece encontrarse mejor en algunas tendencias del arte contemporáneo. Aunque toda transgresión ha sido mercantilizada hace tiempo, lo que Lynch nos ofrece (aparte de acceso directo a sus obsesiones) es una inmersión en los secretos del inconsciente. En alguna ocasión ha comentado lo necesarias que son para él las catarsis de la meditación, y si bien la conquista del inconsciente fue un reto intelectual para Freud, y los surrealistas encontraron ahí su particular paraíso creativo, con Lynch nunca se sabe si los misterios de los que bebe son reales o teatralizados hasta el paroxismo (el estilo lynchiano resiste cualquier medio y escuchar un poco de su cosecha musical supone salir de dudas sobre la presencia de “autor”). Pero además, la actual combinación de canción inclasificable y videoclip de artista es el “combo” perfecto para una definición de posmodernismo: no es solo que el videoclip ya fuera ensalzado como el arte del periodo dorado de la teoría posmoderna (ver Jameson) junto con el film-nostalgia, el pastiche, la danza y cierta arquitectura deconstructiva, sino que además hay que sumarle ahora el componente esquizoide, o esquizofrénica, de la propia producción cultural (y que es una de las marcas de la casa en Lynch).
Si a alguien se le ocurrió pensar, cuando Terciopelo Azul, que Lynch había idiotizado a Isabella Rosselini, es que todavía no sabía con quien se enfrentaba. Para esta persona, todo lo que parezca o sea “raro” posee un profundo aroma poético; Foster Wallace supo capturar algo de esto cuando dio cuenta de las vicisitudes de un rodaje en esa joya periodística que he mencionado al comienzo, y estoy seguro de que sin duda aprobaría que el desvarío al que asistimos en “Crazy Clown Time” está en las coordenadas del sujeto en cuestión. Pero una estética esquizofrénica, hecha de retazos y subculturas varias, puede comunicar las enfermedades no de un sujeto concreto, sino los males toda una cultura. El sello de Lynch en la cinematografía actual es un hecho incontestable ( y uno espera el momento en que salga en DVD Drive, la aclamada y ultramoderna película de Nicolas Winding Refn que reinventa el genre-Neo-noir). Ese payaso en “Crazy Clown Town” puede ser el “ser” misterioso de Lost Highway o algún otro freak salido de Twin Peaks. Lynch no da respiro: exhibicionismo obsceno, sonidos guturales, rituales subculturales, cerveza derramada, personajes salidos del mundo degradado de la imaginería norteamericana, auténticos “fantasmas semióticos”: estrellas porno, jugadores de fútbol americano, punkis con cresta... y barbacoas. El acercamiento a ser otra persona, la doblez de la personalidad, que un gran Bill Pullman interpretara en Lost Highway, parece corroer a personajes en transformación, de cambios de identidad en tiempo real (no es difícil pensar que Lynch está más cerca del arte Cindy Sherman, Paul McCarthy o Mike Kelley). Por último, Lynch nos deja su personal incursión en la abyección, ese territorio abonado al psicoanálisis en donde lo execrable, lo repugnante y lo obsceno encuentran refugio, y donde el sujeto halla su morada.
Etiquetas:
David Foster Wallace,
David Lynch,
fantasma semiótico,
posmodernismo
10/19/2010
Fantasmas semióticos: referencialidad, apropiación, sci-fi, historicismo, etc
![]() |
| Christopher Williams, "Kiev 88" |
El prodigioso relato corto de William Gibson “El continuo de Gernsback” (1981) está a punto de cumplir su tercera década mientras su relectura nos golpea de lleno en medio de la oleada historicista en la que estamos inmersos.[i] En este cuento, un fotógrafo, el narrador, es comisionado para ilustrar un coffee-table book acerca de la arquitectura norteamericana de los años 30 y 40 bajo el sugerente título de The Airstream Futuropolis: the Tomorrow That Never Was. Buceando en esas arquitecturas del modernismo americano, llena de superficies cromadas, edificios aerodinámicos inspirados en Metrópolis de Fritz Lang y una naif obsesión por un futuro lleno de dirigibles con forma de pepino, el narrador se ve asaltado por el fantasma semiótico que intenta desentrañar: cree imaginar haber visto un bumerang alado de doce motores. Gibson inventó en este cuento el concepto del fantasma semiótico para describir toda la imaginería de ciencia ficción que impregna la cultura, es decir, fragmentos del inconsciente colectivo desprendidos que han adquirido vida propia, o dicho de otro modo, espejismos populares referidos a una cultura concreta. Exactamente, la sátira de Gibson se centraba tanto en los movimientos de arquitectura modernista como en la ciencia-ficción pulp de la década de 1920 al estilo de la revista Amazing Stories. En todas las historias del Sprawl de Gibson se observa un futuro extraído de la condición moderna.[ii]
Lo que ahora resulta relevante es que estos fantasmas semióticos parecen trascender el ámbito de la ciencia ficción para convertirse en guiños de la cultura del pasado impregnando y modelando nuestra actual recepción cultural así como la noción que tenemos de la historia. Todo nos parece hoy en día producto de una incesante proliferación de textualidad; la recepción de la historia, así como del presente, se asientan en el eterno retorno de fragmentos del pasado dispuestos a ser reinterpretados indefinidamente. La tesis de que la arquitectura del Estilo Internacional, la estética Bauhaus, el minimalismo típicamente moderno, el Citroën DS, las cúpulas geodésicas así como las maneras codificadas del post-punk (en moda y música), por poner sólo algunos ejemplos, devengan en elaborados fantasmas semióticos, asimilados e integrados en nuestro subconsciente, no resulta descabellada.
En el cuento, el edificio Johnson Wax de Frank Lloyd Wright parece haber sido diseñado para “gente que llevara togas blancas y sandalias de acrílico” y es objeto de un extrañamiento salido de la fantasía alucinógena del protagonista-narrador. Congelada, casi criogenizada, la modernidad expulsa la esencia de su propia definición: su significado, su ontología, no se conforma con ser un periodo más dentro de una continuidad histórica sino que su reafirmación en el presente conlleva la prerrogativa de devenir siempre objeto de reflexión sobre sí misma. La modernidad, lo moderno, no sólo son categorías periodizadoras, sino también modelos de auto-consciencia. Como tales, la sóla mención al modernismo en las artes o la referencia a la moderdidad como periodo histórico ya exige, de facto, un auto-cuestionamiento de su propia categoría moderna. Así, la radical afirmación de la modernidad (con sus manifestos asertivos) ya lanzaba al futuro el germen de una continua y perpetua revisión: alto modernismo, modernismo tardío o posmodernismo.
Pero esta modernidad encantada necesita de quien la desencante. Los actuales ejercicios referenciales dentro del arte no son sino ejemplos de esta imposibilidad de salirse de una clase de historicismo que subsume el presente dentro de una continuidad con lo histórico, lo que no quiere decir que nos encontremos en un momento de consciencia histórica fuerte. No desde luego, y para nada, similar a cuando Georg Lukács escribió su obra magna Historia y conciencia de clase, en 1923.[iii]
La sofisticada mofa de Gibson sobre el futuro antigüo se vuelve meta-comentario al alinearlo conjuntamente con las representaciones que el modernismo trataba de modelar. Esto no sólo sitúa al modernismo como un proyecto cargado de una promesa de futuridad, sino también como un inmenso bazar, lleno de artefactos, de una vastedad similar a su propia inagotabilidad: son estos artefactos los que han devenido en fantasmas semióticos. No es sorprendente que, debido a esto, la referencialidad en el arte no sólo se haya convertido en una convención más, sino que además haya devenido en la estrategia crítica privilegiada. Pero la presunta inagotabilidad del contenido histórico, como si de una gran reserva libre de permisos se tratase, apunta justo todo lo contrario, esto es, un tipo de extenuación (histórica) de la posibilidad misma de invención en el arte. Cuando artistas como Christopher Williams o Willem de Rooij, señalan que la referencialidad dentro del arte se ha convertido en una ortodoxia quizás lo hacen con la intención de preservar su propio trabajo como crítico, una práctica artística que se caracteriza por su extremada codificación, casi meta-referencial, una saturación de los códigos de representación y, a continuación una limpieza de las huellas dejadas por ese sobrecargamiento referencial.[iv] Así, las fotografías conceptuales de Williams, bajo una anodida apariencia publicitaria, esconden una trama de vínculos, en lo que parece ser un test de cómo complejas capas de información pueden condensarse en una única imagen. El trabajo de Williams, así como el de De Rooij y otros, pienso en Mathias Poledna, es la prueba o síntoma definitivo de la debilidad referencial que se manifiesta a través de la sobredeterminación del referente histórico. La dificultad reside todavía ahí, es decir, en la dificultad para imaginar una forma nueva que no se refiera a absolutamente nada más que a sí misma o, por el contrario, una imagen que sea una translación directa de la realidad mediante una clase de realismo todavía por inventar. En el curso de la conversación entre Williams y De Rooij, éste último dice estar trabajando en una lista de reglas al modo de Lars von Trier y Dogma 95, para facilitar la producción de obras que refieren a nada otro: arte no-referencial. Sin duda, un giro de 360º a su propio pasado referencial. Pero, ¿podemos pensar en una forma que no se refiera a nada? Es decir, una forma que vez vaya más allá de un regreso a un grado cero barthesiano, de una estética del silencio a lo Susan Sontag o de la tautología y auto-referencialidad del objeto minimalista. Esta es una difícil cuestión. La sobredosis de contenido histórico alojado en múltiples narrativas históricas funcionando al unísono dentro de las obras de arte bien podría ser la causante de los fantasmas semióticos que nos asaltan.
[i] William Gibson, “El continuo de Gernsback”, en Quemando Cromo, Minotauro, 2002. El título se refiere a Hugo Gernsback (1884-1967), pionero de la ciencia ficción y creador de la primera revista del género, Amazing Stories, en 1926.
[ii] La serie del Sprawl de William Gibson contiene las trilogía Neuromante (1984) Conde Cero (1986) Monalisa Acelerada (1988) así como las historias contenidas en Quemando Cromo (1986).
[iii] Georg Lukács, History and Class Consciousness, The Mit Press, Cambridge, Massachussetts, 1971.
[iv] “As We Speak”, Christopher Williams y Willem de Rooij en conversación con Jörg Heiser, Frieze magazine, nº 134, Octubre, 2010.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







