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4/28/2014

Sobre "Vikingland" (2011), de Xurxo Chirro.


Still de Vikingland (2010) de Xurxo Chirro

Éstas son algunas ideas que surgen del visionado de Vikingland, un “documental ficcionado” que Xurxo Chirro “manipuló” entre 2006 y 2011. El término aquí es “manipular” y no “dirigir” ni “montar”, más afines estos al arte cinematográfico. Como pone en los títulos de crédito, se trata de una “idea y una manipulación” del citado realizador. En 2006 Xurxo encontró en casa de sus padres unas cintas de vídeo donde se podía leer “Vikingland 1”, “Vikingland 2”, etc. Las halló mientras cambiaba el reproductor doméstico de VHS a DVD. Toda una señal. Estas cintas analógicas las grabó Luis Lomba “O Haia”, un marinero gallego compañero de faena del padre de Xurxo, entre octubre de 1993 y marzo de 1994. Desde el primer momento quedó fascinado por unas cintas en las que se puede ver la vida de un marinero en el mar del norte, en el interior de un gran barco en medio del frío y el hielo.

Lo primero que cabe destacar es qué se puede llegar a hacer con un material así, a priori desprovisto de cualquier atisbo de calidad o artisticidad en la imagen. Si Xurxo Chirro tardó tanto tiempo en definir una forma para Vikinglad se debe precisamente a esta pregunta: ¿Qué hacemos o qué podemos hacer con la infinidad de documentos del dominio doméstico y la esfera íntima de la era analógica ahora que todo ese mundo de recuerdos parece desvanecerse? ¿Qué hacer con un material encontrado, literalmente found footage, que respete la integridad y la intención misma de las imágenes que fueron grabadas? En este sentido, hasta el título venía ya dado: Vikingland (Tierra de Vikingos). Porque este audiovisual no parte de la premisa de que el found footage es un material real o ficcionado (simulado) que sirve para recrear una historia (documental o ficticia) salida de la mente del realizador o director. No. Lo que aquí tenemos es más bien un ejercicio de restauración de la memoria, un cuidado del registro.

Por esto, Vikingland no abusa de la técnica del montaje ni del ensamblaje los cuales, como bien sabemos desde las vanguardias, se caracterizan por crear una tercera imagen o idea mental a partir del cruce y la superposición. Al contrario, aquí tenemos un ensayo de arqueología puramente documental, pero cuyo material “amateurista” en manos de Xurxo es capaz de crear todo un enjambre de significados y asociaciones poéticas (por ejemplo con Moby Dick de Melville). El registro del tiempo de las imágenes de la cámara de vídeo, abajo a la derecha, nos informa de la cronología de las grabaciones y el respeto hacia la sincronicidad con la que fueron tomadas. Las secuencias son pautadas por distintas temáticas; tripulación, Navidad, frío, trabajo, travesías, etc.

En el centro de Vikingland está la persona de Luis Lomba “O Haia”. Luis compró una cámara de vídeo doméstico sin la más remota idea de cómo funcionaba ni tampoco del uso que le iba a dar. Dentro de la embarcación, la cámara se convierten en testigo, mientras que la función que Luis otorga al aparato tecnológico bien podría servir para un estudio o manual de antropología o sociología urbana (o marina, si se prefiere). Existe aquí un primitivismo, una ingenuidad y una intencionalidad candorosa y honesta. Se ha comentado en algún lugar que el uso que hace Luis de la cámara recuerda al de los pioneros del cine (los hermanos Lumière o Meliès), en lo que tiene de acto cinematográfico puro, especulativo, sin convenciones que seguir. A mí me ha recordado más a cuando la cámara de vídeo hace su aparición en los 60 y en los 70 en una primera generación de artistas conceptuales o performers o, más concretamente, a la posibilidad de un arte conceptual en latitudes geográficas descentradas. Obviamente, nada de esto estaba en la cabeza de Luis Lomba. Hay una escena en la que coge una naranja, la pela y se la come gajo por gajo. Sin más. En otras ocasiones, posa delante de la cámara sin saber muy bien qué hacer y mucho menos cómo “actuar.” Simplemente está ahí, se viste a drede y se desviste para la cámara. Podría decirse que la cámara es un espejo para él, aunque hablar aquí del “narcisismo” de Luis me parece muy poco apropiado. Más bien se trataría, quizás paradójicamente hablando, de ejercicios de autoconciencia un tanto inconscientes. El arte de retratar y del autorretrato sin ninguna intencionalidad artística y mucho menos estética. Pero es en esa misma actitud involuntaria que todo un inconsciente político puede emerger a la superficie y, de hecho, lo hace.

Por ejemplo, queda perfectamente registrado el mundo del trabajo, y podría decirse que la cámara pertenece a esa franja trifásica de las 8 horas en un trabajador que es el tiempo de ocio. Pero lo interesante está en que la cámara de vídeo, aún perteneciendo a este tiempo, hace su entrada en el otro, el del trabajo. Resulta en este sentido ilustrativa la escena en la que Luis coloca el vídeo en la transpaleta mientras graba el acto monótono de vaciar un palé. Como efecto de la inercia la transpaleta se desplaza cogiendo el visor un fuera de campo (las ventanas del barco). Pasa un tiempo hasta que Luis se da cuenta y vuelve a enderezar y a encuadrar la imagen mientras terminan de vaciar el palé. Toda esta escena documental, genial en cuanto que da cuenta del trabajo físico y los dispositivos técnicos inventados por el trabajador para documentar la labor, se muestra completa, sin cortes. Es a través de escenas como ésta que Xurxo Chirro no solo enseña el mundo del obrero, el trabajador, el inmigrante gallego, sino que realiza un ejercicio de pensar la imagen, en su ontología más elemental, dentro de las coordenadas de clase social. Aunque sea cierto que la cultura de clases ya no existe en lo sucesivo en nuestra parte del mundo, sí que lo es que la clase no ha desaparecido aunque permanezca oculta bajo retóricas liberales o social-demócratas. Se me ocurren pocos artefactos culturales realizados estos últimos años donde la representación de algo que cada vez más escapa a la representabilidad, se muestre tan abierta y desprejuiciadamente como Vikingland. La vieja categoría (a recuperar) del orgullo de clase, hace aquí su aparición, y no por nada esta realización, cuya temática está profundamente inmersa en la problemática histórica de Galicia, tiene una especial relevancia en la actual renovación de cine gallego de la que todo el mundo parece estar hablando ahora mismo en España.

Hay evidentemente otras capas a explorar, como la relación entre lo analógico y el digital, y la fantasmagoría de un mundo de imágenes destinadas a desaparecer, pero quisiera por último destacar Vikingland de Xurxo Chirro en esa cartografía (o mapa cognitivo) del capitalismo global a través del mar y sus representaciones, y que tuvo en Allan Sekula (1951-2013) a uno de sus más imperturbables exploradores. Es en esta estirpe donde me parece hay que situar esta modesta pero imperecedera película.