Uno de los aspectos inesperados en Francofonia (2015), la última película
de Alexander Sokurov, se da en la reflexión que realiza sobre el océano como
una “autopista” bravía y salvaje por donde transportar mercancías, y también
cultura. Este tema ocupa un pequeño lugar, periférico si se quiere, dentro de
una compleja trama que mezcla estética e historia en grandes cantidades. Narrado
en ruso a partir de la voz en off del
cineasta como hilo conductor, el filme nos sumerge en la historia del museo del
Louvre durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial; la historia
de la relación entre el conservador del museo francés, Jacques Jaujard, y el
encargado del patrimonio durante la invasión nazi, el historiador de arte (de Renania) Franz Wolff-Metternich.
El filme introduce distintos niveles de lectura y una forma narrativa
superpuesta, ensayística. La mirada a los cuadros del museo francés y la
reproducción cinematográfica de la historia del arte está (los grandes representaciones
de Géricault, o La Gioconda de
Leonardo) atravesada por el mundo contemporáneo actual y sus herramientas de
comunicación globales. La paleta sonora es tan amplia y rica como la visual y textual.
La música actúa de contrapunto a la imagen y le otorga una dimensión artística
ineludible.
Al comienzo, el propio Sokurov merodea
por su casa-estudio, tratando de mantener una comunicación vía internet con el
capitán de un barco en medio de una tormenta. La comunicación va y viene; la
voz se entrecorta; la imagen se detiene pixelada en la pantalla del ordenador.
Mundo google hangouts. Sokurov habla en ruso y la persona en el barco (un tal Dirk),
en inglés. No está muy claro si uno se dirige al otro pero el espectador puede
hilar la idea de que un contenedor marítimo con obras del Louvre haya caído al
mar en medio de la tormenta. Imágenes-documento muestran fragmentos igualmente
pixelados de grandes buques en medio de oleajes gigantes. Contenedores de
colores en el agua. La meditación de la globalización actual en la que el mar
es el canal invisible de una industria que igualmente escapa a la
representación se cruza, más adelante, con el imperialismo y la colonización,
cuando Napoléon Bonaparte aparece en escena para recordarnos que todo eso (tout ça!), en el Louvre, es debido a él,
a su voluntad expansionista y en honor de una Francia capital de Europa y
centro del mundo. ¿Cuántas cajas de antigüedades asirias permanecen en los
fondos marinos?
Francofonia es un sincero
homenaje del cineasta a la cultura francesa y una elegía para Europa (el
subtítulo es An Elegy for Europe),
pero a su vez está colmada de una profunda melancolía rusa, una nostalgia por
el destino de una nación. Francia, París, cuna de la cultura europea, de
Europa, fue respetada por los nazis mientras no se daban las mismas
advertencias para proteger el patrimonio artístico cuando los alemanes hacían
añicos Leningrado y, con la ciudad, su museo más renombrado, el Hermitage. ¿Por
qué una civilización podría prescindir del Hermitage y no del Louvre? El relato
de la atrocidad de la guerra en la Unión Soviética es devastador, lleno de
dolor. La historia del Louvre permanece como un horizonte que Sokurov sitúa
como central en el espíritu de la identidad europea y, por lo tanto, de los
valores de la Ilustración y la modernidad, como se encarga de recordarnos la
encarnación de Marianne varias veces a lo largo del filme: egalité fraternité liberté.
Pero la tensión dialéctica imprimida al relato no deja de interrogarnos de un
modo crítico sobre las bases de tales principios que comienzan y acaba en el
mismo punto de barbarie: la guerra.
Hay en este filme no pocas reflexiones
sobre el estatuto de la obra de arte en la posmodernidad y sobre la dificultad para
imaginar cualquier modo de arte nacional en una situación globalizada y
post-nacional. El contenedor marítimo es ya un icono de la globalización
económica y de lo fácil que resulta exceder los límites de la civilización y la
ley que tan firmes parecen en tierra.[1]
¿Qué sucede cuando la logística domina al arte y la cultura? En este filme (más
que película es un filme), la globalización económica y la cultural entablan un
estrecho diálogo con un trasfondo geopolítico que va de Rusia a Francia pasando
por todos los lugares de llamado Tercer mundo saqueados en nombre de una
dominación que es también económica y cultural. El pasado y el presente se
funden. Francofonia es una elegía
acerca del pasado y el destino de Europa que no renuncia en ningún momento a
imaginar la posibilidad de un enclave para el arte dentro de una esfera pública
posmoderna que es global e internacional a la vez.
[1] Ver mi entrada sobre el libro Cartographies of the
Absolute, de Alberto Toscano y Jeff Kinkle, Zero Books, Londres, 2015. Y
también el libro de Rose George, Noventa
por ciento de todo. La industria invisible que te viste, te llena el depósito
de gasolina y pone comida en tu plato, Capitán Swing, 2014.
