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8/26/2014

EDITORIAL: Alienación


La vieja idea de Marx de que el arte supone una vía de escape al trabajo alienado o que, para ser más precisos, el trabajo del arte es “trabajo no alienado” ha de ser examinado a la luz de más recientes mutaciones del capitalismo. Algunos estudios recientes han situado a la figura del artista como una metáfora, sino un modelo, para ese mismo capitalismo que tiene en la creatividad y “lo creativo” su principio. El artista es el productor automotivado por excelencia en el que la “libre voluntad” y el compromiso consigo mismo se lleva hasta el extremo máximo, algo de lo que el capital se sirve. El modelo del neoliberalismo primitivo puede tener en el ejecutivo de Wall Street su estereotipo más obvio y redundante. El cine o los libros de Tom Wolfe y Bret Easton Ellis han inmortalizado de sobra este instante que incluso todavía hoy sirve de material (ahí está El lobo de Wall Street de Scorsesse).

Pero esto es solo el pasado arcaico de una evolución en el modo de conquista de la subjetividad actual. El deseo hace tiempo que sustituyó al dinero, y en la actual fase del capitalismo el sometimiento es voluntario y al mismo tiempo inconsciente. Somos todos esclavos del capital sin saberlo del todo. ¿Es el modelo de artista que fabrica con sus manos o está implicado en procesos manuales, artesanales y de intercambio más cómplice con el sistema que aquel otro que basa su “labor” en la potencia y conectibilidad de su MAC portátil?

Aunque haya quien siga queriendo ver como probada la primera opción, lo cierto es que un diagnóstico efectivo del actual orden nos coloca en la necesidad de una crítica de los llamados “social media”. Estos nos realizan a todos como artistas de performance, y como artistas trabajamos produciendo contenido para las compañías capitalistas que recolectan el producto del trabajo de nuestra auto-construcción y auto-expresión. Más que en el concepto de la creatividad, es en el continuo rediseño del Yo y el infinito flujo y bombeo de información donde el artista alcanza un estatus apropiable para el capital.

El estado afectivo al que conduce esto se sitúa entre la euforia y disforia permanente, entre la necesidad de estímulo constante y la inmediata insatisfacción y vacío. La alianza deseo-capitalismo-Internet ha renovado el concepto de Marx del fetichismo de la mercancía. Las consecuencias son conocidas por todos; ansiedad, insomnio o alteraciones del sueño, falta de autoestima, depresión, etc. Incluso ser consciente de que esto sucede de este modo no es obstáculo para padecer los propios síntomas. En cualquier ámbito del trabajo inmaterial, y el arte (entendido en toda su extensión), forma cada vez más de ello, la autonomía no existe y la servidumbre pasional es ubicua. 

En alguna otra ocasión he posteado esta frase de Liam Gillick que me parece más que acertada para definir el estado del trabajador-inmaterial-artista en la actual coyuntura económica.

La acusación es que los artistas son en el mejor de los casos los últimos trabajadores del conocimiento independientes, y en el peor, apenas son capaces de destacarse en el ardiente deseo de trabajar en todo momento, personas neuróticas que implementan una serie de prácticas que coinciden muy claramente con los requisitos del capitalismo neo-liberal, rapiñador y continuamente mutante de cada tiempo. Los artistas son personas que se comportan, se comunican e innovan de la misma manera que aquellos que pasan sus días tratando de aprovechar cada momento e intercambio de la vida cotidiana. No ofrecen ninguna alternativa.[1]

Sin embargo, en lugar de verlo todo negro, conviene retomar el diagnóstico de Marx al comienzo como recordatorio de que la esclavitud y la libertad están a menudo alojadas en el interior de la misma cápsula y parece indistinguibles y que está en nosotros el estimularla y liberarla.





[1] Liam Gillick, “Why work?”, Artspace, Aukland/New Zeland. También presentado con el título de “The Good of Work”, e-flux journal, nº 5, 2010, http://www.e-flux.com/journal/the-good-of-work/ Traducción propia.


5/08/2014

El problema de la multitarea (1)




“Do one thing at the time” era la primera regla de la lista de Fischli/Weiss para trabajar mejor.
Pero que cada vez más esto no resulta fácil de hacer. La dificultad para experimentar el tiempo en bloques homogéneos es uno de los problemas del trabajo actual. Jonathan Crary ha señalado lúcidamente que con la progresiva indistinción entre los tiempos de trabajo y de ocio, el trabajador contemporáneo permanece alerta en una franja de tiempo que se expande 24/7.[1] Ese es también, por otra parte, el tiempo para el consumo sin descanso. Sin duda es la tecnología y la creciente computerización de todos los estratos de la vida privada y pública los que modifican nuestros hábitos. El capitalismo de ansiedad se extiende cómodamente a esa una franja que abarca la totalidad de la vida. Fue Marx el primero en definir el concepto de plusvalía. Lo que es de resaltar aquí es que ese mismo concepto vale tanto para definir la fuerza de trabajo que el capitalista hurta al trabajador, sometiéndolo a un régimen preestablecido pero impuesto de 8 horas de trabajo/8 de sueño/y 8 de ocio, como para explicar el auto-sometimiento al sistema del que voluntariamente participamos en nuestras sociedades cognitivas y del trabajo inmaterial.

En la plusvalía (digamos tradicional) es el excedente del trabajador, es decir, el trabajo sobrante en tiempo cuantificable que se emplea en la fabricación de un objeto material (pongamos una mesa) de lo que el empleador se beneficia. Poco a poco ese tiempo se extiende fuera del horario de trabajo, donde el ocio permanece predeterminado y el sueño (o el inconsciente) queda como único refugio para la fantasía del individuo aunque, como bien aclara Crary, las horas de sueño son el último espacio colonizado por el capital. De esta manera el capitalismo se apropia de la vida entera. Pero en el capitalismo inmaterial y desrregulado actual, en donde cada uno es su propio “jefe” o “empresa” (o eso se nos dice), la plusvalía es el horizonte final de un trabajo donde nunca nada es suficiente.

Como cualquier producto bien diseñado del capitalismo tardío, los ordenadores personales son auténticas herramientas ambivalentes, capaces de proporcionar la mayor de las libertades creativas y de empoderamiento a sus usuarios como también de someterlos a la autovigilancia, el control y la escucha infinita. Un artículo el año pasado en The New Yorker ponía el énfasis en el modo en que los ordenadores debilitan nuestro cerebro hoy en día. (Leer aquí). En ese artículo se describían hallazgos u obras geniales realizados para la literatura y la ciencia (por Franz Kafka, Jack Keruac y los inventores de Apple, Steve Jobs y  Steve Wozniak), esto es, gente que tuvo que concentrarse en una actividad en un bloque de tiempo muy concentrado y con herramientas (una simple máquina de escribir en los escritores) las cuales únicamente podían realizar una única actividad. Cito aquí sin necesidad de traducción:

“On the one hand, today’s computers feature programming and writing tools more powerful than anything available in the twentieth century. But, in a different way, each of these tasks would be much harder: on a modern machine, each man would face a more challenging battle with distraction. Kafka might start writing his book and then, like most lawyers, realize he’d better check e-mail; so much for “Das Urteil.” Kerouac might get caught in his Twitter feed, or start blogging about his road trip. Wozniak might have corrected an erroneous Wikipedia entry in the midst of working on Breakout, and wrecked the collaboration that later became Apple”.


Más allá de lo pertinente de estas especulaciones transhistóricas, lo que el artículo plantea es que la multitarea ha devenido en un problema más que una solución y que entre ser herramientas de concentración y eficacia, la tecnología actual funciona como instrumento de distracción y dispersión. Esto está relacionado con el esfuerzo realizado por la propia evolución del ordenador personal (donde Apple juega un rol esencial) donde la democratización de su uso desde al menos los ochenta pasa por implementar la multifuncionalidad y simultaneidad de tareas e interfaces. Pero, ¿alguna vez hemos pensado cuantas veces cambiamos de ventana o interfaz al día? En el espacio confinado de una oficina (pongamos que en una franja de ocho horas), la frecuencia para saltar entre ventanas en la pantalla puede ser exponencialmente sorprendente. Calculable, pero sorprendente. Dos minutos de atención en algo… y a otra cosa.
En este sentido, los ordenadores son auténticas “armas de distracción masivas”. Mientras prestamos atención a varias cosas a la vez tenemos la  sensación de que estamos aprovechando mejor el tiempo, pero diversos estudios nos dicen que se trata de una percepción equivocada, pues la multitarea confirma que en realidad se tiene menor capacidad para concentrarnos y filtrar la información relevante.

Una de las consecuencias de la multitarea está en el estrés que genera, con las consecuentes problemas para gestionar el descanso y sobre todo el sueño. La multitarea no solo conlleva la combinación de múltiples actividades sino más bien la ampliación de la percepción 24/7, lo que a la larga genera una precarización en el criterio a la hora de valorar lo que importa y lo que no, la información relevante de la irrelevante. Evidentemente las redes sociales encabezan la lista de estas “armas de distracción masivas”.  La adicción a la información es el reverso del aburrimiento, pero entre éste y la adicción ya no hay distancia. La excitación de esta avalancha de información genera ríos de dopamina en el cerebro y como en toda adicción, al igual que en la plusvalía, nada es suficiente. 24 horas 7 días a la semana.


[1] Jonathan Crary: 24/7 Late Capitalism and The Ends of Sleep, Verso, Londres, 2013. 

11/11/2012

Love as numeric gift. Diagram

Diagrama/mapa conceptual improvisado dentro del taller de "auto-reflexibilidad y auto-consciencia; hacia el amor" de Mugatxoan, desarrollado en Arteleku del 8 al 11 de Octubre. Foto: Jon Munduate







12/29/2011

Movimientos en la dialéctica

Los Embajadores, 1533, Hans Holbein.



¿En qué se diferencian el sentido de la ausencia y el sentido ausente? ¿Hasta que punto debería un artista comprender las implicaciones de sus hallazgos? Estas preguntas plantean no sólo la cuestión del cripticismo del arte sino las posibilidades de la recepción estética y sus espectativas. La experiencia del arte (sensitiva, táctil, visual) más allá de cualquier acumulación de información tiene que ver con los estados de alerta de la percepción, tensión constante, visión, conciencia y autoconciencia. A ello se le suma el lado cognitivo (y uno de los rasgos que la posmodernidad ha traído es la supremacía de lo cognitivo en cualquiera sea el campo estético, hasta el punto de encontrarnos dentro de eso que se viene llamando “capitalismo cognitivo”).
Pero la intensidad no puede suceder que desde un radical cuestionamiento de los procedimientos que conforman la propia actividad del arte que es a la vez experiencia y conocimiento. La misteriosa frase de Blanchot “Vigilar el sentido de la ausencia” de La escritura del desastre marcaría un estado de continua vigilia; el artista se afana en la búsqueda de unos resultados para al final del camino desvelarse que allí donde acaba la investigación no había nada, y que todo era un rodeo para mostrar lo verdaderamente importante: el proceso mismo de la búsqueda. El arte es siempre un ensayo (an essay), un intento donde la obra nunca es fruto de la inmediatez. A modo de proverbio chino, y a riesgo de sonar oracular, se podría decir que el arte es la senda de lo no-conocido que conduce a una forma de conocimiento. Ahí, la tensión entre las intenciones y los resultados permanece como una zona a la que el artista (cualquier artista) no tiene acceso directo (sino sólo indirectamente) pues además practicamente nunca existe una conexión lineal entre la primera (intención) y el posterior (resultado) sino un continuo trampear y trampearse donde el deseo, el inconsciente, el sueño y las pulsiones juegan una larga partida de ajedrez.
Aquí la sombra de Adorno vuelve a asomarse, quien insistiera implacablemente en la necesidad de las obras de arte modernas y el pensamiento de ser arduas, y él también, quien promulgara la atención en la materialidad de la poesía moderna y la densidad del lenguaje.

Apariencia y esencia, transcendencia e inmanencia, plenitud y ausencia, orden y desorden, unitario y fragmentario son pares conceptuales que a menudo la crítica utiliza para referirse a una misma obra convirtiendo la contradicción en una forma de adjetivación cargada de clichés.  Aún a pesar de la densa escritura generada por críticos y teóricos, algunos de estos pares algunos de los cuales remiten directamente a Hegel, y que deben recontextualizarse más como oposiciones binarias dispuestas a ser centrifugadas dentro de un sistema dialéctico que tiene en cualquier negación su punto de partida más que como meros receptáculos de un pensamiento binario. La dialéctica deviene entonces un método especulativo, más propio del alquimista que del científico, donde las contradicciones comienzan a interactuar ellas mismas casi de un modo químico. La herencia del hegelianismo en el marxismo dio lugar a debates encontrados durante el pasado siglo. Ahora que la dialéctica no está en la agenda siquiera de los movimientos anti-capitalistas, es preciso preguntarnos por un modo de pensamiento que destierre cualquier atisbo de dogmatismo allí donde cualquier lucha desde el margen o en contra de la hegemonía amenaza por osificarse convirtiéndose en algo tan pesado como aquello a lo que se enfrenta, y esto es lo que la dialéctica puede ofrecernos hoy en día. 

3/18/2011

CRITICA: Valences of the Dialectic, Fredric Jameson, Verso, 2009

Valences of the Dialectic, Fredric Jameson, Verso, 2009.
Reproduce
El hombre en el cruce de caminos,
de Diego Rivera, mural de 1934, Mexico DF.
















¿Puede un libro mastodóntico de más de 600 páginas revitalizar la teoría en nuestros días? Esta es una de las preguntas que uno se hace al adentrarse, no sin esfuerzo, en su interior. Como ha escrito Mark Fisher en Mute, este volumen es “tan compulsivo como demandante, tan gratificante como exigente”. Fredric Jameson ha elaborado un libro-objeto que irradiará largamente en ese futuro que él mismo considera como producto y destino. Lo confieso; tenía el primer capítulo de este libro en algún lugar de mi disco duro meses antes de su publicación (internet es una fuente inagotable de material proscrito), pero el esfuerzo que suponía implicarse en las complejidades de la dialéctica (Hegel y demás) me hizo prorrogar la lectura, aunque ya se sabe que la posposición es tanto un rasgo de la líbido como de la pereza. Ahora me doy cuenta de que lo que aquí se propone es un proyecto donde la dialéctica es el arma con el que penetrar el (des)orden social, económico y cultural del presente, poniendo el conjunto de la obra de Jameson gravitando alrededor de un mismo eje que se mueve incansable en oscilaciones horizontales y verticales. La revitalización de la teoría, en cualquier caso, tiene aquí su particular piedra de toque, pues el intento de Jameson es restaurar los posibles usos de la dialéctica, sometida a lo largo de decenios al mayor de los descréditos. “¿Es la dialéctica perversa, o solo algo incomprensible?” se pregunta en un momento.[1] Descartada por el pragmatismo y el positivismo, por la tradición posmoderna, por los críticos de la derecha y de la izquierda, por un postestructuralismo francés (post-Sartre) crítico con los grandes relatos de la modernidad (Lyotard), el anti-Hegelianismo de Foucualt, o asociando la totalidad con el totalitarismo (no menos con la invocación del materialismo dialéctico de Lenin y Mao), la dialéctica se vio durante la Guerra Fría abocada al desprestigio como una perniciosa ideología.

Así, este voluminoso libro pretende antes que nada, poner orden, historizando el recorrido de un término, desde Hegel a Marx, hasta llegar a tocar todo aquello que la propia dialéctica ha “infectado”, directa e indirectamente, desde entonces. Para tal misión, Jameson pone en práctica su transcodificación, ¿método? que rehuye cualquier linealidad de la historización disciplinar para poner en juego (en un único movimiento) una amalgama dispar de textos, contextos, tiempos, conceptos, pensadores y artistas que se van enhebrando de las maneras más insospechadas. Para este fin, Jameson no duda en asimilar e integrar en el interior de su pensamiento, a filósofos no o anti dialécticos como Derrida y Deleuze, sólo para demostrar que en el fondo eran profundamente dialécticos, aún sin saberlo. Por otro lado, el problema con Foucault, es que es a la vez demasiado y no suficientemente dialéctico. Jameson entiende que las resistencias a la dialéctica, la anti-dialéctica, es parte integral de la dialéctica como tal y que en vez de descartarla es necesario integrarla (lo que equivale a decir que cualquier deinición progresiva del marxismo tiene que tener en cuenta sus críticas provenientes no sólo desde el interior sino también del exterior). Valences ofrece muchas páginas brillantes sobre Deleuze, Foucault y Derrida, en la necesidad que Jameson siempre ha tenido de (dialécticamente) bucear en las profundidades de otras metodologías y hermeneúticas. 

Como resulta ya habitual (por ejemplo en su anterior Arqueologías del futuro y también en The Modernist Papers), Valences se compone de secciones nuevas combinadas con reimpresiones de ensayos publicados previamente. La novedad reside, sobre todo, en el primer capítulo (¿o primero de los libros de este volumen?) titulado “The Three Names of the Dialectic”, y que podría leerse conjuntamente con el final de su Marxism and Form, y me refiero aquí a su “Towards Dialectical Criticism” (1971). Ahora, Jameson recapitula dos siglos de evolución de la dialéctica, sugiriendo que tanto la idea de “sistema” (Hegel), como “método” (Marx) son sólo algunas de las estrecheces teóricas que han marcado el devenir de la dialéctica. El tour de force comienza con la consideración de que existen momentos dialécticos en pensadores anti o no-dialécticos como Kant, Deleuze y Wittgenstein a la vez que señala que el adjetivo de “dialéctico” poco o nada tiene que ver con la dialéctica, sino que es usado de manera genérica para clarificar momentos de perplejidad no-dialéctica y para reforzar los establecidos procesos de pensamiento basados en la confianza en la ley de la no-contradicción. El primero de estos tres nombres nos llevaría a “la Dialéctica”, con el artículo delante y la D mayúscula, es decir, el concepto que subsume todas las variantes del pensamiento dialéctico en un único sistema. Aquí, Jameson inquiere sobre cuando la dialéctica, desde que se cruza con cualquier –ismo, por ejemplo el Hegelianismo, se convierte en una filosofía para entender el mundo y la naturaleza, y con ello en una ideología. Algo similar ocurre con el marxismo, no en vano fue Engels y no Marx quien hizo del marxismo una filosofía. Es decir, Jameson intenta rescatar la dialéctica de su conversión filosófica, con los riesgos que eso conlleva y que han marcado una pauta constante en las diferentes luchas que el marxismo ha llevado a lo largo de su historia, generando sus propias tendencias (Troskysmo, Maoísmo), por no mencionar el materialismo dialéctico convertido en filosofía oficial (y en política de estado) en algunos países socialistas. Aquí Jameson contrapone los hallazgos y posibilidades del marxismo occidental (Western Marxism) en su tarea de situar la cultura y la superestructura en un nivel de significancia y determinación parejo a la economía. Jameson indaga en las razones por las cuales los descréditos de la dialéctica residen en este hacerse filosofía, de la misma manera que el peligro de hablar de la deconstrucción (Derridiana) como una terminología o paradigma teórico corre el riesgo de fosilizarse en su propia filosofía. Como contraposición, Jameson reivindica la teoría:

“I believe that theory is to be grasped as the perpetual and impossible attempt to dereify the language of thought, and to preempt all the systems and ideologies which inevitably result from the establishement of this or that terminology”.[2]

Es en esta reificación, o tematización, donde reside el tránsito de la dialéctica a una ideología en sí misma. La defensa de la teoría como el espacio donde nada permanece estable, donde todo se pone en cuestión sin caer en la reificación, parece conferir una cualidad utópica a la propia teoría que Jameson aboga. Sugiere además que si bien no existe filosofía sin su propia auto-perpetuación institucional ofrecida por sus filósofos profesionales, de Hegel a Althusser o Deleuze, que emplearon sus energías vitales en la defensa y apología de la filosofía como tal, la emergencia de la teoría en el pasado (y Pierre Bourdieu está ahí para recordárnoslo) parece ofrecer un espacio afuera de las instituciones o fuera del ensayo de tales racionalizaciones compulsivas que nos permitan asir los límites de la filosofía como tal, incluyendo la filosofía dialéctica.

“The persistence of the proper name in theory, indeed –as when we identify various texts as Derridean, Althusserian, or Habermasian – only serves to betray the hopelessness of the nonetheless unavoidable aim of theoretical writing to escape the reifications of philosophy as well as the commodifications of the intellectual marketplace today”.[3] 

Jameson concluye que la totalidad no es algo con lo que uno termina, sino algo con lo que uno comienza, y que es el capitalismo como el nuevo sistema global el que es la totalidad y la fuerza unificadora, y recuerda que, no en vano, la dialéctica en sí misma no deviene visible históricamente hasta la emergencia del capitalismo. Obviamente aquí subyace el interrogante sobre el sentido y uso de la dialéctica en el posmodernismo, algo que Jameson definirá más adelante como de “dialéctica espacial” tomando como referente la propia llamada de Henri Lefebvre en su influyente La producción del espacio.

Jameson escribe, no obstante, que las consideraciones de la dialéctica como sistema (filosofía, ideología) tiene sus usos y sus desventajas y que sería profundamente no-dialéctico el dejar fuera estas patentes descripciones no-dialécticas de la dialéctica, sumergiéndonos a continuación en la multiplicadad de las muchas dialécticas locales (“many local dialectics”). Estas dialécticas locales se hallarían en el aislamiento de momentos dialécticos en esos mismos pensadores anti o no-dialécticos, algo que permite a Jameson recorrer corrientes de la filosofía y la metafísica, llegando a analizar exhaustivamente la conformación del binarismo y las oposiciones binarias, “la forma paradigmática de toda ideología”, así como la función del binarismo en el estructuralismo. Estas dialécticas locales se desprenderían de la anterior forma o ley dominante (La Dialéctica) que reina suprema sobre todos los órdenes, reduciéndola a leyes locales en éste o aquel lado de un cosmos que podría ser perfectamente no dialéctico. Después de indagar en las inconmensurabilidades en la que la dialéctica se adentra, breve paseo por lo simbólico, lo real y lo imaginario de Lacan, Jameson llega a establecer un marco de interpretación donde dialéctica y deconstrucción derrideana negocian entre sí su identidad y diferencia.

“The interpretation of Derrida’s insight may also shed fresh light on the differences between deconstruction and the dialectic, at the same time that it (as a consequence) reconfirms their family likeness, that is to say that kinship which allows the differences to be articulated and perceptible in the first place. For it is though the dialectic moves jerkily from moment to moment like a slide show, where deconstruction dizzily fast-forwards like a film by Dziga Vertov, I intend both of these comparisons to carry their negative or critical note, which marks the inevitable debility of all thinking”.[4]

Dudo de que alguien anteriormente haya trazado este mismo camino, donde a la deconstrucción, como un tipo de nihilismo, “de resultados sin resultado” o sin consecuencias, o como proceso que se devora su propia cola, se le añade la dialéctica misma como ideología, y por lo tanto, otro objeto más para su deconstrucción. En medio de todo este jaleo, Jameson pone unicamente una regla, en los ejemplos e ilustraciones que le seguirán, a saber, el extricto evitamiento de la vieja caricatura pseudo-Hegeliana de la tesis/antítesis/síntesis, mientras que la única presuposición será la asunción que cualquier oposición o negatividad puede ser el punto de partida para la dialéctica en sí. Esta abolición tendería a la consideración (o no) de la posibilidad de un tercer término que solucione los dilemas entre opuestos. La oposición binaria es entonces el objeto de la meditación a través de una serie de ejemplos y casos que se suceden a una velocidad de vértigo; simbolismo y naturalismo en Lukács, base y superestructura, mediación… mientras que el paso abrupto de algunas de las contradicciones de Lenin aplicadas en Sierra Madre durante la revolución cubana al análisis de la dialéctica en un artista como Mondrian es sólo una muestra de las múltiples piruetas teóricas aquí presentes. La dialéctica, dice Jameson, rompería la ley de la no-contradicción, invitándonos a congregar lo positivo y lo negativo, el éxito y el fracaso, triunfo y fracaso de una sola vez y un solo golpe, juntas en la unidad de un único pensamiento. La contradicción se presenta entonces como la clave, pues es el instrumento que borrará las trazas del estructuralismo, las cuales ofrecen el punto de partida para su análisis (el binarismo). Para Jameson, el estructuralismo concibe la contradicción bajo la forma de la antinomia, un impasse lógico en el que el pensamiento queda paralizado, ni para adelante ni para atrás, donde un absoluto límite estructural es alcanzado: “for it is the unmasking of antinomy as contradiction which constitutes truly dialectical thinking as such”.[5]

Wall-Mart o ¿la utopía en la distopía?


La llamada “It’s Dialectical!” constituye el tercer nombre, y remite no sólo al adjetivo sino a los efectos de la dialéctica, es decir, cuando algo es y se presenta como dialéctico. En ocasiones, hay pensamiento dialéctico, aunquea a veces ni nosotros, ni sus propios emisores, somos o son conscientes de ello. Jameson propone dos ejemplos de practicantes supremos de la dialéctica donde uno representaría lo trágico, T. W. Adorno, y el otro lo cómico, Slavoj Zizek; el recurso constante a la forma de la paradoja, en Adorno, que marca de inicio el no dar por sentada ninguna idea presupuesta y que le lleva a comenzar su Teoría estética con sentencias del tipo: “Ha llegado a ser obvio que ya no es obvio nada que tenga que ver con el arte…”[6] Por su lado, Zizek, ejemplificaría una elaboración superior del estereotipo hegeliano de la tesis a través de la antítesis a la síntesis, gracias al recurso del psicoanálisis, así como a su típico y recurrente “estúpida primera impresión". No hay síntesis en Hegel dice Jameson, más bien:

“Still … that stupid first impression was not altogether wrong, there is a tripartite movement in the Hegelian dialectic, and in fact I have just illustrated: stupid first impression as the appearance; ingenious correction in the name of some underlying reality or ‘esence’; but finally, after all, a return to the reality of the appearance. It was the appearence that was ‘true’ after all”.[7]

Entonces, la dialéctica desarrollada por Zizek a partir de filmes como La mujer del cuadro (1944) de Fritz Lang, ejemplos múltiples de la guerra de Bosnia y la desestalinización sirven a Jameson para trazar cómo puede funcionar y aparecer la dialéctica hoy en día. Pero además, confrontado con su perspectiva utópica, si la dialéctica triunfara, ésta desaparecería.

“If dialectical thinking ever fully supercedes undialectical thinking and establishes itself in its place, if everyone then comes to think dialectically, then for all intents and purposes the dialectic will have ceased to exist, and something else, something as yet unidentified, some hitherto unkown species of Utopian conciousness, will have taken its place”.[8]

Lo cual nos previene de que Hegel nunca imaginó que el Verstand, o comercio entre objetos materiales e identidades, desaparecería algún día, lo mismo Marx con la mercancía (commodity form) o Althusser con la ideología, sino que existirían siempre en cualquier sociedad futura imaginada. Esto es algo que nos adelanta al cuarto nombre de la dialéctica, ¡aunque en principio eran tres!, y que tiene que ver con la dialéctica dentro de las condiciones espacio-temporales del tercer estadio del capitalismo, o posmodernismo, en el cruce geopolítico de la era de la globalización. Este primer capítulo “Three Names of the Dialectic” sirve como introducción a lo que seguirá, que resumiento está compuesto por dos textos sobre Hegel, otros dos sobre Sartre, otro sobre Historia y conciencia de clase de Lukács, Deleuze y el dualismo, ensayos sobre la “commodification” y la revolución cultural, dos capítulos más sobre la globalización, mientras que Marx está presente sólo a través de la relectura de Espectros de Marx de Derrida, ensayo publicado anteriormente en el volumen Demarcaciones espectrales (Michael Sprinker ed., Akal, Madrid, 2002). Al respecto Jameson hace una broma en una nota a pie de página diciendo que Valences es como “un Hamlet sin príncipe”, pues falta un análisis en profundidad de Marx, para lo que adelanta otros volúmenes separados sobre Hegel y Marx; The Hegel Variations publicado ya por Verso en 2010, y el próximo Representing Capital; a Reading of Volume One que se espera para primavera de este mismo año, también en Verso. Pero Valences incluye, además, un texto de 1993, “Actually Existing Marxism”, en plena atmósfera del colapso del socialismo en los países del Este, y que concluye con que “un capitalismo posmoderno necesariamente llamará a la vida a un marxismo posmoderno, que lo combatirá”, a la vez que el volumen acaba con otro “libro” sobre Paul Ricoeur titulado “The Valences of History”.

Representing Capital, libro que completará 
Valences of the Dialectic.



Quizás uno de los ensayos más comentados y polémicos en Valences sea “Utopia as Replication” donde Jameson analiza la dialéctica desde este cambio de su “valencia”, de lo positivo a lo negativo y viceversa, enfatizando la ambivalencia que el propio capitalismo tenía para Marx. Entonces, por ejemplo, algo distópico puede contener en su interior particulas de utopía. Jameson explica esto a través de Wal-Mart, una cadena de supermercados norteamericanos (y ahora globales) convertida ya en la mayor empresa del mundo; todo el mundo lo crítica, por razones de explotación salvaje obvias, pero todo el mundo acude a ellos, por sus bajos precios y comodidades… de manera que la afirmación de que Wal-Mart está “matando el capitalismo de libre mercado en América” representa la negación de la negación en Marx, la más pura expresión de la dinámica del capitalismo el cual se devora a sí mismo y el cual abole el mercado por medio del mercado mismo. Pero esto no quiere decir que Wal-Mart sea utópico per se, mucho menos que Jameson lo celebre:

“This does not mean that Wallmart is positive or that anything progressive can come out of it, nor any new system: yet to apprehend it for a moment in positive or progressive terms is to open up the current system in the direction of something else”.[9]

Jameson sugiere que el anti-capitalismo puede provenir de los lugares más insospechados, mientras que su fe en la Utopía (uno de sus grandes temas, situado en el interior de todos y cada uno de sus textos) como programa político se sitúa en la necesidad de despertar las partes de la mente atrofiadas o adormiladas que nos impiden imaginar cualquier alternativa al orden existente. Wal-Mart le sirve para volver a definir, una vez más, las propiedades de la dialéctica:

“The dialectic is an injunction to think the negative and the positive together at one and the same time, in the unity of a single thought, there where moralizing wants to have the luxury of condemning this evil without particularly imagining anything else in its place”.[10]

Esto, y mucho más de lo que podemos dar cuenta aquí, Jameson lo hace con su poesía y estilo característico, anticipando un manual para la teoría contemporánea a la vez que resucitando las posibilidades del pensamiento dialéctico como Utopía:

“It would be best, perhaps, to think of an alternate world - better to say the alternate world, our alternate world - as one contiguous with ours but without any connections or access to it. Then, from time to time, like a diseased eyeball in which disturbing flashes of light are perceived or like those baroque sunburts in which rays from another world suddenly break into this one, we are reminded that Utopia exists and that other systems, other spaces, are still possible”.[11]


¿Imperialismo, mercado único o simplemente abolición del libre mercado?






[1] Fredric Jameson, Valences of the Dialectic, Verso, 2009, p. 102.
[2] Ibid., p.9.
[3] Ibid., p. 9.
[4] Ibid., p. 26.
[5] Ibid., p. 43
[6] T. W. Adorno, Teoría Estética, Obra completa, 7, Akal, Madrid, 2004, p. 9.
[7]  Jameson, Valences, op. cit., p. 57.
[8] Ibid., p. 61.
[9] Ibid., p. 49.
[10] Ibid., p. 421.
[11] Ibid., p. 612.