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2/10/2016

"La perra", Vasili Grossman (Ken, 2014)


La perra, Vasili Grossman, Ken, 2014


Juan Ramón Jiménez decía que “en edición diferente, los libros dicen cosa distinta”. Con este motto abre su sección editorial el estudio de diseño navarro Ken, cuya colección de libritos se parece bastante a lo que los franceses llaman una gourmandise. Es el caso de este cuento, La perra, del escritor Vasili Grossman (1905-1964), con ilustraciones de Taxio Ardanaz. La perra es un cuento breve, muy breve, publicado bilingüe en castellano y en el original ruso. Su fecha data entre 1960-1961.

Su brevedad contenida en 17 x 11 centímetros lo convierte casi en una miniatura, una medida, pequeña, donde reside el valor de la escritura de Grossman. La perra cuenta la imaginaria historia de Pestrushka, una perra callejera elegida para ser enviada al espacio exterior. A diferencia de Laika, conocida como el primer animal lanzado en un viaje orbital, Pestrushka sobrevive y regresa a la tierra después de contemplar la oscuridad abisal del universo. Pestrushka tiene en Aleksei Gueórguievich a su profesor, y la relación entre ambos en el laboratorio espacial no tiene nada de corriente. Pestrushka era una perra vagabunda, “una perra de frente ancha y sin nombre sabía que la base de su existencia estaba en el cambio continuo, en el callejeo…” Adquirió su nombre cuando fue captada para el laboratorio espacial.

La perra es un cuento que fácilmente puede integrarse en esa categoría narrativa de la literatura (a menudo olvidada) del Segundo Mundo, esto es, la literatura proveniente del bloque soviético durante la Guerra Fría. Una narración que nos habla de la carrera espacial y de cómo la censura también miraba celosamente la miniatura y lo pequeño. La última frase del cuento dice: “Por fin, Aleksei Gueórguievich consiguió ver sus ojos: unos ojos nublados, impenetrables; los ojos de una pobre criatura con la razón ofuscada y un corazón sumiso, lleno de amor”. Esta frase fue suprimida por la censura en la primera publicación de La perra en Literaturnaya Rossiya. El censor intentó darle al relato un tono más optimista, aunque la belleza y precisión de la escritura de Grossman contenga, de por sí, un mensaje cifrado dirigido directamente al centro del inconsciente político.

Este librito es además todo un “artefacto” cultural. Además de la edición bilingüe de La perra, de lectura en paralelo y comparada con la paginación de la izquierda en ruso y la derecha en castellano, cuenta con otro texto del astrofísico y divulgador científico Daniel Martín, quien nos explica el papel de los canes en los primeros viajes orbitales en la Rusia Soviética de los años 50. “Aquellas perras viajeras”. La perra se inspira así en un caso real, especialmente en la relación del entrenador Oleg Gazenko con los perros que prepararon el terreno para el viaje al espacio del astronauta Gagarin, el 12 de abril de 1960.

Mención especial merece el trabajo gráfico de Taxio Ardanaz. Durante varios meses, La perra ha ocupado un lugar privilegiado en la estantería (aún sin leerlo), con la portada vista, como un objeto u obra de arte. Además de un notable collage de inspiración soviética para la portada, el libro contiene imágenes de pintura de Ardanaz intercaladas a lo largo de la narración, lo cual pauta y a la vez ofrece nuevas perspectivas del cuento. Este “artefacto” cuenta con una simultaneidad de planos en sus escasas 70 páginas que lo acerca a un objeto constructivista. La pintura de Ardanaz es en este sentido una sucesión de imágenes pictóricas que recuerdan a fragmentos del estilo del realismo socialista (detalles de paisajes, carteles, collages de prensa) pero hackeados, distorsionados en su contexto. No se me ocurre mejor acompañamiento para este cuento que las imágenes ofrecidas por Taxio.


Todo aquí es pequeño y sublime a la vez; y estoy seguro que este libro hubiera hecho las delicias de aquel apasionado de las miniaturas soviéticas como era Walter Benjamin.

Ilustraciones de Taxio Ardanaz