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6/29/2012

EDITORIAL: Rapiña



Karl Kraus en Viena. Primeras décadas del siglo XX. Kraus enfrascado en su diario Die Fackel, decenas de cuartillas, centenas de apariciones de su personal e intransferible revista. El libelo en tanto que género, algo muy distinto de la difamación. Adorno dijo una vez que Kraus atacaba menos por lo que las personas son y más por lo que hacen o dejan de hacer. El momento en el que el crítico se despertaba por la mañana, desayunaba frugalmente y a continuación acometía su tarea crítica, día tras día, ya no nos pertenece. Hace tiempo que desapareció, posiblemente porque ese tiempo ya no es el nuestro, o éste carece de plenitud. El cansancio juega su propio papel. Los críticos cansados no pueden ya escribir o, lo que es lo mismo, no se puede escribir cuando la fatiga se hace crónica. Lo mismo pasa con mantener vivo un blog. Y mientras pienso en este, me viene a la cabeza qué quería Adorno decir con su “capital rapiñador”. Escribió: “La crítica de la cultura sigue el esquema de los críticos reaccionarios de la sociedad, que usan el capital creativo contra el capital rapiñador”. Cuando la crítica se somete al dictado de la cultura, juega entonces una función reaccionaria. La crítica debe entonces, hacer una cosa muy difícil, que es creer y no creer en la cultura. Crítica dialéctica. Resulta problemático que las artes no solo no compitan entre ellas, ni siquiera se devoren entre ellas, sino que todas ellas se conforme con una posición otorgada dentro de la cultura. Aunque el arte y la cultura no son lo mismo, y desde siempre mantienen un conflicto abierto, el conformismo de los tiempos recientes solo puede verse como la prueba de que la cultura hace tiempo que gano la batalla. Y con ello la industria cultural se asentó como algo normal.
Cuando los términos “conservador”, “reaccionario” y “progresista” se les somete a un interesado ventrilocuismo ideológico, pierden por completo su sentido. Capitalizar experiencias ajenas. Ésta parece ser el modus operandi del new curating al exprimirse a sí mismo ante la demanda de la industria cultural, que siempre exige más y más. El capital rapiñador moviliza a los agentes y los pone en circulación, haciendo la cola a la espera del turno apropiado.