Podemos considerar a un cineasta como
Albert Serra como moderno y posmoderno al mismo tiempo. Su último filme así
parece corroborarlo. Hay una serie de rasgos estéticos afines a ambas
consideraciones, así como divergencias manifiestas. Algunos de estos rasgos
decididamente modernos y, en algunos casos, posmodernos, serían.
1) La
forma estética. El cineasta catalán apuesta por la forma como garante de
una diferencia radical que lo distingue. Eso no significa que el contenido sea
accesorio, al contrario, es la forma la que otorga al contenido una nueva
dimensión. La muerte del “rey Sol”, o los quince días de deterioro físico de la
persona más poderosa del mundo, proporciona el contenido mínimo a partir del
cual sacar partido al lucimiento del cineasta-autor. La inversión formalista es
llevada al extremo hasta un punto que renueva el contenido: éste sería uno de
los logros de su cine. Se entiende que bajo esta perspectiva, el guión resulta
irrelevante sino inútil, y todo el peso recae en la dinámica del rodaje y la
relación con el paisaje y los actores. La dialéctica de la forma y el contenido
encuentra en Serra un ilustre practicante.
2) Búsqueda
de autonomía. Albert Serra concibe cada uno de sus filmes bajo parámetros
que desafían la lógica cinematográfica de la industria, optando no solo por el
control absoluto de la realización, tanto en el rodaje como en el montaje, sino
también por un modo de producción, digamos manufacturado o artesanal. La mort de Louis XIV lleva esta lógica
al extremo, proporcionando un filme donde se realiza en parte la autonomización
de la obra de arte moderna. No en vano, el proyecto había comenzado como una
instalación o performance en vivo para el Centro Pompidou en París. Los límites
entre arte y cine se acercan. Podría decirse que la esta autonomía reside en una
condición utópica por la cual la propia película dicta al director su forma
específica. En La mort de Louis XIV
Serra es fiel a esta forma. El método-Serra funciona a partir de una extrema
atención al detalle, a través de una interna experiencia que nace de la gradual
construcción de un sistema de acuerdo a sus necesidades interiores.
3) Sentido
de la duración. Serra es un artista del tiempo y la temporalidad es una de
sus marcas. La duración sería aquí otro aspecto típicamente moderno. La mort de Louis XIV es en este sentido
paradigmática porque no habla de otra cosa que del tiempo, la vida y la muerte,
su peso y liviandad, y lo hace desplegando un pedazo de tiempo, protegido, delante
de nuestros ojos. La duración es lo contrario al cine de Hollywood y su dogma
de acción y dinamismo contra el aburrimiento. En La mort de Louis XIV esta misma duración no es homogénea, como
cuando por ejemplo presenta a Jean-Pierre Léaud mirando fijamente a la cámara
durante cuatro minutos mientras suena Mozart. Pero al mismo tiempo, esta
duración es igualmente posmoderna, porque Serra no trabaja con largos planos-secuencia
ni tampoco, por ejemplo, a la manera de un Angelopoulos. Más bien consigue el efecto
de duración a través del montaje.
4) El
montaje y el collage. Estos son, como sabemos, técnicas propias de la
modernidad. Pensemos en Brecht o el cine soviético. El montaje y la
fragmentación dinámica de planos está también (de otra manera ideológica)
también presente en ese cine de acción y ritmo de videoclip de los productos de
consumo. Digamos que Serra no opta por ningún efecto resultante de esta
estética, más bien al contrario. Utiliza el montaje de tal manera y precisión
que borra los límites en aras de la búsqueda de sentido y la duración
(modernas). Un caso singular, un moderno posmoderno o viceversa. ¿Quizás un
“tardomoderno”? Como él mismo explica, rueda con tres cámaras y obtiene decenas
de horas de metraje antes de meterse en la sala de montaje. Godard diría que
Serra hace trampas, pues oculta el instante de ruptura de los planos en la
narración. Sucede que los objetivos son otros. En Serra no hay otro compromiso
que la forma cerrada, completa o abouti del
filme mismo. El montaje busca la duración, cosa arduo difícil de conseguir.
5) Efecto
de distanciamiento o V-Effekt.
Como he dicho, no es Serra un brechtiano. Sin embargo, su naturaleza dual y en
ocasiones no homogénea nos proporciona instantes singulares. Por ejemplo, La mort de Louis XIV es quizás su filme
más realista hasta la fecha. No cae en el naturalismo, pero la recreación de la
liviandad de la corte y el deterioro del rey, filmado de ese modo, adquiere un
grado de realidad, o realismo, insólitos. Es como casi siempre a través de
detalles humorísticos, soterrados y fruto de la improvisación y trabajo con los
actores, que Serra consigue captar la atención del espectador alejándolo del
ilusionismo de la identificación con lo que está viendo. El contacto de la
mirada del rey con la cámara, y con el espectador, es el recurso de
distanciamiento más evidente. Como norma, los actores no deben “actuar” sino
performar. En última instancia, el humor es siempre una herramienta de
distanciamiento.
6) Performance.
Serra es un cineasta de la performance donde no actores performan, no actúan.
Vicenç Altaio en el papel del vendedor de elixires Lebrun es un ejemplo del no
actor performer. Jean-Pierre Léaud, sí, Antoine Doinel: Performance. Éste es el
titular.
7) Historicidad.
La obsesión por la historia es uno de los rasgos del posmodernismo, esto es, la
recreación de un pasado (mítico o glorioso) a través de los clichés por los
cuales se nos ha representado la historia. El “rey Sol”, la corte de Francia,
parecería terreno abonado para un historicismo caduco de formas y clichés
obsoletos. No con Serra. No hay pastiche aquí. No podemos asociar La mort de Louis XIV a ningún
posmodernismo historicista ni revisionismo caduco del pasado. Y sin embargo, su
ambivalencia, lo repito, es tanto moderna como posmoderna. Serra está más cerca
de un Sokurov, aún prescindiendo de toda la carga política e histórica de éste
(a diferencia del ruso, Serra no apela a ninguna tradición nacional).
8) Analógico
vs. digital. En una secuencia lógica, lo analógico sería lo moderno y lo
digital lo posmoderno, hasta la posterior inversión en la que el posmodernismo
descubre la nostalgia por lo analógico y el celuloide para apropiárselo de un
modo estético y hasta retro. Serra no sucumbe a esta fascinación (reciente), su
megalomanía es otra, no la de ningún fetichismo del pasado ( a partir del film stock y el metraje). Abiertamente
desde sus comienzos rueda en digital, también en La mort de Louis XIV y, sin embargo, es capaz de captar atmósferas
lumínicas próximas a la pintura de época con ambientes crepusculares que
remiten inmediatamente a los maestros de la pintura. El efecto de realidad que
consiste en transporta al espectador a 1715 está más que conseguido. Al igual
que con el montaje para la duración, lo digital está ahí para servir su
objetivo y finalidad.
9) Banda
sonora. El sonido es un elemento siempre presente y con gran protagonismo.
En primer lugar, el sonido de gente comiendo (un rasgo en al menos sus dos
últimas películas). En los filmes de Serra, la gente come en primer plano
(fruta, principalmente) y oímos el ruido. Éste es un detalle un tanto
perturbador, paradójicamente un elemento de distanciación a añadir, pero
también un componente de realismo pues hacemos ruido al comer. Junto a esto,
está la banda sonora añadida, extemporánea a la historia en la que transcurre el
filme, que añade de un modo sutil capas de significado. En cuanto a la música
clásica, el uso de Gran Misa n.º 17 en do menor de Mozart resulta justificada y
ajustada al planteamiento de la película.
Estas son algunas de las cualidades que
situarían a Albert Serra en una posición de manifiesta singularidad entre los
practicantes del cine en la actualidad. Por el tiempo histórico que le ha
tocado vivir no puede no ser posmoderno, pero sin embargo todas las energías, y
se puede decir que estamos ante un cine que sobre todo es energético, están
orientadas a la realización de una obra de arte moderna que no necesita etiquetarse
de “obra maestra” (algo a lo que él quizás aspiraría, teniendo en cuenta sus
declaraciones, que son más boutades que
otra cosa). La mort de Louis
XIV
se defiende por sí misma, y ésta es la mejor contribución que puede hacer
cualquier artista.