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3/19/2019

Sobre "Personalien" de Albert Serra, imagen como acontecimiento




Combinando la realización de largometrajes e instalaciones fílmicas en contextos artísticos, Albert Serra ha conseguido un prestigio internacional justificado en una apuesta artística singular y a contracorriente en la industria del cine. Serra es un cineasta, un artista, moderno y posmoderno al mismo tiempo. A su fe, inmersión y devoción sin reservas hacia la consecución de una “forma estética” (atributo éste de la modernidad), le suma el catalán una conciencia epocal de la fragmentación de la imagen que, gracias a la tecnología digital y la edición, el artista ha de suturar e integrar en una aspiración, aunque sea ilusoria, hacia la unidad. Su última instalación audiovisual para el programa Fisuras del Museo Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, titulada Personalien, se inspira en el Marqués de Sade. Antes lo fueron otros personajes literarios e históricos; una obsesión que entronca con la fijación del posmodernismo por la historia y sus representaciones. Los senderos de la creación artística se bifurcan aquí, pues el propio Serra anunció el verano pasado su nueva película Personalien inspirada en la vida del cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder. Sin embargo, y con el mismo título, en esta ocasión se ofrece al espectador un cruising en un bosque dieciochesco, tan atrayente como perturbador.

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1/12/2017

Sobre "La mort de Louis XIV" (2016) de Albert Serra


Podemos considerar a un cineasta como Albert Serra como moderno y posmoderno al mismo tiempo. Su último filme así parece corroborarlo. Hay una serie de rasgos estéticos afines a ambas consideraciones, así como divergencias manifiestas. Algunos de estos rasgos decididamente modernos y, en algunos casos, posmodernos, serían.

1) La forma estética. El cineasta catalán apuesta por la forma como garante de una diferencia radical que lo distingue. Eso no significa que el contenido sea accesorio, al contrario, es la forma la que otorga al contenido una nueva dimensión. La muerte del “rey Sol”, o los quince días de deterioro físico de la persona más poderosa del mundo, proporciona el contenido mínimo a partir del cual sacar partido al lucimiento del cineasta-autor. La inversión formalista es llevada al extremo hasta un punto que renueva el contenido: éste sería uno de los logros de su cine. Se entiende que bajo esta perspectiva, el guión resulta irrelevante sino inútil, y todo el peso recae en la dinámica del rodaje y la relación con el paisaje y los actores. La dialéctica de la forma y el contenido encuentra en Serra un ilustre practicante.

2) Búsqueda de autonomía. Albert Serra concibe cada uno de sus filmes bajo parámetros que desafían la lógica cinematográfica de la industria, optando no solo por el control absoluto de la realización, tanto en el rodaje como en el montaje, sino también por un modo de producción, digamos manufacturado o artesanal. La mort de Louis XIV lleva esta lógica al extremo, proporcionando un filme donde se realiza en parte la autonomización de la obra de arte moderna. No en vano, el proyecto había comenzado como una instalación o performance en vivo para el Centro Pompidou en París. Los límites entre arte y cine se acercan. Podría decirse que la esta autonomía reside en una condición utópica por la cual la propia película dicta al director su forma específica. En La mort de Louis XIV Serra es fiel a esta forma. El método-Serra funciona a partir de una extrema atención al detalle, a través de una interna experiencia que nace de la gradual construcción de un sistema de acuerdo a sus necesidades interiores.

3) Sentido de la duración. Serra es un artista del tiempo y la temporalidad es una de sus marcas. La duración sería aquí otro aspecto típicamente moderno. La mort de Louis XIV es en este sentido paradigmática porque no habla de otra cosa que del tiempo, la vida y la muerte, su peso y liviandad, y lo hace desplegando un pedazo de tiempo, protegido, delante de nuestros ojos. La duración es lo contrario al cine de Hollywood y su dogma de acción y dinamismo contra el aburrimiento. En La mort de Louis XIV esta misma duración no es homogénea, como cuando por ejemplo presenta a Jean-Pierre Léaud mirando fijamente a la cámara durante cuatro minutos mientras suena Mozart. Pero al mismo tiempo, esta duración es igualmente posmoderna, porque Serra no trabaja con largos planos-secuencia ni tampoco, por ejemplo, a la manera de un Angelopoulos. Más bien consigue el efecto de duración a través del montaje.

4) El montaje y el collage. Estos son, como sabemos, técnicas propias de la modernidad. Pensemos en Brecht o el cine soviético. El montaje y la fragmentación dinámica de planos está también (de otra manera ideológica) también presente en ese cine de acción y ritmo de videoclip de los productos de consumo. Digamos que Serra no opta por ningún efecto resultante de esta estética, más bien al contrario. Utiliza el montaje de tal manera y precisión que borra los límites en aras de la búsqueda de sentido y la duración (modernas). Un caso singular, un moderno posmoderno o viceversa. ¿Quizás un “tardomoderno”? Como él mismo explica, rueda con tres cámaras y obtiene decenas de horas de metraje antes de meterse en la sala de montaje. Godard diría que Serra hace trampas, pues oculta el instante de ruptura de los planos en la narración. Sucede que los objetivos son otros. En Serra no hay otro compromiso que la forma cerrada, completa o abouti del filme mismo. El montaje busca la duración, cosa arduo difícil de conseguir.

5) Efecto de distanciamiento o V-Effekt. Como he dicho, no es Serra un brechtiano. Sin embargo, su naturaleza dual y en ocasiones no homogénea nos proporciona instantes singulares. Por ejemplo, La mort de Louis XIV es quizás su filme más realista hasta la fecha. No cae en el naturalismo, pero la recreación de la liviandad de la corte y el deterioro del rey, filmado de ese modo, adquiere un grado de realidad, o realismo, insólitos. Es como casi siempre a través de detalles humorísticos, soterrados y fruto de la improvisación y trabajo con los actores, que Serra consigue captar la atención del espectador alejándolo del ilusionismo de la identificación con lo que está viendo. El contacto de la mirada del rey con la cámara, y con el espectador, es el recurso de distanciamiento más evidente. Como norma, los actores no deben “actuar” sino performar. En última instancia, el humor es siempre una herramienta de distanciamiento.

6) Performance. Serra es un cineasta de la performance donde no actores performan, no actúan. Vicenç Altaio en el papel del vendedor de elixires Lebrun es un ejemplo del no actor performer. Jean-Pierre Léaud, sí, Antoine Doinel: Performance. Éste es el titular.

7) Historicidad. La obsesión por la historia es uno de los rasgos del posmodernismo, esto es, la recreación de un pasado (mítico o glorioso) a través de los clichés por los cuales se nos ha representado la historia. El “rey Sol”, la corte de Francia, parecería terreno abonado para un historicismo caduco de formas y clichés obsoletos. No con Serra. No hay pastiche aquí. No podemos asociar La mort de Louis XIV a ningún posmodernismo historicista ni revisionismo caduco del pasado. Y sin embargo, su ambivalencia, lo repito, es tanto moderna como posmoderna. Serra está más cerca de un Sokurov, aún prescindiendo de toda la carga política e histórica de éste (a diferencia del ruso, Serra no apela a ninguna tradición nacional).

8) Analógico vs. digital. En una secuencia lógica, lo analógico sería lo moderno y lo digital lo posmoderno, hasta la posterior inversión en la que el posmodernismo descubre la nostalgia por lo analógico y el celuloide para apropiárselo de un modo estético y hasta retro. Serra no sucumbe a esta fascinación (reciente), su megalomanía es otra, no la de ningún fetichismo del pasado ( a partir del film stock y el metraje). Abiertamente desde sus comienzos rueda en digital, también en La mort de Louis XIV y, sin embargo, es capaz de captar atmósferas lumínicas próximas a la pintura de época con ambientes crepusculares que remiten inmediatamente a los maestros de la pintura. El efecto de realidad que consiste en transporta al espectador a 1715 está más que conseguido. Al igual que con el montaje para la duración, lo digital está ahí para servir su objetivo y finalidad.

9) Banda sonora. El sonido es un elemento siempre presente y con gran protagonismo. En primer lugar, el sonido de gente comiendo (un rasgo en al menos sus dos últimas películas). En los filmes de Serra, la gente come en primer plano (fruta, principalmente) y oímos el ruido. Éste es un detalle un tanto perturbador, paradójicamente un elemento de distanciación a añadir, pero también un componente de realismo pues hacemos ruido al comer. Junto a esto, está la banda sonora añadida, extemporánea a la historia en la que transcurre el filme, que añade de un modo sutil capas de significado. En cuanto a la música clásica, el uso de Gran Misa n.º 17 en do menor de Mozart resulta justificada y ajustada al planteamiento de la película.

Estas son algunas de las cualidades que situarían a Albert Serra en una posición de manifiesta singularidad entre los practicantes del cine en la actualidad. Por el tiempo histórico que le ha tocado vivir no puede no ser posmoderno, pero sin embargo todas las energías, y se puede decir que estamos ante un cine que sobre todo es energético, están orientadas a la realización de una obra de arte moderna que no necesita etiquetarse de “obra maestra” (algo a lo que él quizás aspiraría, teniendo en cuenta sus declaraciones, que son más boutades que otra cosa). La mort de Louis XIV se defiende por sí misma, y ésta es la mejor contribución que puede hacer cualquier artista.


2/18/2014

Albert Serra el formalista



Por una cuestión de extensión me limitaré aquí a la película de Albert Serra, Història de la meva mort, y no a su casi siempre controvertida figura pública. Las advertencias que el propio Serra ha lanzado sobre su filme se confirman todas. Su singularidad queda fuera de toda duda. En un coloquio reciente en San Sebastián posterior al visionado utilizó en una ocasión el término “formalista”, aunque no de manera muy intencional. Albert Serra es un formalista de altos vuelos. Explicaré qué se entiende por esto. El problema del formalismo en arte y literatura (o en cine) atraviesa toda la estética del siglo XX. Su sentido, según se utilice, pasa de ser el simple adjetivo descriptivo de un tendencia estética histórica (digamos formalizante, y que sale de un análisis del lenguaje como materia prima), a ser directamente una acusación peyorativa (la búsqueda vacía de la forma a expensas del contenido y demás retórica). La complejidad del formalismo, especialmente su significado a partir de la polarización de estéticas y posiciones ideológicas durante la Guerra Fría, llevó los términos “formalista” y “formalismo” a no pocos malentendidos y callejones sin salida. Simplificando mucho, podríamos decir que existe un formalismo bueno y otro malo. El cine de Serra pertenece al primero.

Roland Barthes comentó una vez (en Mitologías) que “si la crítica histórica no se hubiera sentido tan aterrorizada por el fantasma del ‘formalismo’, tal vez habría sido menos estéril; habría comprendido que el estudio específico de las formas no contradice en absoluto los principios necesarios de la totalidad y de la historia”. Añadía Barthes que cuando un sistema es más específicamente definido en sus formas, más dócil se muestra a la crítica histórica. Y acababa su reflexión con una de sus sutiles dobleces: “Parodiando un dicho conocido, diré que un poco de formalismo aleja de la historia; mucho, acerca”. Esta última frase parecería apropiada para esta manera de hacer cine, donde el énfasis depositado en los aspectos formales genera un naturalismo que lejos de parecer forzado parece transmitir una imagen del pasado sensible y creíble o, si queremos utilizar una palabra maldita, “verdadera”.

Pero ocurre que lo interesante de Història de la meva mort (y el resto de su cine) está en que esta imagen del pasado es completamente mítica, irreal, ficcional. El encuentro entre Casanova y Drácula es tan absurda como surrealista. Pero lo que las imágenes, las palabras y el sonido transmiten no puede en ningún caso ser pasado por alto. El compromiso de Serra está con y en la ficción. Ese es su territorio. Ése, y también el trabajo con los no actores, el rodaje; el cine como invención de realidad. Todo formalista que se precie comienza imponiéndose una reglas muy estrictas que no las abandona jamás. Ser fiel a sí mismo, pero en ocasiones flexible también. Otro rasgo: operar dialécticamente entre la totalidad y las partes. Prestar atención al detalle y partir del detalle desechando las consideraciones morales que el contenido siempre impone: la trama, la idea original, el guión y nosecuantas otras reglas de la industria de hacer películas. Posiblemente no habrá ahora mismo en el mundo otro cineasta que hable más de cómo su cine está hecho, que hable de la técnica, de los aspectos formales que Serra. Parece más un artista que un cineasta. Pero al igual que todos los forerunners del arte, la técnica per se solo importa como medio para conseguir unos efectos u objetivos. En todo artista verdadero la transgresión por la transgresión no existe. Las reglas se rompen para algo. El método de trabajo y sobre todo la complicada técnica de montaje de Serra le sitúan como un formalista que pasa por frívolo, aunque él sabe muy bien lo que hace.


En el curso de una entrevista en la revista Cinema Scope, Serra hablaba en su tono habitual de que su última película es “unfuckable” para la crítica. Quería decir que o lo coges por completo o lo dejas del mismo modo. Argumentaba el método empleado en donde la realidad de la película existe únicamente en y para la pantalla, como una realidad autónoma que no puede cotejarse sino en la fantasía del espectador, y no en esas clásicas disquisiciones de la crítica de cine convencional entre el concepto y los resultados; ya se sabe, concepto, guión, interpretación, argumento, trama, etc. Albert Serra alude a una noción de totalidad que es, éste sí, otro rasgo formalista. En esa totalidad caben infinitos momentos de deleite, ironía, armonía y también enorme belleza. O lo abrazas, o lo rechazas. Yo ya he decidido.

* Publicado en A-desk, Barcelona, 17-02-2014