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1/11/2022

"Succession" y el ascenso de la clase vectorialista

 



Con el final de la tercera temporada de la serie de HBO se cierne sobre el espectador la impresión de un espectáculo cuya magnitud crece a poco que revisemos todo lo visto y escuchado. Como ya se ha dicho, Succession es al mismo tiempo una tragicomedia griega (o tal vez romana) y una sátira del poder económico (especialmente en los Estados Unidos). Un drama financiero donde el humor es el vehículo de distanciamiento necesario. Las sátiras al capitalismo están de moda y no resulta sorprendente que se den dentro de un capitalismo de plataforma hegemónico en el consumo. Pienso no solo en Succession, obra de Jesse Armstrong, sino también en otra miniserie de HBO como es The White Lotus donde se mezcla clase, raza con corrección política. Cualquier espectador podrá señalar aquí su serie preferida “crítica” con el capitalismo dentro del catálogo de su suscripción mensual. Forma parte del capitalismo que todos los que lo fomentan al mismo tiempo lo critiquen. Asimismo es parte consustancial que esas críticas se desactiven por el propio canal, sea HBO o Netflix, en tanto aparatos de homogeneización del consumo. No hay duda que las series han hecho obsoleta la vieja televisión absorbiendo al mismo tiempo las formas cinematográficas más avanzadas. Antes del advenimiento de las series, Fredric Jameson nos recordaba que “el ‘público’ atomizado y serial de la cultura de masas desea ver lo mismo una y otra vez, de ahí la urgencia de la estructura genérica y la señal genérica”. El teórico se quedaba corto, pues no solo habría que sustituir “público” por “consumidor”, sino que además nunca ha habido tanta concentración en la cultura de masas; nunca tanta gente ha estado consumiendo lo mismo al mismo tiempo y, para más inri, comentándolo en tiempo real. ¿Ventajas e inconvenientes de la conversación pública de masas? 


Hay en la actual cultura de masas una tendencia a la complejidad que eleva los productos a un estatus de calidad más allá del mero entretenimiento. Esta complejidad adopta las estrategias del metacomentario, la autoconsciencia y la distancia irónica para fidelizar a un público que ha de superar algunas resistencias iniciales para “engancharse” a la trama, generando así una comunidad de afinidad con el producto y con otros consumidores/espectadores. Series como Succession sirven para detectar la corrosión del poder, la política y el dinero mientras nos deleitamos con las disfunciones psicológicas de sus protagonistas. Una cosa que realiza es equiparar la corrupción de las grandes corporaciones y multinacionales a la miseria moral de quienes llevan las riendas. Si le serie sirve para cartografiar el capitalismo multinacional es gracias a su efecto de “totalidad”. El propio Jameson ha señalado en repetidas ocasiones la dificultad para representar el capital o, más bien, su más absoluta irrepresentabilidad a través de los cauces representacionales convencionales, clásicos o simplemente realistas. (Su insistencia en la alegoría vendría aquí a paliar esta dificultad). Es por esta misma resistencia que la totalización deviene imprescindible. Mientras que otra serie de HBO, The Wire, suponía un ejercicio de totalidad a través de un producto (la droga) y una ciudad mediana (Baltimore), en tanto un mapa en miniatura del capitalismo global, Succession supone a su manera un retrato mucho más fidedigno del estadio o fase actual del capital. Ya no es el mercado global de la droga, pero tampoco ninguna trama de ejecutivos de Wall Street a la manera de El lobo de Wall Street de Scorsese. Asistimos subrepticiamente a una retirada del lenguaje teórico del término “capital financiero” y, con ello, de la iconografía de la bolsa, el stock market, los futuros, las capitalizaciones bursátiles y de riesgo, las curvas diagramáticas… las cuales son sustituidas por abstracciones todavía mucho más irrepresentables como “el big data”, los algoritmos y los vectores. Sin ir más lejos, el capital financiero era el objeto de otras sátiras, como por ejemplo El Capital (2012) de Costa-Gavras, quien entendía que el anterior cine político o engagé de los setenta en los dosmiles solo podía inaugurar un nuevo género, el financiero.  


Pero ¿qué espectáculo nos ofrece Succession? La familia del patriarca Logan Roy es una de las más poderosas y ricas del mundo gracias a su conglomerado mediático, Waystar Royco. Literalmente, se bañan en lujo. La sucesión de este imperio a manos de alguno sus cuatro hijos, Connor, Kendall, Siobhan y Roman, es el asunto central de un drama familiar de altos vuelos. Logan Roy es un dinosaurio, alguien hecho a sí mismo quien, desde su Dundee natal, ha conquistado el centro social y económico de los Estados Unidos. Waystar Royco posee periódicos, canales de televisión, radios, casas de apuestas, cruceros… Los paralelismos con Rupert Murdoch y Fox News así como con otros magnates de los medios de comunicación son recurrentes. La serie nos muestra cómo las grandes corporaciones que generan miles de millones generan una élite hereditaria similar a la de las antiguas monarquías europeas y familias reales. La sucesión al trono de los Roy no es por la herencia económica per se, sino por el significado simbólico de la ascensión de una clase CEO a lo más alto de la pirámide. Por momentos, la banda sonora es majestuosa, rozando incluso lo barroco, lo que añade un plus de solemnidad y dramatismo. Succession es asimismo una alegoría sobre la política (principalmente estadounidense), esto es, sobre la influencia de los medios y el capital privado en el gobierno y el Estado. Certifica al cien por cien el diagnóstico de Thomas Piketty, quien hace un lustro vaticinara que dentro de 50 años toda la riqueza del mundo pertenecerá a las grandes fortunas (o familias). La firma se desangra debido a la senectud del patriarca y la indecidibilidad de quien de los hijos está capacitado para tomar el poder. Pero la crisis de Waystar Royco no viene derivada únicamente de un problema de sucesión o de herencia, sino también de la naturaleza depredadora, salvaje, del propio negocio. 


Logan Roy ejemplifica un modelo de empresario old school cuyas reglas del juego pasan por comprar y vender. Absorber significa hacerte más fuerte. Las fusiones tampoco han de descartarse si no queda más remedio. Se trata de un modelo capitalista de concentración y acumulación, de OPAs amigables y, sobre todo, hostiles. La trama de las dos primeras temporadas alrededor de las negociaciones de Waystar Royco con los personajes de Stewy y Laurence Yee (de la startup Vaulter) ejemplifican los vínculos con el capital financiero y el accionariado pero son meros pretextos argumentales para el desarrollo de los personajes y sus psicopatologías. El hermano mayor, Connor, no cuenta en las quinielas porque no ha dado nunca un palo al agua y vive de las rentas, como un aristócrata, aunque su aspiración consiste en convertirse en Presidente de los Estados Unidos. El hermano a priori más elegible, Kendall, está obsesionado con matar “simbólicamente” al padre. A diferencia de Roman, Ken no puede ser cínico sencillamente porque no es lo suficientemente “canalla” o malvado. Su moralidad es la de un aspirante sin las agallas ni las tragaderas que requiere la posición. Su personalidad bipolar y falta de autoestima describe la esquizofrenia de la economía de la atención. Todo lo contrario es el hermano pequeño, Roman (Romulus), cuyo trauma no resuelto con la figura materna se refleja en una sexualidad perversa que, sumada a una personalidad cínica, le descarta como aspirante. Visto el percal, todo apuntaría a Shiv, la más inteligente y equilibrada, pero también maquinadora y manipuladora, cuyo matrimonio con el extravagante Tom se mueve entre el interés y el cálculo. Su condición de mujer juega en su contra, aunque hay un momento en el que la firma ve en ello una oportunidad de lavar su imagen. Por su parte, el primo oportunista de los Roy, Greg, no alcanza ni siquiera a la mediocracia. Simplemente es un arribista demasiado ingenuo, un parásito con suerte. Esta fauna expresa las patologías del capital sobre el cuerpo y la mente. Lo que aquí nos interesa es Succession como ejercicio de representación de las grandes fortunas y la herencia como instrumento de perpetuación. El conflicto en el seno de la empresa capitalista se da entonces entre la sangre y la filiación por una parte, y el accionariado y los intereses estrictamente numéricos del negocio por otra. 


Comprar. Vender. Fusionar. Estas tres parecen ser las acciones de la gran corporación capitalista. La tercera temporada resulta novedosa a partir de la adición de dos nuevos personajes a partir de los cuales Waystar Royco trata de buscar soluciones a su crisis interna. 

Primero con Josh Aaronson [Adrien Brody] quien representa a un inversor, accionista o especulador… el típico agente financiero que vive de las oscilaciones y la abstracción de “los mercados”. Más interesante aún es el personaje de Lukas Matsson [Alexander Skarsgard], “el Odín de la programación”. Se trata de un tecnófilo, autoconsciente, irónico, asocial y desapasionado. Ejemplifica de una manera un tanto caricaturesca lo que en la cultura de la creatividad se denomina como un “emprendedor”. Un excéntrico visionario que hace subir el valor de su negocio por medio de tuits estúpidos (el paralelismo con Elon Musk es aquí obvio). Matsson puede ser un aliado o un rival. Mientras que Logan representa al viejo empresario orgulloso de sus raíces escocesas, henchido de la posición labrada, Matsson es más bien el Big Tech, deslocalizado, para quien triunfar es algo fácil, sin emoción. Como reconoce en el capítulo ocho de la tercera temporada, Logan es un boxeador quien no dudaría en hacer trizas a Matsson (según la vieja ley de los negocios), aunque no tiene ni la menor idea de cómo enfrentarse a un “payaso” (de Twitter). 


En su libro El capitalismo ha muerto, la teórica Mckenzie Wark señala que algo mucho peor que el capitalismo está entre nosotros. A las relaciones de explotación históricas entre los terratenientes [landlord] y el campesinado primero, y el obrero y el capitalista industrial después, opone una nueva relación: el “hacker” y el vectorialista. Con ello se refiere a la nueva clase dirigente que se beneficia mientras dormimos, mientras descargamos una aplicación o chateamos en la redes sociales… El vectorialista posee el vector, no la fuerza de trabajo, que en lugar de ser comprada por el salario se usufructúa sin descanso. “[La información] es para el capitalismo lo que la máquina de vapor fue para el feudalismo: un toque de muerte...”, escribe Wark. Lo que Wark sugiere es la entrada en una nueva etapa del capitalismo que denomina como “vectorialista”, basada en la plusvalía de la información y el extractivismo inmaterial. Más que empresarios, los vectorialistas participarían de la “emprendeduría”. Si bien el análisis de Wark es pertinente y sirve para actualizar la teoría del “hacker” en tanto agente forzado constantemente a producir diferencia, a producir contenido para terceros, lo cierto es que entre la relación obrero y patrón industrial y la fase actual hay un buen trecho. Sin ir más lejos, varias décadas de capitalismo tardío o financiero. Con todo, Wark reactualiza la figura del “hacker” dentro de la clase creativa, el trabajo inmaterial y posfordista y el llamado “cognitariado”. Ello no le impide afirmar que del mismo modo que existía un conflicto entre capitalista y terrateniente, ahora hay un conflicto entre el capitalista y el vectorialista. “El capital está muerto. Larga vida a la clase vectorialista”. Aunque esta tesis pueda cuestionarse, sin duda halla un paralelismo más que acertado en el conflicto entre Logan y Matsson.


El producto de Matsson es GoJo, una aplicación tecnológica de streaming, deportes, apuestas, entretenimiento de plataforma, esto es, un oligopolio sustentado en suscriptores que amenaza con dejar obsoleto un cluster tradicional como Waystar Royco. Las dos empresas representan la disyuntiva actual entre la producción y la distribución, entre el “contenido” y el canal de transmisión. Waystar Royco posee su propia aplicación de streaming (StarGo) que está claramente retrasada respecto a GoJo. Ello provoca una de las escenas más hilarantes de toda la temporada, a saber, cuando Roman propone a Matsson, en el clásico ritual de confraternización masculina imprescindible para el negocio, mearse encima de la app mientras ésta no acaba de cargarse. Aquí el argumento es un tanto meta pues recuerda la competencia entre las aplicaciones por el software más eficaz, incluyendo a la propia HBO Max, la cual, todo hay que decirlo, es más lenta que la de Netflix. A lo largo del final de la temporada se reproduce esta disyuntiva: nosotros tenemos el contenido, tú tienes la tecnología, ergo fusionémonos. La fortuna del término “contenido” en el capitalismo digital actual resulta de lo más sorprendente, pues casi nunca importa cual sea ese “contenido” con tal de que lo sea. Es lo que realizan los autodenominados “creadores de contenido” en redes como Instagram. Lo importante es que la maquinaria siga produciendo y que ejércitos enteros, avalanchas de nuevos trabajadores inmateriales, se pongan a trabajar creyendo en el fondo que están autorrealizándose. Interrogar el origen y el destino de este contenido, es decir, de esa información, es hoy en día una tarea urgente. Hoy, más que nunca, la producción cultural se enfrenta a la cuestión de la elección. ¿Qué ver? ¿Escuchar? ¿Leer? Todo contenido que no participe del canal de transmisión hegemónico corre el riesgo perderse para siempre. 


Pero, ¿donde quedan los hijos de Logan Roy en este conflicto entre el capitalista y el vectorialista? Podría decirse que en tierra de nadie, pues mientras que generacionalmente se sienten inclinados hacia Matsson (sobre todo Kendall y Roman), a la vez se sienten atrapados por el modelo capitalista acumulativo del padre. Un detalle que describe la brecha entre el padre y los hijos se da en la escena final, cuando Kendall le pregunta Logan, en relación a los 5000 millones de dólares de la operación: “¿qué vas a hacer con todo ese montón?”, a lo que el padre, con su genio habitual, responde: Make your own fucking pile! [¡haced vosotros vuestro propio jodido montón!] El drama, lejos de apagarse, promete emociones fuertes en una cuarta entrega que servirá para calibrar la pujanza de la clase vectorialista en nuestro presente. 




* Publicado en Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social





6/28/2016

EDITORIAL: Hipercapitalismo



Visión del Museo Soumaya desde Museo Jumex, Nuevo Polanco, Mexico DF, con escultura de Jeff Koons.


Una imagen del supercapitalismo sucede de manera ampliada en aquellos países donde la desigualdad es más acusada. México es ahora mismo uno de estos países en pleno proceso de aceleración donde los contrastes resultan llamativos. El inaugurado museo Jumex (del estudio David Chipperfield Architects) se inserta en un contexto urbano en pleno proceso de expansión y renovación. Tal y como me comentó un taxista, la ciudad está cambiando, y una de las zonas donde lo está haciendo es precisamente en ese asentamiento. La cimbreante arquitectura del museo Soumaya (obra del mexicano Fernando Romero) irrumpe el espacio y le da continuidad a un bloque de edificios corporativos, residenciales y shoping malls donde las pasarelas y zonas verdes de parqué se interrelacionan con máquinas de gimnasio. Esta es una de las vistas desde la terraza de Jumex. A un lado una obra de Fischli and Weiss; abajo un gym; al otro lado un grupo de turistas haciéndose fotos en un Jeff Koons. Que el arte es una herramienta de las élites, o un instrumento del hipercapitalismo, alcanza aquí una perfecta armonía, con un punto de obscenidad. En México, así como en otros países emergentes, las grandes corporaciones o grupos de empresas en ascenso coleccionan arte. Eso ya no pasa en España ¿no? Saber que los propietarios de Jumex eligieron ese emplazamiento resulta significativo: al lado/junto al Museo Soumaya. Pero si el paisaje desde la base del Jumex resulta atractivo para el turista, ¿qué decir de los detalles materiales del propio museo mexicano? Hannes Meyer, en su etapa mexicana (1938-1949), criticó una vez duramente al arquitecto O’Gorman por realizar escuelas en “concreto” en medio de la naturaleza. Para Meyer, usar cemento era antinatural y el uso de materiales de la zona resultaba mucho más sostenible y apropiado. Bajar a los baños del Jumez resulta toda una experiencia: mármol blanco por doquier, exagerado. Tanto en la librería/tienda como en la entrada a los baños se ha dispuesto un juego (veteado) de distintos mármoles como si de un assortiment se tratara. Parece que al final se eligió uno blanco con una ligero veteado. La obscenidad de la arquitectura y su servidumbre (algo muy implantado en el ADN mexicano actual, servidumbre al amo, servidumbre al capital) a veces no se desvela en la forma de los edificios, sino también en el uso de sus materiales (aunque sea a pequeña escala).

Suelo de la entrada a los baños públicos en Museo Jumex,
los baños en sí mismos resultan llamativos.




4/29/2016

Un soplo de abstracción: arte, arquitectura y capital financiero


Aunque la distinción entre el concepto de dinero y el de capital atraviesa la historia de la economía política desde Marx, la complejidad teórica de las relaciones entre ambas categorías demanda continuamente de representaciones provenientes de la esfera cultural con el fin de escudriñar sus innumerables fricciones y contradicciones. De un modo un tanto básico puede decirse que la forma del dinero es, quizás, la fuente fundamental de toda abstracción, y de ésta se desprende la naturaleza intangible del capital y las elucubraciones mentales sobre su cálculo matemático y también sobre su dimensión metafísica y espiritual. O dicho de otro modo: el dinero es lo tangible, “la pasta”, mientras que el capital permanece virtual, volátil e inasible. El capital es un proceso y no una cosa. Un proceso donde la circulación del dinero se utiliza a menudo para hacer más dinero, pero no siempre ni exclusivamente. En el territorio de la cultura, estas abstracciones no pueden soslayarse sino que necesitan mostrarse a fin de determinar la inmediatez que lo social comparte con lo económico. Dicho de un modo gráfico, esto equivale a exhibir las “costuras” visibles (pero también invisibles) que formatean el “traje” (la forma) que habitualmente vestimos.

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Aleksander Komarov, Estate, Videostill, 2008

11/11/2015

Ladrillos y globos: arquitectura y capital financiero

Interior Lloyd's Bank, Londres, arquitecto Richard Rogers
El término inglés Estate puede ser  traducido al español simultáneamente como “estado”, “inmueble”, “hacienda”, “propiedad” y “herencia”, es decir, el concepto más adecuado para convertirse en candidato natural para su uso inflaccional durante todo el siglo XX y principios del XXI. En su ensayo “El ladrillo y el globo: arquitectura, idealismo y especulación con la tierra”, Fredric Jameson sigue a Giovanni Arrighi, quien sostiene que a un periodo de desarrollo productivo de una región en términos industriales le sigue otro de preponderancia del capital financiero.[1] En su texto, el teórico norteamericano traza una versión elevada de la mediación de niveles, en la que la defensa de que el plano económico (la base) determina en última instancia los restantes debe explicar la especificidad de la “semiautonomía” del nivel estético en las formas arquitectónicas, y no que éstas son una mera manifestación de lo económico. Esto es, insertar una mediación entre el nivel económico o la infraestructura (especulación con la tierra, capital financiero) y la superestructura (forma estética). La ambivalencia dialéctica de esta relación queda demostrada, al considerar que “la especulación inmobiliaria y la nueva demanda de nuevas construcciones abren un espacio en el cual puede surgir un nuevo estilo arquitectónico”, pero no sin advertir antes los peligros de esto, pues “parece igualmente ‘reduccionista’ explicar el nuevo estilo en términos de las nuevas clases de inversión”.[2] Así, se hace necesario contemplar otros factores, tales como lo estético, las modas, las influencias culturales, que expliquen esta “semiautonomía” de lo cultural, etc.

Jameson realiza esta mediación poniendo en contacto la teoría del valor del suelo de Marx como un “capital ficticio” (pues éste queda al margen de su teoría general del valor-trabajo),[3] con la cuestión de la renta y la especulación de la tierra. Aquí reside su novedad; vincular estos usos de la renta con las formas del crecimiento urbanístico y en concreto con la formación de estilos arquitectónicos. En definitiva, se trata de establecer las relaciones entre las abstracciones peculiares del llamado capital financiero y las que se encuentran en las formas y en los textos culturales. En algún otro lugar he llamado la atención sobre que la versión inglesa original del libro de Jameson, The Cultural Turn. Selected Writings on the Postmodern, 1983-1998, en cuya portada se reproduzca el Hongkong & Shanghai Bank de Foster, finalizado en 1986, una arquitectura high-tech que desde la ultimísima ingeniería aplicada vendría a definir perfectamente el flujo del capital financiero típico del periodo. Existen pocas imágenes más representativas de lo que dio en llamarse posmodernismo que aquellas en las que elevados edificios acristalados dormitan apacibles con su puntillismo de luces fulgurantes.[4]



Pero la intuición de Jameson es ahora de gran utilidad, al buscar un equivalente a esa noción difícil de asimilar que es el capital financiero en la especulación de la tierra, algo que viene practicándose desde hace siglos. De este modo, sigue la línea detectivesca del origen de Nueva York, y en concreto del Rockefeller Center, y lo que hizo de esta ciudad estadounidense el mayor centro financiero marginando la anterior actividad industrial y comercial.[5] Jameson se concentra en el trabajo de Robert Fitch, The Assassination of New York, donde se relata el proceso por el cual la producción es deliberadamente alejada de la ciudad a fin de dejar espacio a las oficinas de las empresas financieras, de seguros, inmobiliarias, de manera que “se supone que esta política revitaliza la ciudad y promueve un nuevo crecimiento, pero su fracaso está documentado por el asombroso porcentaje de superficies vacías y no alquiladas (los así llamados edificios transparentes)”.[6] Pero todo este paso de revertir la situación removiendo la industria manufacturera de Nueva York por una política de FIRE (acrónimo de las siglas Finance,  Insurance, Real Estate) se explica como salida de una “conspiración” de la estructura del poder de la ciudad que dura más de cincuenta años y que tiene en el Rockefeller Center su momento fundacional. El hilo argumental del libro de Fitch es que la distancia de casi el mil por ciento entre la renta obtenida por un espacio fabril y la recibida por un espacio de oficinas motivó esta conspiración. Esta política destruyó el tejido urbano pero creó un nuevo simbolismo en la forma de una nueva arquitectura denominada como financiera que es preciso analizar desde su inevitabilidad, esto es, haciendo plausible el hecho de que “el glaseado cultural” tiene bastante que ver con “los ingredientes utilizados para hacer la torta”, para lo cual resulta instructivo volverse sobre Manfredo Tafuri, para quien la premisa es  que bajo el capitalismo un edificio individual siempre estará en contradicción con su contexto urbano y también con su función social. La lectura que hace Jameson de Tafuri –y posteriormente de Rem Koolhaas– reside en que precisamente los edificios interesantes son aquellos que tratan de resolver esas contradicciones mediante innovaciones formales y estilísticas más o menos ingeniosas, y que el Rockefeller Center en lugar de resolver estos problemas y tensiones mediante el diseño, los explicita y resalta, haciendo del centro un organismo que desafía todas las reglas de la proporción y se erige por sí mismo en una acontecimiento único que añade más valor simbólico al rascacielos americano como tipología arquitectónica. Koolhaas, por su parte (en Delirious New York), responde entusiasta a las contradicciones que Tafuri denuncia y hace de esta adopción de lo irresoluble una nueva estética fiel a su idea “esquizofrénica” de “resolver la aglomeración creando más aglomeración”. La diferencia entre Tafuri y Koolhaas se explica entonces del siguiente modo:

Así, la obra puede resultar ser un acto simbólico, una forma real de praxis en el reino de lo simbólico: pero también podría demostrar ser un acto meramente simbólico, un intento de actuar en un ámbito en que la acción es imposible y no existe como tal. Tengo entonces la impresión de que para Tafuri, el Rockefeller Center es esto último, un acto meramente simbólico que fracasa necesariamente en la resolución de sus contradicciones; en tanto que para Koolhaas, la fuente de emoción estética es la acción creativa y productiva dentro de lo simbólico.[7]

Una afirmación de este tipo pone el acento en lo simbólico, y el devenir signo de la arquitectura más reciente –la llamada arquitectura icónica– adquiere un protagonismo y una preponderancia que ha sido ensalzada hasta su paroxismo y caricatura. Esto no puede hacernos olvidar que la atención de los arquitectos por volverse artistas, y concretamente tomar prestado de la escultura precisamente esa cualidad simbólica y de signo del arte como garantía que trasciende la “mera” ingeniería ha sido revertida en tiempos recientes, con artistas inflados por el mercado hasta límites exagerados que únicamente encuentran en la dimensión social del arquitecto-estrella una nueva medida, y pienso evidentemente en la escultura-arquitectura de Anish Kapoor ArcelorMittal Orbit erigida en Londres para las Olimpiadas del 2012 al mismo tiempo como una celebración y como un monumento al gigante de la metalurgia mundial y a su magnate fundador; un homenaje al capital (todavía industrial) en la era de su devenir especular y fantasmagórico.

Pero regresando a Jameson, la vinculación entre el precio del suelo y el capital financiero abre la puerta a “futuros” específicos –tanto en el sentido financiero como en el temporal–, al incluirse la expectativa de futuro como una proyección valorizada y especulativa de manera muy parecida al modo en el que el arte sirve de inversión futura, abarcando de este modo todo un abanico de posibilidades para la recepción del mañana así como la obsolescencia planificada y demás. Esto nos recuerda que el capitalismo comercia con futuros.
Los futuros financieros o lo que en la jerga económica se llaman simplemente “futuros” son unidades de intercambio basados en un acuerdo mercantil entre dos partes contratantes pero que ha de consumarse exclusivamente en una fecha prefijada futura. Evidentemente el noventa por cien de estos contratos a futuro no se consuman sino que se modulan en función de la evolución y oscilación diaria del valor de dicha compraventa. El dinero ya no es la moneda para comprar o vender sino que es el objeto mismo del intercambio, el cual modifica su propio valor a lo largo del tiempo. El análisis de Jameson pone el acento en la arquitectura del dinero realizada en el siglo pasado y que es ahora mismo una arquitectura del capital que se extiende ampliamente por Dubái, Qatar y otros paraísos turísticos y fiscales. El rol de la renta del suelo y la especulación inmobiliaria en el desarrollo de la metrópolis capitalista es un fenómeno global y desterritorializado.



Pero la oposición conceptual entre lo concreto y lo abstracto se manifiesta también de otro modo. Jameson coge el título para su ensayo de la distinción de Charles Jencks entre el peso del ladrillo y la ligereza y desmaterialización del “globo contemporáneo”, y esto puede ser leído aquí como análogo de la oposición entre lo concreto y lo abstracto. Estas dos características fundamentales de la semiótica de la modernidad tardía, el “espacio isométrico extremo” y los “volúmenes revestidos de piel” conformarían las características de una versión extremada de “lo moderno elevado a la segunda potencia”. La imagen que expresa esto sería: el ladrillo y el globo, disminuye la masa y el peso a la vez que realza el volumen y el globo. “Los ‘volúmenes encerrados de cristal’ ilustran entonces otro aspecto de la abstracción del capitalismo tardío, la forma en que desmaterializa sin significar de ninguna manera tradicional de espiritualidad. (…) Del mismo modo, donde el plan libre postulaba la cancelación de un anterior espacio burgués, el nuevo tipo isométrico infinito no cancela nada, sino que se desarrolla simplemente bajo su propio impulso como una nueva dimensión”.[8]

Visto desde la perspectiva del tiempo y confirmando no pocas predicciones sobre la crisis financiera, el diagnóstico de Jameson sobre la especulación del suelo como un modo de actuación sistemático se anticipaba en más de una década a la detección del momento del “ladrillo” como elemento causal de la crisis económica en occidente. El “ladrillo” se ha convertido ya en el emblema eufemístico para una política especulativa de larga tradición. También, quizás, un icono posmoderno que vendría a suplantar a los antiguos lingotes durante la Fiebre del Oro, en un tiempo donde la demolición de antiguos muros como límites infranqueables al capital se ha seguido a la progresivo deslocalización y movimiento a lo largo del globo de los efectos de esta burbuja financiera. Esta burbuja hinchada de aire (de nuevo el globo), es necesariamente la forma apropiada para un capitalismo financiero que ha hecho de su condición abstracta e inmaterial, y la sublimación materialista, su principio primordial. A esto habría que sumarle la autonomización de la especulación económica como casino financiero y la propia idea del ciberespacio.








[1] Fredric Jameson, “El ladrillo y el globo: arquitectura, idealismo y especulación con la tierra”, en El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo 1983-1998, Manantial, Buenos Aires, 1999.
[2] Jameson, “El ladrillo y el globo…”, op. cit., p. 214.
[3] En este punto Jameson recurre a David Harvey  y su experiencia en la explicación de las relaciones entre geografía, urbanismo y capital financiero. El “capital ficticio” es aquí entonces un flujo de capital monetario no respaldado por ninguna transacción de mercancías, de manera que este capital ficticio, especulativo, se orienta hacia la expectativa de un valor futuro. Entre su abundante bibliografía, ver David Harvey, Neil Smith, Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura, Universitat Autònoma de Barcelona y MACBA, Museu d’Art Contemporani de Barcelona, 2005.
[4] Ver Peio Aguirre, “Perdidos en el espacio: del híper-espacio a los mapas cognitivos”, catálogo de la exposición Pasajes. Viajes por el híper-espacio, Obras de la colección Thyssen-Bornemisza Art Contemporary, LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, Gijón, 2010-2011.
[5] Estos textos estudiados por Jameson son The Assassination of New York, de Robert Fitch, Londres, 1996; “La montaña desencantada” de Manfredo Tafuri, publicado en La ciudad americana (Francesco Dal Co. Et. al.,) Barcelona, Gustavo Gili, 1975; y también Delirious New York: A Retroactive Manifesto for Manhattan publicado originalmente por Rem Koolhaas en 1978.  
[6] Jameson, op, cit., p. 218.
[7] Jameson, “El ladrillo y el globo…”, op. cit., p. 237.
[8] Jameson, op. cit., p. 241.