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11/24/2013

EDITORIAL: Sr. Director y/o Sra. Directora



Como en cualquier proceso de profesionalización, el del arte es un sector abocado hacia su progresiva especialización y parcelación. La pérdida de organicidad de la antigua figura del intelectual se ha visto reemplazada por la segmentación. De la nueva generación de especialistas surgida de la implantación masiva de las estructuras artísticas dentro de la industria cultural destaca una: la de director o directora. Pocas categorías otorgan una mayor legitimidad que la de no ya ser, sino haber sido, en algún momento pasado, director/a de algo. Da un poco lo mismo donde y cómo, pues incluso en la más minúscula de las estructuras artísticas o auto-organizadas, el carné de director importa. Pero importa sobre todo a futuro. Este carné es como un salvoconducto con el que moverse en la inestabilidad institucional y política. Hablando con un amigo artista hace poco me decía que los órganos de decisión de las instituciones son incapaces de reconocer dónde se encuentra la valía artística y profesional. Obviamente son estas mismas instituciones las que no arriesgarían un centavo en alguien quien aún teniendo una sólida trayectoria a sus espaldas no haya pasado por el aro de la dirección. “Bueno”, dirán ustedes, “yo me conozco un caso que…” De acuerdo, hay casos para todos los gustos. Pero también existe el caso, confieso que para mi desconocimiento hace bien poco, de ADACE Asociación de Directores de Arte Contemporáneo de España donde además de los actuales directores de museos e instituciones también figuran los exdirectores, esto es, actuales free-lances o comisarios independientes. Lo dicho, el salvoconducto a perpetuidad.

Todo esto sería anecdótico si no fuera porque este tipo de relación reproduce jerarquías que anteriormente eran vistas desde el punto de vista de clase social. La evanescencia de la misma idea de clase social del lenguaje y de las formas de sociabilidad actuales no significa la desaparición definitiva de la clase. Continuamente nuevas jerarquías y nuevas sutiles redes de poder están siendo puestas en marcha desde el sistema del arte y el comisariado. Pero al mismo tiempo, desde ese mismo sistema, la posibilidad de sublevar categorías y encontrar espacios de libertad es posible. Se sabe que uno de los primeros atributos en el establecimiento de un sistema de clases es el del reconocimiento. No tanto el de reconocer méritos, no me refiero a eso, sino a reconocer en el otro/a a similares a nosotros/as, esto es, reconocer a los de tu propia clase y, claro está, reconocer también a los de una clase inferior o superior. Ahora que todo lo que clame por la diferencia, por ejemplo, los procesos de historización, la traducción cultural, la performatividad, el género, el decolonialismo, la teoría social, las estrategias de archivo y la educación, es materia de investigación, ¿por qué no incluir también la viaja noción de clase aplicada al poder? Foucault una vez dio un consejo destinado a encontrar la felicidad en la vida: “no os enamoréis del poder”. Consejo para jóvenes y mayores. También para directores y directoras de todas las edades. El eslogan podría decir: Una vez director/a, ¡toda la vida!

Postdata:

El poder, mientras tanto, sigue produciendo fascinación. Su presencia y/o su ausencia desata admiración y/o resentimiento. (Éste, el resentimiento, es una gran fuerza productiva aunque difícil de canalizar). El número del otoño de la revista Artreview (con su ya habitual publicación de los 100 más poderosos del arte) indaga sobre esta cuestión del poder. No lo hace desde una perspectiva foucaultiana (¿cómo podría?) sino desde una asunción cínica que pierde su gracia si se la piensa dos veces. Power Eats the Soul reza en la portada. Dos versiones, una enfocada y otra desenfocada, cortesía de los artistas Rirkrit Tiravanija y Philippe Parreno. Es imposible con ese statement no pensar en aquella otra película de Fassbinder, titulada al español como Todos nos llamados Alí (1974), (Angst essen Seele auf en el original alemán, o Fear Eats the Soul en su versión inglesa). (Esa película es, si no recuerdo mal, importante para Rirkrit).
A la vergüenza ajena que produce leer el editorial de Artreview se le suma la complicidad generalizada para el mantenimiento del producto empresarial. El poder vende. El poder se reproduce. Existen adictos al poder; directores, comisarios, artistas y también espectadores. La reproducción del poder en el arte y su equiparación al capital está todavía en una fase incipiente. El matrimonio entre el mercado y el showbiz crece de una manera alarmante. No tardaremos en ser colonizados por Hollywood.