Como en cualquier proceso de
profesionalización, el del arte es un sector abocado hacia su progresiva
especialización y parcelación. La pérdida de organicidad de la antigua figura
del intelectual se ha visto reemplazada por la segmentación. De la nueva
generación de especialistas surgida de la implantación masiva de las
estructuras artísticas dentro de la industria cultural destaca una: la de
director o directora. Pocas categorías otorgan una mayor legitimidad que la de
no ya ser, sino haber sido, en algún momento pasado, director/a de algo. Da un
poco lo mismo donde y cómo, pues incluso en la más minúscula de las estructuras
artísticas o auto-organizadas, el carné de director importa. Pero importa sobre
todo a futuro. Este carné es como un salvoconducto con el que moverse en la
inestabilidad institucional y política. Hablando con un amigo artista hace poco
me decía que los órganos de decisión de las instituciones son incapaces de
reconocer dónde se encuentra la valía artística y profesional. Obviamente son
estas mismas instituciones las que no arriesgarían un centavo en alguien quien
aún teniendo una sólida trayectoria a sus espaldas no haya pasado por el aro de
la dirección. “Bueno”, dirán ustedes, “yo me conozco un caso que…” De acuerdo,
hay casos para todos los gustos. Pero también existe el caso, confieso que para
mi desconocimiento hace bien poco, de ADACE Asociación de Directores de Arte
Contemporáneo de España donde además de los actuales directores de museos e
instituciones también figuran los exdirectores, esto es, actuales free-lances o comisarios
independientes. Lo dicho, el salvoconducto a perpetuidad.
Todo esto sería anecdótico si no fuera porque
este tipo de relación reproduce jerarquías que anteriormente eran vistas desde
el punto de vista de clase social. La evanescencia de la misma idea de clase
social del lenguaje y de las formas de sociabilidad actuales no significa la
desaparición definitiva de la clase. Continuamente nuevas jerarquías y nuevas sutiles
redes de poder están siendo puestas en marcha desde el sistema del arte y el
comisariado. Pero al mismo tiempo, desde ese mismo sistema, la posibilidad de
sublevar categorías y encontrar espacios de libertad es posible. Se sabe que
uno de los primeros atributos en el establecimiento de un sistema de clases es
el del reconocimiento. No tanto el de reconocer méritos, no me refiero a eso,
sino a reconocer en el otro/a a similares a nosotros/as, esto es, reconocer a
los de tu propia clase y, claro está, reconocer también a los de una clase
inferior o superior. Ahora que todo lo que clame por la diferencia, por
ejemplo, los procesos de historización, la traducción cultural, la
performatividad, el género, el decolonialismo, la teoría social, las
estrategias de archivo y la educación, es materia de investigación, ¿por qué no
incluir también la viaja noción de clase aplicada al poder? Foucault una vez
dio un consejo destinado a encontrar la felicidad en la vida: “no os enamoréis
del poder”. Consejo para jóvenes y mayores. También para directores y
directoras de todas las edades. El eslogan podría decir: Una vez director/a,
¡toda la vida!
Postdata:
El poder, mientras tanto, sigue produciendo
fascinación. Su presencia y/o su ausencia desata admiración y/o resentimiento.
(Éste, el resentimiento, es una gran fuerza productiva aunque difícil de
canalizar). El número del otoño de la revista Artreview (con su ya habitual
publicación de los 100 más poderosos del arte) indaga sobre esta cuestión del
poder. No lo hace desde una perspectiva foucaultiana (¿cómo podría?) sino desde
una asunción cínica que pierde su gracia si se la piensa dos veces. Power Eats the Soul reza en la portada. Dos versiones, una enfocada y otra
desenfocada, cortesía de los artistas Rirkrit Tiravanija y Philippe Parreno. Es
imposible con ese statement no pensar en aquella otra película de
Fassbinder, titulada al español como Todos nos llamados Alí (1974), (Angst
essen Seele auf en el original alemán, o Fear Eats the Soul en su versión
inglesa). (Esa película es, si no recuerdo mal, importante para Rirkrit).
A la vergüenza ajena que produce leer el
editorial de Artreview se le suma la complicidad generalizada para el
mantenimiento del producto empresarial. El poder vende. El poder se reproduce.
Existen adictos al poder; directores, comisarios, artistas y también
espectadores. La reproducción del poder en el arte y su equiparación al capital
está todavía en una fase incipiente. El matrimonio entre el mercado y el showbiz
crece
de una manera alarmante. No tardaremos en ser colonizados por Hollywood.