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| Westin Bonaventure Hotel, (1974-1976) John C. Portman |
Hay algo de amor adolescente en el
descubrimiento de Los Ángeles: la excitación de la primera vez junto con la
lectura de señales titubeantes que uno trae incorporadas como clichés. Después
del subidón inicial viene la caída, y con ella un lento y fructífero
aprendizaje. Para los foráneos asentados en la macrourbe, todo neófito
proporciona un recuerdo diferido de su propio descubrimiento. Los recuerdos de
viaje fueron para Walter Benjamin una manera de rememorar lugares y también una
oportunidad para divagar en los compartimentos que la experiencia construye. ¿Cómo
sería un recuerdo de Los Ángeles? ¿Y cómo recordar releyendo algunos textos que
previamente contribuyeron a forjar una imagen, idealizada o distorsionada, de
ese lugar? El recuerdo es como una habitación abandonada. Lo que importa no es
cómo algo era realmente, sino cómo creo mi propia memoria de ello.
MAPAS
Desde el suelo, lo primero que se observa
en L.A. es una maraña de conexiones e islas de cemento entre los enlaces de las
arterias vertebradoras. En su libro de 1971, Los Ángeles. La arquitectura de cuatro ecologías, Reyner Banham
amplió el concepto mismo de ciudad al establecer cuatro ecologías de estudio
que gobiernan en este paisaje: las playas, las colinas, las planicies y la red
viaria. Sobrexcitado por la energía que desprenden los nudos de las autopistas,
Banham comentó que aprendió a conducir con el fin de leer la ciudad
correctamente. En 1972 realizó un documental para la BBC, “Reyner Banham Loves
Los Angeles”, donde alquilaba un coche y una cinta de grabación a modo de
audio-guía con el fin de establecer un sistema de orientación en la ciudad. Más
tarde se hizo recurrente la teoría urbana de que a la hora de navegar por el
espacio posmoderno necesitamos de “mapas cognitivos” que nos sirvan para la
comprensión de una totalidad que se ha vuelto indiscernible. A partir del
estudio pionero de Kevin Lynch, La imagen
de la ciudad (1960), Fredric Jameson señaló que la alienación urbana es
directamente proporcional a la dificultad que tenemos para mapear las grandes
superficies del tejido urbano. En su estudio anterior, Lynch informaba que los
usuarios podían entender el entorno a través de mapas mentales consistentes y
predecibles, estableciendo una serie de elementos o puntos de referencia como
caminos, calles, aceras, bordes o límites percibidos como paredes o edificios;
distritos o zonas de las ciudades que se distinguen por una identidad; nodos o
puntos focales, así como intersecciones y, finalmente, monumentos u objetos
identificables. Para Jameson, los mapas mentales de Lynch pueden extrapolarse a
partir de los mapas mentales sociales generales y globales que todos llevamos
en nuestras cabezas de forma confusa (sin menospreciar el dominio de la
imaginación en la creación de esos mapas). Sin embargo la situación es ahora otra, y la actual geolocalización tecnológica
de sentirnos constantemente ubicados en un punto supone al mismo tiempo una
novedad y una alteración de la experiencia urbana.
Son compañías como UBER las que
transforman completamente ese agudo sentido de la percepción que es sentirte
todo el rato en un lugar concreto. El mapa coincide con el territorio casi por
ósmosis o penetración recíproca. UBER ha modificado la idea misma del mapa
cognitivo, aunque más relevantes y no menos indetectables son sus efectos en el
trabajo, la circulación y la gentrificación urbana. Estas señales son
completamente perceptibles en L.A. aun en un periodo corto de tiempo.
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