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8/01/2011

Low-tech y metraje

Fotograma de Le tombeau d'Alexandre (El último bolchevique), 1993, 
de Chris Marker

Pongamos que tenemos que definir en una palabra la secuencia infinita de visualidad que recorre el mundo: cine, televisión, Internet, vídeo doméstico... ¿Cuál es el término que describiría este régimen de visualidad? Provisionalmente cojamos uno sacado del cine y que tiene que ver con la materialidad del medio: metraje, la longitud de la película. Importado del lenguaje fílmico, el metraje es aquello crudo y sin editar que ha sido filmado por la cámara de cine o grabado por la videocámara y que debe ser editado para crear una narración coherente u obra. El metraje posee también una cualidad de lo abstracto: material en bruto alojado en cintas. En un símil psicoanalítico, el metraje sería como lo real lacaniano que se cuela en el subconsciente a la espera del retrabajo de significación a realizar por las fuerzas de lo simbólico y lo imaginario.

La saturación del metraje nos invade en la actualidad entrando directamente en nuestras salas de estar, y en ese flujo transicional hay una materialidad, textura, trama o granulado que emerge como elemento significante. La capacidad para decodificar estos aspectos del metraje reside igualmente en su efecto de superficie y densidad. Esta fisicidad del metraje en el vídeo se distingue de la sublimación nostálgica de la low-tech como nuevo high-art, como ocurre ahora en el arte, con la película aurática de 16 mm, donde lo antiguo y difícil de reproducir es ahora lo caro, o muy caro. En el fondo, el actual low-tech verdadero es el high-tech de la HD y la MiniCam, y la calidad que sale de ese tipo de dispositivos tiene ya un tejido que lo religa tecnológicamente a un territorio de lo visual a la vez cotidiano y familiar pero sometido a los más raros extrañamientos cacofónicos de la imagen.

El metraje es, además, la palabra clave que organiza toda una subcultura en la novela Mundo espejo (Pattern Recognition en su edición original) de William Gibson, donde una secta global se organiza alrededor de la emisión segmentada (en Internet o en anuncios publicitarios) de algo conocido simplemente como “metraje” (footage):[1] una narración a partir de segmentos que sus fanáticos seguidores deben reconstruir y cuyo rasgo estilístico consiste en la falta de un estilo periodizable o reconocible, algo cuya sofisticación es más del “grado cero” barthesiano, una neutralidad que parece haber borrado todos los signos semióticos identificables como señuelo para la identificación grupal que habitual y, contradictoriamente en el libro, cohesiona una comunidad o subcultura. Esa falta de estilo o “escritura blanca” del metraje fascina precisamente como antídoto a la bulimia de marcas y signos en la que estamos. Tampoco es difícil imaginar este metraje no con la alta definición del cine mainstream o la limpieza de la gran producción audiovisual y televisiva, sino mejor con la suciedad del pixelado y los moarés pasados por sucesivos filtros y capas de difusión mediática. La baja calidad en los sistemas de descargas o buffers informáticos es una prueba fehaciente del orden geopolítico global, y que el arte contemporáneo pueda realizarse desde esa clase de imagen demuestra que cierto low-tech cuyo rasgo principal es la accesibilidad expresa el capitalismo tardío tan afinadamente como por otra parte lo hace la alta definición más puntera.

Otra cuestión aquí concierne a los modos de repolitización de los impulsos nostálgicos vinculado tanto al desarrollo capitalista de la cultura de masas como a la fetichización de la experiencia de lo histórico. Para ello, el análisis de la querencia por las formas bajas de tecnología podría aportarnos valiosa información. Este actual fetichismo de la low-tech podría tener un equivalente en las formas del retrofuturismo en los subgénero literarios del steampunk o el dieselpunk, esto es, la imaginación de un pasado histórico diferente al que supuestamente ha sido donde, por ejemplo, la revolución digital hubiera acontecido adelantándose un siglo, en mitad del desarrollo de la revolución industrial de la máquina de vapor, la luz de gas o de calcio.[2] Esto sería un recordatorio, de nuevo, de esa nostalgia posmoderna en la que referencias contemporáneas o incluso futuristas al nivel del contenido ocultan la dependencia de modelos establecidos o anticuados en el plano de la forma. La low-tech vendría entonces al rescate de un historicismo redivivo, en una reedición de la nostalgia por lo analógico.



[1] William Gibson, Mundo espejo, Barcelona, Minotauro, 2004.
[2] Me refiero a La máquina diferencial, la novela de William Gibson y Bruce Sterling que sucede en Londres y París del siglo XIX, La Factoría, Madrid, 2006. 

10/11/2010

Atemporality for the creative artist, Bruce Sterling



¿Cómo podemos definir nuestro periodo histórico? Asir el presente es una de las principales preocupaciones de la humanidad a lo largo de su evolución. Asimismo, la manera en la que la historia (el pasado) se representa es objeto de disputa, a la vez que la ansiedad por la incertidumbre del futuro condiciona nuestros deseos y disposiciones sociales. La filosofía ha abarcado todas estas cuestiones sobre el tiempo hasta el punto de convertirlo en uno de los grandes temas filosóficos desde siempre.
Sin embargo, un movimiento tectónico dentro de las capas del pensamiento ha hecho que lo elevado de reflexiones profundas acerca del ser, la historia de los acontecimientos y el devenir de la especie humana se materialicen en nuestra actualidad en aquellos territorios culturales que han hecho obsoletas las distinciones entre alta y baja cultura, la literatura de ciencia-ficción, el arte contemporáneo, el cine y la arquitectura posmodernas. En esta vena, el novelista y uno de los padres del movimiento ciberpunk, Bruce Sterling, ofreció una conferencia en la pasada edición de la Transmediale que debería tenerse muy en cuenta desde el punto de vista de una nueva filosofía para nuestro periodo. Sterling trata de ofrecer una alternativa a la historicidad tradicional, a aquello que llamamos una etapa clásica, otra moderna, o posmoderna y demás. Es más, todas estas categorías lo único que muestran es su propia crisis de historicidad pues en nuestra condición actual la Historia se ha convertido en una historia (story). Para Sterling existen nuevas formas de comunicación no sincrónicas que son globalizadas y donde tampoco no hay un canon único. No existe una voz autoritaria y única sobre la historia. La historia, como disciplina amparada en la cultura lineal del libro y el papel se ha fragmentado en la cultura digital de manera que Google y Wikipedia y demás herramientas tecnológicas ejercen una influencia en el saber, las narrativas y en las organizadas presentaciones de la historia de la que ésta no se puede recuperar. Esto no supone un nuevo “fin de la historia”, sino que esa misma idea de Francis Fukuyama se ha evaporado.
Sterling dice enfático: “What we are facing over a decade is a decade of emergency rescue, of resiliency, of attempts at sustainability, rather than some kind of clear march toward advanced heights of civilization. We are into an era of decay and repurposing of broken structures, of new social inventions within networks, a world of ‘Gothic High-Tech’ and ‘Favela Chic’ (as I’ve called it), a crooked networked bazaar of history and futurity, rather than a cathedral of history, and a utopia of futurity.”
El conflicto está entre ese “Gothic High-Tech” que hemos heredado como parte de la cultura analógica, un castillo arruinado (o las ruinas de la insostenibilidad) y el “Favela Chic” como informalizado e ilegalizado, pesada estructura de la red en el emergente nuevo orden. No contento con describir lo que él considera la atemporalidad de nuestra época, Sterling ofrece alternativas al artista creativo. Por ejemplo encontrando vacíos en el dominio de la creatividad. Recuperando formas de historia de la que no se podría escribir. Historia sobre personas que no fueron las vencedoras o sobre personas que no tenían literatura. Pre-historia. Experiencia humana antes que la grabación histórica fuera creada.
Para Sterling, el actual caos y la imposibilidad de estándares, de narraciones coherentes abre una serie de oportunidades al artista: “What can we do to liven things up, especially as creative artists? Well, the immediate impulse is going to be the ‘Frankenstein Mashup.’ Because that’s the native expression of network culture. The ‘Frankenstein mashup’ is to just take elements of past, present, and future and just collide ‘em together, in sort of a collage. More or less semi-randomly, like a Surrealist ‘exquisite corpse’.”


Texto completo publicado en Wired


Bruce Sterling on Atemporality (excerpt)


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Al margen de que las teorías de Sterling puedan ser más o menos contestadas, lo cierto es que vivimos una época en la que la historia se ha convertido en un bazar donde encontrar la narrativa ausente que nos alivie o nos ilumine un poco más el ya de por sí confuso orden mundial. La crisis de la historicidad se acrecienta en la medida en que recuperamos, reciclamos y revisamos el pasado con la misma celeridad con la que acto seguido olvidamos, archivamos y damos carpetazo. Los homenajes, aniversarios y rememoraciones se suceden cíclicamente de manera que cada nueva edición parece la primera.
¿Cuantos son los espectadores y expertos en arte contemporáneo que visitaron la exposición Encuentros de Pamplona de 1972 en el Museo Nacional Reina Sofía el pasado otoño-invierno del 2009, conscientes de que ese mismo museo ya dedicó una exposición a los Encuentros en 1997, con motivo del 25 aniversario del evento?
Este ejemplo, cogido un tanto al azar en calor de la oficina, vendría a corroborar que, a menudo, diez años o una década, es suficiente para borrar cualquier atisbo de pasado presentándolo como novedad a riesgo de refrescar la mente de narración histórica para a continuación someterla a los designios de la atemporalidad.
El grito de guerra de Fredric Jameson al comienzo de The Political Unconscious, “¡Historicemos siempre!”, se escucha ahogado por el ruido de fondo de la sobre-historización, o por lo que parece su gemela, la atemporalidad.