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Fotograma de Le tombeau d'Alexandre (El último bolchevique), 1993, de Chris Marker |
Pongamos que tenemos que definir en una palabra la secuencia infinita de visualidad que recorre el mundo: cine, televisión, Internet, vídeo doméstico... ¿Cuál es el término que describiría este régimen de visualidad? Provisionalmente cojamos uno sacado del cine y que tiene que ver con la materialidad del medio: metraje, la longitud de la película. Importado del lenguaje fílmico, el metraje es aquello crudo y sin editar que ha sido filmado por la cámara de cine o grabado por la videocámara y que debe ser editado para crear una narración coherente u obra. El metraje posee también una cualidad de lo abstracto: material en bruto alojado en cintas. En un símil psicoanalítico, el metraje sería como lo real lacaniano que se cuela en el subconsciente a la espera del retrabajo de significación a realizar por las fuerzas de lo simbólico y lo imaginario.
La saturación del metraje nos invade en la actualidad entrando directamente en nuestras salas de estar, y en ese flujo transicional hay una materialidad, textura, trama o granulado que emerge como elemento significante. La capacidad para decodificar estos aspectos del metraje reside igualmente en su efecto de superficie y densidad. Esta fisicidad del metraje en el vídeo se distingue de la sublimación nostálgica de la low-tech como nuevo high-art, como ocurre ahora en el arte, con la película aurática de 16 mm, donde lo antiguo y difícil de reproducir es ahora lo caro, o muy caro. En el fondo, el actual low-tech verdadero es el high-tech de la HD y la MiniCam, y la calidad que sale de ese tipo de dispositivos tiene ya un tejido que lo religa tecnológicamente a un territorio de lo visual a la vez cotidiano y familiar pero sometido a los más raros extrañamientos cacofónicos de la imagen.
El metraje es, además, la palabra clave que organiza toda una subcultura en la novela Mundo espejo (Pattern Recognition en su edición original) de William Gibson, donde una secta global se organiza alrededor de la emisión segmentada (en Internet o en anuncios publicitarios) de algo conocido simplemente como “metraje” (footage):[1] una narración a partir de segmentos que sus fanáticos seguidores deben reconstruir y cuyo rasgo estilístico consiste en la falta de un estilo periodizable o reconocible, algo cuya sofisticación es más del “grado cero” barthesiano, una neutralidad que parece haber borrado todos los signos semióticos identificables como señuelo para la identificación grupal que habitual y, contradictoriamente en el libro, cohesiona una comunidad o subcultura. Esa falta de estilo o “escritura blanca” del metraje fascina precisamente como antídoto a la bulimia de marcas y signos en la que estamos. Tampoco es difícil imaginar este metraje no con la alta definición del cine mainstream o la limpieza de la gran producción audiovisual y televisiva, sino mejor con la suciedad del pixelado y los moarés pasados por sucesivos filtros y capas de difusión mediática. La baja calidad en los sistemas de descargas o buffers informáticos es una prueba fehaciente del orden geopolítico global, y que el arte contemporáneo pueda realizarse desde esa clase de imagen demuestra que cierto low-tech cuyo rasgo principal es la accesibilidad expresa el capitalismo tardío tan afinadamente como por otra parte lo hace la alta definición más puntera.
Otra cuestión aquí concierne a los modos de repolitización de los impulsos nostálgicos vinculado tanto al desarrollo capitalista de la cultura de masas como a la fetichización de la experiencia de lo histórico. Para ello, el análisis de la querencia por las formas bajas de tecnología podría aportarnos valiosa información. Este actual fetichismo de la low-tech podría tener un equivalente en las formas del retrofuturismo en los subgénero literarios del steampunk o el dieselpunk, esto es, la imaginación de un pasado histórico diferente al que supuestamente ha sido donde, por ejemplo, la revolución digital hubiera acontecido adelantándose un siglo, en mitad del desarrollo de la revolución industrial de la máquina de vapor, la luz de gas o de calcio.[2] Esto sería un recordatorio, de nuevo, de esa nostalgia posmoderna en la que referencias contemporáneas o incluso futuristas al nivel del contenido ocultan la dependencia de modelos establecidos o anticuados en el plano de la forma. La low-tech vendría entonces al rescate de un historicismo redivivo, en una reedición de la nostalgia por lo analógico.

