“On échoue toujours à parler de ce qu'on
aime” (se fracasa siempre al hablar de lo
que se ama). Esta frase de Roland Barthes citada por Manel Clot (1956-2016),
me acompañó durante el último año de carrera. Realicé un dibujo de formato
medio con la cita de Barthes y una fotografía en degradado con el texto de
Manel (ya no recuerdo cual era). Poco después, entre septiembre y octubre de
1995, le conocí en Vic, dentro de un taller impartido por Pep Durán en la QUAM Quinzena
d'Art de Montesquiu, donde Manel era un invitado de excepción. Recuerdo
perfectamente la situación y el hilo de la conversación. Entonces mi práctica era
entre escultural y textual, de algún modo escritura aún sin concretar. El
encuentro con el crítico al que seguía es uno de los recuerdos mejor grabados
en mi proceso de formación y crecimiento. Algunos años después me decanté por
la crítica, pero aquel fue mi único encuentro con él. Nunca más volvimos a
coincidir ni nuestros destinos se cruzaron.
Manel Clot, sus escritos y artistas,
ensancharon mi etapa formativa; La escultura vasca y una nueva generación
naciente en mestizaje con los Durán, Pep Agut, Jordi Colomer, Mabel Palacín /
Marc Viaplana, Aballí… Una publicación minúscula de la Galería Elba Benítez
sobre el trabajo presentado en el Aperto’93 de la XLV Biennale de Venezia por
Pep Agut, Persona, siempre me
acompaña. El texto de Clot, “La mirada del sordo”, es un ejercicio escritural
alrededor de algunos de los ejes temáticos del periodo. El repertorio de los
temas de Clot: el sujeto de experiencia, los actos de visión, las ilusiones de
la representación. Manel Clot publicó ampliamente en la revista Zehar de Arteleku, y fue asiduo al
centro situado en Loiola (San Sebastián). Impartió un taller de crítica y fue, en
1992, visitante, durante el taller de Pepe Espaliú en el que tuvo lugar el Carrying que atrajo la atención de los
medios de comunicación de toda España. Los archivos lo recogen hablando con los
artistas, vaso de vino y tortilla en la mano.
A tenor de las emotivas respuestas de
varias generaciones de críticos y comisarios estos días (también las de muchos
amigos), su huella no fue endeble. Al contrario. Una colectividad. Manel Clot
era un crítico para quien la palabra lo era todo. La palabra, la escritura. C’est ça! Siempre a la búsqueda de la
frase perfecta; un escritor, coleccionista de frases. La incertidumbre del
Texto. El deseo en cada resquicio y por encima de todo, la promesa y la
imposibilidad del amor. Sus frases cinceladas y un uso del francés más que
personal lo situaban en la corriente de Barthes, a la espera de una siguiente
cita a venir de Blanchot. Cuando no eran franceses podía ser Beckett, o también
Pet Shop Boys.
El lenguaje, la escritura, y el sujeto de
deseo. Manel Clot ejemplificaba una posición prácticamente hoy extinta; la del
crítico. Sí, “crítico”, así, a secas. Comisariar exposiciones era entonces la
continuación por otros medios de la escritura, el texto, y también esa parte tan
afectiva y doliente que fue su relación con los artistas. Su tiempo de máximo
brillo, finales de los ochenta y la década de los noventa, puede verse ahora
como el final del periodo de la crítica antes de la emergencia del comisariado
tal y como lo conocemos ahora. Clot, y también José Luis Brea, aparecen ahora
como heraldos de un tiempo extinguido; la crítica de arte en España está
huérfana.
Creo recordar que lo último que leí de
Manel Clot era algo muy breve, en un suplemento cultural, quizás en el Tentaciones de El País. Aplicar la
brevedad y el estilo chispeante de la crítica musical a la crítica de arte.
Cuanta mayor concisión y limitación, más precisión y atención al lenguaje. Porque
además, Manel Clot representaba una modalidad de crítico ahora mismo casi
prohibitivo: uno capaz de simultaneizar la crítica pura y el reseñismo basado
en el juicio en paralelo a los escritos más subjetivos, complejos y poéticos
que nos podamos imaginar.
“On échoue toujours à parler de ce qu'on
aime”. Y por esto mismo, la escritura lo era y lo es todo.