“David Lynch conserva la cabeza” era el título de un perspicaz reportaje periodístico del desaparecido David Foster Wallace, aunque lo que los espectadores de sus películas siempre acaban preguntándose es si alguna vez la mantuvo en su sitio. Se ha lanzado estos últimos días en la red su última obra, “Crazy Clown Time”, un videoclip delirante dirigido por el cineasta de una de sus últimas canciones. Que Lynch hacía música era algo conocido (junto con lado de pintor, escultor, fotógrafo, el director ha sido siempre un artista polifacético). La querencia por grandes compositores (como Angelo Baladamenti) y su devoción por la música ya habían dado momentos de gran intensidad en sus filmes, aparte de un oído afinado para el sórdido ruido de fondo que se escucha siempre en las escenas de tensión. Pero el Lynch músico va más lejos, atreviéndose con sonidos bailables, redefiniendo de paso el sentido de lo que la “colaboración” artística significa en nuestra contemporaneidad.
En este nuevo tema, Lynch se aleja del ritmo dance de “Good Day Today” apostando por un sonido repetitivo y enfermizo marcado por el ritmo oscilante de la batería y la aparición ventrílocua de su voz. “El tiempo del payaso loco” es un ejercicio de funambulismo artístico que se acerca a ese espacio de transgresión que el cine comercial hace tiempo ha dejado de lado y que parece encontrarse mejor en algunas tendencias del arte contemporáneo. Aunque toda transgresión ha sido mercantilizada hace tiempo, lo que Lynch nos ofrece (aparte de acceso directo a sus obsesiones) es una inmersión en los secretos del inconsciente. En alguna ocasión ha comentado lo necesarias que son para él las catarsis de la meditación, y si bien la conquista del inconsciente fue un reto intelectual para Freud, y los surrealistas encontraron ahí su particular paraíso creativo, con Lynch nunca se sabe si los misterios de los que bebe son reales o teatralizados hasta el paroxismo (el estilo lynchiano resiste cualquier medio y escuchar un poco de su cosecha musical supone salir de dudas sobre la presencia de “autor”). Pero además, la actual combinación de canción inclasificable y videoclip de artista es el “combo” perfecto para una definición de posmodernismo: no es solo que el videoclip ya fuera ensalzado como el arte del periodo dorado de la teoría posmoderna (ver Jameson) junto con el film-nostalgia, el pastiche, la danza y cierta arquitectura deconstructiva, sino que además hay que sumarle ahora el componente esquizoide, o esquizofrénica, de la propia producción cultural (y que es una de las marcas de la casa en Lynch).
Si a alguien se le ocurrió pensar, cuando Terciopelo Azul, que Lynch había idiotizado a Isabella Rosselini, es que todavía no sabía con quien se enfrentaba. Para esta persona, todo lo que parezca o sea “raro” posee un profundo aroma poético; Foster Wallace supo capturar algo de esto cuando dio cuenta de las vicisitudes de un rodaje en esa joya periodística que he mencionado al comienzo, y estoy seguro de que sin duda aprobaría que el desvarío al que asistimos en “Crazy Clown Time” está en las coordenadas del sujeto en cuestión. Pero una estética esquizofrénica, hecha de retazos y subculturas varias, puede comunicar las enfermedades no de un sujeto concreto, sino los males toda una cultura. El sello de Lynch en la cinematografía actual es un hecho incontestable ( y uno espera el momento en que salga en DVD Drive, la aclamada y ultramoderna película de Nicolas Winding Refn que reinventa el genre-Neo-noir). Ese payaso en “Crazy Clown Town” puede ser el “ser” misterioso de Lost Highway o algún otro freak salido de Twin Peaks. Lynch no da respiro: exhibicionismo obsceno, sonidos guturales, rituales subculturales, cerveza derramada, personajes salidos del mundo degradado de la imaginería norteamericana, auténticos “fantasmas semióticos”: estrellas porno, jugadores de fútbol americano, punkis con cresta... y barbacoas. El acercamiento a ser otra persona, la doblez de la personalidad, que un gran Bill Pullman interpretara en Lost Highway, parece corroer a personajes en transformación, de cambios de identidad en tiempo real (no es difícil pensar que Lynch está más cerca del arte Cindy Sherman, Paul McCarthy o Mike Kelley). Por último, Lynch nos deja su personal incursión en la abyección, ese territorio abonado al psicoanálisis en donde lo execrable, lo repugnante y lo obsceno encuentran refugio, y donde el sujeto halla su morada.
En este nuevo tema, Lynch se aleja del ritmo dance de “Good Day Today” apostando por un sonido repetitivo y enfermizo marcado por el ritmo oscilante de la batería y la aparición ventrílocua de su voz. “El tiempo del payaso loco” es un ejercicio de funambulismo artístico que se acerca a ese espacio de transgresión que el cine comercial hace tiempo ha dejado de lado y que parece encontrarse mejor en algunas tendencias del arte contemporáneo. Aunque toda transgresión ha sido mercantilizada hace tiempo, lo que Lynch nos ofrece (aparte de acceso directo a sus obsesiones) es una inmersión en los secretos del inconsciente. En alguna ocasión ha comentado lo necesarias que son para él las catarsis de la meditación, y si bien la conquista del inconsciente fue un reto intelectual para Freud, y los surrealistas encontraron ahí su particular paraíso creativo, con Lynch nunca se sabe si los misterios de los que bebe son reales o teatralizados hasta el paroxismo (el estilo lynchiano resiste cualquier medio y escuchar un poco de su cosecha musical supone salir de dudas sobre la presencia de “autor”). Pero además, la actual combinación de canción inclasificable y videoclip de artista es el “combo” perfecto para una definición de posmodernismo: no es solo que el videoclip ya fuera ensalzado como el arte del periodo dorado de la teoría posmoderna (ver Jameson) junto con el film-nostalgia, el pastiche, la danza y cierta arquitectura deconstructiva, sino que además hay que sumarle ahora el componente esquizoide, o esquizofrénica, de la propia producción cultural (y que es una de las marcas de la casa en Lynch).
Si a alguien se le ocurrió pensar, cuando Terciopelo Azul, que Lynch había idiotizado a Isabella Rosselini, es que todavía no sabía con quien se enfrentaba. Para esta persona, todo lo que parezca o sea “raro” posee un profundo aroma poético; Foster Wallace supo capturar algo de esto cuando dio cuenta de las vicisitudes de un rodaje en esa joya periodística que he mencionado al comienzo, y estoy seguro de que sin duda aprobaría que el desvarío al que asistimos en “Crazy Clown Time” está en las coordenadas del sujeto en cuestión. Pero una estética esquizofrénica, hecha de retazos y subculturas varias, puede comunicar las enfermedades no de un sujeto concreto, sino los males toda una cultura. El sello de Lynch en la cinematografía actual es un hecho incontestable ( y uno espera el momento en que salga en DVD Drive, la aclamada y ultramoderna película de Nicolas Winding Refn que reinventa el genre-Neo-noir). Ese payaso en “Crazy Clown Town” puede ser el “ser” misterioso de Lost Highway o algún otro freak salido de Twin Peaks. Lynch no da respiro: exhibicionismo obsceno, sonidos guturales, rituales subculturales, cerveza derramada, personajes salidos del mundo degradado de la imaginería norteamericana, auténticos “fantasmas semióticos”: estrellas porno, jugadores de fútbol americano, punkis con cresta... y barbacoas. El acercamiento a ser otra persona, la doblez de la personalidad, que un gran Bill Pullman interpretara en Lost Highway, parece corroer a personajes en transformación, de cambios de identidad en tiempo real (no es difícil pensar que Lynch está más cerca del arte Cindy Sherman, Paul McCarthy o Mike Kelley). Por último, Lynch nos deja su personal incursión en la abyección, ese territorio abonado al psicoanálisis en donde lo execrable, lo repugnante y lo obsceno encuentran refugio, y donde el sujeto halla su morada.
