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12/22/2013

Metacomentario: Pierre Huyghe y Philippe Parreno

Pierre Huyghe en el Centre Pompidou de París

Philippe Parreno Anywhere, Anywhere Out of the World, en el Palais de Tokyo, Paris





Hace algunas semanas escribí una reseña en A-Desk que republiqué más tarde aquí sobre la exposición de Philippe Parreno Anywhere, Anywhere Out of The World en el Palais de Tokyo.
En ella realizaba un sucinto comentario de la paralela exposición de Pierre Huyghe en el Centre Pompidou de París. Ambas merecen ser consideradas como grandes ejemplos de la exposición como media. Al mismo tiempo, la cuestión de la Estética Relacional circula alrededor como una misteriosa e ineludible sombra. Sin embargo, ha llegado el momento de hablar de una post-estética relacional. Parreno, Huyghe, desbordan las estrecheces de la teoría. Comienzan a aparecer diferentes artículos que hablan de estas dos muestras, mientras que las redes sociales se convierten lugares donde la gente airea su preferencia: Huyghe y/0 Parreno. O Parreno versus Huyghe. Como si se tratara de un referéndum estéril, esa misma gente tiende a realizar un ejercicio comparativo. Huyghe gana a Parreno por lo que parece. No coincido con esta apreciación, como no concibo la necesidad de oponer el uno al otro. En cualquier caso, he aquí una pequeña reflexión sobre dicha percepción que estaba ausente en mi reseña anterior. Huyghe “y” Parreno, que no “versus”.

Reconozco que Philippe Parreno me dejo frío al principio, disperso en la inmensidad de los 22.000 metros cuadrados del Palais de Tokyo. No obstante, su calculado dispositivo temporal y espacial, como si de un reloj o un péndulo se tratara, deja sensaciones a largo plazo. Lo que se hace difícil es incorporar las transiciones de un espacio a otro como parte de una totalidad. Es ahí donde la exposición de Parreno parece que falla y es también en ese punto donde “simula” decepcionar. La difícil relación con la arquitectura hace que la generosidad de los espacios se incorpore a las obras. No es la de Parreno la exposición más visual, como sí lo es la de Huyghe.
En mi opinión, el espectador que esperaba más de Parreno consciente o inconscientemente tiende “compararle” con la exposición de Huyghe, donde efectivamente todo se presenta más orgánicamente, como un caos organizado. Hay en Parreno una serie de innovaciones desde el punto de vista de la concepción de la exposición que a mi modo de ver debería marcar un momento reflexivo para el futuro inmediato comisarial.

Una consideración de la exposición como media saliente de una potencial maquinal que supera la simple distribución de obras e instalaciones en las salas. A diferencia de Huyghe, Philippe Parreno ha hecho cómplice a la arquitectura de la institución pero no solo a ella, también al “aparato” institucional per se, esto es, el conjunto de las reglas y normas que regulan el dispositivo (en el sentido de Foucault) institucional. Esto incluye cosas concretas, actitudes e innovaciones de arte aplicado. Desde señalar el paso transicional de la realidad a la institución (la primera Marquee); el rediseño del hall de recepción y el desk: la iluminación y señalización; las cartelas electrónicas oscilantes como lugares de diseminación de información; el increíble y novedoso medio de la pantalla de Leds que modifica la percepción del vídeo si te acercas o te alejas; el tránsito de la biblioteca móvil de Dominique Gonzalez-Foerster a la sala de John Cage y Merce Cunningham, etc. Estamos ante un dispositivo gobernado por una pieza musical Petroushka (1911) de Igor Stravinsky a través de cuatro pianos sincronizados que la ejecutan a lo largo de la muestra: La exposición como caja de música. Tendría que añadir también la pared curva moviéndose circularmente en la “Rotunda” y el igualmente móvil suelo de baile para la Merce Cunningham Dance Company.

He señalado todas estas novedades y todavía no he empezado a hablar del contenido. No puedo pasar por alto que Parreno está detrás de la escenografía o montaje de una de las mejores exposiciones del año que ahora acaba y que tuvo lugar en el Barbican de Londres: “The Bride and the Bachelors; Duchamp with Cage, Cunningham, Rauschenberg and Johns”. Parreno se ha revelado como un artista para quien el display es coreografía. Pero no sólo es montaje, se trata de una subjetivación de las obras de arte pasadas por el filtro de una sensibilidad de artista muy concreta y determinada en donde el ensamblaje de obras, banda sonora y luz convierten a la exposición en algo parecido a una película de cine en 3D. (De la exposición de París echo en falta El sueño de una cosa – The Dream of a Thing, 2001, sobre la que escribí un ensayo en el año 2002 para el catálogo del Moderna Museet Projekt de Estocolmo, y que Parreno la proyectaba sobre el White Painting, 1951, de Robert Rauschenberg).

Pierre Huyghe, por su parte, también hace un gesto con la arquitectura que lo honra. Pero en lugar de remitir al espacio institucional que lo acoge y a la arquitectura de la sala lo que hace sabiamente es reutilizar las pareces de la exposición anterior, la de Mike Kelley. (No hay que olvidar que Philippe tuvo una exposición en ese mismo lugar en 2009). Ahora el espacio aparece completamente irreconocible. Un amigo que vive en París me dijo que en la exposición del americano apenas pasaba gente, mientras que el éxito de público de Huyghe era aplastante. Pero además no cualquier público, no turistas, sino gente joven o moderna. Huyghe ha hecho una expo que aún estando muy bien para mí peca de exceso cool. Sobre Huyghe ya hice una nota en su día en relación a su participación en la última Documenta de Kassel y que titulé “¿Dónde están las obras maestras de nuestro tiempo?” El compost como metáfora de la descomposición de lo valores de la sociedad. Sin duda, el perro de la pata rosa fue todo una sorpresa en Kassel, y aquí también se pasea junto con otros animales. A lo largo de la historia el “cubo blanco” ha sido objeto de distintas “colonizaciones” y supresiones de prohibiciones de todo tipo. Una de ellas es la que negaba el derecho a la presencia de animales en el museo. Ahora abejas, un perro y distintas arañas marinas lo animan.

Algunos de estos elementos congregados sobre las marcas dejadas por la exposición de Mike Kelley producen una impresión de informalidad estudiada. La frescura como estrategia. La definición dada por David G. Torres sobre lo frenchy me parece más que apropiada para definir este radical chic francés. Dice así: “Esta podría ser una buena definición de lo ‘frenchy’: más que la ironía, el sarcasmo; o también una mueca socarrona que no puede evitar marcar una distancia intelectual frente a un fenómeno real; o, también más literalmente, el rotulador en la pared, esa cosa décontracté, despeinada, pelín guarrilla, sin que se note la intención, pero con toda la intención; y, por supuesto, el humo, la aglomeración y el gesto”. Esta descripción, además de para definir el palabro frenchy bien podría servir para hablar de lo hipster. (ver AQUÍ mi nota en A-desk sobre el fenómeno transatlántico de lo hipster).

No cabe la menor duda de que la exposición de Huyghe tiene momentos muy elevados, sobre todo cuando se tiene la oportunidad de disfrutar de una obra envolvente como L’Expédition Scintillante, Acte 2, Untitled (Light Box), 2002. (A la patinadora en la pista de hielo negro no la ví). Otro momento vibrante que conecta las dos exposiciones es la presentación de los papeles que sellan la creación junto con Dominique Gonzalez-Foerster de L’Association des Temps Liberés, cuyo libro de registro y anuncio en un periódico se presenta con un ficus a lo Marcel Broodthaers. Otro de los grandes momentos es posible observarla en una de mis obras favoritas The Timekeeper, 1998, (aunque aquí las paredes del museo no deje ver demasiadas capas temporales).

Las dos exposiciones de Parreno y Huyghe son completamente distintas y por ello complementarias. Del cruce de ambas emerge la figura de Dominique Gonzalez-Foerster. Una exposición tuvo lugar en el ARC Musée d’art Modern de la Ville de Paris entre el 30 de octubre de 1998 y el 10 de enero de 1999 que mostraba la obra de estos tres artistas franceses emergentes a comienzos de aquella década. Liam Gillick firmaba un texto titulado Should the Future Help the Past? Comenzaba así: “What’s the scenario? A constantly mutating sequence of possibilities. Add a morsel of difference and the results slip out of control, shift the location for action and everything is different. There is a fundamental gap between societies that base their development on scenarios and those that base their development on planning”. La centralidad para el arte contemporáneo de Huyghe, Parreno y Gonzalez-Foerster no podía ser prevista todavía. Aquella exposición operaba bajo la lógica del What if? del Scenario. Ahora podemos trazar el recorrido retrospectivo de lo que ha sucedido desde entonces.


Algunos textos para una comparativa:








11/12/2013

Alegorías del parpadeo: Philippe Parreno en el Palais de Tokyo




La exposición de Philippe Parreno en el Palais de Tokyo de París constituye una gran oportunidad para entrar en el mundo de este artista francés clave para entender el arte contemporáneo desde los noventa. Anywhere, Anywhere Out of the World es el título de una muestra que reactiva la idea de la exposición como un media en sí mismo. Al ritmo de Petrushka de Stravinski, el espectador tiene que recorrer un orquestado camino al mismo tiempo que piensa tanto las obras particulares como el dispositivo global.

Desde fuera, el Palais de Tokyo comienza con una de sus famosas marquees, o marquesinas llenas de bombillas que anuncian la entrada señalando al espectador situado debajo. El espectador es, desde mismo momento, un ente autoconsciente que interactúa con la experiencia que se le ofrece. Ya dentro, otra sala contiene todas las marquesinas que el artista ha realizado a lo largo de su carrera. Éstas se encienden y se apagan en una danza sonora robótica mientras al fondo suena la melodía de piano compuesta por Stravinski.

Desde el nuevo hall rediseñado, el recorrido ofrece todas las facetas de la trayectoria de este artista; juego, ficción y narración, mundo infantil, música, colaboraciones diversas y, de un tiempo a esta parte, también coreografía y danza. Todo ello con la inestimable ayuda de la tecnología y un cierto toque sci-fi. Existe aquí un efecto de extrañamiento, de desenfoque, al mismo tiempo que una espectacularidad contenida y muy sutil. 56 señales luminosas (una por cada movimiento de Petrushka) han sido instaladas señalando el camino. De repente, las señales parpadean: toda la exposición está inmersa en este parpadeo. Las habituales cartelas que señalan las obras son pequeñas pantallas que también se encienden y se apagan, transmitiendo mensajes en pequeños flashes de texto.

No es fácil, sin embargo, comprender la lógica que gobierna todo este dispositivo. Solo al final del recorrido el visitante encuentra la sala de mandos, el lugar donde se aloja el “ordenador” central, una sala llena de cables y máquinas. Antes de esto, una pianola sobre la que cae ceniza y suena automáticamente (obra de Liam Gillick) nos introduce en los entresijos del dispositivo como si de una máquina de medir el tiempo se tratara. Metrónomo gigante. Parreno recuerda entonces a John Cage, quien junto a Merce Cunningham tiene un sitio reservado en esta exposición.

Especialmente remarcable es la presencia espectral y que reaparece (como todo buen fantasma) una y otra vez. Los sonidos de los pasos de la troupe Merce Cunningham en una tarima vacía; el espíritu de Marilyn Monroe recluida en un hotel de Nueva York; o la reencarnación física del personaje manga Annlee, cuyos derechos Parreno y Pierre Huyghe compraron en 1999, y que ahora aparece en carne y hueso gracias a una adolescente en una obra del nunca indiferente Tino Sehgal. Constituye éste uno de los momentos más extraños y mágicos que haya visto nunca en una exposición artística. Ocupando la totalidad del espacio, Philippe Parreno ejecuta una gran obra de “coreografía expandida”, danza, arquitectura y también cinematografía. Así es el arte de nuestro tiempo.

Ésta, y la simultánea retrospectiva de Pierre Huyghe en el Centre Pompidou sirven para tomar el pulso a no pocas innovaciones en el seno de las instituciones artísticas desde la década de los noventa. La sensación que queda después de haberlas visto es la de una absoluta coincidencia entre las dos propuestas artísticas con respecto a sus marcos institucionales. Hoy en día los museos mimetizan sus marcos ideológicos con un arte producido el cual se ajusta a la demanda. Cualquier experiencia es ya posible en el seno del museo.

Michel Foucault definió un dispositivo como una red de relaciones que puede establecerse entre distintos elementos heterogéneos y que comprende: discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, etc. Aunque Foucault hablaba de dispositivos disciplinarios, ahora estos han mutado en la reproducción de ficción de libertad y consumo del liberalismo. En 1995, Parreno, Huyghe y Dominique Gonzalez-Foerster fundaron L’Association des Temps Liberés con la convicción de que es más importante ocupar franjas de tiempo y reactivar el llamado tiempo de ocio en algo productivo que la anterior obsesión situacionista por ocupar espacios físicos o de resistencia. ¿El tiempo les ha dado la razón?

* Publicado originalmente en A-desk, Barcelona 11-11-2013




11/18/2012

¿Dónde están las obras maestras de nuestro tiempo?




Si la noción de obra maestra pertenece a una categoría modernista del arte, entonces podemos certificar que en nuestra posmodernidad ya no hay lugar para ellas. Históricamente, una de las tareas primeras de las llamadas obras maestras ha sido periodizar. Esta cualidad para representar el espíritu del tiempo, el zeitgeist, las arrastraba hacia una plusvalía en el mercado aunque en ocasiones su entrada en el patrimonio de la humanidad las protegía de los vaivenes mercantiles. La pregunta que da título a este texto es obviamente retórica, si bien debería interrogarnos por aquellas obras contemporáneas que poseen o adquieren una categoría representacional del zeitgeist. Podría hacerse una encuesta entre profesionales y aficionados al arte por ejemplos estas obras de los últimos diez o veinte años. Las respuestas serían de lo más variopintas. A pesar de que el mercado del arte intenta inflar el horizonte con eternas promesas de next-big-things, la durabilidad de estas promesas se revelan efímeras. Sin embargo, el mercado sigue jugando su papel, quizás no en la fabricación de obras maestras pero sí en el levantamiento de monumentos que aspiran a erigirse en símbolos atemporales a la vez que representaciones de coyunturas históricas. Resulta además inevitable en cualquier consideración sobre las obras maestras contemporáneas la asociación con la arquitectura y con la esfera de los arquitectos. Arte y arquitectura. Me refiero a Ai Weiwei con el estadio olímpico de Beijing (2008) (junto con Herzog & de Meuron), o más recientemente la escultura ArcelorMittal Orbit de Anish Kapoor (también con motivo de las Olimpiadas de Londres de este año). En ambos casos se trata de un arte en estrecha alianza con el capital y el poder. Ahora, si estableciéramos otra encuesta sobre las obras artísticas que mejor representan la actual fase del capitalismo global, posiblemente  estas dos tendrían todos los boletos. De ello se deriva (por fortuna para nosotros) que el arte por sí mismo es incapaz, ni siquiera mediante la polémica y el escándalo, de concentrar toda la atención mediática e impacto social que a cualquier obra maestra se le reclamaría. La arquitectura contemporánea, o esa asociación de intereses entre poder y capital que he mencionado lo consigue, aún fracasando a nivel crítico, pues a pesar de su popularidad (o populismo) estos nuevos monumentos de la cultura del espectáculo vetan su propia entrada en el panteón por exceso y grandilocuencia. No nos sirven. Resulta además irónico que tanto Kapoor como Weiwei hayan pagado tributo en tiempos reciente al Monumento a la Tercera Internacional (1919-1920) de Vladimir Tatlin, el primero con su torre en Londres y el segundo con Fountain of Light (2007), una “versión” personal del monumento de Tatlin pero como si de una gran araña de luces se tratara. Estas obras convertidas en espectáculo solo dan cuenta de un estilo posmodernista típico, citacionista, sin interés.

Quizás en lugar de mirar en esa dirección, un tipo de arte más modesto puede alumbrarnos en nuestra pesquisa. Es sabido que la Documenta de Kassel ha sido siempre el lugar donde el volátil zeitgeist ha tenido una morada donde materializarse. La memoria acumulada del arte gira nuestra atención una y otra vez sobre la cita alemana, y el poso va solidificando. Los nombres, las obras, fluyen en la memoria colectiva. Documenta, al margen de que produzca o no produzca obras maestras siempre ha sido generosa en la elaboración de imágenes que operan como indicadores del zeitgeist. Existe bastante consenso entre la crítica que la obra de la última dOCUMENTA (13) que mejor aspira a ocupar cualquier plaza de honor es la de Pierre Huyghe. Untilled (2011-2012) tiene en su cartela explicativa los siguientes materiales: “entidades vivas y cosas inanimadas, hechas y no hechas”. Huyghe, un gran nombre dentro del arte, puede gustar más o menos, aunque esta obra hecha de materia, animales y escombros debe ser tomada muy en serio. Sería ingenuo no ver aquí también el mercado (la cartela lo dejaba claro), pero la diferencia con respecto a los anteriores ejemplos es notable. La circulación de imágenes del no-lugar señalado por Huyghe amplifica su efecto, junto con la mitología oral y experiencial (¡quien vio al galgo y quien no! o incluso ¡quién vio el Huyghe, y quién no!). Uno ha de reconocer con pesar que del maratón por la dOCUMENTA (13) y el Karlsaue la instalación de Huyghe quedó pendiente. Aún así, la circulación del recuerdo de aquellos que la experimentaron puede bastar; Untilled deviene la obra que simboliza el derrumbe actual en el que se adentran las cosas. El detritus y el compostaje como metáforas de nuestro espíritu de época, de nuestro zeitgeist. La belleza del desecho, el no man’s land y el abandono parecen alimentar un espíritu en descomposición que necesita procesar, reciclar, compostar… para devenir materia renovada. No sabemos si obras maestra, pero Untilled merecería entrar en la categoría de obra no-maestra que representa la totalidad del mundo destilando sus síntomas de descomposición.

* Publicado en A-Desk, 18-11-2012