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9/19/2015

Formalismo y distanciamiento en Christopher Williams


Christopher Williams, The Production Line of Happiness, Whitechapel
Gallery, Londres, 2015. 

Una reflexión a posteriori sobre la retrospectiva de Christopher Williams The Production Line of Happiness redunda no ya sobre la cuestión del display o montaje expositivo, tan central y determinante en la obra del artista norteamericano, y que realiza sin esfuerzo aparente, sino más bien acerca de las expectativas que el espectador pone en una exposición de fotografía. Existe una lógica maestra gobernante en el display, algo que comparte con otros artistas amigos y colaboradores como Mathias Poledna, De Rijke & De Rooij, principalmente.

Esta lógica se caracteriza por despojar al máximo el espacio expositivo haciendo visible el propio contexto arquitectónico en el que se inserta. Si bien podemos inscribir esto dentro de una tradición auto-consciente heredada de la Institutional Critique, es preciso señalar que existe un término que superando su propio doble sentido puede arrojar luz a la cuestión: formalismo. The Production Line of Happiness podía verse como una exposición formal, formalista, y gran parte de su riqueza residía aquí. No es sólo el reduccionismo formal y estético, también una consideración espacial conceptual y orgánica a partes iguales.

Una de las genialidades de Williams consiste en frustrar las expectativas del espectador, desmontando las convenciones y volviéndolas a montar de nuevo. Desmontar y remontar. El ejemplo más claro está en el atrevimiento, a lo largo de toda su carrera, de colgar las fotografías siempre más bajas de lo que las convenciones museísticas lo requieren. Las fotografías están más bajas, pero siempre a la misma altura, alineándose unas con otras. El espectador ha de bajar entonces unos centímetros la mirada, adaptarla a la nueva situación. Este gesto sutil de artista genera una leve extrañeza, algo que el espectador capta pero que cuesta darse cuenta. Este gesto puede verse como un gesto brechtiano en el más puro sentido del concepto de Verfrendung, que se ha traducido como extrañamiento o distanciamiento o efecto de alienación. La modificación de la altura de las obras parece pretende señalar a su vez un distanciamiento de la posición de fotógrafo; Williams es artista y usa este medio, y su trabajo es también apreciado en esta esfera de la producción cultural. 

No es de extrañar (valga la redundancia) que la referencia al Verfrendung de Brecht esté acompañada de referencias formalistas, pues sabido es que el distanciamiento se encuentra en el principio mismo del formalismo revolucionario, en concreto en el formalismo ruso (a partir del concepto de Ostranenie de Viktor Sklovski, quien observa lo extraño en lo familiar). La idea del montaje de Brecht es aquí fundamental, una técnica que permite que emerja una posición histórica de las cosas, una ruptura con el ilusionismo. Para Christopher Williams es importante contar con una utilización generosa del espacio expositivo, nunca apretujar sus fotografías. También es importante un sentido del montaje que le permite realizar variaciones espaciales con las mismas fotografías una y otra vez. Cada exposición es un nuevo “montaje”, entendido aquí en el sentido cinematográfico o técnica de producción brechtiana y también, claro está, el sentido de accrochage.

De esta manera, Williams consigue romper con la atopía de las imágenes, a la manera de un modernista para quien es necesario inventar nuevos procedimientos para disponer y elaborar el material verbal, y cuyo trabajo está tanto en la “fabricación” de una imagen como en la disposición de las imágenes. El efecto insólito y fascinante de cada fotografía de este artista proviene tanto desde dentro del “cuadro” o enmarque, como desde fuera. Del interior y del exterior a la vez y al mismo tiempo.


Si bien el formalismo es el generador de esta sensación que tanto intriga al espectador, las propias fotografías están cargadas de una impresión de extrañamiento, al presentar imágenes que a una primera vista parecen banales (¿o familiares por el efecto de la publicidad?). Unas manzanas rojas perfectas en una rama de un árbol, por ejemplo. Al presentar una imagen de este tipo, y concentrarse en su cualidad de imagen perfecta, pristina, de repente adquiere un halo de extrañeza (que no rareza) en su cotidiana familiaridad. Como un estudioso de la historia de la fotografía, resulta meridianamente claro que hay en Williams una intención de explorar las fronteras de la cientificidad y funcionalidad de la "nueva objetividad" (Neue Sachlichkeit), la estética que revoluciona junto con "la nueva visión" la fotografía del periodo de entreguerras del siglo pasado. En cuanto a Bertolt Brecht, una poesía titulada Placeres (en el catálogo The Production Line of Happiness) da cuenta de su presencia e influencia en el imaginario del artista. Una exploración crítica y sensible al mismo tiempo. 

Christopher Williams, The Production Line of Happiness, Whitechapel Gallery, Londres, 2015. 




8/02/2014

Formas de afecto o, acerca de la afectividad de las formas*


In form there is no more longing and no more loneliness
Georg Lukács


La discusión sobre el arte como una forma de afecto atraviesa la historia de la filosofía al menos desde los griegos. Algunos términos como “sensibilidad”, “emoción”, “afectuosidad”, “conmoción”, “añoranza” y “anhelo” describen sentimientos positivos que la disciplina de la estética ha cultivado durante siglos, a pesar de haber acuñado también expresiones peyorativas como “sensiblero”, “afectado”, “ñoño”, “compasivo” y “cursi”. ¿Acaso estas acepciones fueron creadas desde algún afuera académico, oficial e institucional? No es desde ninguna posición filosófica ni disciplinar desde donde deseo hablar de los afectos, el arte y la cultura.

De entrada, ¡qué pereza! Camino de París, sentado en un TGV, medito a partir de abstracciones de ideas. Una línea reflexiva puede trazarse entre la historia del pensamiento y el actual estado neoliberal donde las tecnologías emocionales conquistan de manera imperceptible pero sin descanso cada resquicio de nuestra mente. Mientras la mirada se pierde en el horizonte, nos adentramos en el interior de las formas y los afectos.
Un paso decisivo en este debate lo dio el filósofo y crítico literario Georg Lukács cuando en 191o publicó una selección de textos de juventud con el título El alma y las formas. Se trata de una compilación de ensayos de marcado tono idealista previos a su entrada en el marxismo, y que expresan el existencialismo burgués y los problemas de la soledad, la alienación y las cualidades curativas de la forma estética. No se sabe el porqué de este orden en lugar de su contrario, las formas y el alma. El peso del significado varía sensiblemente dependiendo de si leemos “forma” o “alma” en primer lugar. En ambos casos hay un matiz diferente, y algo similar sucede cuando nos referimos a las formas de afecto o al afecto de las formas. ¿Cómo distinguirlas? ¿De qué modo desgajar su insondable diferencia?


El alma y las forma, diseño apropiado para Lukács


El propio Lukács no se complicó demasiado, y tituló su libro El alma y las formas, regalando al lector toda una guía reflexiva y sensorial con la que pensar el afecto como inseparable de la forma. Pensemos en esto mediante un ejemplo sacado del propio autor. El primer ensayo del libro lleva por título “Sobre la esencia y forma del ensayo”. Se trata de un texto sobre la naturaleza híbrida del género ensayístico o, más bien, sobre si Lukács puede llegar a escribir un ensayo, o si tiene alguna contribución que hacer a esta forma. El texto en cuestión es además una carta, como indica su subtítulo “Carta a Leo Popper”. Pero entonces, ¿qué clase de escritura es, ensayo o carta? Esta ansiedad interpela al lector, quien encuentra la calma en la certeza de que la forma no es únicamente el tema del libro sino también la forma misma de la investigación en sí.

Judith Butler, en la introducción a una nueva edición en inglés de Soul & Form, nos recuerda que las formas se dan cuando un cierto requerimiento para expresar la realidad de alguna manera ejerce una demanda, y las formas quedan obsoletas cuando esta exigencia pierde su razón de ser o su componente de necesidad. Para que una expresión sea comunicada, y por lo tanto para mediar entre el auténtico impulso de un creador y las condiciones sociales dentro de las cuales el creador trabaja, una forma tiene que ser encontrada o creada. La forma no se añade sobre la expresión sino que deviene su condición, el signo y la posibilidad de su verdad subjetiva. Por ello para Lukács, si vamos a escribir sobre un tema, debemos no sólo hallar una forma para ese escrito sino también determinar qué clase de forma permite la articulación del tema y qué tipo de forma ese tema exigirá. Su creencia en la forma como destino último en el que se resuelven las aporías internas del sujeto (autor) llevan a Lukács a escribir apasionadas líneas no exentas de idealismo: “La nostalgia es siempre sentimental, pero ¿hay formas sentimentales? La forma es una superación del sentimentalismo; en ella deja de haber nostalgia y soledad: devenir forma es la gran consumación de todo”.




Mientras estas palabras resuenan, pienso en la forma del ensayo y en la posibilidad de una escritura ensayística que sea por propio derecho una declaración de amor. Tengo en mente la forma de la carta, la carta de amor. La lengua francesa, que según dicen es el idioma del amor, parece incapacitada para pensar algunas de estas sutilezas lukácsianas. “Longing and Form” es otro de los ensayos pero, para mi sorpresa, en la versión castellana (antigua y encontrada en la usura de Internet) longing se traduce como nostalgia. Durante años había traducido en mi cabeza longing como anhelo. ¿Acaso el anhelo describiría una nostalgia por un futuro que todavía no ha sido mientras que ese otro longing define una nostalgia por lo ya pasado? A pesar de que el autor escribiera en húngaro y también en alemán, los matices entre idiomas no dejan de proporcionarnos diferencias infinitesimales. Los franceses no tienen una palabra para longing que no sea nostalgie, y para anhelo tienen désir y envie. Pero no es lo mismo. Los ingleses, que al parecer son menos sensuales que los franceses, tienen también yearning. En cualquier caso, todas estas palabras definen estados emocionales. ¿Afectos y emociones significan acaso lo mismo?

Afecto y emoción (en el realismo literario)

Si la historia del arte puede leerse como activación de esta dialéctica entre forma y afecto, ¿qué decir de la literatura? En su reciente The Antinomies of Realism, Fredric Jameson elabora toda un teoría del afecto como uno de los rasgos de la novela realista que nace en el siglo XIX con Zola, Tolstoi y Pérez Galdós entre otros. La percepción de los afectos burgueses a mitad del XIX y su consiguiente registro literario es precisamente una de las novedades formales del realismo moderno (Flaubert) frente a la anterior generación (Balzac). No es que los afectos no existieran antes, sino que éstos encontraron un registro lingüístico/formal propio y de este modo pudieron cobrar existencia literaria a través de la nueva novela realista. Una vez más, las formas (y también la técnica). Jameson pone como ejemplo extractos de la novela de Zola El vientre de París donde se describen minuciosamente los mercados parisinos, sus productos y olores (pescados, quesos y demás). Las percepciones se convierten en sensaciones, y las palabras capturan una experiencia indecible de un modo corpóreo, de manera que “el reino de lo visual comienza a separarse de lo verbal y conceptual para flotar en una nueva clase de autonomía. Precisamente esta autonomía creará el espacio para el afecto: justo porque el gradual debilitamiento de las llamadas emociones y de las palabras abiertas para ellas abren un nuevo espacio en el que lo irrepresentable y los innombrables afectos pueden colonizar y hacer suyos”.


The Antinonies of Realism, Fredric Jameson, Verso, 2013


Jameson establece entonces una peculiar (y discutible) diferenciación entre afecto y emoción. Básicamente, el afecto o estado afectivo sería una sensación predominantemente corporal mientras que las emociones, las pasiones, son más estados de conciencia. “Cualquier proposición sobre el afecto lo es también sobre el cuerpo” escribe. De este modo, el enamoramiento sería una emoción mientras que la depresión es un estado afectivo con obvias consecuencias físicas. Pienso aquí en el personaje de Justine (Kirsten Dunst) en Melancolía (2012) de Lars von Trier, para quien la entrada del planeta en la órbita de la vida acaba reduciendo el cuerpo a un estado inerte, apagado, incapaz de responder a los estímulos exteriores, como si toda la energía vital del sujeto estuviera siendo absorbida por ese objeto y acontecimiento exterior.

Otra diferencia fundamental entre afecto y emoción se daría en el orden lingüístico, pues mientras el primero elude el lenguaje y la nominación de los estados, la emoción es algo que tiene nombre: amor, odio, rabia, miedo, disgusto, placer, etc. Estos sentimientos se cosifican en virtud de su nombre. El afecto, por su parte, deviene como una paleta cromática que calibra la escala corporal arriba y abajo desde la melancolía a la euforia. Al margen de una discusión teórica acerca de lo que separa los afectos y las emociones, ambas están en la agenda de la actual cibernalización del alma y la subjetividad.




Tecnologías y relatos de la emoción

Esta diferencia entre el afecto y la emoción no es únicamente el trasunto de un debate ontológico en el arte y la literatura a través de la siempre sugerente óptica de la teoría crítica. La gestión y optimización de los afectos (aún como innombrables o irrepresentables efectos), y la propagación y distribución de las emociones corresponde ahora al mercado y la publicidad en la sociedad de consumo. Pensemos en Guy Debord, quien en sus derivas situacionistas concibió la ciudad como una guía psico-geográfica que actuaba sobre el comportamiento de los individuos. El sistema posmoderno, en nuestro tiempo, hace tiempo que se apropió de la abstracción del afecto en el espacio urbano a través de la nueva ciudad urbana gentrificada que es ahora experienciable para las multitudes en tanto individuación del comportamiento y modo de sentir. Por ejemplo, en la espacialización de la música a través de iPods y el modo en que el aislamiento del sonido absorbe el entorno en una nueva realidad conectada al órgano del oído. El viejo “hombre andante” o Walkman, es ahora el hilo sonoro que nos aísla y conecta simultáneamente con el entorno urbano y el interior del yo y la conciencia.

El cine ha captado recientemente algo de este mundo sensorial conectado al oído de manera inquietante en Her, de Spike Jonze, que en ningún caso es una película sobre el amor ni tampoco gira sobre la relación entre un humano (un usuario) y su sistema operativo. Más bien, trata del final de la lectura y la escritura y con ellas la consiguiente pérdida de la capacidad para imaginar y desear. Esto es, los afectos. Su protagonista Theodore (Joaquin Phoenix) trabaja para una empresa llamada Beautiful Handwritten Letters desde donde escribe cartas de amor para clientes que hace tiempo dejaron de usar la escritura como vehículo para comunicar afecto. La sombra del joven e idealista Lukács se cierne sobre este pasaje argumental. Theodore dicta el texto con su voz y el ordenador ejecuta la escritura en diferentes y significativas caligrafías.


El oído como canal sensorial. Sentimiento en Her, de Spike Jonze

Pero quizás es mejor destripar Her a partir de algunos rasgos de lo posmoderno tal y como fueran definidos hace unas cuantas décadas por el propio Jameson, pues uno de las características del posmodernismo estaría en la disminución del afecto (waning of affect). Esto es, afecto en el sentido coloquial de la palabra, como empatía o como sensibilidad hacia algo. El posmodernismo describiría este ocaso del afecto a través del proceso en el que el sujeto ha perdido su capacidad activa para crear un sentido de continuidad entre pasado y futuro, a la vez que tiene dificultades para organizar su existencia temporal en una experiencia coherente. Esto reduce su capacidad para la producción cultural a “montones de fragmentos”, azarosos y eclécticos. La siguiente definición en Posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío puede ahora leerse en paralelo a este filme: “El propio concepto de expresión presupone una escisión en el sujeto, y junto a ella toda una metafísica de interior y exterior, del dolor sin palabras que encierra la mónada y del momento en que, a menudo de modo catártico, esa ‘emoción’ se proyecta fuera y se exterioriza como gesto o como grito, como comunicación desesperada y dramatización externa del sentimiento interno”. Lo que Theodore necesita es este grito, esta explosión corporal que permanece secuestrada por reblandecidas capas de estética colorista y tecnología amiga.

Hay otra película reciente que me hace pensar en esta relación entre el afecto y las emociones: Drive (2011) de Nicolas Winding Refn. En mi opinión su culto se debe a que apunta directamente a una esfera senso-emocional con la que el espectador llega a identificarse. Esta identificación tiene mucho de adolescente. Drive es cine adolescente para adultos, un producto que combina acertadamente dosis de estética sublime con momentos de brutalidad. Por brutalidad no me refiero sólo a la ultraviolencia perfectamente colocada como contrapunto al ritmo pausado del filme, sino a la mezcla de estilismo y ritmo combinados en diferentes niveles narrativos en los que la banda sonora juega un papel primordial. La escena del paseo en coche entre Ryan Gosling, Carey Mulligan y su hijo reproduce esta brutalidad; una forma de poesía manierista y sensiblera dirigida directamente al aparato senso-emocional. Las imágenes ralentizadas o slow motion con música tecno-pop retro de fondo describen toda esta emoción, así como la escena del ascensor que superpone este contraste entre romanticismo y descarga de virulencia. Brutalidad y emoción. Esta e-moción no responde exactamente al mismo principio que lo sentimental. El consumidor adolescente necesita emoción, no sentimentalidad. El adolescente es una estructura abierta, un sujeto de deseo constante, y la forma del pop es la que mejor satisface esta demanda. El alma (el afecto) y la forma (del pop).




Un caso reciente de una estética de la emoción en la cultura popular tiene de nuevo a Spike Jonze y a la banda indie-mainstream Arcade Fire sus protagonistas. Spike Jonze grabó un videoclip para la canción “Afterlife” de la banda canadiense en los premios MTV con la actriz Greta Gerwig (actual musa indie desde esa otra película que es Frances Ha). Lo que comienza como un videoclip melodramático da paso a una coreografía mientras el espectador descubre que la performance se realiza “en riguroso directo” mientras Arcade Fire ejecuta la canción. El artificio melodrámatico y la coreografía de Greta es todo un compendió de retórica y gestualidad pop. Gestos y movimientos hipercodificados que en sí mismos comunican como formas pop. La performance contemporánea no puede dejar de lado ejemplos como éste donde la emoción invade cada poro. La cultura comercial ha canalizado la emoción y sofisticado sus formas regalándonos de paso placeres culturales contingentes que no están destinados a perdurar en el tiempo. Disfrutémoslos en su brevedad antes de que pasen a ingresar en el basto archivo olvidado de la cultura visual.





* Las ideas de este breve ensayo fueron preparadas con motivo de mi participación en la conferencia inaugural de la exposición Disparité et Demande, comisariada por Pedro de Llano en La Galerie, Noisy-Le-Sec, París, mayo 2014. La exposición se enmarcaba en un ciclo bianual con el título de Les Formes des affects / Forms of Affects.
** Publicado en input magazine, nº 2, Madrid, septiembre 2014

9/28/2009

From method to change: dialectics in contemporary art
















Me-ti, Book of changes


Here is a short visual and textual summary of the article I have written for the Russian based newspaper Chto Delat? (issue 03-27) launched during the 11th International Istanbul Biennial that took the brechtian motto “What keeps manking alive?”. The article continues my further investigation on the nature of the dialectic. In fact the newspaper is entitled simply as Great Method, which mimics the same title of the book I conceived and edited together with Emily Pethick in 2007 (see The Great Method. Casco Issues X, Casco Office for Art, Design and Theory, Utrecht / Revolver Verlag, Frankfurt, 2007). I’m happy to see now a development of that run by others, in a kind of inifitive interpretation of theory and also an application to practice of the dialectics. This “Great Method” owes its being to Bertolt Brecht’s Me-ti Buch der Wendungen, (Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1983). In fact, its codeword is that of the “dialectic”. Entitled as “From method to change: dialectics in contemporary art” becomes a further exploration of my previous essay “Methodologies” published in that Casco Issues X and re-published in the catalogue Animal Map of the austrian artist Florian Pumhösl (Neue Kunst Halle St. Gallen / Walther Köning, 2007).
Instead focusing in the question of “method” and “methodologies”, here I draw a web of cross references between different cultural artifacts and characters (moving from Brecht’s influence in some of the Godard and Gorin’s Dziga Vertov Group films as well as offering a trans-historical speculation between some Marxist ideas of the dialectic with Jorge Oteiza’s thought about the dynamics of change and movement) in order to explore the complexity of the subject, namely the dialectics. I also apply this to current situations in contemporary art.    
Excerpts:

“The day Godard and Gorin set out to America to finish Tout va bien (1972), it seems the latter forgot his passport at home, while the former went to a bookstore to buy Bertolt Brecht’s Me-ti when Gorin warned him that they would have an accident. In the Rue de Rennes a bus hit Godard’s motorcycle leaving him and his companion (film editor Christine Aye) seriously injured. Godard spent several years in and out of hospitals. It could be called a “dialectical” accident, or the "logical end of 68", or the last days of the Dziga Vertov Group. This affected the shooting of Tout va bien and months later, when they encountered Jane Fonda again, she had changed her state of mind to the point of “not working with men” and the film ended with no less difficulties. Some other witnesses from the period place the same book, Me-ti, at the root of Godard’s political films since 1968 to 1972”. (…) 

Photograh of Jane Fonda in Vietnam, 1972

“In addition, it is still fruitful to review Letter to Jane: an Investigation About a Still (1972), the film that analyses in detail a fixed photograph of Jane Fonda taken in North Vietnam as the most vivid example of the use of the dialectic, beyond the fact that a debt seemed to have been charged by them after the shooting of Tout va bien. I could be said that Letter to Jane is an “exemplary” film in the way it serves as a model (or example) for the dialectical as well as helps to set up the visual essay as a specific form. In the same way than Me-ti, it might be arguable that Godard and Gorin made it to demonstrate dialectics at work (and it is well know that these two films mentioned above were fully Brechtian in the same way that others were Althusserian, as Luttes in Italie, from 1970), or at least to show up the analytical linguistic strength to be found in the dialectical method (beyond the ability to create dialectical sentences in their own). The deep concentration in the detail allows the gradual construction of an entire system in the search for the cultural, social, political and ideological totality”. (…) 
Jorge Oteiza, Flotación (Escultura Lunar) 1957-1958
“Oteiza’s account does not only come to the conclusion of his own end in contemporary art around 1960, but provides (as a typically dialectical totalization) a full theory for the end of contemporary art itself. Of course, art has continued since then. Here, it makes sense to remember the dialectic as a vision of the world based in infinite growth and notice that this consciousness is to be found precisely in the open-minded historicity of artistic trends in Modernism, which followed one another in quick succession (from Impressionism to Expressionism, Constructivism or Productivism, Bauhaus or De Stilj and so on), creating an operational field for both theoretical and practical experimentation. It seems pretty obvious that such a position seems somewhat outdated for artists of today, risking obsolescence, when the recognition of a postmodern condition seems to be the accepted general rule and where the “art after the end of art” advocated from the last modernists in the 60’s (as Oteiza’s), and later adopted by the postmodernists has not exhausted the production of commodities but increased it. Of course, there are artists in where a receptivity of historical consciousness still exists, but whether or it is mainly a privative matter for making the work, or becomes a metacommentary of a older paradigm (with its neo-, post- and ultra- prefixes, not to mention current revisions of Modernity via the vernacular) rather than a collective, strategic shared mechanism for a larger transformation”.